Sala de ensayo
Escritores y escritoras de la guerra. Narradores chilenos
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“Crear una pequeña flor es una tarea de siglos”.
William Blake

La labor de un escritor o de una escritora es ansiar escribir la historia más preciosa jamás contada.

La labor de un escritor o de una escritora, sin distinción de la era que le tocó vivir, es trabajar con esas pistolas cargadas —las palabras y la imaginación— e intentar escribir la historia más bella del mundo.

¿Por qué hablamos de generaciones entonces?

Porque la realidad en que nos toca vivir cambia. Y como escritores de ficciones somos mundanos, socialmente contaminados y por lo tanto hay que trabajar la materia de lo imaginario a partir de esa realidad. “El hombre parte del hecho de que hubo mucho tiempo sin novela pero nunca una novela sin tiempo” (Carlos Fuentes).

Esas diferencias contextuales, el mundo social e histórico, establecen, no puede ser de otro modo, las distintas formas y sentidos de la literatura.

Y nuestra realidad, la de los escritores o escritoras que nacimos entre los años 1950 y 1964, está muy delimitada en sus orígenes. En esa época primordial, hace ya más de 30 años, un general dirigió primero una guerra con tanques, aviones y miles de soldados a un palacio de gobierno que era defendido por un pediatra que, hace ya más de 30 años, llevaba la cinta presidencial, un casco, y estaba armado con una vieja metralleta.

Lo que vino después fue el asfixiante dominio de la Secta de los Assasin, creación de una mente delirante. Por las noches la urbe mostraba sus épocas viles de bajeza; se desplazan por Santiago, en varios autos, dejando una nube de terror, la secta de los Assasin, cuyas sonrisas los hace parecer mitad bestias y mitad humanos, vienen de torturar y violar a mujeres; entran a un boliche del centro de Santiago; obligan al tabernero a cerrarlo; dejan sus metralletas en una esquina; y beben y comen, riéndose de las víctimas, en un atmósfera densa de humo y cargado de pesados olores. Otro culto homicida surgió en las entrañas del fanatismo: la Secta de los Matanceros, cuya función era eliminar a los testigos. Los ataban a rieles de trenes y los lanzaban al mar, supuestamente para que no hablaran nunca más. Su cita preferida era: “Ahorra tus gritos, que nadie te oirá”.

Para que Los Assasin actuaran, para que éstos actuaran sin errores, se declaró el Estado de Guerra. Llegaron a tener tal influencia que otras sectas, que al comienzo veían a los Assasin como simples funcionarios, llegaron a temerles. Es que su principal carácter era la ofuscación. La Secta de los Comunicadores, por ejemplo, mutó el lenguaje y, desde entonces, donde decía opositor, escribieron “terrorista”, donde decía defensor de derechos humanos decían “tontos útiles”. Ellos también sabían que el lenguaje no era inocente y que el lenguaje también es responsable. Según la leyenda, los Assasin y los Matanceros hicieron desaparecer a tres mil personas. Un informe de expertos encuentra el testimonio de 35 mil personas que pasaron por sus torturas. Aunque ha pasado ya su época, se dice que aún hay lugares donde, si uno se detiene un tiempo, puede oír quejidos y llantos. Por algunas razones nebulosas, los martirizados preferidos eran jóvenes, incluidos niños y niñas.

A algunos de esos jóvenes se les ocurrió, en esas condiciones, escribir, muchas veces sin poder publicar lo que escribían y con el mundo editorial sometido a censura previa. Es la generación de los escritores y escritoras de la época de la guerra que, nacidos entre los años 1950 y 1964, tenían entre 9 y 23 años al golpe militar de 1973.

Un porcentaje importante de ellos (entre un veinte o un treinta por ciento) se exilió o autoexilió. Varios de ellos estuvieron en la cárcel.

El joven literato se vio a menudo impulsado —por convicción, por generosidad, por coraje, por tantos otros motivos— a poner su acción en las premuras del momento y a luchar contra la Secta de los Assasin y defender la libertad.

No era fácil, pero hubo valor y coraje. Se ha forjado un carácter moral que la sociedad necesitaba.

