Hace algunos años, el científico y escritor Carl Sagan
imaginaba el momento en que se produciría el primer contacto con
inteligencias de otros planetas. La investigación espacial enfatiza entre sus
objetivos los económicos, la obtención de minerales a bajo costo
explotándolos en cuerpos celestes; Sagan creía que el contacto con
extraterrestres conduciría a la Tierra a un salto económico, científico y
técnico, pero que a él le interesaba realmente el salto cultural. Le habría
gustado saber, ni más ni menos, cómo sería la poesía de los
extraterrestres, qué los inspiraría para pintar, qué extrañas formas de
arte habrían hallado para expresar sus sentimientos y sus angustias y cómo
ambas culturas, la nuestra y la de ellos, resultarían afectadas tras
ese encuentro cósmico.
Las corrientes migratorias desde Latinoamérica
hacia Estados Unidos están generando situaciones complejas que, en el futuro
cercano, nos permitirán apreciar (a algunos, pues ya se sabe cuán corta es
la vida) tales saltos culturales, aunque, claro, a un nivel más terrícola.
Con más de cuarenta millones de personas, la comunidad hispana representa el
13% de la población total de Estados Unidos: ya no es una masa de charros
estereotípicos que gritan amigou cada dos por tres.
Días atrás, el profesor James Iffland, de la
Universidad de Boston, convocó a sus colegas hispanistas de Estados Unidos,
durante el simposio que sobre el Quijote se celebró recientemente en
Puebla (México), a que concentraran esfuerzos para que la difusión de la
lengua de Cervantes no tuviera sólo una función comercial y sirviera,
también, para compartir con otras culturas la riqueza de la nuestra.
En el asunto del spanglish, Iffland
pertenece al bando de los relajados: las culturas están penetrándose
mutuamente y él defiende que este dialecto, mitad español y mitad inglés,
es una consecuencia natural de las fuerzas de fricción. Pero una mayoría
abrumadora de los latinos que van a Estados Unidos lo hace por motivos
económicos, no culturales. La desventaja económica en que se encuentran al
llegar, ¿podría suponer también una desventaja cultural?
Es probable, pero las relaciones entre los grupos
humanos se desarrollan a todo nivel, no sólo en lo económico o en lo
cultural sino en ambos aspectos y en todos los demás, como sería la
relación con el hipotético pueblo extraterrestre de Sagan. El peso
económico de los latinos en Estados Unidos está naturalmente haciendo
presión sobre el aspecto cultural, produciendo, ni más ni menos, esa cultura
híbrida que ya hace algún tiempo venimos percibiendo.
Justamente sobre este tema incide marginalmente la
entrevista que José Carvajal le hace a Teresa Mlawer en el programa
de radio que conduce este periodista en Librusa.com.
Mlawer está al frente de Lectorum, una de las principales empresas del
mercado editorial hispano en el norte, y dice que las librerías que expenden
material en español están enfrentando serias dificultades, pues en muchos
casos dependen de sus pares estadounidenses, o de las cadenas editoriales,
para surtirse, y esto redunda en algún nivel de desatención hacia el mercado
hispano.
Según Mlawer, las librerías hispanas, que ya de
hecho son muy pocas, no han hallado la fórmula correcta para satisfacer las
crecientes necesidades del mercado al que pretenden atender. Carvajal sugiere
que “en muchos casos los libros no se venden porque esos negocios carecen de
un personal debidamente preparado para servir al mercado hispano”.
Aunque a simple vista esto pudiera alimentar el
temor de que la cultura hispana se reduzca a una especie de gigantesco ghetto,
la realidad nos está enseñando que el mismo proceso hibridizante que en lo
cultural dio lugar al spanglish podría tener paralelos en otros
órdenes: lo político, lo social, lo económico...
Tanto Iffland como los hispanistas de la línea
dura —Odón Betanzos Palacios y los que le secundan en la defensa estricta
de nuestra cultura ante el “peligro” de tal hibridación— han concordado
en que es necesario imprimir mayores esfuerzos en el fomento de nuestros
valores autóctonos, a fin de impedir que éstos resulten lastimados
tras el choque con la nueva cultura que enfrentan al llegar a Estados Unidos.
La verdad es que estamos parados en medio de una coyuntura que supera
cualquier previsión: la cultura extraterrestre que desde el planeta
Hispanoamérica estamos llevando a Estados Unidos, no sólo no resultará
ilesa tras este choque cósmico con la otra cultura, sino que la
modificará y, así mismo, se modificará al nutrirse de ella. Lo grande es
que, a diferencia de Sagan, algo de eso alcanzaremos a ver, y será doloroso y
maravilloso al mismo tiempo.