Sala de ensayo
¿Quién fue primero?El fin del dilema
Por una nueva forma de pensar y de ver las cosas
Comparte este contenido con tus amigos

Una de las características de los jóvenes estudiantes adolescentes es la actitud desafiante que asumen ante la autoridad, representada por sus profesores, y una de las maneras de demostrarla es tratando de hacerles una pregunta tan difícil como sea posible para que no la puedan contestar, y así hacerles quedar mal y provocar un pequeño desgaste de la autoridad que tanto desprecian. En cierta oportunidad, uno de estos jóvenes le preguntó a su profesor de filosofía, que se había atrevido a plantearles el tema del “origen de la vida en la Tierra”, sobre su opinión acerca del famoso y conocido dilema del “huevo y la gallina”, haciendo énfasis en la pregunta “¿Quién fue primero?” esperando con mirada burlona y confiado en que el profesor, con toda seguridad, “se iría por la tangente”.

La actitud más común a esta cuestión consiste, para la mayoría de las personas, en encogerse de hombros, por considerar que no existe una respuesta apropiada y que jamás se podrá dar con ella. Sin embargo, el hombre contemporáneo dispone de un cúmulo de conocimientos científicos, en el área de la biología, que le permite al pensador inquieto aproximarse a la verdad con un cierto grado de certeza.

Lo primero que se debe plantear es la necesidad de la respuesta a este dilema, debido a que es evidente que la vida existe y que tuvo un principio. Lo siguiente consiste en precisar el conocimiento que ha sido comprobado por las leyes y principios de la ciencia moderna, especialmente en el área de la biología, y de otras ciencias relacionadas, y sobre estas bases comenzar a construir una nueva estructura del pensamiento acorde con nuestros tiempos.

La geología, por ejemplo, ha establecido que en la Era Azoica no existía la vida, sólo existían las rocas ígneas y el magma; luego y en un momento no determinado aparecen los primeros organismos unicelulares de múltiples y muy variadas clases. Este hecho no puede ser explicado con la teoría de la evolución, debido a que ésta sostiene que “todos los organismos provienen de un organismo primitivo y único, del cual evolucionaron todas las demás especies”, es decir de “menos a más”, pero el registro geológico muestra exactamente lo contrario, y esto es, la aparición de múltiples especies en el mismo período de manera simultánea. La gran cantidad de fósiles encontrados a la fecha demuestra fehacientemente que la variedad de especies en el remoto pasado era inmensa, y que han ocurrido extensas extinciones, lo cual prueba que la vida viene de “más a menos” cantidad, exactamente lo contrario a lo que los evolucionistas nos han querido enseñar. Por otro lado, el conocimiento de la reproducción celular por duplicación y el logro alcanzado con la clonación, donde se obtuvo un ser exactamente igual al progenitor, hacen evidente que la ley que regula la reproducción de las especies mantiene las características de éstas dentro del mismo género, por el control que ejercen los caracteres genéticos. Esto es exactamente lo contrario a la idea que expresa la palabra evolución, es decir, la transformación de un género en otro totalmente distinto al pasar el tiempo. Lo que sí permite el código genético es la variabilidad dentro de cada género; esta es la razón por la cual siempre decimos que un perro es un perro, a pesar de existir una gran diferencia entre un gran danés y un chihuahua.

En nuestra época, se conoce perfectamente el mecanismo que regula este fenómeno de la materia viva, los genotipos no cambian al reproducirse cada especie, manteniendo las características principales que definen a un género, pero los fenotipos sí, lo cual explica las diferencias entre los individuos de especies diferentes dentro de un mismo género, como es el caso de los canes que se clasifican en perros y lobos, por ejemplo; pero el caso que más interés ha causado al intelecto por décadas, es conocer el origen de la especie humana, veamos entonces qué se puede decir de tan polémico tema.

Los fósiles que suelen ser citados como pruebas de la evolución humana sólo evidencian que existían esas especies, que evidentemente eran animales por sus características morfológicas, pero en ningún modo son evidencia de cambios físicos de éstos al hombre, simplemente son variedades extintas de simios muy antiguos. Los antropólogos, llevados por el prejuicio de la idea evolucionista, han colocado los cráneos fósiles de los monos antropoides, uno al lado del otro, en una especie de “anatomía comparada”, y concluyen erróneamente que gradualmente van cambiando hasta llegar al Homo Sapiens. Pero en realidad esto no ha podido ser probado, debido a que hasta el momento no se ha podido evidenciar con el hallazgo de muestras de fósiles intermedios que demuestren la idea de la transformación gradual, simplemente se parecen pero hasta allí llega la comparación. Cualquier otra consideración no es más que una suposición. Otra cosa que evidencia la falsedad y el equívoco de los científicos es que, cada vez que se realiza el descubrimiento de otro fósil antropoide (ser parecido al hombre), se desbarata todo el “árbol genealógico” que se había construido previamente y tienen que empezar a escribir de nuevo la “Historia Evolutiva” (sic), es decir, que esa información científica jamás ha sido confiable y nunca lo será.

