Gore Vidal.
Querido Andrés:
Hoy he decidido escribirte ésta, mi última carta.
Aquí en esta clínica, con la muerte como única compañera, nada me parece
más sensato que escribirte, así que le pido lápiz y papel a la enfermera
menos antipática. Luego de algunos minutos llega a mi habitación con lo menos
apropiado del mundo, un bolígrafo de tinta púrpura y un pequeño bloc de Hello
Kitty. Al entregármelo me pregunta automática:
—¿Vas a escribir?
Y yo, conteniendo lo mejor posible mi ironía
natural, le respondo:
—Sólo para pasar el rato.
—Seguro te hace bien.
Por un instante me mira con ojos de lástima,
desliza sus manos demasiado masculinas por mis pies y sale de inmediato.
Así pues, aquí estoy, no voy a contarte la
historia de mi vida porque la conoces bien, no voy a hablarte de mis
sentimientos hacía ti porque soy incapaz de tanta simplificación; una carta no
puede expresar —por extensa que sea— ni siquiera una pequeña porción de
mis sentimientos, no te voy a hablar de mis miedos, porque durante los últimos
años has sabido entenderlos y darme valor. No, en ésta, nuestra última carta,
quiero contarte sobre ti, sobre el Andrés de hoy.
Al cerrar los ojos te veo llegando a la que fue
nuestra casa, te sientes un tanto frustrado por lo rutinario y vacío del
trabajo, tú y yo sabemos que jamás te han gustado demasiado los trabajos que
has tenido, una oficina repleta de extraños no es ambiente para un alma como la
tuya, debatida siempre entre el arte y la ciencia, entre lo etéreo y lo
material. Sin embargo, desde siempre trabajas en aquella correcta profesión,
que como joven de buena familia, te viste estudiando y luego ejerciendo.
Te vas directo al cuarto y colocas la chaqueta del
traje en el perchero, examinas la corbata y decides que, gracias a tus cuidados,
no presenta mancha alguna, entonces regocijado por una de esas pequeñas
satisfacciones que tu neurosis por la limpieza te reserva de tanto en tanto,
guardas la corbata. Para la camisa blanca de doble puño y la camiseta de
algodón no hay examen que valga, ambas van directo a la cesta de la ropa sucia,
al colocarlas te acuerdas de que yo siempre llamé a la franela de algodón “guardacamisa”,
palabra que te parecía lo bastante cursi como para hacer burlas tontas, esbozas
una discreta sonrisa y me parodias en voz baja:
—“La guardacamisa está sucia”.
Mientras te quitas los pantalones y los interiores
recuerdas que te conté lo que me decía mi abuela cuando llegaba del colegio y
lo repites con el consabido acento español en tanto vas desnudo al baño:
—“Loz piez en la cabeza, vamoz, directo a la
ducha”.
Una vez en la ducha, das rienda suelta a tu neurosis
y te aseas como lo haría un reo el día de su regreso a casa, no piensas, sólo
te aseas. Cada parte de tu cuerpo, demasiado moreno para tu gusto, recibe su
justo tratamiento. Por un momento no estoy en tu pensamiento.
La enfermera menos antipática entra y sin decir
palabra va al lado izquierdo de mi cama, lleva una bandeja de aluminio que me
recuerda las bandejas donde servían la comida en el terrible colegio de monjas
donde estudié mi primaria, ¿te conté sobre las odiosas bandejas de aluminio y
de cómo aún hoy recuerdo con desagrado el sonido de los tenedores contra las
bandejas? No lo sé... supongo que sí.
Cambio de contenedores, chequeo del goteo.
—¿Cómo está todo?, ¿bien?
—Sí.
Cuando sales del baño, seco de pies a cabeza, ves
que la brisa levantó un poco la sábana que cubre la cama, la alisas y al ver
tu mano sobre la cama Queen te aborda un dolor penetrante. Sin vestirte, te
acuestas como sabes me gusta hacerlo a mí, ocupando sólo el lado izquierdo y
colocando la toalla húmeda al lado derecho, ves el techo y sientes el punzón
de la soledad, de pronto te parece un grito ahogado el silencio de la casa,
empiezas a perder tamaño y cuando ya estás a punto de perderte en la
inmensidad de nuestra cama te colocas en posición fetal y por primera vez
lloras con sinceridad mi ausencia.
