Artículos y reportajes
Poética del ajenjo, miel y poesía
Rafael Rattia
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Un libro de poesía puede producir en la sensibilidad del lector estados beatíficos, la lectura de un poemario puede hacernos vislumbrar un singular estado de gracia del cual, una vez sumidos en él, no querríamos salir así como así.

A estas alturas de mi vida de lector ya no tengo la más mínima idea de cuántos libros he leído; lo único cierto que tengo es que son legión.

Ahora tengo entre mis manos un libro raro, en verdad extraño. Se trata de Un amor de miel y ajenjo de la profesora universitaria y escritora María Cristina Solaeche. Ciertamente, dispongo de muy poca información sobre la autora, por tanto me voy a ceñir estrictamente al libro en tanto objeto estético; hablaré sobre su cauda literaria, sus rasgos artísticos, su naturaleza poética; en fin, me detendré en los poemas que integran este centenar de páginas que hablan del anhelo, de la vehemencia apasionada de un alma sensitiva que se atreve a verter en la página un torrente de emociones y sentimientos singularísimos.

Esta aventura del espíritu se inicia con un paratexto del autor del Fausto: Dos almas moran en mi pecho, ambas forcejean. Desde tiempos inmemoriales el alma de la especie sapiens es una intrincada dialéctica irresoluble: en nosotros, en usted y en mí, habita el cielo y el infierno como dijo Albert Camus. Debo comenzar celebrando el acierto semántico del título de este libro. La miel y el ajenjo, amonedados en una increíble fusión imaginativa, emotiva, sensitiva. El amor es placer y dolor, es goce y sufrimiento. Como dijo Baudelaire en Les fleurs du mal, en el amor se es la herida y el puñal. El libro está organizado en forma de pentálogo. Son cinco cuadernillos y cada uno está refrendado por un escritor que ya sabe de su eternidad. Vladimir Nabokov, Jacinto Benavente, Petrarca, Kahlil Gibrán, Alfonse Donatien. Los aforismos que a modo de frontispicio rotulan cada sección del libro son de antología.

Advierto en estos textos poéticos una loable voluntad y una esmerada vocación por alcanzar la esperada tesitura verbal que exigir debe el poema.

El verso vuélvese frenesí incontrolado, ansias de una subjetividad iluminada por los extravíos del sentido. Me atrevería a decir que hay una poesía sustentada en el movimiento. Noto una dialógica del azar y la necesidad en estos textos de María Cristina Solaeche.

Hay bocetos magníficos de poemas que quieren narrar una historia pero prevalece la nítida imagen por ejemplo de un intensísimo amor que movió cimientos y estremeció certezas. La palabra poética en esta autora es vehículo socio-simbólico que posibilita la recuperación de un tiempo que se niega a fenecer del todo. El lector siente que está ante una escritura vivificante. La palabra palpita en la sensibilidad de quien lee estos poemas.

Poesía intuitiva, poesía del presentimiento se nos va revelando a lo largo de este centenar de páginas de amor y despedida. Textos impregnados de una nostalgia espesa que se adhiere a nosotros como un líquido vital ineludible. Textos de olvido que evitan caer en ese peligroso estado catatónico cuando no olvidamos lo necesario para continuar la andadura insomne de nuestras vidas. Mucho silencio, mucha añoranza y especialmente una melancolía determinada por un no sé qué, una compleja madeja de sentimientos vertebrados por esta enigmática prosa poética.

Observe, lea el lector esta pequeña joya literaria:

Hay campanas tañendo
En el portal del tiempo

Únicamente por la magnificencia del haikú japonés puede lograr decirse algo tan magistral como esto. Me quedo prendado a los fulgores metafóricos de esa poesía de las tinieblas, esa poesía de la sombra: hay una cierta nervadura léxica que me subyuga y sumerge en estados extáticos. La penumbra es abordada por esta escritora de una forma terriblemente bella. Asombrosa libertad expresiva que rompe moldes desborda este libro. Me atrapa y me solazo en expresiones como estas:

Murmullo de palabras inconclusas
Bosque imaginado
          Poblado
                De nidos
                  De veranos
          Y
                        Canela.

Un dulce y discreto erotismo se insinúa en versos como estos:

Amante
Abre la puerta de tu ser
(...)
quebremos el ritmo de los pasos
dancemos en nuestro propio paso.

Lo que me seduce de esta escritura de María Cristina Solaeche es su dominio de la elipsis; esa capacidad metaforizadora que trueca en poesía el hondo palpitar de la existencia. Con singular naturalidad el poema se va explicitando sin perder su encanto poético, su atracción artística. La logique du coeur, como gustan llamarla los franceses, instaura otro orden, otro registro de sensibilidad. El sentimiento posee en estos poemas su propia racionalidad.

Finalmente, quiero testimoniar aquí mi admiración por las insustituibles ilustraciones realizadas por Jaime de Albarracín. Con ellas el libro se complementa en una verdadera reliquia artística que despierta en nosotros ternura, admiración y gozo estético, que no es poca cosa en estos días áridos que signan este presente aciago.