Letras
Esos papeles
Julio Parissi
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La ciudad tiene eso. Nunca nadie sabe qué hay detrás de cada pared o en el rincón oscuro de cualquier casa. Tampoco lo imagina. En la habitación de una pensión de la zona vieja un hombre, llegado un tiempo antes desde el otro hemisferio, se muere por alguna enfermedad rápida y desconocida, acompañado sólo por la casera que nunca pudo entender por qué razón ese tipo llegó hasta allí desde tan lejos. Quizás muere angustiado por terminar sus días acá, en un lugar tan extraño de aquel donde nació. Para quienes presenciaron su muerte, este hombre es uno más que pasa sin historia hacia el otro mundo. Alguien que perdió la brújula de su vida y encontró, porque no tenía otra chance, una muerte anónima. Con el tiempo, un prestigioso crítico recogerá en su biografía que este hombre, reconocido escritor luego de su muerte —que fue marinero de cuarta, lavacopas y vendedor ambulante—, tuvo un pasaje por aquella ciudad tan austral y tan ordinaria, allí murió, y por muchos años nadie reparó en él ni en su obra. Porque es así, nada sucede bajo los reflectores, todo transcurre siempre debajo del escenario, la vida y la muerte se llevan a cabo en el lugar más oscuro del mundo. Y nadie sabe nada. Tal vez hoy en Alemania un modesto pensador está escribiendo un texto que cambiará el futuro. Sobre una vagoneta de una mina de carbón un obrero, en su hora de descanso, puede estar garabateando en unos papeles cosas que para los demás son una pérdida de tiempo. Esas cosas son cuentos hermosísimos, de construcción perfecta. Pero esta vez esos cuentos se pierden y se sabe, por viejas referencias, que eran un tesoro de la literatura. Puede suceder que en otro lugar, con otra lengua y otro color de piel, un iletrado imagina esos mismos cuentos y le pide a alguien que, aunque sea de manera torpe, se los redacte. Esos cuentos serán iguales de hermosos, y los editores de todo el mundo los tendrán en sus colecciones por décadas porque son libros que siempre dan ganancias.

Hoy alquilé una casa muy vieja, de esas que tienen en el fondo un patio de baldosas rojas. Al final del patio, contra la medianera, hay un pequeño cuartito, refugio de esos elementos inservibles que siguen apegados a nuestros sentimientos y que no nos animamos a deshacernos de ellos de una vez por todas. Los anteriores habitantes, seres que no conocí y tampoco sé si todavía caminan sobre la tierra, no se tomaron el trabajo de desalojar el lugar y lo dejaron así, atestado de desechos desagradables. Abrí la puerta con curiosidad y —entre la humedad, el moho y las paredes descascaradas— vi un viejo y modesto escritorio de roble rodeado de elásticos de cama y baratos embalajes de fruta. Todo en él estaba estropeado menos sus tres cajones. Casi sin darme cuenta estiré la mano y los fui abriendo. En los dos primeros no había nada interesante; apenas alguna mancha que dejó un tintero mal tapado. En el de más abajo encontré un lápiz de dos colores a medio gastar y una cajita de hojalata litografiada para guardar comprimidos, hecha mucho antes de la era del cartón y el blister. Abrí un poco más el cajón y asomó en el fondo un montón de hojas carta. Tal vez eran doscientas o trescientas. Tenían el orden y la quietud que el tiempo le otorga a las cosas que sobreviven en silencio. Daba la sensación de que esas hojas no tenían la ansiedad de ser tomadas y leídas de nuevo. Parecían hechas para lo que ya fue y que su único destino era seguir ignoradas en ese lugar. Toqué con las yemas de mis dedos la primera página y la corrí hacia mí. Tenía escrito un título anunciando que ese grupo de papeles contenía una serie de relatos. No retuve el nombre; puede ser que mi memoria se negó a registrarlo. Se me cruzó por la mente que en esa cantidad de hojas podrían estar los cuentos perdidos del minero, las nuevas historias del iletrado, otro trabajo del pensador alemán o lo más importante y desconocido que escribió un autor nacional largamente premiado. Podría ser algo de todo eso pero también podría ser el trabajo torpe de algunos de los miles de marginales de la literatura. Esto último lo pensé aun a sabiendas que la vida habita en todos los rincones, que la creación no es patrimonio de hombres con diploma y que alguien puede pintar girasoles, luego pegarse un tiro y salirse de la vida sin saber qué parte del mundo le correspondía. Iba a tomar esos papeles, pero desistí. Traté de recordar cómo estaba todo cuando abrí el cajón y volví esa primera hoja a su lugar primitivo, dejándola como la encontré. El lápiz y la cajita seguían en su mismo lugar, ni siquiera las rocé con mi mano. No quise que el aire que los rodeaba fuera distinto al que había un minuto antes. Cerré el cajón. Salí, y también cerré con suavidad la puerta de ese cuartito. Volví al comedor de la casa a seguir desarmando los bultos de la mudanza y traté de borrar el recuerdo del cuartito y sus despojos.

Por ahora, esos papeles no podrán cambiar el mundo.

(del libro La muerte es sueño, 1999).