No, no podía llamarle Memo. ¿Como iba aplicar ese apelativo a
alguien que ni siquiera conocía? No puedo hacerlo, es superior a mí, meditaba
mientras empujaba las puertas batientes de la Agencia de Publicidad.
—El Sr. Seara, por favor —pregunté a la
señorita, que sonriente, atendía la recepción.
—¿Padre o hijo? —preguntó a su vez.
—El padre, supongo —respondí, resistiéndome a
usar semejante epíteto—. Me está esperando, hemos hablado por teléfono hace
unos minutos —añadí.
—Le ruego que espere un momento, el Sr. Seara le
atiende enseguida —me indicó, tras una llamada telefónica, la sonriente
recepcionista mientras abría una puerta y me conducía a una confortable sala
de espera.
Según parece, respiré por primera vez el día 14
de abril de 1938, en Alcalá de Henares, en la casa de mis padres, quienes me
pusieron, al igual que mi ciudad natal, bajo el patrocinio de los Santos Niños
Mártires —Justo y Pastor— y desde entonces soy conocido como Justo P.
Huertas Pavón, meditaba, mientras paseaba por la sala, examinando las bonitas
fotografías que adornaban las paredes.
Los últimos veinte años me ha ocupado la bella
tarea de enseñar la Historia de los Pueblos Primitivos de la Península
Ibérica en la Universidad de la ciudad complutense. Hoy, cumplidas ya las
obligaciones profesionales que la edad marca, he aceptado, gustoso, la muy
tentadora oferta de impartir un curso en la Universidad de Panamá.
—Buenos días, soy Guillermo Seara —dijo,
interrumpiendo mis recuerdos, a la vez que extendía su mano en afectuoso saludo—.
¿Ha tenido un buen viaje? Sea bienvenido a Panamá —agregó a la vez que se
sentaba y me invitaba a hacer lo propio a su lado.
—Llámeme Memo, aquí en Panamá los Guillermos
somos Memos —aclaró y, ante mi gesto confuso, puntualizó:—. Bueno, nos
llaman Memo, aunque eso no quiere decir que lo seamos todos —comentó jocoso.
—¿Cuándo ha llegado? ¿Está ya instalado? Si
necesita algo, dígamelo, estaré encantado de poder ayudarle. ¿A qué debemos
su estadía entre nosotros? —añadió y, sin darme ocasión de contestar,
continuó.
—¿Y que tal por España? ¡Me encanta España!
Nunca dejaré de recordar mis años allí, aunque fueron años de exilio, pero
fue un exilio dorado. Jamás olvidaré su país. Espero que podamos charlar...
—se cortó de improviso y añadió:—. Perdóneme, veo que le estoy agobiando
con tanta pregunta, pero es que en estas ocasiones no puedo controlarme.
Era un hombre jovial y cada poro de su piel morena
destilaba afecto, su cara risueña, su cabeza amplia, su cuello robusto,
entonaban perfectamente con su amplio corpachón. Su cuerpo grande, ancho, daba
confianza, esa serenidad que inspiran las personas bonachonas. Sin duda el amigo
“Memo” lo era. Invitaba a la camaradería, al afecto.
—Sí, ya estoy instalado, llegué anoche, de
madrugada. La Universidad de Panamá se ha encargado de todo. He venido a
impartir un curso de Historia de España, durante un semestre del primer año de
la Maestría en Historia de Panamá y América.
—Es maravilloso —me cortó impetuoso— que por
fin, en este país, dejemos a un lado la influencia de los yanquis y
volvamos a nuestras raíces—. Usó el término yanqui con rabia, con
ira, quizás con rencor.
Estaba emocionado, entusiasmado, conmovido,
eufórico, yo diría que fuera de sí y su alegría llegó al colofón cuando
descubrió el contenido del regalo que le había traído, por encargo de un
amigo común, desde España. Un juego de mus con unas vistosas fichas para
marcar los amarracos y un libro de instrucciones, así como una buena provisión
de un fruto seco que no recuerdo, pero que tenía la peculiaridad de no
consumirse, con habitualidad, en Panamá.
Más por su insistencia que por convencimiento
personal, comencé a usar el dichoso apelativo y aunque en un principio se me
hizo algo cuesta arriba, pronto lo superé.
Es Memo un magnífico conversador. No creo que haya
nadie que se aburra en su presencia. Es capaz de tratar cualquier tema y siempre
aporta una vivencia, una experiencia propia, una anécdota de un amigo o un
chascarrillo con que adornar la plática.
