Letras
La invitación
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Desempleados, con la cara larga que pinta el hambre de varios días, El Esposo y La Esposa se miran como perplejos erizos de mar en las manos de Jacques Cousteau.

—Tengo hambre.

—Yo también, papito, pero cómo hacemos. O pagábamos la luz o nos la cortaban. Tú sabes cómo están las cosas hoy en día con los servicios públicos.

—¿Te imaginas si tuviéramos hijos? Me tendría que lanzar a la calle a robar, porque con niños hambrientos se pierden todos los escrúpulos, mamita querida. Con hijos sí que sabríamos lo que es pasar necesidad.

—Y nosotros nos quejamos, tesoro, que todavía podemos pagar la luz, el teléfono y el gas, dime cómo harán los que ni siquiera para eso tienen.

—Esta peladera es brutal. Estar sin cobrar fijo quince y último por más de seis meses vuelve loco a cualquiera. Hasta la libido se le baja a uno, francamente.

La Esposa lo mira entre tierna y pícara; sonríe y le recuerda:

—Pancito, tampoco así. A ti, por ahora, no se te ha bajado.

—Ay, Ensaladita, es que no todo puede ser rigor y estrecheces.

Rompiendo la distancia de la tabla de planchar ambos se reúnen en un breve, pero tibio abrazo. Ella regresa a tomar la plancha; él promete poner a hervir agua para colar otra taza de café con que espantar el hambre de aquella hora tercia, además lava las tristes tacitas de peltre, únicas piezas de su vajilla que han ensuciado en estos últimos cuatro días.

Ella es ingeniero hidráulico y él geofísico; los dejó sin empleo una crisis cíclica de esas que sólo saben explicar los economistas del mundo real, o los psicohistoriadores de Asimov en su Tetralogía de las Fundaciones, pero los grados académicos de nada sirven realmente cuando el señor que regenta la franquicia “Pepechicha” gana cuatro veces, en una semana, lo que cualquier médico laborando en un hospital por años. No tienen hijos, se casaron, para los cánones venezolanos, ya viejos, hace cinco años atrás. Ella tiene treinta y tres; él treinta y uno.

Al terminar de planchar (no pueden pagar una cachifa para la limpieza, mucho menos a una señora para el planchado), la Esposa se sienta a leer, como todos los días, el periódico en su sección “Clasificados”. Las páginas se suceden lentamente. No prevalecen sino anuncios de “Masajistas”, “Damas de compañía” y similares. Claro, también están los de ventas que juran no serlo, pero los lectores ya les saben el paso y conocen, de entrada, el viejo truco de:

—¿Quiere ganar 400 dólares al mes? ¡Sin jefes neuróticos! ¡Sólo cuatro horas diarias! ¡Venga ya! ¡No es venta, pero casi!

Su mirada de dieta a base de agua y café, deambula trasnochada sobre el papel que le mancha los dedos de residuos plúmbeos. Un anuncio la interpela:

—¡Amor!

—Dime, cara mia.

—Un sepelio. Y de un tipo con plata.

—¿Y?

—¿No se te ocurre que podemos ir? Además, con estas caras...

—¿Ir? ¿Como para qué?

—¿Cómo para qué? ¡Para comer, platanito mío! No te acuerdas que en festejos de ese tipo reparten chocolate, galletitas, una sopa bien buena a eso de las doce de la noche, y hasta desayuno en la mañanita temprano. ¡Estamos hechos!

El Esposo, un poco turbado ante la ráfaga-idea, tardó en entender qué le estaba proponiendo su señora.

—Mami, ¿tú quieres que vayamos de arroceros a esa funeraria?

—Sí, maridito mío, claro. Te estoy invitando al sepelio del señor...

Y volvió a releer, esta vez en voz alta, el nombre de tan epónimo, y maracuchísimo, personaje:

HERMENECILLO RINCÓN MORALES

—Pero, a mí me da como cosa, no sé, ir y...

