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Puesta de sol en AngolaEl hijo de Francis Macomber: Hemingway y Memorias de Angola de Luis Marcelino Gómez
Anna Diegel
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Ex Africa semper aliquid novum —siempre sale algo nuevo de África, escribía el romano Plinio. Memorias de Angola, la colección de cuentos del escritor y médico cubano Luis Marcelino Gómez, es una de esas sorpresas. Gómez, que trabajó como clínico en Angola entre 1980 y 1982, durante los años de la guerra civil en aquel país, fue testigo de penosos acontecimientos y de situaciones difíciles, tanto para los habitantes del país como para los conscriptos cubanos que combatieron o trabajaron allí. Su libro es una colección de viñetas enfocando, desde una perspectiva muy cubana, las experiencias de un médico enfrentado a las condiciones de un país en guerra.

También se puede decir que no hay nada nuevo bajo el sol. El libro de Gómez, sí, enfoca la experiencia cubana, pero al mismo tiempo, es la expresión de condiciones humanas universales, comunes a todos los tiempos o culturas. Se trata aquí de un mundo en el que predominan la violencia y el miedo. Los cubanos en Angola están expuestos no solamente a los riesgos de la guerra, sino también a los peligros de la naturaleza africana. El estilo sin adornos de Memorias de Angola refleja un sentido de urgencia determinado por aquellas precarias condiciones de vida. Los temas violentos y el estilo conciso recuerdan, inmediatamente, la obra de Ernest Hemingway, a quien Luis Marcelino Gómez rinde homenaje con citas y alusiones a través de su libro.

En los sobrios cuentos de Gómez hay modulaciones sobre el tema de la violencia: los personajes no solamente sufren los desastres físicos de la guerra, sino también sus estragos psicológicos: ora un hombre cae en una emboscada mortal, ora otro padece angustia al imaginar el alejamiento de la mujer amada, después de una larga separación. En todos los casos planea la amenaza de la muerte. También varía el foco de cada una de estos textos: a veces describen la vida en Angola desde el punto de vista de sus habitantes, otras veces desde el de los conscriptos cubanos, aunque une todos los cuentos la presencia de un narrador, el narrador-autor de la “carta introductoria” a los cuentos, cuya personalidad colora el libro entero. Finalmente, el estilo cambia libremente entre la narración y la descripción, la primera, segunda o tercera persona, la informalidad epistolar, el monólogo o el diálogo. Tanta variedad dentro de unas escasas 131 páginas (acompañadas por numerosas ilustraciones de Esperanza Vallejo, éstas tal vez irónicamente estáticas y pueriles dado el tema) crea una impresión de movimiento, vitalidad e impermanencia que es la característica de un mundo en guerra.

Como Hemingway, Gómez cultiva la economía de palabras para darles intensidad a sus relatos. El epígrafe al principio de su antología es una frase de Hemingway: “Now he would never write the things that he had saved to write until he knew enough to write them well”. Esta frase, dentro del contexto del cuento de Hemingway, “The Snows of Kilimanjaro”, en el que un escritor agonizante se da cuenta de los límites de su vida y lamenta el tiempo perdido, es una declaración artística que Luis Marcelino Gómez hace suya: no escribas hasta que sepas hacerlo bien. Al mismo tiempo, la frase expresa la desesperación y la urgencia de un ser perseguido por el tiempo y la amenaza de la muerte, y cuyo asunto principal es aprovechar y exaltar el instante para fijarlo en el papel. Las Memorias de Angola son el resultado de una tal angustia.

En los relatos angolanos de Gómez, un tema que obviamente recuerda a Hemingway, y particularmente al Hemingway de “The Short Happy Life of Francis Macomber” y de “The Snows of Kilimanjaro”, es el de la belleza del inmenso e indomado continente de África, por el cual los dos escritores expresan fascinación y amor. Como el héroe de “The Snows of Kilimanjaro” que declara que los mejores días de su vida fueron los que pasó en África, el protagonista de la carta introductoria a “Memorias de Angola” se emociona al ver, desde el avión, el contraste entre la selva y la tierra roja del nuevo continente, “un panorama que me pertenece”, añade.

No obstante, para los dos autores, el hermoso continente de África, “donde el sol es más rojo”, según Gómez, está bañado en sangre. Las ideas de la muerte y del mal, en un mundo marcado con violencia, potencial o presente, son los temas principales que unen los cuentos de Gómez y la obra de Hemingway (incluyendo los textos “no-africanos” de éste). En el cuento de Gómez, “En misión”, el protagonista declara que “un Francis Macomber vivía en [sus] huesos”, porque, como al héroe de Hemingway lo atrae lo desconocido y lo peligroso. Pero pronto, la fascinación se convierte en miedo, y la amenaza de la muerte es lo que domina el cuento de Gómez, así como constituye el ambiente de “The Short Happy Life of Francis Macomber”, el cuento de Hemingway en el que el héroe encuentra un fin violento. En otro texto, Gómez toma prestado a Hemingway el título de uno de sus cuentos, “Los asesinos” (uno de sus cuentos “no-africanos”), en el que un joven descubre la naturaleza del mal: es testigo de un complot de asesinato y observa la impotencia de la víctima. En el cuento homónimo de Gómez, sin embargo, el asesinato es figurado: los “asesinos” son tres miembros de las autoridades cubanas que vienen a perturbar una hermosa fiesta de amigos, los cuales se quedan sin recursos ante ellos.