Una sólida cultura aflora al tratar cualquier tema,
que nunca rehuye, y un talante incisivo, sarcástico y adornado de frases de
doble sentido hacen de la charla un placer, una delicia.
Durante mi estancia en Panamá tuvimos no pocas
ocasiones de dialogar y siempre disfruté de esos momentos. Magnífico conocedor
de su tierra, me proporcionó una maravillosa ayuda para conocer las
peculiaridades del país. Seguir sus indicaciones y consejos me permitió
conocer bellos rincones, interesantes y bonitos lugares, y pude degustar los
platos más característicos de la gastronomía local y no cometer errores de
los que pudiera arrepentirme. Me indicó las horas, los modos y momentos para
visitar ciertos parajes con seguridad. Y a fe que lo hizo bien, recorrí una
buena parte del país sin ningún percance.
Alegué obligaciones docentes para interrumpir la
primera entrevista al ser consciente de que al único tema que Memo rehuía era
al político, y su actitud cambiaba rotundamente cuando llegamos a estas
cuestiones, y muy en especial cuando se entró en la cuestión panameña del
momento.
Abandoné la zona denominada Punta Paitilla, lugar
donde está instalada la Agencia de Publicidad de Guillermo Seara, el corazón
del mundo financiero lleno de impresionantes edificios y hoteles y residencias
de lujo. Después de caminar, quizás una hora, meditando sobre las diversas
materias de las que habíamos tratado, llegué a dos conclusiones que el
transcurso del tiempo me confirmó que eran acertadas.
La primera, que la amistad con Memo Seara me
aportarían interesantísimas conversaciones y que debería tener sumo cuidado
en tratar temas que tuvieran alguna relación con la política actual del país,
a tenor por su actitud ante esta cuestión, y la segunda, tal vez menos
importante pero nada banal, que en Panamá no se puede ser peatón.
Comencé las clases en la Universidad de Panamá al
día siguiente y nunca, en todos mis años dedicados a la docencia, había sido
tan bien recibido. Nunca me había encontrado con personas más deseosas de
saber cosas de la madre patria. Aunque el plan de estudios tenía previsto
estudiar la Historia de España del siglo XV en adelante —la parte de la
Historia que mayor importancia tiene para las historias hispanoamericanas—, a
la menor referencia a la historia anterior despertaba una ferviente curiosidad
en mis alumnos. Los pueblos íberos; los carpetanos, los tartesios; los celtas;
los fenicios; los griegos, los romanos, los godos, los visigodos, los
árabes..., les interesaban a rabiar. Las clases eran una delicia, y el alumnado
compuesto por personas muy preparadas y muy motivadas, encantador; a todo
intentaban encontrar un paralelismo y todo servía para justificar hechos y
circunstancias de su historia colonial, aunque obviamente a veces, muchas veces,
era mayor el deseo que la realidad.
No sabría valorar qué pueblo ignora más del otro.
Si el panameño de España o el español de Panamá. Siempre ha sido un misterio
para mí comprobar esto, qué próximos y qué lejanos. La presencia de Estados
Unidos y el Canal es probable que sea la causa.
Como no podía ser de otra manera recorrí la ciudad
en coche, al principio en taxi, después, harto de ser víctima de la picaresca
de sus titulares, conduciendo un auto de alquiler, y no sé qué habría sido
mejor, si seguir dejando que me cobraran de más o que mi sistema cardiaco se
viera afectado.
Sufrí el infernal tránsito de la ciudad de
Panamá, sobre todo sus peculiaridades: una conducción vertiginosa e
irrespetuosa. Apenas hay semáforos, y los pocos que hay, están situados pasado
el cruce. Lo habitual son cruces sin ningún control y donde la cortesía del
ceda el paso no existe. Las consecuencias quedan reflejadas en las carrocerías
de los autos y en los nervios de los conductores foráneos.
En uno de mis frecuentes paseos, había dejado
estacionado frente a la Catedral el Toyota que había alquilado y había
recorrido unas cuantas manzanas. Estaba absorto mirando un conjunto escultórico
que ocupaba la plaza de Colombia, quiero recordar, cuando a mi espalda oí
decir:
—Renato Dionisio Vasco, a la orden. ¿Qué le
parece esa estatua del Libertador? —dijo, dando un taconazo que denotaba la
posición de firmes.
—Magnífica —respondí antes de volverme—.
