Letras
Poemas
Comparte este contenido con tus amigos

Nacimiento y vida del joven Vartha

Y en el fondo de mi tiempo.
Y del fondo de mi alma.
Sé que sólo he venido
Sólo para tirar piedras.
Piedras contra las tapias.
Guijarros contra el viento.
Palos y conchas contra las olas.
Adoquines contra el gas mostaza.
(...)
Al recién nacido
espacio de la inocencia absoluta,
del germen, del origen,
de lo que pudo ser y no fue
y de lo que he sido siendo
todavía germen, semen, esperma...
A este recién nacido espacio, como digo,
de misterio arrollador,
de frío,
de desbordante;
a este trance amnésico;
a este orden de lo perfectamente natural,
llegué.

Llegué como todos
de arrugado
de desnudo
de vivo
y, como todos, para hacerme al aire
lloré.

Y llorando me hice al aire
sordomudo, buceando, colgando
de una pierna por la mano
del recién nombrado
Dios segundo de a bordo.
Y hoy, transcurrido el tiempo,
me pregunto
Si no será que en este presente eterno
Si no será que nos arrugamos
Si no será para ser de nuevo paridos
y volver a llorar
y volver a crecer.

Porque crecí.
Crecí siempre con el tiempo,
aprendiendo rápido de las piedras
a guardar su silencio;
del musgo a pasar desapercibido en medio del bosque.
Y fui musgo mucho tiempo. Casi todo el tiempo fui musgo.
Musgo mudo, y verde, y húmedo.
Y así es, como solo acompañado
por la mudez atónita de un pensar incallable;
mirando a través de los agujeros de los ojos
un mundo que no existía
sino como un ser extraño y temible,
crecí.
Y crecí sobreviviendo.
Y crecí sin ser devorado
(o así lo he creído siempre),
dejándolo todo en manos
de un puñado de palomas,
de un puñado de pétalos,
de un puñado de papeles,
de un puñado de palomas y pétalos de papel.

Y siempre con el tiempo
a cuestas. Siempre escapando
de la tristeza en el último segundo;
de la lluvia, del aguacero repentino.
Y siempre con el tiempo
a cuestas (extraña conciencia
de carrera, de estrecheces, de miseria)

(...)

Y en el fondo de mi tiempo.
Y en el fondo de mi alma.
Sé que sólo vine para tirar piedras.
Piedras contra las tapias.
Guijarros contra el viento.
Palos y conchas contra las olas.
Adoquines contra el gas mostaza.

 

Otros días, otras noches

Otros días, otras noches
y las lluvias y los vientos,
como las olas, repitiéndose,
rompiendo una y otra vez
contra el granito desgarrado.
Repitiéndose una y otra vez
señalando hacia un tiempo distinto,
a la vez lejano y a la vez también presente,
donde no parece haber lugar para la razón
y los sentidos quieren desbordarse;
donde nada parece haber tenido un principio
y nada parece tener un fin.
Un tiempo distinto,
como el mar, repitiéndose
a través de los cristales en invierno:
insinuándonos otros mundos distintos,
también adversos, también fieles al hombre.
Mientras, la nube sigue y pasa
                                                           sobre el vuelo en círculo de la gaviota

 

Sin calcetines que ponerse

Con el corazón en bancarrota
y una soledad sin calcetines que ponerse,
en pleno invierno.
Cuando la electrónica no es capaz de apagar
el escandaloso silencio de la noche.
Curioso es descubrir que la muerte
tenga el mesurado poder,
finalidad diríase para el sentir humano,
de espabilarnos en vida;
desenredar madejas;
entretejer los hilos perdidos
por la desidia entre el polvo;
y tejer unos gruesos calcetines
para pasar el frío invierno.

 

Ojos vivos

Un almendro florido en medio del páramo.
Un torrente impetuoso que termina arrastrando
también a quien no quiere seguirle.
Un huracán
cuya embestida desarraiga las raíces más profundas
Así es la vida, sí, pero sin tanta retórica.
Y, como el almendro glorificador,
la realidad consciente, la que dibujan los sentidos,
esa cima inasequible
a la que sólo se llega con las plantas de los pies desolladas,
se levanta más allá del hueco de los ojos vivos, brillantes,
de halcón.