—A ver, ¿tú no quieres cenar hoy y desayunar mañana?

Mirándola de frente, con sus enormes ojos rayados de hijo de inmigrantes rumanos, El Esposo atinó a contraargumentar:

—Sí quiero, pero y si... nos descubren.

—Qué nos van a descubrir. La gente va a estar allí es llorando su muerto, y nosotros comiendo que buena falta nos hace. Anda, báñate, aféitate, no, mejor no te afeites, así vas a verte más sinceramente deudo, eso sí, vístete con el traje negro ese que usabas antes para dártelas de europeo. Por mi parte yo tengo bastantes faldas negras que me puedo combinar con alguna de las blusitas finas que guardo para las ocasiones especiales. Y cuando me maquille me pongo las sombras grises, esas a lo Morticia, la de los Locos Adams, que tan buen efecto final suelen hacer...

Pensando que el hambre está afectando las neuronas de la pobrecita, El Esposo, obedientemente, se mete al baño, a ducharse.

Listos y compuestos se dirigen hacia Lágrima Viva. A la derecha están las flores, a la izquierda los llorones deudos. Al fondo, el muertecito valiente, porque con los costos de su funeral podrían becarse a cuatro estudiantes de los estratos C y D en la Escala Graffar... por eso digo lo de valiente.

Enfilan, como bailando en puntillas, ella desde la espesa pamela, él, desde los gruesos lentes oscuros, hacia la conspicua concurrencia.

—Mi sentido pésame. No sabe lo inesperada que fue la noticia para mí. Aún no me repongo. Tan joven.

Aquel producto entre Vivian Leigh y Bette Davis convenció con su tono de voz ronquita y todavía con resabios de llanto pasado. El Esposo tosía convulso, no se sabe si de pena, de angustia, de vergüenza, o de cualquier otro mal más atinado para el coturno que para dar tan singular condolencia. Ella con su voz al estilo de profundiis, él con su tosecita Marguerite Gauthier o a lo Violeta, la extraviada del Giuseppe, empezaron a atraer sobre sí la atención de los codeudos.

En voz muy baja, casi susurrante (esas cosas jamás se preguntan en voz alta), una pariente se les acercó. La Esposa y El Esposo tragaron seco pensando:

—¡Ahora sí que nos echan a patadas!

—Disculpen, ¿ustedes conocieron a Hermenecillo?

—Sí —aseguraron al unísono. Continuaron, mintiendo por supuesto:—. Fuimos muy cercanos a él desde que llegó a Caracas —dijo Ella al tomar la voz cantante—, lo estimábamos y...

Los sollozos agitaron el flaco y tembloroso cuerpecillo de su marido. Su Esposa se llevó a los ojos un contrito pañuelo con encajes de risa sardónica. Se alejaba la allegada y el valet invitó a pasar al salón-comedor. Mientras se bebían generosos tazones de té, y se comían opulentas porciones de pastelillos de manzana, La Esposa comentó:

—Mi amor, no tenías por qué llorar como si de verdad te doliera. Estás de un Stratford que ni el famoso bardo.

—¡Pero si de verdad me dolió! No ves que en ese momento me pisaron el dedito que tengo enfermo con el callo debajo de la uña, y que por falta de plata no he podido ir a atenderme al Dr. Scholl.

—Me tranquiliza oír eso, querido. Por un momento creí que te burlabas de esta pobre gente.

—¡Por Dios, cariño mío! Soy un sinvergüenza, pero no hasta el insulto.

Siempre con su cara de pesadumbre, el matrimonio continuó compartiendo lágrimas, víveres y pésames. Pronto volvió la alarma a sus mejillas. Los hijos varones del difunto se empezaron a mirar entre sí mientras lloraban y también, peligrosamente, miraban hacia donde estaban Los Esposos.

—Ahora sí hay que irse, mamita, nos están viendo de una forma...