Siempre me ha fascinado Simón Bolívar. Es de justicia reconocer que era un
idealista digno de admiración, aunque sus sueños de libertad no se hayan hecho
realidad, por mucha independencia que consiguiera —contesté, encarándome a
aquel hombre que, con una sonrisa, extendía la mano derecha a modo de saludo.
Estaba paseando por el Casco Antiguo de Panamá, aun
a riesgo de sufrir algunos de los frecuentes contratiempos a los que, según me
habían avisado, suele verse sometido un turista si recorre solo aquella zona.
No podía ni quería resignarme a no visitar
aquellos rincones, llenos de colorido y sabor. Allí se podían apreciar los
más variados estilos en las construcciones. En aquel lugar se entremezclan los
edificios más vistosos de la época colonial, restaurados, con los que ni
siquiera habían sido pintadas sus fachadas. Calles que antaño debieron ser
primorosas, con fachadas multicolores y balcones corridos, hoy son cúmulo de
pobreza y tristeza, plagadas de desconchones y negras manchas de humedad.
Con cierto recelo entablé conversación con Renato
pero a los pocos minutos parecíamos viejos amigos. Siempre se me han dado bien
las relaciones personales, pero en Panamá me resultaba extremadamente sencillo
iniciar una charla. El carácter del panameño es afable y extrovertido.
He paseado por esta ciudad, que fue construida en
1673, después de que fuera destruida la Panamá Antigua tras el ataque del
pirata Morgan, de la mejor forma que podía hacerlo, acompañado por Renato
Dionisio Vasco, hombre culto y conocedor de su tierra, de sus orígenes y de su
historia.
Cincuenta y seis años de edad, mestizo como el 70%
de sus paisanos, hijo de un panameño de origen italiano y de una india chocoe
de la etnia emberá, piel marrón, rasgos finos, nariz aguileña, atlético, de
una estatura media y unos setenta kilos de peso. Su pelo, lacio, que
posiblemente fuera negro, hoy es blanco. Su hablar sosegado y cadencioso no
tiene ningún acento. Mira de frente y cuando habla clava sus ojillos azules en
los tuyos. Tienes que mirarle a la cara.
Era muy conocido en la zona, y al parecer querido
por sus convecinos. Caminábamos con tranquilidad y a cada paso nos parábamos y
me explicaba algo referente al edificio o a su historia; con suma facilidad
pasaba del momento actual, de las disposiciones recientes sobre la
rehabilitación del casco antiguo, a la separación de Panamá de Colombia.
Me aclaró mis dudas sobre su reciente historia, y
durante horas refería al bochornoso tratado de Hay-Buneau Varilla que otorgó a
Estados Unidos autoridad plena y perpetua, es decir, soberanía, sobre una
franja de 16 km de ancho a los lados del futuro canal y las aguas adyacentes a
los extremos.
Por Renato supe que quien firmó el tratado de
noviembre de 1903 fue Philippe Buneau Varilla, un ex accionista de la empresa
canalera, ciudadano francés, y que aun cuando firmó como representante oficial
de Panamá, cobró sus honorarios en Washington y no volvió a Panamá.
Él me aclaró, dolido, cómo se fraguó la
Independencia de su país y que todo fue un cúmulo de intereses de los Estados
Unidos y la oligarquía dirigente. Me habló de los diez millones de dólares
con los que se pagó el bochornoso tratado y que los próceres patrios
decidieron que sólo dos millones entraran al tesoro de la nueva República, y
que el resto se quedara en el exterior formando lo que, a partir de entonces, se
conoció como “Los Millones de la Posteridad”.
Entre charla y charla me mostraba los monumentos y
las ruinas de un pasado glorioso. Lo que hoy se llama Las Bóvedas, el Teatro
Nacional, la Catedral, el Puente de las Américas a lo lejos, las ruinas del
Convento de Santo Domingo, el de los Jesuitas, visitamos el Museo del Canal, el
de Arte Religioso, vimos el Altar de Oro (salvado de la rapiña de los
filibusteros ingleses, dicen, cubriéndolo de barro), vimos la Iglesia de San
José y la de San Felipe, las ruinas de la Ciudad antigua...
El alma risueña de Renato Dionisio Vasco se puso
triste al pasar frente al Palacio de las Garzas, residencia de la Presidencia de
la República. Me esforcé en animarle y, aunque se encerró en un hermético
mutismo, poco a poco, con mi conversación, le hice recuperar su habitual estado
de animo.
