Letras
Dos cuentos
Antonio Vizcaya Durán
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Yolanda

Yolanda vivía en la colonia Madreselva, en los suburbios de un poniente desangelado. En Monterrey.

Decían que el alcalde en turno había escogido el nombre del lugar en relación con "la flor" —sus habitantes nunca creyeron en semejante tontería.

El apodo que los vecinos le obsequiaron a Yolanda, a partir de su adolescencia, era perfecto; muy cruel: "la Jarrita"; y es que se rumoraba que estaba hecha tan sólo de barro. 1

La naturaleza no fue complaciente con ella; las partes más abruptas de la Sierra Madre Oriental parecían haberse posado en su rostro aún juvenil.

 

Por las tardes siempre estallaba ese grito chillante, insoportable:

—¡Ahí viene la Yolanda!

Chiquillos pícaros y alguna vieja canción desaparecían al instante, chapoteando perversas heridas en el drenaje a flor de tierra mientras ella se acercaba calle abajo; risa ilusa; intentando divertida atrapar a alguien con sus uñas largas, descoloridas.

El atardecer encendiendo el sudor de su rostro, secaba a la vez la raíz de su cabello pardo, castaño, que por momentos cubría, como cortinas roídas de una casa abandonada en una noche de tormenta, esos ojos pervertidos de sorpresas.

Pecas escondidas sutilmente en su pecho tan vacío, transparente.

No faltaba quien tratara de atraparla con unas uñas cortas y afiladas; provocando que Yolanda tirara en su huida, ya en las faldas del cerro poblado, uno o dos de los chicles de cajita que ofrecía a las afueras de los restaurantes, los cines, los moteles; restaurando un poco las cotidianas y desventuradas actuaciones de la gente del centro de la ciudad.

Le agradaba el papel de bruja, gozando de ser "la Yolanda". Desconocer el habla; la genética.

Medianoche para ella sola. Salir de su vivienda aullando con la mirada cuando sus labios le arrancaban un beso a la Luna. Era el momento en el cual el barrio completo, automático, subía el volumen de las televisiones o se cubrían hasta la cabeza con la sábana, intentando ignorar el ritual convertido en tradición...

Y es que aquella madrugada del setenta y tres "la Yolita" no quiso derramar una sola lágrima sobre el cuerpo de su padre; a pesar de que la tía Triste y la tía Plena se lo pedían a la pequeña:

—Llora Yolita... ¡No te aguantes!... Llora porque tu papito...

Se murió el viejo; pero todo intento resultó inútil. La niña se comía con la mirada la silueta pesada del hombre, pudorosamente acomodado sobre los restos de un petate carcomido por cucarachas de muchos veranos.

Su infantil intriga lo observaba... lo observaba, recorriendo esas bruscas facciones tan enfermas de la paz que al fin lo rescatara; desviando de cuando en cuando su vista sigilosa hacia la luz de las veladoras, colocadas con asimétrica religiosidad en las ventanas, cuyos cristales de plásticos opacos o bolsas empalmadas iluminaban apenas a los escasos y extraños asistentes al velorio. Preguntándose Yolita en su limitado entendimiento si acaso se había hecho realidad su sueño...

Frotando nerviosa las manos en su vestido de flores incoloras; asomaban apenas las rodillas flacas, blancuzcas; pequeños pies descalzos, curtidos para una pelota de trapos que solía transformar los bordos de su calle en el campo intacto de "los Tigres";2 y el fatal horizonte en gloria clandestina.

Ese gesto asustado cautivando las miradas.

 

Una noche calurosa, "la Yolanda", con tres décadas de historias por contarle a Franz Kafka, al fin se decidió a desfogar toda la vergüenza que sentía ante el resplandor de una Luna majestuosa; escondiendo el rostro entre manos transparentes; sintiendo punzantes lágrimas de resignación resbalar ligeras hasta los codos vencidos; cuestionando la soledad de su desesperanza pura. Sin testigos, salvo aquella vieja melodía cediendo ante la súplica de su lamento.

"Si tan solo...", pensó.

No pudo más, cayendo completa a mitad de una callejuela desolada, ante la intriga de alguna rata y el canto tímido, entrecortado de sus grillos; descubriéndose de súbito reflejada en el drenaje que sin descanso seguía abriéndose paso en la tierra, acariciando las piedras de la última pelea entre pandillas; a través de las cuales aparecieron mágicas las luces de aquellas veladoras caprichosas: reflejos del neón titilante como cómplice de sus facciones, gritando semejante abandono.

