Un señor fregaba cuando, sin saber cómo, un vaso
como un pez o una barra de jabón saltó de sus manos, fue a dar contra el
fregadero y se rompió. Otro señor hubiera pensado que había sido un
accidente, o no hubiera pensado nada y ya. Este señor supo, no sin ironía, que
el significado del acontecimiento era transparente: marcaba con claridad el
inicio de una cadena de futuros pseudoaccidentes cuyo extremo todavía sin
ocurrir, aunque sin duda ya ordenado, sería la imagen de un señor (él mismo,
otro) tumbado en una cama sin poder moverse, con su conciencia de individuo cada
vez más entumecida. El señor supo, ahora ocurría la confirmación, que los
varios pseudoinsignificantes pseudoaccidentes que antes había sufrido
anunciaban y preparaban silenciosamente esto del vaso que a su vez prefiguraba
el resto. Entonces el señor recogió cuidadosamente los pedazos de vidrio,
terminó de fregar, secó, guardó los platos y fue al cuarto. Se acostó en la
cama y soñó que se vestía con una camisa blanca y un pantalón oscuro, que se
cubría la cabeza con una escafandra de buzo; luego iba al balcón y saltaba al
vacío desde lo alto del edificio. Al despertarse, el señor se incorporó y
sentado en la cama se abismó pensando de qué manera el sueño formaba parte de
la cadena del vaso. Y se quedó allí meditando y mirando sus pies desnudos.
Odisea
Un hombre fregaba los platos de la cena. Vio que le
esperaba una serpiente de vasos de cristal. Se desesperó al pensar cuánto le
faltaba. Su pensamiento se extravió. Cada vaso le parecía un período de
tiempo de su vida. Tal vez un año. Su pensamiento siguió extraviado. Ahora,
sin querer, se demoraba en la limpieza. Pasaba una y otra vez sus manos sobre el
vaso bajo el chorro de agua asegurándose constantemente de quitarles hasta el
último residuo de jabón. (Detestaba, al beber, encontrar sabores extraños.)
Lentamente los vasos y los platos pasaron de un lado a otro del fregadero: el
escurridor era otro mundo (sin jabón...). Lo asaltó la ansiedad. Pensó que al
terminar caería muerto, que un pequeño descuido podría echar al suelo la obra
de limpieza. De momento, el viento sopló agitando las páginas de un libro. Una
copa se le rompió entre las manos. Aliviado, aunque sangrando, el hombre pensó
que, por lo menos, no había ocurrido la tragedia. Después, en la cama, le
contó del extravío a su esposa. Ella le preguntó por el libro:
—La Odisea.
—Qué lindo, Ulises —le dijo. Y se durmieron.
Jardín
Un señor limpiaba con un pequeño rastrillo la
arenilla de la gata cuando descubrió que un terrón de orina había adoptado
con absurda precisión la forma de Australia. Siguió arando, cerniendo y
limpiando, y descubrió África, Japón, Italia... Trazaba surcos en los mares,
en las grandes llanuras y desiertos recogiendo terrones de orinas y de cacas
envueltas como larvas. Se sentía como un gran jardinero preparando el mundo.
Descubrió países nuevos, otra Grecia más grande, un Vietnam más ancho. Armó
y desarmó el mapa, añadió países, juntó otros, tiró puentes entre islas y
eliminó fronteras. Al final, con algo de melancolía, fue a botar todo el mapa.
Pero caminando hacia los zafacones, con la bolsita llena de los excrementos y
orines de la gata y del mundo, pensó en los nuevos planetas que descubriría en
la próxima limpieza de su pequeño jardín, y sonrió.
Frente al mar
Un señor frente al mar pensaba en su significado.
Acaso imagen del destino, voluntad oscura y majestuosa que guardara una misión
para los hombres que sólo podrían vivirla como acertijo o aventura; acaso
inmensa presencia sin conciencia y, nada más, pero por eso, capaz de afectar
profundamente a los mortales y dejarles alelados un buen rato. De repente una
gran ola lo tumbó dándole varias vueltas sobre la arena que le entró por la
boca, los oídos y le invadió el pelo. Tirado en la orilla, luchaba contra
aquel mar cuando sintió a su esposa voltearse en la cama llevándose, envuelta
en ella, la sábana, dejándolo solo en la arena frente a la embestida de otra
ola que lo empujó, lo hizo caer y encajarse en la frisa, curva como hamaca, que
cedió hasta dar en el suelo. Ahora veía los sorprendidos ojos de su esposa que
le decía algo del hospital. Y ya leía en la entrada la placa de bronce con
palabras en forma de olas, veía las blancas y azules paredes de los pasillos, y
sentía el olor a salitre. Pero, qué extraño, no sentía la arena en los
oídos ni en la boca, sólo un sueño cada vez más hondo y flotante que se
apoderaba de él. Después no supo qué pasó. Y nadie supo nada de él. Ahora
su esposa está en la orilla mirando cómo el mar lame y arrastra sus huellas, y
piensa que parece un gran amante avergonzado o un aventurero oportunista.
Ángel o demonio
Piensa que si fuera ángel o demonio podría oír lo
que otros piensan o ver una mujer cuando se baña y piensa, sin querer, bajo la
ducha, en ese hombre que ha visto en el autobús o al cruzar la calle, y que
acaso la ha mirado breve y lentamente, pero tal vez no, mientras se va cubriendo
con la espuma del jabón pasando la mano cuando ya no queda nada que limpiar,
cuando la piel es un puente por donde van los sueños; si fuera ángel o
demonio, piensa, podría susurrarle algún consuelo que, sin ella oírlo, lo
entendiera de algún modo, creyendo que el agua le habla cuando recorre su
cuerpo desnudo o que la toalla le ha murmurado al acariciarla suavemente; piensa
así en el autobús, el señor que lee y levanta la vista y espía a la mujer
que, otras veces, ha visto al cruzar la calle, y que a él le ha parecido (pero
es sólo secreta conjetura) que lo ha mirado con dulce interés. Entonces piensa
ángel o demonio, si lo fuera.