En 1950 el 29% de la población mundial era urbana;
en 1965 pasó a ser el 36%; el 50% en 1990 y hacia 2025 podría ser el 60%. La
población en las ciudades se incrementa en 250.000 personas al día, lo que
equivale aproximadamente a la aparición de una nueva Valencia cada dos semanas.
Queda claro con estos números, ha escogido la especie una sede donde vivir.
De ahí que no debe parecernos una reflexión vaga
o, en su defecto, una pregunta dotada de excesivo acento intelectual, qué tipo
de urbes nos convienen, acaso todo lo contrario, es apenas una de las numerosas
que debemos formularnos.
Si preguntáramos a la gente qué son ciudades,
probablemente hablarían más de coches y edificios que de calles y plazas. Y si
les preguntáramos acerca de la vida en ciudad, nos hablarían, probablemente,
de alienación, aislamiento, delincuencia, atascos y contaminación, más que de
sentido comunitario, participación, animación, belleza o placer...
probablemente dirían que los términos “ciudad” y “calidad de vida” son
incompatibles.
Richard Rogers, el arquitecto —entonces doblemente
arquitecto— del párrafo anterior, conocido principalmente por obras como el
Centro Georges Pompidou en París, el edificio Lloyd’s en Londres y padre del
concepto de ciudad sostenible, pone en evidencia la formidable paradoja que
supone escoger vivir en un sitio que, a final de cuentas, consideramos hostil.
Una ecuación que se debe resolver, que hayan devenido las ciudades en
estructuras tan complejas y tan poco manejables que se hace difícil recordar
que su existencia se justifica para satisfacer, ante todo, las necesidades
humanas y sociales de las comunidades.
Rogers propone tres ideas sustanciales: la relación
entre ciudad y política, la distancia del satélite como alejamiento adecuado
para ver mejor el sistema de ciudades, y la relación entre belleza, espacio
público y calidad de la ciudad. Sugiere, así mismo, la primacía del proyecto
público, a veces gran proyecto, a veces detalle urbano, sobre el mercado, frío
y muchas veces desprovisto de la estética integrista.
La Cátedra Rectoral Alexis de Tocqueville, adscrita
a la Alcaldía de Valencia, dedicada a hacer reflexiones y producir teorías
urbanas y de calidad de vida para Valencia, copia ese modelo, pues visualiza la
ciudad moderna como creación de un sector privado altamente motivado que se
inscribe en una visión de largo aliento propuesto como marco y/o referencia por
el sector público.
Si es cierto que las migraciones apuntan al hecho
urbano, como se desprende de la data antes mencionada, ¿por qué dejar al azar
la expansión de las ciudades? Mejor aun, ¿por qué negar a las generaciones
futuras de valencianos una capital en mejores condiciones de las que hoy
tenemos? La ciudad irá bien si se reducen y transforman todos y cada uno de sus
espacios sin sentido, si se logra un verdadero equilibrio entre espacios
públicos y privados que acabe, de una vez y para siempre, por ejemplo, con esos
gigantescos lotes hechos urbanizaciones apenas dotadas de una pequeña,
ridícula más bien, franja de área verde, aceras enjutas y ningún sentido
arquitectónico, que tanto nos recuerdan la incuria gubernativa del pasado con
su ornamental estilo de devastación nuclear.
Debido a la alta densidad que se espera para
nuestras ciudades, mandan los tiempos que vivimos, agregar a la belleza, al
sentido y a la proporción de las mismas, prudencia. Prudencia en los términos
expuestos por Pasqual Maragall (presidente de la Generalitat Catalana), en el
diseño de los edificios y de los barrios (zonas residenciales para nosotros)
pues “antes un teatro era un teatro y una fábrica una fábrica, ahora es
posible que esta fábrica acabe siendo teatro o centro cívico”.