Pero nada nos hará perder una cierta lucidez analítica. Uno no escribe, necesariamente, mejor o peor, por haber sido contrario a los Assasin, esa autoridad moral no lo convierte a uno en una autoridad literaria ni es garantía de excelencia literaria. Las obras cumbres son resultado, más que del contexto, de una síntesis superior y verdadera, una aventurada combinatoria de talento, de prudencia y de sabiduría.

No se ha demostrado aún, hasta donde yo sé, que la libertad o la represión sean traba o estímulo para la creación literaria. Nadie se convierte en un gran escritor por el simple hecho de estar en contra de un régimen de asesinos. El arte y la moral tienen una necesaria autonomía, sin una clara relación directa y simplista. Hay una conjugación, una conjugación entre el escritor y sus circunstancias, que no es unilateral ni vulgar.

Los resultados de la narrativa chilena deben medirse por su arte, por su belleza. No por efectos cívicos, propagandísticos, utilitarios o pedagógicos.

Y los resultados del arte narrativo son hasta ahora —no puede ser de otro modo— desiguales y de algún modo circunscritos.

Estoy haciendo una afirmación cualitativa, hay que leer las novelas. No hablo de las novelas que más han vendido o que han tenido mejor crítica, hablo de toda la narrativa escrita por mi generación. Pues aquí existe otra trampa en la que yo no quiero caer, hay libros que apenas han sido conocidos por el público y la crítica. No es problema mío. No es un problema de los escritores. No es problema mío ni de los escritores que el mercado actúe como actúe y que los medios sean selectivos a la hora de levantar u obviar a un escritor o a una escritora. No es problema de un escritor el comercio o la autosatisfacción facilista. El escritor debe ser fiel a su vocación independiente.

Permítanme ser exigente y autocrítico. Hay logros reveladores a nivel de la novela, aunque circunscritos, y dentro de los primeros habría que nombrar a Roberto Bolaño. De esa manera, el exilio, esa realidad chilena, cobró su precio.

Ha ocurrido que los escritores y escritoras de esta generación han caminado por vías diversas y disímiles. Hablar de temáticas o estilos centrales sería un error analítico inexcusable. Establecer una normalización sería atropellar una notable y saludable amplitud. De algún modo, cada escritor busca su camino, su propia voz.

O dicho de otro modo: lo que nos une es la variedad. Aunque todavía existen los normalizadores de uno u otro signo, la realidad es más desordenada y dispersa, y no hay otra cosa que leer y degustar, afinar el paladar y así diferenciar las buenas novelas de las menos buenas.

Las novelas de esta generación soportan una variedad de estilos, temáticas, géneros y niveles de lenguaje. La pasión por lo lúdico y lo paródico, la disolución irónica de la solemnidad, el humor, la incorporación de íconos de la cultura de masas junto a elementos de la llamada alta cultura, la presencia profusa de lo metaficcional. Testimonios de la variedad y de la fragmentación de la sociedad actual es la prosa antidiscursiva, desestructurada de modelos y certezas narrativas, que mezcla materiales estéticos y entrecruza inesperados planos de significación.

Asimismo, esta generación busca también, por primera vez de modo sistemático, establecer lo que antes se llamaba literatura de género: literatura policial, feminista, erótica, cibernética o del folletín. Esto que antes era considerado paraliteratura por los normalizadores o defensores de una literatura central, ha entregado durante los últimos años buenas novelas. Y es, además, un intento positivo de encontrarse con el público, contando una buena historia, evitando la camisa de fuerza de escribir sólo para una eventual crítica académica.

Así también se ha redescubierto, casi de modo sistemático, la fuerza de la novela histórica para contar o desmistificar la historia. Varios escritores hacen el trabajo de imaginar la construcción histórica, interpelando, a la vez, estos narradores, a los historiadores profesionales. Es más incitante leer la novela de Juanita Gallardo sobre Balmaceda, que leer un libro de historia sobre Balmaceda. De ese modo se hace relativo el abismo entre novelistas e historiadores, poniendo en cuestión a la ciencia histórica, o más bien, a cierto tipo de ciencia histórica. Estas novelas están evidenciando el aserto del profesor Jorge Peña Vial de que la ficción y la historia, desde el punto de vista formal y en sus estructuras, tienen un desarrollo muy semejante y están más emparentadas de lo que suele admitirse.

