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El círculo de la inocencia

La voz
eterna
de los amantes
en el círculo
de los inocentes

Alfredo Villanueva Collado

He visto el círculo de la inocencia
trazarse noche a noche
en el momento exacto
en que el crepúsculo se cuelga
de las últimas nubes
y los cielos bostezan
mostrando la sangre de sus dientes

Ellos se aman
furiosamente,
destrozando paños, sueños
y los amables ratones de la tarde.

Con la luna cerca,
buscarán el círculo de la inocencia
que arde unos segundos
cuando la noche está por estallar
y los ojos ruedan
por la lejanía del tiempo y del espacio,
por las incontables eras
que necesitaron los amantes
para esta guerra de carnes, de suspiros
de sueños que se estrellan
el uno contra otro.

Ahora se hunden en el círculo.
mientras el universo
recorre sus caminos
redondos y fangosos.
Los amantes
emergerán como recién nacidos
para unirse otra vez sobre la arena
hasta que los insectos de sus huesos
vuelen en enjambres
azules,
cenicientos
hacia las tiernas lluvias de mañana.

 

La madonna sin alas

Una madonna del renacimiento
vuela sin alas en busca de las sierras
Ansiosa,
sedienta
bebe distancias y aires
con su cuerpo regordete. El día
arrastra carros blancos
sobre las solitarias alas de los pájaros.

Llueve hacia adentro.
Diciembre envía mensajeros
a las partículas más pequeñas de la tierra
y un insecto se despliega
arrastrando con sus patas
alegría de terrones.

Diciembre enarbola soledades
mientras la mujer
regordeta y desnuda
bebe el aire con su ondeante ombligo
y lanza cerdos rosados y con alas
a las laderas y a las lejanías.

Hay un pollo y un muerto,
una niña y un monstruo
un dragón
un soldado,
un canto y un mendigo
como parte del código secreto
que nos permitirá escaparnos de la muerte
y pacer eternamente como vacas
en el prado celeste
después de todas las tormentas,
acunando las lluvias de mañana.

 

Paisaje de sapos

El sapo trepa a la cornisa.
En su piel rugosa
crecen alas blancas
de olvidados ángeles.
Más allá las muchachas
caminan con sus cabezas.
Descalzas,
sostienen inútilmente sus faldas
y sus plantas transitan por la brisa.

Un monstruo bebe
helados de oxidrilo;
tiendo los astrolabios
sobre el gran mediodía.
Llueven trozos de cielo,
y yo,
niño lloroso
pliego los universos
uno por uno.

Absurdo.

Nada.

En tanto la moneda púnica
rueda y no deja de rodar.
Ahora son cientos de sapos
envolviendo las cornisas de la noche.
Mariposas con dientes
beben mis empeines
devolviendo al pasado
su lugar en el crepúsculo.

La sal del miedo se disuelve.
La rabia pierde su objetivo
el día suelta su tos
en las montañas del cielo
cuando la madrugada se derrumba
y los sapos desfilan
con sus buches cargados de mañanas
que se agolpan,
se retuercen
detrás de las últimas estrellas.

 

La fiera

Una fiera se tiende entre las nubes
Baja lenta, sin mostrarse. A veces
percibo sus ojos que brillan en la penumbra
en medio del sueño,
en medio de la noche que vomita tormentas.
Una fiera llega a la fronda. La presiento
en la segunda esquina de mi entraña.
Gruñe y espera desde hace siglos,
desde un tiempo inmemorial:
mezcla de instinto y de paciencia,
anima las nubes de la tarde
con su aliento de bestia
con sus depredadores sueños,
con sus duendes de fuego
y sus dientes de níquel.

Ahora
la espero atenazado en mi atanor
como una araña tenue que procura
aliviar su cuerpo, su cadencia,
la densidad de su piel y de sus sueños
para que cuando lleguen
puedan pasar todas las garras
sin desgarrar carne y altares
sin arañar afanes
sin destrozar crepúsculos.

El horizonte
tiende pájaros nuevos
más allá de las bestias.

 

Miles de putas ácidas

Miles de putas ácidas
llenaron un estanque
de jugos vaginales
Desnudo me bañé,
me convertí en licántropo
alcanforado,
con mis testículos
llenos de talco y manos
y pieles juveniles.

Violar. Volver a hacerlo.
Correr aullando por los campos
en busca de gargantas blancas
de fieles crepúsculos en medio de la noche,
de muchachas que mueren en mi abrazo
mientras la luna baja su pulgar
sobre las aguas que no dejan sus destellos,
sobre mi dentadura
repleta de sangre y carcajadas.

El instinto arría sus banderas
mientras los ángeles negros
llueven desde el sol.

 

Ballena en la oreja

La oreja que recorro
en mis derivaciones
dibuja los canales
que Melville recorría
en el siglo pasado.

Y me pregunto
qué diferencia hay entre los círculos
que llevan al centro del oído
y los sucesivos remolinos culminantes
en la Ballena Blanca.

Nervioso,
el meñique navega
recorriendo los surcos.
(Yo, ¿el capitán Ahab?)