Indiferente a su alrededor, cubrió buena parte de su rostro con un lodo tibio, ¡tan reconfortante!

Se atrevió a observarse de nuevo, entre la cerveza, la orina, el sudor. ¡Qué mirada tan hermosa!

Ella misma se sorprendió ante su propio secreto. Más que nunca la noche le pertenecía.

 

Camuflaje de dudas buscando respuestas en la sombra de unos pasos inadvertidos:

"La Jarrita" volteó asustada, descubriendo la figura desgarbada del bisnieto de aquel alcalde mentiroso.

—Tan solo... —murmuró para sí; sonriéndole triste a los ojos. Sorbiéndose la vida.

Se incorporó poco a poco, orgullosa, mostrándole discreta su carita de muñeca rota; ocultando nerviosa las manos en el frente de esa camiseta húmeda de un blanco maculado que la cubría hasta los tobillos; asomando la mezclilla deshilachada en guaraches3 de fantasía.

Mirada profunda buscando en aquellos ojos el perdón tan necesario; lo mismo en sus manos que con ternura fueron retirando el asco del rostro; transformando la máscara en un seductivo antifaz, salpicado por las formas caprichosas de su cabello rebelde.

Se supo amada entre sus brazos, llorando desgarrada sobre su pecho.

Le obsequió una siniestra sonrisa a la Luna; luego, le dijo al príncipe con voz juguetona y sus pupilas destellantes clavadas en las suyas:

—Siempre con los zapatos tan boleados... —el canto de los grillos era pleno.

Fue el único día que la escuché hablar; que la gocé reír su dulzura.

 

La vida era dura en Madreselva. Nunca he logrado recordar dónde ni cuándo perdí esos zapatos.

Quizás los frustré por un puño de paraíso; o fueron el privilegio del gurú del barrio a cambio de aquélla pócima mágica que me hacía descubrir la belleza en mis amigos.

Era excitante retar descalzo a la noche; sobre todo cuando Madreselva te cubría de lodo por completo.

 

Notas

  1. En México también se conoce como "barro" a un grano de acné. Por lo tanto, "la Jarrita" representa a una taza fabricada con barro.

  2. El equipo de fútbol profesional más popular de la ciudad de Monterrey.

  3. Sandalias ligeras.

 

Arrecifes daltónicos

I

Laberintos de luz atajan las sombras.

Yo gusano, ubicado en la sexta opción musical, propongo mi estrategia al morador de armonías.

 

Arrecifes daltónicos en agujeros negros crean del todo poseído. Algo se mueve, nada me estorba. Ahora puedo provocar el tropiezo.

Largo cabello decora tu espalda en finos brotes de infancia. Fiesta del mar sobre el césped, luciendo aletas de cristal las cercanas mariposas del otoño.

Insisto en el ensayo de un idioma no creado.

 

Gotas de fuego
mudan acordes
bajo la nieve

 

El simulado salvajismo del ciempiés esconde cierto agudo raciocinio de mecánicas; transparente fe sin causa aparente.

Recorriendo el primer vientre femenino en ocasión reconoce su poder y sutileza. El color de mi respiración impregna ombligos de terciopelo. Es blanca mas nunca antes.

Permito al animal explorar sus instintos. Aviso de risa; voz cruda.

 

Armónicos extremos
del intelecto barbarie

 

Colinas extraviadas persuadiendo la rutina; negándose a ella y el gorrión a lo intenso. La yerba en sus senos me dice que no habrá final.

Batir de alas. Lluvia pertinaz.

Arcilla, asepsia, resbalando nuestro cuerpo de capullos prematuros, vanidosos, impacientes, intuyendo que este rito es mandato natural.

Inocentes pajarracos procurando perdurar.

 

Pezones en veda
el ave en tierra

 

Muda plumas por dedos.

Pistilos en nubes de argón ante la disyuntiva de ver... hablar.

Prefiero el vuelo.

Descubre los restos del brío al rozarse con el césped. Un hongo la penetra.

Mastico basura. Lo demás hace.

 

Falanges refractan la luz

 

Las Madres de la Invención puntean cuerdas en un piano; cerca del fuego que nos reseca. Alguna araña patona protesta, su prisa simula la muda.