Belleza y atracción del continente africano por un lado, precariedad de la existencia y hostilidad de la naturaleza y del hombre por otro: estos conceptos se oponen, y los protagonistas de Hemingway y Gómez se encuentran, a cada paso, en situaciones quijotescas donde chocan sus preconcepciones románticas con la realidad. Al llegar a África, el ingenuo cazador en “The Short Happy Life of Francis Macomber” conoce un miedo abyecto (que llega a dominar al fin del cuento) ante el peligro de las bestias salvajes. En “The Snows of Kilimanjaro”, una herida infectada y la posibilidad de una muerte próxima sacuden la seguridad y la presunción del protagonista. Similarmente, los personajes de los cuentos de Gómez experimentan la distancia entre el sueño y la realidad. Los protagonistas de “Los asesinos”, dos médicos que vinieron a Angola con ilusiones idealistas, reconocen la inutilidad de su misión al darse cuenta de la pobreza de recursos del país. En “Viaje a las cataratas”, el atrevido héroe que sale solo para descubrir, románticamente, unas impresionantes cataratas, se deja sorprender por la noche, y sufre terror ante sus peligros.

La similitud de temas y de estilo entre los dos escritores es obvia. Sin embargo, lo que sobresale después de la lectura de las Memorias de Angola de Gómez es la diferencia entre éste y su predecesor. Los dos, sí, están enamorados de África. Pero Gómez va más allá que Hemingway en su obsesión con aquel continente. Pues mientras en Hemingway permanece el bwana colonial, fascinado por los animales y por la naturaleza salvaje, Gómez se adentra en la mente de sus habitantes. Cuatro de los once cuentos de Memorias de Angola enfocan la vida y las costumbres de los indígenas. “Busco el alma de este continente”, dice uno de los protagonistas cubanos. “Si aprendí el dialecto, es para llenarme de África”. En los cuentos que tratan de los habitantes surge un tono tierno y casi lírico hacia la mentalidad de aquella gente simple: pues estos seres que viven tan cerca de la naturaleza experimentan emociones comunes a todos los humanos. Un padre pierde a su hijo en un accidente espeluznante, una mujer enloquece y se mata por amor no correspondido. En ciertos casos se añade a esto un toque de exotismo. Un hombre herido busca, ingenuamente, un tratamiento mágico imposible con los médicos cubanos. En “Kimbanda”, un cuento realista-mágico, el inquietante médico africano que se junta con los cubanos, según se revela al final, es un personaje de leyenda que se desvanece en una apoteosis de luz.

Pero la diferencia más importante entre Hemingway y Luis Marcelino Gómez es la actitud de cada uno en cuanto al papel del varón ante el mundo y la naturaleza. El típico protagonista de Hemingway es un hombre solitario, luchando contra un mundo hostil y una naturaleza indiferente. Su única forma de sobrevivir es convertirse en un ser duro y depredador. Bebe mucho para conjurar el miedo, y la caza es su terreno de prueba. Por eso a Francis Macomber le afecta tanto su acceso de cobardía al encontrarse con un león, hasta que al final logra dominar su miedo y enfrentarse con otra fiera, realizando así, antes de morir, unos cortos momentos de vida “feliz”. El escritor, protagonista de “The Snows of Kilimanjaro”, lamentando la degeneración de su energía y de su talento bajo la influencia del dinero y de la vida fácil, organiza un safari con comodidad mínima, esperando así endurecerse y “burn the fat off his soul”, quemarse la grasa del alma. El safari, para Hemingway, es la situación ideal para hacerse hombre.

Los personajes de Gómez no tienen ningunas nociones de este tipo. “Él [Hemingway] vino de safari y yo a socorrer”, dice uno de los médicos cubanos de “Los asesinos”. Estos médicos llegan a Angola para hacer un trabajo humanitario y los simples soldados o trabajadores reclutados por el gobierno cubano vienen sin ninguna preconcepción ideológica. Ni los unos ni los otros tienen un rígido código en cuanto a un comportamiento viril ideal. El protagonista de “Viaje a las cataratas” no tiene vergüenza de su miedo, y al verse fuera de peligro después de unos momentos de susto, lejos de atormentarse como Francis Macomber, simplemente se ríe de alivio. El cuento “Los proboscidios” es una especie de parodia de una escena de caza hemingwayana, las cuales son la ocasión de una alta tensión dramática donde el héroe de sentimientos elevados encuentra su catarsis. En el cuento de Gómez, al contrario, el cazador es un personaje tonto y ridículo, un obeso que pomposamente diserta sobre los elefantes mientras se lanza a sacar fotografías de ellos con el mayor descuido del peligro. Naturalmente, las bestias atacan y no hay final feliz.

