La ciudad tiene eso. Nunca nadie sabe qué hay detrás de cada
pared o en el rincón oscuro de cualquier casa. Tampoco lo imagina. En la
habitación de una pensión de la zona vieja un hombre, llegado un tiempo antes
desde el otro hemisferio, se muere por alguna enfermedad rápida y desconocida,
acompañado sólo por la casera que nunca pudo entender por qué razón ese tipo
llegó hasta allí desde tan lejos. Quizás muere angustiado por terminar sus
días acá, en un lugar tan extraño de aquel donde nació. Para quienes
presenciaron su muerte, este hombre es uno más que pasa sin historia hacia el
otro mundo. Alguien que perdió la brújula de su vida y encontró, porque no
tenía otra chance, una muerte anónima. Con el tiempo, un prestigioso crítico
recogerá en su biografía que este hombre, reconocido escritor luego de su
muerte —que fue marinero de cuarta, lavacopas y vendedor ambulante—, tuvo un
pasaje por aquella ciudad tan austral y tan ordinaria, allí murió, y por
muchos años nadie reparó en él ni en su obra. Porque es así, nada sucede
bajo los reflectores, todo transcurre siempre debajo del escenario, la vida y la
muerte se llevan a cabo en el lugar más oscuro del mundo. Y nadie sabe nada.
Tal vez hoy en Alemania un modesto pensador está escribiendo un texto que
cambiará el futuro. Sobre una vagoneta de una mina de carbón un obrero, en su
hora de descanso, puede estar garabateando en unos papeles cosas que para los
demás son una pérdida de tiempo. Esas cosas son cuentos hermosísimos, de
construcción perfecta. Pero esta vez esos cuentos se pierden y se sabe, por
viejas referencias, que eran un tesoro de la literatura. Puede suceder que en
otro lugar, con otra lengua y otro color de piel, un iletrado imagina esos
mismos cuentos y le pide a alguien que, aunque sea de manera torpe, se los
redacte. Esos cuentos serán iguales de hermosos, y los editores de todo el
mundo los tendrán en sus colecciones por décadas porque son libros que siempre
dan ganancias.
Hoy alquilé una casa muy vieja, de esas que tienen
en el fondo un patio de baldosas rojas. Al final del patio, contra la medianera,
hay un pequeño cuartito, refugio de esos elementos inservibles que siguen
apegados a nuestros sentimientos y que no nos animamos a deshacernos de ellos de
una vez por todas. Los anteriores habitantes, seres que no conocí y tampoco sé
si todavía caminan sobre la tierra, no se tomaron el trabajo de desalojar el
lugar y lo dejaron así, atestado de desechos desagradables. Abrí la puerta con
curiosidad y —entre la humedad, el moho y las paredes descascaradas— vi un
viejo y modesto escritorio de roble rodeado de elásticos de cama y baratos
embalajes de fruta. Todo en él estaba estropeado menos sus tres cajones. Casi
sin darme cuenta estiré la mano y los fui abriendo. En los dos primeros no
había nada interesante; apenas alguna mancha que dejó un tintero mal tapado.
En el de más abajo encontré un lápiz de dos colores a medio gastar y una
cajita de hojalata litografiada para guardar comprimidos, hecha mucho antes de
la era del cartón y el blister. Abrí un poco más el cajón y asomó en el
fondo un montón de hojas carta. Tal vez eran doscientas o trescientas. Tenían
el orden y la quietud que el tiempo le otorga a las cosas que sobreviven en
silencio. Daba la sensación de que esas hojas no tenían la ansiedad de ser
tomadas y leídas de nuevo. Parecían hechas para lo que ya fue y que su único
destino era seguir ignoradas en ese lugar. Toqué con las yemas de mis dedos la
primera página y la corrí hacia mí. Tenía escrito un título anunciando que
ese grupo de papeles contenía una serie de relatos. No retuve el nombre; puede
ser que mi memoria se negó a registrarlo. Se me cruzó por la mente que en esa
cantidad de hojas podrían estar los cuentos perdidos del minero, las nuevas
historias del iletrado, otro trabajo del pensador alemán o lo más importante y
desconocido que escribió un autor nacional largamente premiado. Podría ser
algo de todo eso pero también podría ser el trabajo torpe de algunos de los
miles de marginales de la literatura. Esto último lo pensé aun a sabiendas que
la vida habita en todos los rincones, que la creación no es patrimonio de
hombres con diploma y que alguien puede pintar girasoles, luego pegarse un tiro
y salirse de la vida sin saber qué parte del mundo le correspondía. Iba a
tomar esos papeles, pero desistí. Traté de recordar cómo estaba todo cuando
abrí el cajón y volví esa primera hoja a su lugar primitivo, dejándola como
la encontré. El lápiz y la cajita seguían en su mismo lugar, ni siquiera las
rocé con mi mano. No quise que el aire que los rodeaba fuera distinto al que
había un minuto antes. Cerré el cajón. Salí, y también cerré con suavidad
la puerta de ese cuartito. Volví al comedor de la casa a seguir desarmando los
bultos de la mudanza y traté de borrar el recuerdo del cuartito y sus despojos.
Por ahora, esos papeles no podrán cambiar el mundo.