Letras
Tres poemas
Norma Segades-Manias
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La hambrienta

"¿Qué será de la criatura
entre la mañana y el silbido?
Bella Ventura (Colombia)

Ella es un logaritmo, un índice en las sombras,
la cifra que no cierra.
Ella no es más que un gesto remendado
incrementando el censo de cucharas vacías y vacunas urgentes
con que el dedo asesino contabiliza cada pesadilla,
cada cruento final de esos delitos que no admiten condena...
hasta que los abismos se derramen por calles pulcramente sumisas,
clamando por su angustia silenciosa,
aullando desde el fondo
con las voces del fuego crepitando tragedias.

Ella no vale nada ante el álgebra estricta.
Es sólo una molestia,
la piedra en el zapato de un ministro
que disimula todas las huellas del naufragio, los rastros del mendrugo,
con sus uñas pulidas, con sus calculadoras implacables,
con su intimidatorio veredicto de ilícita hipoteca.
Ella es un porcentaje inscripto en los tratados que fraccionan el agua,
devalúan la vida a pura fiebre,
subarriendan los sueños,
mientras el mundo instaura murallas y compuertas.

Ella sólo es un número, el guarismo descalzo,
la estadística seca.
Ella sólo es un punto en el diagrama.
Nunca tuvo una hogaza de pan hospitalario que calmara el sollozo
ni un manantial de avena donde saciar el hambre combativa
ni un perfil de alfabeto sedicioso excavando trincheras
ni un horario prudente donde alzar barricadas ante tanto exterminio
ni un silbo señalándole el regreso
al refugio en andrajos
donde muerden su cuerpo las muertes verdaderas.

 

El mendigo viejo

"Uno se muere de cualquier árbol
de cualquier piedra
en cualquier piel uno se muere..."
Selfa Chew (México-Estados Unidos)

Tal vez antes del hambre fallezca de intemperie,
tal vez lo quiebre el frío.
Tal vez se desmorone entre redomas
que ahoguen, finalmente, su memoria aturdida por espesos brebajes.
Tal vez desaparezca por la puntada abierta en el reverso
como un tapiz de urdimbre desgarrada por zarpazos oblicuos
o se muera nomás de su desnuda muerte, su muerte ineludible
y la gente enarbole indiferencias
ante su piel de andrajos
y acaso ni celebre los rituales propicios.

Tal vez lo decapite un filo de relojes,
un mandoble de olvidos.
Quizás su miserable anonimato
—esa errante mirada de fantasma agobiado por insomnios y lunas—
increpe hasta los huesos al alfabeto oscuro de la sangre
cuando el linaje engendre sus historias de espermas fugitivos
y alguien venga a buscarlo entre los desperdicios de una calle cualquiera,
reconozca una estría de familia,
un gesto irrepetible,
un aire inexorable en el rictus preciso.

Tal vez muera esta noche, de espaldas en la escarcha,
húmedo de rocío,
descalzamente sucio de terrones;
un perplejo difunto de barba enmarañada y piojos en jaurías,
sin un diezmo de pena para entregarle al silbo del barquero,
sin un breve retazo de agonía donde encender el grito,
yaciendo, simplemente, como yacen los muertos, en mitad de la vida,
alucinando una comarca agreste,
un sitio a contraviento
donde lo encuentre el alba con los ojos vacíos.

 

La escritora

"... porque hasta el último hálito de vida
voy a aferrarme a la conciencia".
Leticia Ricárdez (México)

La voz estalla en huecos de conciencia
con un gesto de espiga reclamándole al siglo sus silencios culpables.
La voz se eleva triste, sin ritmo de panfleto admonitorio
ni cadencia de muerte multiplicando coágulos
ni palabras convulsas.
La voz busca engendrarse
con semen de fogatas pulsando en la vigilia,
en el cántaro azul de una esperanza ejercida a mansalva.
La voz quiere ser clara como el agua en la lluvia o la luz en la aurora.
La voz quiere ser largamente pura.

Pero ella no suscribe al disimulo,
renuncia a los secretos, abdica a los disfraces, reniega de mordazas.
Entonces ya no puede consentir los dolores encrespados,
admitir los vendajes que ciegan las pupilas,
omitir la denuncia.
Entonces se apasiona,
entonces se derrama como un bálsamo tibio
entre todas las llagas rigurosas, entre todo el agravio,
entre todos los odios que invaden la intemperie cuando la vida exhibe
sus colmillos de eclipses y penumbras,
inventa algunas treguas tutelares,
alguna fe propicia que le encienda horizontes a pesar del espanto,
algún síntoma breve de escasas indulgencias malheridas,
un resto de plegaria agazapada
que funde otra liturgia...
Pero en el fondo sabe
que algo viene creciendo a través de la pena
que, más allá de la quietud del viento, el hambre anda en jaurías,
que tiene el corazón de pie en las coordenadas del más hondo cansancio,
que tiene el corazón sobre la furia.