Permanecer, como la hoja que sube desnuda hasta el arco iris de un limpio rocío, pureza; sucio desvarío por proseguir. —No puedo cederla.

 

"¡Rocío!"

 

Rocío en tus mejillas; en tus miedos que ascienden intactos.

El sacramento nos lo otorga la unión, nunca la voz.

Excelso silencio. Sordo grito al burlar protocolos.

 

Ceniza de fuego
...sombra de leño

 

Reflejo de uno solo; de uno, solo.

Un error: proseguir. Una opción: reserva, nostalgia, desierto. Triunvirato perdido en "la casa de los espejos"; donde laberintos de luz siguen confundiendo a las sombras.

 

No tuvimos cautela al construir este fugaz nido de alambre; encubando voces en la incertidumbre de lo inevitable; en la aridez de nuestras lenguas enroscadas.

Es la oportunidad del ciempiés. Razón de ser del ocaso.

 

Eludimos lindes
de la Trinidad

 

Tres minutos.

La dicha nos complace al hacernos creer que ronda. Ceniza dispersa de agua sombría cuando el ave sangra efectos extremos en sus caderas.

Tan sólo una vela: la necesita...

La enciendo, la ubico. Oscuro declino mirada femenina. Mi tacto bastante duerme sus ojos de negros blancos bajo el agua. Polos relativos del timbre y la pobre dando paso al primer dígito inventado ante el blando imaginar humano: décima repetición de lo ideado.

Dulce sueño maya.

 

Nueve líneas
en las llamas

 

El olor del agua en movimiento es fe del arrecife circundado por peces cuyas plumas adornan, arrullan la entrepierna de la Primer Mujer.

Madres enmudecidas.

Medianoche. Se pregunta si el cuadrante se diluye o la electricidad endurece sus nervios.

Hermoso tordo en la ventana de madera, de mirada intraducible.

 

Mi palabra
encrucijada

 

Los otros elementos se abstienen. Redobles ridículos retiemblan las bocinas. Himno de muerte.

Ella no necesita almidones para admirar el amanecer. Un La Sostenido reinventa caminos tortuosos de la cera.

Cubre el teclado, baja del árbol, viendo a lo lejos algún tejado con ambos viejos adormitados.

Hemos creado una esperanza que fortalece en las olas preservando el papel. Suaves líneas en el ritmo de esta imagen.

 

Necia nota
de la marea

 

II

La luz emana. Ella descansa. Algo me sigue, mordaz.

El gusano en vigilia convence a la prudencia más allá de la arena; donde tan sólo suelen ser respetados sales y huesos.

Agua de lejanas lluvias en los caracoles. Lodo escurriendo tibio de mis genitales. Un hongo en la mente del lenguaje dogma en ramas deshojadas y testimonios beatificados.

 

Cristales.

Docenas varias de patas ondulantes resbalan pétalos en aire espeso, procurando al viento.

Matriz hoguera.

Gotera paladar: aves invernando en cajas plateadas gestan preludios que eviten renovarse al Sol. Punzante llamado del mago en la nieve. Perpetua noche peninsular.

El día comienza; la labor ha terminado...

 

Alud de moluscos
sazón en el fango

 

Sus espinas perderán vocación si el asceta se atreve a vencer otro dogma: mi rostro ya cabe en el recuadro; el recuadro en la mesita.

 

A pesar de todo, nuevas líneas en ebullición; de neurona en neurona, de pregunta en pregunta que duda si dudas.

Sonríe tu voz.

 

Aún poseemos el derecho de hipótesis no concebida. La estética resultaría prudente filosofía en esta tesis desgastada, maldecida, claramente demostrada, tramitada y archivada en patentes, en botellas a la mar.

 

Abstractos

 

El necio persiste; la convencida espera. ¿Cabe pensar una respuesta?

—Nada te ofrezco. Todo me estorba.

El convencido duda; la necia aterrada:

—Allá, debaten jurisprudencias del ocio; en tres puntos equidistantes entre cielos, mi cuerpo; el perdón.

 

Demandas; derrocho... Ahorras; denego.

Ruego; ofreces... Exijo; retornas.

Al besar tus labios, tal vez mi lengua arranque algas en las entrañas de los náufragos. Único recato de su linaje.