—Tranquilízate, no creo que nos hagan pendencia.

El Apocalipsis se aproximaba en forma de valet:

—Disculpen los señores. La familia exige su presencia en aquella oficina del fondo.

Los ojos de ambos se distendieron por el susto. Tomados de la mano se aproximaron hacia aquella oficina que se les figuró un departamento adjunto a la Santa Inquisición. El hijo mayor de Hermenecillo, Hermenecillo Jr., les tendió las manos en un dramático gesto:

—Gra... cias, por estar con nosotros, a pesar de... todo. De verdad, mis hermanos y yo estamos muy conmovidos.

¡ALARMA!, ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?

El Esposo se creyó obligado a decir algo:

—Mi señora y yo vimos la noticia en los obituarios y nos sentimos en el deber de venir...

—¡Sí!, eso corresponde a un alma noble como la tuya...

¡AUXILIO, ESTO EMPEORA, SUS DIMENSIONES SON CICLÓPEAS!

—...querido hermano. El viejo nunca te pudo reconocer porque mamá se opuso, como eras hijo de otra mujer, pues, tú sabes como son estas cosas. Los celos acompañan hasta la última de las generaciones, y...

¡DESMAYO COLECTIVO, PSICOSIS MASIVA!

—...bueno, a Él le habría gustado conocerte y educarte con nosotros. Pero nunca es tarde, ¿verdad? No sé si necesitas algo. De momento, yo te voy a hacer un cheque de mi cuenta personal para...

—¡No, por favor, yo..!

—Acéptalo. Sé que tienes orgullo, y que tal vez no quieras nada de esta familia, sin embargo, debo insistir. Tu señora se ve que está en la dulce espera...

¡INSULTO! ¡TOMAN MIS KILITOS DE MÁS POR EMBARAZO!

—...y el bebé va a demandar tantas cosas. Ven a visitarnos, ¿sí? Ya mamá también murió hace un par de años, hay que olvidar las penas y los rencores pasados.

El hombre de negocios sacó su chequera, su pluma fuente de oro 18 kilates, y estampó una cuidada rúbrica al pie de un cheque girado por la cantidad de ocho millones de bolívares.

—Esto es...

—Es poco, lo sé, pero todavía el contador está haciendo las auditorias y no puedo tocar los activos de las cuentas familiares; como te dije antes, este cheque es de mi cuenta personal. ¿Nos acompañas mañana al entierro?

Los Esposos se miraron con sarnoso desconcierto y sólo atinaron a responder bajando los ojos con la actitud beatífica de los santos medievales.

La sustanciosa sopa de vegetales al filo de la medianoche los confortó de tan tremebundo susto.

—¿Qué pasó aquí? ¿Cómo creen estos maracuchos que yo soy hermano de ellos?

—Galleto, yo estuve parlamentando hace rato con las cuñadas, te cuento, una de ellas me dijo que el viejo Hermenecillo te tuvo con una de las institutrices de los hijos menores, una francesa de Guadalupe. Ojos rayados, flaca, cabellos y piel clara, ¿te suena?

—¡Ya sé! Me confundieron con el “hijo del pecado” porque me parezco físicamente a esa señora. ¿Y qué vamos a hacer con estos ocho millones?

—No sé, sancochito, se me ocurre que podemos invertirlos en el coche, la cuna y la ropita del niño...

Aquello, dicho en términos tan serios, no dejó lugar para las dudas. Al día siguiente, después del soñado desayuno, regiamente embozados en sus negros atuendos, El Esposo llevó sobre sus hombros la urna de su “padre”, juntando sus lágrimas a las de sus “hermanos”.

Desde entonces, pasan los fines de semana en la piscina del club de la “familia” y, obviamente, dejaron de estar cesantes. Lo único que su neoparentela lamenta es la pérdida del bebé debida a causas que aun las mejores lumbreras médicas no han podido determinar...