Ese día se levantó de la cama con la idea precisa de salir y
darle un beso, con la convicción de romper la ceremonia del saludo y
transgredir el rito de la bienvenida que ya se había convertido en un acto
milimétricamente pactado entre los dos.
Entró al baño, empuñó el jaboncillo con el
debido reconocimiento del Ph de su piel, lo deslizó por el rostro y al mismo
tiempo que el jabón se corría con suavidad, cada centímetro era transformado
en una caricia juguetona suya, suya de él. Se enjuagó y se acercó a la pared
con los ojos cerrados, buscó a tientas la toalla y se la acercó al rostro, que
aún templaba la deliciosa sensación de una caricia. Un movimiento empinado,
lento y pausado, un olor a rosas del oriente, un deseo inconexo, timorato pero a
punto de asumirse como dueño del momento.
Esa tarde se acercaría a él con la misma velocidad
de siempre, para no alertarlo. Cualquier movimiento ajeno al proceso de rutina
sería inmediatamente reconocido; y él retrocedería a pesar de que el ansia de
recibimiento guarda la misma intensidad que el de la entrega de ese beso. Una
caída inesperada, una ayuda, una recreación del cuadro de Munch, “El beso”.
No, eso sería una trilogía barata. Entonces, ¿cómo? Una petición, puede
ser. Una solicitud: ¿querés que te dé un beso?, diría ella / ¿por qué?,
diría él. Silencio estrepitoso. Ululos de lechuza. Entonces, ¿qué? Porque lo
deseo, diría ella / ¿por qué?, diría él... Otra vez silencio, otra vez
estrepitoso, quizá más. Porque veo tu boca y sólo pienso en besarla, igual
que veo tu mano y sólo pienso en tocarla, diría ella / ¿por qué?, diría
él... El silencio se rasgaría, entonces, con un suspiro y luego con el mismo
silencio, terminaría de existir su propio e impasible ser. Tengo hambre, diría
ella... / vamos a comer diría él. No, no daría resultado. Entonces,
¿cuándo?, se preguntaría ella; pero esta vez a sí misma, hasta en la idea.
El silbo del viento le respondería o le daría un golpe en la cara; pero a
veces el viento también es él, y el ansia se torna en lo mismo o más, porque
el tiempo sigue su itinerario con la misma parsimonia de siempre echándole una
risa en cada frente pasajero.
...al sol nadie le da bola, está ahí
todo el tiempo, sólo
cuando hace un frío de mierda uno se da cuenta de lo importante que es...
Aquel pensamiento le apolillaba la cabeza, se lo
había dicho un amigo y, a tal amigo, la sabiduría callejera impregnada de
poesía le salía en cada estornudo. Tenía razón, un tiempo de ausencia tal
vez haría sentir un cambio de clima, o tal vez no. Nadie lo sabría hasta no
ensayar.
A Fe hasta su propio nombre le resultaba insensato,
la incipiente voluntad que tenía no le dejó jamás creerse la historieta del
sol. Martín era eso, Martín, punto y aparte. Pero era tan jodido entender esas
6 letras juntas, que el asunto de los momentos inventados para abordar
situaciones deseadas eran el excreto psíquico necesario para no podrirse por
dentro. Para no consumirse en el deseo. Para no mal nutrir la esperanza.
Sale temprano en la mañana, hace como 600 minutos,
a la hora justa en que todo mundo sale a trabajar, en el mundo de este lado por
supuesto. Sube al micro, un asiento individual, a la ventana por favor, mejor si
es con el desnivel de la rueda (le gusta ver sus piernas cuando viste falda, y
no sólo a ella).
Va por la avenida de un mercado que de costumbre
tiene vendedores ambulantes, y es un shopping particular con el vehículo
circulando a 5 Km/hr. Hay modas en las ventas, hasta en las ambulantes. Hacía
poco, el artículo preferido a ofrecer y/o comprar era el maní. Ese día, era
papel higiénico. Dos, tres cuadras, veinticinco vendedores, todos ofreciendo
papel higiénico. (Y a quién carajos, se le ocurrirá comprar eso a las 7:15 de
la mañana en la ruta al trabajo).
Baja del micro. Una, dos cuadras a pie, pintoresca
caminata con el acompañamiento sincrónico de piropos con sabor a tufo de
alcohol barato y a jornada del día anterior. Llega a la oficina con la certeza
de que un edicto o una solicitada es una muy buena opción, y comienza a
escribir una carta para convocar un beso.