Imposible destino del faisán en la mesa. Pospongo mi farsa soportando tu afán. El incienso recorre tus ojos de follaje denotando fastidio por lograr un instante... un instante...

 

Concedo resignado una réplica del don.

 

(Preludio)... Barcos en el horizonte.

La araña restaura su casa con decoro; a pesar del calor de la chimenea incrustada en estas paredes de lechosa gelatina.

Un feto gesta garras; soltando la jeringa que libera esa última gota tardía.

 

El ingenuo habla: "Guarda mi llanto. Me niego a fecundar".

Saliva piedra: corcho habilitado en la celebración. Aquí, en tus cuevas. Montañas de frutos.

Enrosca mi delirio; tu estrategia...

 

Beberte

 

El árbol torcido también es frondoso; provoca sombras para reposar la fatiga del jinete.

¡Qué paz habrá sido la del siglo diecinueve..! Únicamente la del siglo diecinueve, cuando la mecánica era romántica y el sueño diabólico.

 

Suaves caobas torciendo a mi izquierda. Venus la diestra. Me temo que yo vibro —si al menos temblara.

Flor misteriosa de luz olorosa en mi tacto enraizado origen cascada.

Otra uva pasa en eje vapor.

Guiness calidad. Novel apolítico. "El Grito" de Munch tambalea el tablero: reina de aletas delfín; peones escamas en pez vela. Arrecife sicodélico es cimiento de un faro que una vez fue torreón.

 

Líquido mental
lívido metal

 

Yucatán al fin emancipado del tercer encuentro. Indios, faisanes, confidentes naturales.

Otro continente.

 

Esta botella de vino contiene uno de los eslabones que suelen contar tus contracciones. El collar equivaldría a nuestra temporada.

Falso celo; apacible tormento.

Tu fina cabellera de vertiente en la ribera.

 

Ensayo
de Miró

 

No sé si julio representó mi ascenso.

Ella toma fotografías de las excusas que han optado por la vereda al altiplano.

Ahora puedo descansar.

 

Es recomendable perder el hígado a ganar la rutina; los reflejos a la lucidez.

Su equilibrio al borde del cenote. La huella del Hombre sigue zanahorias atadas a la sensatez. La hoja de vid posa suave en el vientre hinchado de capullos. Sin prisa, el tordo la seduce.

 

La voz del viejo:
"La paz huyó..."

 

Un Si intuitivo es un No de sospechas . Un Sol apenas Sostenido por el bochorno sigue guiando estas nobles gotas de cera.

Minerales de otros mundos en la selva que termina: el rastrero cae sin fraguar mi suicidio.

 

Neuronas miles son intestinos. Negativos hollín. El Tercer Ojo en su yema lisa.

Línea digital desmadejada, desconectada de toda prueba acusadora, de uñas decoradas por grafitos de provincia y flashes doloridos en las palmas dirigidas a las costras del madero.

Pulseras de espinas ennoblecen las zancadas de un gato que brota de la pared; armonizando con decoro el tablero y la mesita.

 

Guiar anónimo es libre liderazgo: excusa por no ser admirado. Nunca algo más...

Acaso este inmenso amor incomprendido. Acaso robar este libro a cambio de perderlo: partituras del híbrido, tallos prosa, mixtura invierno. Anécdota completa del pentagrama. Compases —aforismos— sujetos a su garganta desgarrada por la tempestad.

 

Un tordo posa
en el teclado
la hoja roza
el pedal
Sexta rama
sobre el tejado...
...al

 

Hasta que los presos sean numerados al azar; excepto el que anteceda la hipótesis Normal.

Las miradas de los falsos Lo consumen en el fondo de arrugadas bolsas de papel.

Sus mentes se atreven sobre la palma de mi mano.

 

Quisiera maldecirte en la historia que me burla... cuando somos dos burlas para la "historia".

¡Tus muslos talismanes!

 

III

Y los valles terminaron en colinas...

 

¿Qué otra cosa podría haber en este muro sino ventanas? Simples y aburridas ventanas de un simple y aburrido edificio escondido en barrancos de inmundicia.

 

Elipse digital a punto de apretar el botón: millones de insectos pensantes brincarían aterrados de la lata de conservas.

Un anular caracol. Un anular gusano. Un anular rama. Un inesperado anular rana inundando el techo de sublime follaje azul.

Ella puntea el piano con su helado anular telaraña.

 

Cigarros temblorosos en los dedos blanquecinos de gorilas marionetas.