Me contó que, al terminar sus estudios, impulsado
por una fuerte vocación militar, heredada quizás de un antepasado suyo que
luchó a las ordenes de Garibaldi en el famoso Batallón de la Muerte, entró a
formar parte de Fuerza Pública, única organización de carácter militar de su
país.
Sufrió muy directamente la invasión de Panamá el
20 de diciembre de 1989. En aquel momento era oficial en cuartel del Río Hato,
pertenecía a los “Macho de Monte”, una unidad de élite integrante de los
Batallones de la Dignidad, que formaban parte de las Fuerzas de Defensa que
creó el general Noriega. Ésta peleó hasta el final contra un ejército muy
superior, en lo que los estadounidenses llamaron la “Operación Causa Justa”.
—¿Cómo llamar así a la acción que destruía
hogares, a la culpable de los gritos de terror de quienes esa madrugada huyeron
sin rumbo y con la mirada hacia el cielo para evitar las bombas que caían? —se
preguntaba una y otra vez. Su esposa y su hijo no pudieron siquiera huir,
murieron la primera noche de bombardeo en su cama. Él no se enteró hasta el
tercer día.
—Si realmente hubiese servido para algo... —se
preguntaba sin esperar respuesta y sumido en un elocuente silencio.
Se siente orgulloso al recordar el honor de haber
derribado un helicóptero con un fusil, desde lo alto de un edificio de pisos,
en el Chorrillo, muy cerca del Cuartel Central de Noriega.
Su ojos se humedecen cuando recuerda la noche del 20
de diciembre y las que le siguieron. No puede olvidar los estallidos de las
bombas y los fuegos que producían en las casas del Chorrillo, ni los gritos de
los heridos ni los chillidos de los niños. Y yo trato de cambiar de
conversación para no verle sufrir, y lo consigo solo a medias.
—A los pocos meses de la invasión yanqui, fui
licenciado. El ejército, de nuevo, dejaba de ser necesario en Panamá,
estábamos protegidos por la potencia más poderosa de la Tierra. ¡Qué
ironía! Con estos amigos no necesitamos enemigos —comentó sarcástico.
—En pocos meses quedé solo y sin trabajo, además
de convaleciente de las heridas de la “Causa Justa” —añadió con
tristeza.
—Pero te quedaría una buena pensión —pregunté
temeroso, y nada más realizar semejante pregunta me arrepentí de haberla
hecho.
—Pero, ¿dónde crees que estás? —preguntó,
parándose en seco y clavando su triste mirada en mí—. Esto es la América
Latina, la cuna de la desigualdad. Cómo me va a quedar una buena pensión, si
la mayoría de los sueldos de los obreros están sobre los 250 a 350 dólares
—añadió—. Una miseria y después de reclamar durante años. ¿Has leído El
coronel no tiene quien le escriba? Pues igual pero en real.
—Mira, tú que eres historiador, con poco que te
esfuerces sabrás que aquí el desempleo, el paro y la miseria es endémica.
Siempre ha sido así. Presidentes hemos tenido a montones, de un partido y de
otro, pero ninguno ha resuelto este problema. Una pequeña parte de la
población vive bien, muy bien podríamos decir. Otra pequeña parte no vive
mal, son una clase media pequeña de comerciantes y pequeños empresarios y
empleados financieros y el resto, más de la mitad de la población, con rentas
por debajo de los 350 dólares. Hazte una idea —apuntó.
—Menos mal que aquí nos pagan por quincenas —continuó
sarcástico—, de ese modo lo menguado del salario parece mayor, al cobrar dos
veces en un mes. Y aunque puedas pensar otra cosa —me dijo—, no es el cobrar
una miseria lo peor, lo más duro es no tener nada que hacer un día ni otro.
—Aquí puedes leer una encuesta que en los
primeros días de junio hizo una afamada empresa internacional —me dijo,
mostrando un folleto, que avalaba sus opiniones—. Verás en qué poco me
equivoco y de qué poco ha servido que ya seamos los únicos dueños del Canal y
que cada barco que lo cruza pague más cien mi dólares y que sean tantos los
que lo atraviesan.
Nos vimos con frecuencia y charlábamos
amigablemente, y no siempre se tocaban esos tristes temas, pero era difícil no
caer en él una y otra vez. Era difícil recorrer las calles del Casco Antiguo
sin que alguien te pidiera algo o se ofrecieran a limpiarte los zapatos o el
coche, a cambio de unas monedas y esto, evidentemente, daba pie para remachar en
el mismo tema.