El método científico enseña que para que una teoría pueda ser considerada como ciencia exacta, debe cumplir ciertas condiciones como es la experimentación, la cual exige la reproducción del fenómeno en condiciones controladas, y debe tener también la capacidad de poder predecir condiciones futuras; además, debe cumplirse en forma general, pero ninguna de estas condiciones se corresponde ni se cumple con la idea de la transformación, ni gradual ni súbita, como han intentado explicar las incoherencias de la Teoría de la Evolución, “remendando el capote” los autollamados “neodarwinistas”. Por otro lado las evidencias muestran a varias especies y organismos muy antiguos que todavía existen, pero los evolucionistas no han podido explicar la razón de ¿por qué no han evolucionado?, a falta de una respuesta; no les ha quedado otro remedio que llamarlos fósiles vivientes, pero hasta el momento no han podido contestar a esa pregunta. A la fecha son múltiples los fósiles de insectos, artrópodos y peces como el celacanto, que existen actualmente y también existen fósiles en los museos. Si el concepto “transformista” fuese cierto, ¿por qué no se cumplió en estos casos?, es evidente que siguen siendo iguales a sus remotos antepasados, a pesar de que el método exige que para ser una verdadera ley debe ser de cumplimiento “general”.

Volviendo al conocido dilema, éste se puede considerar desde otro punto de vista; es posible que no fuese ni el huevo ni la gallina lo primero que apareció con relación a este género; la verdad es que podemos ver el problema que este falso dilema plantea desde otra perspectiva; veamos cuál.

En realidad cada especie ha existido desde que apareció por primera vez, con las características que la distinguen de los demás organismos. Esta afirmación está plenamente respaldada por el código genético; por tal razón, al hacer una regresión imaginaria hasta el momento en que aparece el primer ser de la familia de las gallináceas, como también el de cualquier otro género, nos encontramos al principio con un ser muy especial, un animal o vegetal constituido con todo el potencial genético que contiene en su seno, celular y cromosómico, donde están todas las combinaciones y variedades de genes dominantes y recesivos que se manifestarán en las generaciones que se producirán a través del tiempo; pero aparece sin pareja para cruzarse, entonces, ¿cómo hizo este ser para poder reproducir su especie?

Existen múltiples formas de reproducción entre los seres vivos. En el caso de la especie humana, el sexo masculino porta los cromosomas x e y, y el género femenino porta solamente cromosomas x. Esto es así en todas las especies, que actualmente se reproducen sexualmente (sexos separados); ahora bien, si lo masculino contiene la esencia de lo femenino, esto parece indicar que lo femenino proviene de lo masculino. Por lo tanto, la única manera de resolver el dilema consiste en considerar una forma de reproducción muy especial, que debe haberse producido inicialmente y en una sola oportunidad. Esto es muy posible, debido a que este tipo de fenómeno se da todavía en algunas especies animales; los caracoles, por ejemplo, y en la casi totalidad de las especies vegetales. Es posible, por lo tanto, que esta sea o haya sido la forma como las especies aparecieron, y explica perfectamente la individualidad y las características genotípicas que se transmiten de generación en generación, haciendo que cada género se reproduzca en forma individual e independiente de cualquier otro género. Estamos hablando del hermafrodismo, que significa que el organismo posee los dos sexos a la vez y que es capaz de autofecundarse; por lo tanto es posible que cada especie, por lo menos al principio, tuviera esta condición y, al producirse la separación de los sexos, dejó de ser el mecanismo de reproducción, originándose así la forma sexual.

En conclusión; la primera ave, gallinácea o de otra forma cualquiera, tenía la capacidad de autofecundarse, y cuando apareció por primera vez puso su primer huevo y lo que se generó resultó ser un individuo totalmente femenino; por lo tanto, a partir de ese momento, la reproducción sexual se realiza tal y como lo podemos observar hoy en día, sexos separados que constantemente se buscan el uno al otro, impulsados por un intenso e innato deseo de reproducirse para perpetuar la especie.

Si todo esto fuese así, es posible que la llamada Costilla de Adán sea otra forma de decir lo mismo, y de describir de manera muy sencilla y apropiada para las mentes antiguas lo que hoy puede entender perfectamente cualquier estudiante de biología, de cualquier escuela, de cualquier país e, igualmente, usted y yo.