“Esperado Martín,
Yo no sé de cierto —y eso te lo dije sin
palabras en cada intento— en qué momento se produjo este fenómeno,
porque de que es un fenómeno, lo es, de eso ya no cabe duda. Me parece, y
eso significa que no lo podría garantizar, que el punto de génesis está
en ese segundo ilustre en que las estrellas se volvieron ojos de lechuzas en
un bosque de 4x4. Un día como este, como aquel o ese, donde al aire un
tunante entonaba un poema de flojera y luego cantaba su canción. Qué
flojera, dije yo también, así que no hice nada, el verso se hizo solo, de
Benedetti y coco, de borrachera, de curiosidad e ilusión... de sun...”.
Se suspendió al tacto, la palabra no la saldó.
Sintió que argumentar aquel beso era innecesario, cuando la lógica de aquella
necesidad era víctima de una apatía general. Tomó una bocanada de aire, hizo
añicos la hoja y dejó el bolígrafo sobre la mesa. ¿qué hago?, murmuró con
preocupación. Tomó otra hoja en blanco e intentó de nuevo.
“Hola Martín,
Hoy tengo ganas de describirte algo de mi
realidad, de nosotros, de lo que parece y lo que es. Una crónica.
Cada uno de nuestros encuentros es una historia
en tiempo real exactamente igual: Estás ahí, sentado frente al abismo
interminable de unos ojos enamorados, los míos. Ojos que día a día se
pierden en un mundo de ensoñaciones y un pantano de gelatina.
Te miro y me limito sólo a desearte. Hay una
distancia que nos separa, son esos metros o quizás centímetros entre tus
ojos y los míos, que te hacen un imposible; por esa corta línea en la cual
existe un algo extraño que divide nuestros mundos. Pero mi deseo es
intenso, tan infinito como la nada, tan poderoso como el mismo ser.
Y así se me van las horas y los días,
pensándote, soñándote. Sólo una palabra sería suficiente para
entregarte el alma entera en este beso; pero vos jamás hablás, tus labios
no alcanzan a decir nada, ni siquiera un suspiro que lo explique todo...
Y seguís ahí, sentado y muy calmado, pensando
en tus cosas y hablando frivolidades; siempre ahí, frente a estos mismos
ojos que te observan alucinados en la fantasía de construcciones
imaginadas, o imágenes construidas, que son lo mismo; pero jamás
iguales...”.
Un sollozo cayó junto con el bolígrafo. Los codos
sobre la mesa, las manos sobre la cara. La impotencia mezclada con rabia, el
orgullo con la ridiculez, el sentirse grandiosa y en fracción de segundos, al
borde de la imbecilidad. Bajó unas de las manos del rostro hacia el papel, lo
acarició, delineó cada palabra, sintió la textura que abrigaba aquellas
frases, se detuvo un segundo, cerró los ojos e hizo añicos el papel otra vez.
Fe creyó que sería indigno exponer a tal nivel los
sentimientos más profundos que guardaba, ya no era un acto de desnudar el
sentir, sino de hacer exhibicionismo del pensamiento. En el arte de la guerra
esa carta hubiera sido un autoboicot, un autogol en fútbol; y además, encima
de todo ello, no conseguiría el beso. Pero por alguna extraña razón, se
sintió más llena de valor, sacó otra hoja y siguió.
“Martín,
Siempre pensé que la vida es mejor hacérnosla
más sencilla: Vivir feliz, disfrutar de amar y ser amado. Puede parecer
frívolo hasta superficial; pero es totalmente humano y terriblemente lleno
de sensibilidad.
Quiero hablar en sencillo, como decís vos, yo
digo sin tapujos... sin puntos suspensivos ni metáforas, quiero hablar del
amor que siento por vos, sin poner sólo la letra inicial y la final
llamándolo ‘lo indecible’, de la eterna búsqueda de nuevas y mejores
formas de hacerte feliz y de cómo seguir apilándolas en archivos mentales
y cuadernos empastados, de mis múltiples intentos por conseguir una
respuesta que no me signifique golpecitos en la cabeza cuando expreso lo que
siento.
Hoy, quiero darte un beso, y que lo recibas, sin
importar si es el último o el primero...
Fe”.
Dobló el papel una y luego otra vez. Ya está,
pensó. Esto es. Y comenzó a imaginar cómo sería el encuentro ideal para
entregárselo junto al beso.
