Perdón imposible, el más reciente
libro del lingüista español José Antonio Millán (Madrid, 1954), y que llegó
a las librerías el pasado 22 de marzo, es una “guía para una puntuación
más rica y consciente”.
Su título alude a una historia que circula
atribuida a Carlos V según la cual el monarca estaba a punto de firmar la
confirmación de una sentencia, que decía: “Perdón imposible, que cumpla su
condena”... Pero, movido por una magnanimidad repentina, decidió mover la
coma de sitio: “Perdón, imposible que cumpla su condena”, salvando la vida
del reo.
Anécdotas semejantes, referidas a todos los signos
de puntuación, se encuentran a través de toda la obra. Millán explicó que,
tras el éxito de la británica Eats, shoots & leaves, de Lynne Truss
—un tratado de puntuación que ha vendido cientos de miles de ejemplares—,
se planteó hacer algo similar pero, al ser diferentes las reglas del inglés y
el castellano, una traducción “no era la mejor idea”, por lo que se
decidió a “hacer una obra nueva pero conservando el tono, es decir,
dirigiéndose a todo el mundo, y no sólo a los filólogos”.
Millán constata que, a diferencia de otras lenguas,
en la puntuación española “no existe una norma culta tajante” y, así, en
nuestros escritos reina una anarquía de criterios que “convierte puntuar en
una actividad creativa más, seña de estilo”.
El libro repasa la historia de la puntuación, desde
los tiempos en que todos los textos se escribían juntos —sin separación
entre palabras— y en mayúsculas, por lo que había que ser un experto para
descifrarlos enseguida. De ahí que en el Satiricón de Petronio, cuando el rico
Trimalción es sorprendido besando a un joven, se justifique así: “No porque
sea guapo, sino porque es excelente: sabe dividir por diez, lee a simple
vista”.
El sistema de puntuación también es fruto de los
azares de la historia. Borges se lamentó de que, junto a los signos de
interrogación o admiración, tan aceptados, no se hubieran ensayado los “de
indecisión, de conmiseración, de ternura”, matices que el lenguaje oral o
gestual sí alcanzan a expresar. Millán añade otro vacío: “La exclamación
indica un tono de voz elevado, pero no tenemos un signo para indicar el susurro”.
Perdón imposible contiene ejemplos extraídos
de libros de cocina, leyes, manuales de instrucciones, diarios, poemas,
enciclopedias... “Una receta mal puntuada puede conducirnos al desastre”,
apunta el autor.
Las comas —“alegres, diversas, múltiples,
minuciosas, salvadoras pero modestas”, en palabras de Guillermo Cabrera
Infante— ocupan los primeros capítulos de la obra, seguidas por el punto y
coma, los dos puntos, el punto y los puntos suspensivos; después vienen el
paréntesis y las rayas, los signos de entonación, las comillas, el guión, el
apóstrofo e incluso la ausencia de puntuación.
Hay, además, tres capítulos entre paréntesis —es
decir, “de lectura optativa”—: uno sobre El Quijote, otro sobre las
traducciones y un tercero sobre los signos en combinación.
La atención especial a El Quijote ha sido en
virtud de que Cervantes —como casi todos los escritores del siglo XVII—
escribía sin puntuación, que le era añadida por el impresor, quien, además,
no ponía puntos y aparte; es decir, que “el 95% de la puntuación que
conocemos del Quijote se la hemos añadido nosotros, o Paco Rico, para
hacerlo más claro”.
Asimismo, los lectores que lo deseen pueden
consultar en Internet un
suplemento de la obra: ahí ha publicado Millán las
notas, referencias exactas de las citas, bibliografía, fuentes, comentarios e
ilustraciones que no aparecen en la manejable edición impresa del libro.
También hay un concurso, que se renueva mensualmente, en el que se debe puntuar
correctamente un texto, así como “ejemplos de puntuaciones raras, extrañas o
malas”, donde abundan los titulares de periódicos.