Ya siento en mi pierna la dureza
de la pata de palo
y camino cuidadosamente
en cubiertas caladas como rejas.
Y subo al puesto del vigía
buscando la blancura
en azules horizontes,
en noches estrelladas
en amaneceres amarillos
que se marchan.
Que se marchan.

Y navego la oreja
y llego sin mi tripulación
al centro del oído
en donde todo se detiene:
las mareas del mundo se aquietan;
se asoman
(serenas,
asombradas)
para ver nuestro duelo.

Allí,
la ballena:
con una faja tratando de ocultar su vientre;
con un sostén enorme
y un pañuelo a modo de tanguita.

Allí
la
ballena.

Danzando para mí como una bailarina árabe.
Ridícula
pero atrayente en su blancura;
danzando para mí.

Y siento que me inclino demasiado:
la ballena mil metros más abajo.
La ballena-sirena que me llama
y que baila
dando vueltas y vueltas,
recorriendo con su voz de contralto
las escalas cromáticas.

Hay alguien que me empuja
y levanto la pierna de madera.
Cuelgo en el abismo.
La cabeza hacia abajo.
La ballena detiene su baile
y estallan
el corsé
el sostén
la tanga...

y deja de cantar
y abre su boca y me acerca sus babosos dientes.

Un quejido me aparta del abismo:
mi esposa llora su ausencia de familia;
su soledad de amigos;
su aislamiento.
Son las cuatro. No llueve.
“Salgamos”
—digo mirando el día—
“Hay sol; hay brisa;
hay sangre circulando...”

Su mirada se opaca;
me dice que sí por compromiso
y salimos a ver una película
sobre los últimos cazadores de ballenas
y sus inmensos dramas pasionales.

 

Decir lo nuestro

Decir lo nuestro,
lo que dejamos
colgando de la atmósfera
una tarde de enero,
en la siesta de las golondrinas,
en el silencio de los tamarindos,
en la espuma que llegaba
hasta el portal de la casa sin paredes

Decir lo nuestro,
lo que sigue pendiendo del último crepúsculo
cuando el silencio de las gaviotas
cayó como una manta
sobre las negras ovejas de la noche.

Decir lo nuestro,
lo que todos nosotros,
como enanos silentes apilamos
en la callada,
en la plegada,
en la silenciosa
en la estruendosa tarde de diciembre.

 

Ninfas

En los grises solares de los cielos
se suelen bañar ninfas,
rubias ninfas azules;
Las aguas arremeten
alegres, cristalinas
contra sus suaves senos,
contra sus suaves nalgas...
En los solares grises de los cielos,
escapan murciélagos rojos
de la estructura cuadrada de la tierra
y llegan piafando y bufando
a la redondez cenicienta,
al firmamento
donde anochece cantando la mañana
sin haber abierto tardes en el día,
Anochece inocente,
inaugural
como una pieza de teatro
repetida en tres siglos,
cuyo inicio,
cuyo desarrollo
mantenga siempre jóvenes
y con miradas soñadoras
a todos los actores.

En los grises solares de los cielos
se suelen bañar ninfas,
rubias ninfas azules;
Las aguas arremeten
alegres, cristalinas
contra sus suaves senos,
contra sus suaves nalgas...

 

El peso de los versos

A veces los versos pesan
como cruces de hierro
colgadas del cuello de los días.

Nos arrastran con ellos a hondonadas
donde sirenas asesinas
duermen sus sueños sonrosados

A veces los versos
se disfrazan de silicios
en un delirio súbito
de castigos y voces de negrura
Entonces son pequeños animales
que muerden la costura de los sueños
y despeñan en medio de la noche
las tenues luces
de la luna de adentro.

A veces los versos son demonios
que arañan, crujen, gruñen
en los campos lejanos y ateridos
en los esteros llenos de cadáveres
en las vaguadas solitarias
que derrumban los cerros
y las fibras del alma.

Ahora
el día cierra filas
entre añiles y lejanos pájaros
que durante la noche
beberán poemas negros,
gotas de lluvias
y caídas estrellas.

 

La tos

La tos. La tos. Arremete
contra la metafísica de los espejos
contra el subsuelo del bordado
y el sustrato de las sendas azules
que se pierden entre las hierbas.

La tos. La tos
tiene un perfil peludo:
como un enano lobo
que aflora en luna llena.
Que se cuela entre espasmos ...
...y el silencio entre rugidos
y el samovar hirviente
y la sonrisa irónica del diablo
que se convierte en líquido
y se cuela
entre dos bloques de sal
cuando el reloj de la sala
hace sonar sus trece sones
y se inauguran los cielos violetas
y los enanos lobos muerden los gemelos
de la chica que limpia el comedor
Ella resbala
en el agua que filtra el coleto,
en el agua servida del crepúsculo
que se escurrió por debajo de la puerta.

La tos. La tos.
Con cada exhalación
se expulsan más enanos lobos
que corren, que se escapan
por el borde redondo de la luna
por las colinas invisibles
que penden sobre el lago
por la tenue presencia de las sierras
que acunan en sus vientres
las estrellas y las lluvias de mañana.