Con frecuencia esos encuentros terminaban merendando
en algún café o comprando viandas para la cena en algún supermercado y
siempre pagando yo, y curiosamente no me parecía que hacia caridad, tenía la
sensación de estar haciendo un poco de justicia. Me sentía en la obligación
de ayudar a mi amigo Renato, de aliviar su penuria. Nunca he sabido por qué.
Una tarde lluviosa del mes de junio fuimos a la
Plaza Anayansi, para ver el jardín y la estatua de Núñez de Balboa,
recordatorio del descubrimiento de Océano Pacifico. La torrencial lluvia nos
impidió bajar del carro y, como siempre, terminamos tomando un refresco en un
restaurante de la misma calle.
Noté que Renato se sentía con cierta desazón, y
al preguntarle por la razón fue sincero y me contestó que no estaba a gusto en
aquel lugar.
Estábamos prácticamente en el centro de la avenida
que bordea la bahía de Panamá, en plena zona financiera, cerca de los altos
edificios de las entidades bancarias y lujosos almacenes. Lejos de los barrios
humildes donde mi amigo se desenvuelve normalmente.
Había dejado de llover, y nuestro refresco hacía
ya un rato que había desaparecido, y nos disponíamos a regresar al Casco
Antiguo, al Chorrillo, para ser exactos, donde reside Renato.
Al salir del local nos encontramos con tres hombres
que en ese momento entraban, entre ellos destacaba el corpachón y la chispeante
voz de Memo Seara.
Hacía algún tiempo que no nos habíamos visto y
ambos mostramos nuestra alegría de vernos de nuevo. Con su habitual jovialidad
me presentó a sus amigos, destacando de un modo clamoroso mi origen y
dedicación. Hice lo propio con Renato y, para mi sorpresa, resultó que eran
viejos amigos, antiguos compañeros de estudios, aunque la vida les había
separado. Cada uno vivía a un lado de la bahía de Panamá.
Cuando los acompañantes de Memo se excusaron y cada
uno se fue en una dirección, se enfrascaron, ignorándome, en una cordial
conversación recordando los años del instituto, aunque a veces el recuerdo de
algún compañero ausente les sumía en una depresión rápidamente superada a
golpe de trago.
—¿Recuerdas las manifestaciones de enero del 64?
—preguntó Renato.
—¡Cómo no me voy a acordar! Tengo sobradas
razones para ello —contestó Memo—. Pero eso ya es historia. Vivamos el
presente y celebremos nuestro reencuentro y nuestra vieja amistad. Además ya no
hay motivos para reivindicaciones, ya somos los dueños de nuestra tierra y de
nuestra historia.
Renato, ya un poco afectado por los tragos, asentía
no muy convencido de que eso fuera una realidad, pero sin querer llevar la
contraria. La fiesta se prolongó hasta que cerraron el establecimiento. Los
tres ya estábamos un poco cargados y llego el momento de las nostalgias y del
compromiso de vernos otro día.
Desde aquel día, nos vimos los tres con relativa
frecuencia. Memo proporcionó a su amigo una pequeña colocación en su agencia,
que palió la difícil situación económica de Renato. Aunque los tres
evitábamos entrar en temas políticos, que sabíamos polémicos, lo conseguimos
sólo a medias y los debates a veces eran un poco agrios.
Renato y Memo pertenecían a dos sectores de la
sociedad muy diferenciados y solamente mi actividad de intermediario conseguía
apaciguar los ánimos del uno y del otro. A veces no lo lograba, pues para mí
es y era muy difícil no posicionarme del lado del más desafortunado.
—Hace unos días, no sé dónde, he leído que
alguien con bastante acierto aseguraba que el problema de este país, de la
Panamá de ayer, de la de hoy, y ojalá no de la del futuro “es que
llegamos a la Independencia con una astilla en el corazón” —dije,
conciliador, una tarde en medio de una de las más agrias de las conversaciones.
Logré el efecto deseado, los dos cesaron en sus
disputas y volvieron su mirada a mí, esperando que continuara.
Me vi en la obligación de decir algo e improvisé.
—La astilla ya ha sido extraída, ahora sólo
falta esperar algún tiempo para comprobar que la operación se ha realizado
correctamente y la herida no cierra en falso.
Los tres, que nos habíamos quedados mirándonos muy
serios, casi al unísono, dijimos “¡Ojalá!”.
Al día siguiente yo regresaba a España y los dos,
en armonía, vinieron a despedirme.