Las raíces sangran. Nuestras fosas nasales aún gotean, humean. Telas rotas mantienen funcionando ciertas articulaciones.

 

Tumbas deslavadas

 

Sobrevivieron unos cuantos ajolotes.

Bodegas de carne con bruma de ocasos astutamente protegidas por ratoneras de agua y uno que otro burro alado mordisqueando manzanas hermafroditas.

 

El entrecejo de la nube brizna pestañas espigas. Aquel gorrión suplica recuerdos que aún predica.

El mundo girando sobre rieles allá afuera. Pulseras espinas rasgan su luna.

 

Muros de falanges rematados en frías cadenas de músculo muerto empañan sus cristales.

Llanto sellado. Galería de un arte en cofradías distantes.

 

El perfil del gusano es anverso perfecto de su esqueleto en florida concesión propiedad de mi civilización.

 

Dos senos parlantes firmados por Magritte.

 

El doble del teatro experimentando novedosas muecas con su ojo de cristal en cuerpo de orquesta.

Estoy tentado a lamer pintura blanca sobre mi obra; y es que el don del silencio le ha sido otorgado al embrión...

 

Los siglos son simples signos en canto cubista si la hoja cae espiral; sugiriendo semejanzas desde el germen hasta la morfología de mis orejas.

 

Rastro pergamino. Pies de perros santos. —Su vientre, sax guillotinado.

A mitad del recinto, del suplicio, discretos aretes a punto de estallar belleza.

Su precio me ha acostumbrado al insomnio.

En el sombrero, sobre el tejado, caen las monedas del ser amado.

 

El dibujo de un infante podría exigirlo todo del impresionismo: máscaras.

Borrosos escollos contemplativos.

 

Cinco centímetros cuadrados de respeto por un Tlaloc sacando la lengua cascada. —También lo han comprado.

Esta casa sabe reírse de mí.

 

El fax pasó sobre la araña que sirve de alimento a las hormigas prisioneras en telas de juicio; después de ilustrar mis párrafos con su tinte para el cabello; ante el jurado representado por un asno con tres moños en la crin de la soberbia: cavernas en sus colmillos. —Dos bocas roca.

El primer abogado de la nación anota su teléfono en una servilleta; apoyado en el maniquí que abre sus piernas carmesí.

 

¿Sios Soid?

 

Panasonic caga un kilómetro cúbico de pelos en la medusa óptica: La Pantera Rosa se desliza en la nieve de Saturno; imaginando anillos en nuestros dedos anulados.

Muy lejos, el sol suda hasta lubricar en veda materna los lindes de su cabellera.

 

Fémur tronco. Infinitas columnas óseas en ramas puntas falanges. Cresta de frutos que la gravedad libera y las Madres retornan presurosas a tierra...

Eternas.

 

Sueño vertebral

 

Planicies confundidas en barcazas, en castillos con muelles espejismos; rozando los bordes de redes gaviotas.

Henry Miller tenía razón: "todo se mueve".

El agua desearía escurrir lenta: lombrices probando suerte al dejarse arrastrar por la corriente; sorteando el salmón que Dalí dejara inconcluso esa noche desbordada.

Edward James, como todo caballero, supo gastar su fortuna al canjearla por cenizas vivas de naturalezas muertas.

 

En el tejado, el fantasma de una niña reclamando a Serrat: "¡Insensato! ¡Los Pueblos Blancos también nacen a la orilla del mar!"

 

Tal vez la ebriedad me autentice: tristes fortalezas son las urbes. No hay diferencia entre plagas y metáforas adoquinadas...

Es verdad, nuestros años no fueron bastantes en ausencia del neón.

 

La hoja de acero se eleva lenta, convirtiendo al blanco en verdugo.

El circo de la guerra nos tiene sin reserva.

 

Más lejos aun, allá, a la orilla del estanque, nuestros hongos alivian, revisten al madero mutilado.

La rana libre, de piedra en piedra, de hoja en hoja...

 

Triplicamos las estrellas en mar abierto; las olas se conformaron con dos necios; Nada.

 

El hambre lo es todo: el hombre no es Nada.

Allá, dragones caricatura sazonan faisanes.

Aquí, el ciempiés alimenta a mi gorrión agonizante.

 

En alguna parte, supongo, un renovado ensayo brota de la mirada del tordo...