Letras
Desplazados del Paraíso
Antonio María Flórez
Comparte este contenido con tus amigos

7

        Antes de abandonar mi tierra
pienso en todo lo que es embrión y energía creadora,
en el semen derramado sobre la núbil muchacha
que sueña con la ciudad y el mar,
en el rudimento de olores y sabores
que se instalarán en mi memoria refleja
como una semilla purulenta de flores sin estambres.
Pienso en los gusanos, las serpientes, las carcomas
y todas las cosas que horadan la tierra y la revierten
a su antigua condición de semilla; pienso en ti
que te has quedado sin boca ni brazos para besar o retener,
¡Oh, madre, hermana, abuela, amante, ligamento primordial
de mis rodillas genuflexas, brilloso canto de espeso y ardiente amor!

 

9

        Y llevan
en sus alforjas
algunas pocas pertenencias;
habitan en el día oscuros rincones
de caballerizas y galpones malolientes
y en las noches recorren sudorosos
caminos marginales de niebla
entre susurros y plegarias.
Al alba, siempre al alba, buscan riachuelos,
pequeñas fuentes de agua, donde sacian su sed
y se lavan la angustia de sus pieles rotas. A veces los peces tocan
sus cuerpos desnudos y se anegan de amor e inciertas promesas.
Se aman, se seguirán amando, buscando el mar o las ciudades,
así el miedo los obligue a seguir andando
con las alforjas ya vacías pero los sueños intactos.

 

10

        No sé cuánto tarda un joven en hacerse roca
y una doncella en derramarse en lluvia;
seguramente más de lo que tarda un río en volverse silencio
y una mariposa en murmullo;
pero eso no importa si le digo que ya aprendí
a distinguir todas las formas posibles del vuelo de los lagartos
y la trenza de las arañas y la sintaxis de las serpientes
y el gemido de los musgos y el mugir nervioso de las balas
y el croar azulino de los que están a punto de perecer,
como yo, que pondero la longitud de los fusiles que me apuntan
y el alcance de los largos silencios que me esperan mascando
el metálico sabor del barro y la raíz febril del mangle putrefacto.

 

13

        Acostarse lentamente
sobre la hierba:
                            a morir o a soñar.
Así no más.

 

14

        Alguien tendrá que detener esto.
Alguien, no sé quién,
debería abrir alguna puerta de su morada,
               —su corazón incluso—
y generoso decir, a pesar de sus heridas:
                         —Entra, esta es mi casa,
                            bebe de mi agua
                            y reposa para siempre de la huida.

 

17

                La muerte suele actuar con lentitud de fiera al acecho, sigila en la manigua, olisquea las huellas de sus futuras presas, vigila las correnteras de prístinas aguas desde los tupidos bosques tropicales y, como el puma de raudo salto, vuela desde lo más espeso del bosque a la garganta de sus desatentas víctimas, y les desgarra la piel y les parte la tráquea, y las arrastra sangrantes a lo más denso de la manigua para acariciarles la carne y saborearles el alma. La muerte.

 

22

                A la muerte. Sí, a ella, hay que intuirla solamente por el leve roce del viento helado en las cortinas, a esa hora del día o de la noche en que el silencio lo inunda todo, las alimañas se aquietan y desaparecen los contornos de las personas, los animales y las cosas. La muerte.

 

44

        Ese lugar
que tú mencionabas en tus delirios,
ese país sin nombre del que huiste,
ya no es más testigo
de tus sueños y juegos preteridos.
La lluvia arrasó con todo,
con las huellas, las raíces, el amor y los caminos.
Ya no hay retorno.