Y esto se conecta a la vez con algo muy extendido en la narrativa de esta generación, esto es, la cercanía o la tendencia a la disolución o evaporación de los contornos entre la ficción y la realidad, en el coqueteo con el testimonio. La narrativa, en este aspecto, se ha hecho más volátil y más irresoluta.

Pero la narrativa no son sólo novelas. Están los cuentos. Hay grandes cuentistas en mi generación. Y se podría afirmar, sin temor a equivocarse, que uno de los aportes principales de mi generación la han hecho los cuentistas. El cuento Danubio Pardo, de Jaime Collyer; Los pájaros de la Catedral de Uppsala, de Jorge Calvo; Los favores concedidos, de Lilian Elphick; Muertes, de Pía Barros; Senzini, de Roberto Bolaño; Matar al marido es la consigna, de Sonia González; Ulises Mardones, de Sergio Gómez; A la lumbre de la ciudad oncena, de Roberto Rivera; Qué buena voz se perdió para el tango, de Ramón Díaz Eterovic; Déjalo ser, de Diego Muñoz; Pelando a Rocío, de Alberto Fuguet; Pequeña novela gótica, de Marco Antonio de la Parra; Color Arena, de Carolina Rivas; Yo nunca fui a Tijuana, de Mauricio Electorat, entre otros muchos, son cuentos de gran estilo y profundidad, seguros y sensibles, que están a la par de los grandes cuentistas latinoamericanos (Quiroga, Borges, Cortázar).

El futuro de esta generación es un desafío. Dice Augusto Roa Bastos que el hombre es como un río. “Tiene barranca y orilla. Nace y desemboca en otros ríos. Alguna utilidad debe prestar. Mal río es el que muere en un estero...” (Hijo del Hombre). Es decir, nosotros los escritores y escritoras de esta guerra nunca buscada, no tenemos evasivas para asumir con coraje, humildad y alegría el compromiso de nuestra pasión. La única obligación real de un escritor es ser fiel a su escritura. Aceptar la soledad del papel, escribir y luego sentirnos más claros y más livianos y luego sorprendernos por la cantidad de tiempo que le hemos dedicado a un libro.

Nuestra generación aún no se despliega, la mayoría son cuarentones, tienen quince o veinte años aún de expansión y, estoy seguro, esta generación producirá sus mejores obras. Aunque, ya está dicho, nadie sabe la cantidad de tiempo que necesita el hombre errante para encontrarse a sí mismo.

Este es un aspecto de cantidad y de esfuerzo. Déjenme decirlo con un chiste de Borges: “Si diez mil monos se ponen a escribir en diez mil máquinas de escribir durante mil años es inevitable que surja de pronto la Divina Comedia”.

De eso se trata. Desear escribir la historia más hermosa del mundo, esa es la obsesión de cualquier escritor, como si uno fuera un testigo de un misterio humano, para que susciten los sueños del hombre, sus anhelos y sus abismos.

Inicialmente, varios de los artículos de este libro se publicaron en El Utopista Pragmático, dirigida por Eduardo Yentzen, que circuló como suplemento dominical del diario La Nación.

Esos artículos, que han transitado también en el ciberespacio, principalmente en la página Proyecto Patrimonio que dirige Luis Martínez S., se han ampliado ahora, manteniendo su visión panorámica y periodística, algo cáustica, sobre los márgenes de la generación de narradores de los ochenta (Fuguet, Collyer, Contreras, Sonia González, Rodrigo Atria, Hernán Rivera Letelier, etc.). He agregado entrevistas a Pía Barros, Ramón Díaz Eterovic, Reinaldo Marchant y Jorge Calvo; críticas realizadas en medios extranjeros a Pedro Lemebel, Alberto Fuguet, Ramón Díaz Eterovic, y una visión ensayística inicial. También se agrega un listado bibliográfico, el más completo realizado hasta ahora, sobre los narradores y narradoras nacidas entre 1950 y 1964 y que han publicado algún libro de cuentos o novela.