Una tarde agua Vital, en un cuarto de hotel tipo
hogareño, un tango, sin lugar a dudas, destaparía el vino de medio pelo que le
regalaron comprando un cinturón en una feria en Tarija. Dejaría la solemnidad,
aparte de que no le va mucho cuando hay que hablar de sentimientos. La verdad,
que en sus manos, de solemnidad, un poco, de piel nada más. Las confidencias de
este calibre suenan a hueco si se las lanza confitadas, son más creíbles si
saben a achachairú verde.
Una charla imaginaria, un café de medio pelo, en
invierno. Le daría un abrazo de media hora si estuviera por ahí, él y su
boca, la suya; pero no importa, lo hará en cuanto llegue... él, que tanto le
encanta hacerse esperar. Y ella que a veces, no hay que negarlo, le sale el
costado vejete (el izquierdo que sufrió como tres fracturas costillares, dos de
ronda escalerosa, y la última con sabor a tango), y se aburre... o le dan
bostezos y náuseas.
Pensó primero en qué decirle al llegar, luego las
otras cosas fluirán. El saludo de bienvenida eterna, ¡gracias! me alegraste la
madrugada , sos un malevo guapesco del siglo XXI y de tanguero te queda un Monet
el sombrero. (Un Monet, ¿el sombrero? ¿El sombrero?) Si me hubieran dado a
escoger una época en qué nacer, me hubiera resultado fácil escoger el siglo
XIX, “la belle epoque” (no sé si se escribe así). A vos te vendría bien
la Argentina de los años 20, o la Francia de los 30. O le contaría que esa
tarde salió a buscarle un libro, sabiendo que él la encontraría hoy, y cómo
será el nivel intelectual por esos sitios que visitó 3 librerías y estaba
agotado. Y él dirá seguro al recibirlo, no he leído nada de Cortázar te
contaré; pero sí mucho Discépolo, Troilo, Le Pera. Conseguiré algo para que
comentemos luego; pero no estaría mal que alguna princesa amiga me hiciera un
buen regalo..., dirá entonces él, con toda la galantería del caso.
Y claro, ella le hace el regalo con un te quiero
tanto en especial... y así, palpa la luna, la acaricia y todo, hasta con morbo
y sin censura. Y le dirá, sí, a vos te iría de fábula la Argentina de los
20... mierda, cortázar... en su época moza. Y él dirá como ya lo pensó, de
Cortázar no he leído casi nada. No blasfemes, rezongará ella.
Entonces él reirá, y ella pensará, “qué
ganas de darte un beso para que me contagiés”.
Habían quedado a las 6:00. Ella, ya en el café, lo
esperaba pensando en cómo sería la arribada.
“...qué ganas de verte llegar a este café. Y
justo en el instante de pensar en eso, la campanilla de la puerta sonará y
un señor con un gabán negro y un sombrero de tanguero. No, no sos vos. Vos
no usarías un sombrero tanguero. Eso ni en la más remota posibilidad de
construcción sucinta de personaje. El sombrero tanguero es para los de
mente ‘de chou mast gou on’, para los prestidigitadores magos de feria
de pueblo o de circo barato. No, vos no usarías un sombrero tanguero,
porque no llevás el tango encima de la cabeza, lo llevás en el alma”.
Martín entró al café que estaba poco más o menos
vacío, sólo ella, en un rincón en la esquina más alejada lo esperaba en el
intervalo de una indecisión. Un olor a café recién molido y madera húmeda
eran los protagonistas de las sensaciones en aquel lugar. Él, se fue acercando
a la par que ella sacaba el papel doblado en 4 que escribió esa mañana. Él se
inclinó para saludarla y ella con el beso planificado durante meses en la punta
del alma, giró la cabeza y ambas mejillas se rozaron, ambas bocas se fruncieron
levemente y ambas humanidades evocaron un efecto sonoro de beso. Otro beso como
este, de mejillas propias y labios ajenos, como aquellos o como esos, que
terminó igual que aquel día como este, como ese o como aquel.
Tomaron un café. Él habló, ella soñó. Al pagar
la cuenta, él se fue y ella estampó el papel doblado en cuatro en el fondo del
basurero a la salida del café. Él llegó a su casa, a la suya de él y ella
también, a la suya de ella. Se acostó, extendió su mano, la miró. Ordenó el
dedo índice con el anular a modo de construir una boca y la besó.