La actitud distinta de cada uno de los escritores hacia lo que define la virilidad se manifiesta en las relaciones humanas entre sus personajes. El héroe de Hemingway, como ya [he] dicho, es un solitario, y además, un misógino. En “The Short Happy Life of Francis Macomber”, Wilson, el “cazador blanco”, modelo de hombría en el cuento, critica a Francis Macomber, el cobarde, por no saber mantener a su mujer en su lugar (“keep his wife where she belongs”). El protagonista de “The Snows of Kilimanjaro”, cuando lo ataca la enfermedad, empieza a insultar a su esposa y a culparla por su impotencia como escritor. Aunque estos hombres están en compañía femenina, siguen viviendo como los “hombres sin mujeres” que son el tema de muchos de los cuentos de Hemingway. Con otra gente también, los heroicos varones de Hemingway tienen relaciones difíciles. Francis Macomber “odia” a Wilson el cazador blanco, su rival y vencedor en la búsqueda de la hombría. El agonizante protagonista de “The Snows of Kilimanjaro” expresa su rabia y su “desprecio” hacia los ricos que, supuestamente, le dañaron el talento con sus tentaciones de vida fácil.

Muchos de los protagonistas de Memorias de Angola, así como el narrador principal, son, literalmente, hombres sin mujeres también. Pero se encuentran en estas circunstancias de aislamiento sin haberlas escogido. Sin embargo, nadie odia a nadie, a menos que se trate de las autoridades cubanas que fuerzan a los conscriptos a enfrentar un destino tan duro. Este tema sale en algunos de los cuentos, pero el libro no es una polémica anti-castrista. De todo modo, no se trata de odios personales. Los personajes de Gómez, bajo difíciles y precarias condiciones de guerra, conservan una bondad tranquila y expresan compasión los unos para con los otros, como en el cuento en el que el médico tiene que anunciarle a una madre la muerte de su hijo. Reina una camaradería fácil entre aquellos conscriptos trabajando en Angola, tanto mujeres como hombres, y a veces, un buen humor muy cubano, como en el ya mencionado cuento de “Los proboscidios”, sobre el cazador loco. Tal ambiente humano permite que se exprese la nostalgia de los que sufren la larga separación con los suyos, o la tristeza de perder a un ser querido. También permite que surjan sentimientos tiernos entre algunos de los protagonistas masculinos, particularmente los de “Los asesinos” y “En misión”. La carta introductoria presentando los cuentos es una cariñosa misiva a un amigo.

Finalmente, el protagonista principal de Gómez, el médico idealista que trabaja en Angola, se distingue de los hombres de Hemingway por su entera libertad de pensamiento en cuanto a la sexualidad. Mucho se ha escrito sobre la ambivalencia sexual de Hemingway, que oculta detrás de un supuesto horror a la homosexualidad: por eso sus héroes son exageradamente viriles, bebedores serios y grandes cazadores de animales y mujeres. Los protagonistas de Gómez, al contrario, son simplemente humanos y si, en dos de los cuentos de Memorias de Angola, “Los asesinos” y “En misión”, se alude al tema de la homosexualidad, se hace con la mayor naturalidad, presentándola como una alternativa forma de amor, bella y totalmente aceptable.

El rígido Hemingway probablemente se emborracharía de disgusto al ver los avatares que nacieron de su obra. Los hombres de sus cuentos africanos son modelos de comportamiento viril, y su Francis Macomber sólo llega al nivel de este ideal en último momento, cuando, al final, se desquita de su cobardía. Pero el mutante, hijo de Macomber y narrador principal de los cuentos de Luis Marcelino Gómez, no tiene nada que comprobar, a menos que sea su falta total de cualquier prejuicio. Es simplemente consciente del carácter multifacético de la vida, y de que “nunca se sabe lo que puede suceder”. Así es que sí, salió algo nuevo de África, una perspectiva fresca sobre unos temas ya comunes y sabidos, y esta vista prismática de la realidad es uno de los privilegios de la literatura.

 

Bibliografía

Gómez, Luis Marcelino. Memorias de Angola, Cuentos africanos. Bogotá: Panamericana Editorial, 2003.

Hemingway, Ernest. Short Stories. New York: Charles Scribner’s Sons, 1955.