Letras
Tres poemas
Mario Waits
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Delta

Soy tu luno menguante
que se pierde en el reflejo de llanto Tigris
contaminado en frases del caudal hermano
muero de sed de que tu boca beba,
tú mi sola, desolada de olas
que no hunden ni salan al herido almo.

Mi nuco esconde mi verdadero caro,
oscuro y cadavérico de ti
mi sombro pende ya del tule de la muerte,
tu rostra se sonroja
al descubrirme en busca de tu última reducta.

Mi autoexilio es proclama fantasmal
que se extravía en el embosqueado
de tu boca briosa
clamor de lenguo despedido
en suicidio de quelonio tortuoso.

No hay salvador,
no hay sirenos cantos,
Penélope duerme en su funeral
viaje en vano, perlos en los ojos
comilona de cuervas diurnas, blancas
en son de camuflaje guerro.

Mi sangre pulpa no pinta
ni el espumo del mar,
solo quedo de mí
en ese nube que reviento en el mástil
juego el último aliento
fallida mano en juego de abalorios
tan cerca a tu ventano
para decir a diosa adiós.

 

Cielo caído

El cielo se cae en trozos
uno de ellos ya no se levanta del suelo
suda nubes de sangre y fiebre tartamuda
lengua rota no besa, no suplica
solo intuye a los muertos
su sabor a ceniza y cal que quema.

Se eleva el telón y no llega la amada
se encuentra en brazos marineros
que dejaron la barca a la deriva,
porque el cielo se cae a mares
y el teléfono del teatro permanece impávido
incapaz de iniciar el soliloquio.

El cielo se cae en pedazos
sobre los infieles
que lo usan de sábanas
para arropar a los fantasmas de la incertidumbre
y el paralítico camina,
el ciego ve el engaño,
el mudo aprende a hablar a fuerza de golpes,
el sordo lee los labios de la esposa muerta,
todo huele a miseria, a demonios de azotea.

El cielo se desploma
las aves desean piernas,
el ángel traicionado se arranca las alas,
el falso médico receta morfina al falso enfermo,
todos desnudos boca abajo
en la última cena de lodo fermentado
por el propio excremento del miedo.

Y la muerte no llega cuando se le necesita
queda, muy queda,
se queda en casa por el toque de queda,
aprovecha para cambiar el color de su tinte
y pasearse por los ojos del nonato
al que no pudieron amamantar con indiferencia,
con el alma en un hilo... ahorcada.

El grito de auxilio, la súplica de un poco de amor
se ahogan,
porque se cae el cielo
hueso a hueso.

 

Hay veces

Hay veces que te joden los muertos con su sonrisa permanente,
su profunda mirada
y un viento de reclamos entre su innecesario respirar.

Hay veces que los muertos invaden sin permiso
la intimidad de nuestros sueños
y hacen fiestas u otras veces charlas amenas,
dándote escalofrío sus alientos
para que no pierdas el ánimo ni el ánima en aspavientos.

Mas no los exorcizas, a menos que quiebres la madrugada,
que camines insomne
al contar a tu paso las estrellas,
que hay veces, son también, lejanos muertos.

Hay veces que tu mejor camarada te traiciona,
pues lo abrazas un viernes,
quedan de reencontrarse en luna nueva
y lo ves alejarse
e ignoras que algo se masculla entre dientes;
el sábado te sorprendes en su funeral,
el lunes en la mesa de siempre
te bebes en el soliloquio del llanto,
su amargo café sin fondo de conversación
y descubres que no hay sacarina sustituta
para el agradable azúcar
de que se componen los amigos buenos.

Hay veces que te joden los muertos,
dan señales de humo que enrojecen los ojos
y no nos heredan demasiadas opciones,
pues te rompes la testa o las promesas...

Y ellos que se pasean con profundas miradas,
sonrisas transparentes y sus trajes de fiesta.