Empiezo a sentir el efecto del calmante que me hace
dormir por horas y que mañana me dejará un tanto inerte, por lo menos hasta
las diez de la mañana. Te veo llorando, pero a la vez, cediendo a un sueño
intranquilo.
A las tres de la mañana, cambio de contenedores,
chequeo de goteo. Disimulo dormir, te veo despertar por el frío, buscar la
cobija debajo de las almohadas y retomar un sueño más calmado.
Es sábado, vas del baño directo al estudio,
observas tus libros, te sientas en la tumbona que yo usaba para leer la prensa
mientras tú escribías sentado frente al escritorio, lo haces como lo hago yo,
doblando el pie izquierdo sobre la tumbona y repasas con la vista nuestra
colección de libros, recuerdas el sistema de clasificación que introduje, en
el que los libros del estante de nuestra habitación eran los más importantes,
les seguían lo del estudio, siendo, los libros en el cuarto de huéspedes y en
el librero del pasillo, los menos importantes. Te dices:
—Claro, y yo soy el neurótico.
Tomas un libro al azar y resulta ser una edición de
bolsillo de Cuentos grotescos de José Rafael Pocaterra, buscas el único
cuento que recuerdas y lees “Los Come-Muertos”. Te veo tranquilo leyendo,
sonriendo con la típica sonrisa de complacencia y casi de superioridad, de
quien conoce la historia y sabe cómo termina. Al finalizar te preguntas por
qué este librito de edición económica ocupa un lugar en el estudio y no pasa
al último nivel del escalafón, es decir, el librero del pasillo. Tratas de
pensar en mis razones y te perturba no estar seguro de cuáles son.
Baño, cambio de contenedores, medida de la
temperatura y la presión sanguínea, cambio de ropa de cama, toma de placas y
muestra de sangre, visita del médico residente y del tratante... Son dos horas
de mucha agitación. Tú lees tranquilo. Las enfermeras me observan en calma, no
saben que verte leer tranquilo me tranquiliza.
A pesar de las restricciones impuestas por el
médico, comienzo a recibir visitas. No siento nada. Las palabras de aliento me
resultan vacías. Veo la escena como desde una butaca en una sala de cine de
tercera. Me gustaría estar en paz para pensarte y escribirte. Recibes la
llamada de tu mejor amigo. Luego de hablar con él te sientes aun más solo y
más aislado. Decides salir, vas a desayunar al mercado de los chinos, nunca te
ha gustado demasiado su comida pero crees que necesitas el ambiente caótico
para aturdirte un poco. Ves una especie de pastel de masa de arroz.
—Amigo, ¿de qué están rellenos?
—Puelco.
—¿No tienes de carne?
—Puelco.
—Entiendo... por cierto, ¿cómo se cocinan, al
horno o al vapor?
—Tres mil bolívares.
—Entiendo pero ... ¿cómo se cocinan? (haces el
gesto de abrir y cerrar la puerta del horno y el del vapor saliendo de una
olla), casi gritas:
—¿Al horno o al vapor?
—Vapol, vapol, tres mil bolívares.
No puedes reprimir la risa, ni dejar de comprar una
bandeja de los famosos pasteles. Yo también sonrío. Cuando subes al carro, te
das cuenta de que a nadie puedes contarle tu pequeña aventura y de nuevo la
soledad te hiere. Regresas al apartamento, comes y vuelves a dormir. Durante la
tarde estás aturdido, lo mismo me pasa a mí, desde la distancia mi cuerpo
herido y maltratado me parece un vídeo efectista y de bajo presupuesto.
Me reúno con los médicos, la quimioterapia no ha
surtido efecto, tengo una infección galopante en una arteria en el corazón y
metástasis en órganos vitales, voy a morir, esta parte la sabemos desde hace
diez años. Quizás sea difícil de entender para ti, pero ahora mismo lo único
que me importa es estar en paz, salir del hospital, recobrar un poco de control
y pensarte, eso es lo único que quiero, pensarte, así se lo dije a los
médicos. Me dieron de alta, me dieron una receta con un solo medicamento para
el dolor, hasta aquí me acompaña la ciencia. De montones de medicinas
intravenosas paso a una sola pastillita púrpura cada doce horas.
Estoy en mi cama, puedo sobrellevar el dolor y
vuelvo a pensarte, estás en la montaña desde donde se lanzarán mis cenizas
cuando todo termine. Es un recodo estrecho no muy transitado del Ávila entre
Sabas Nieves y Cachimbo, siempre oscurecido por los altos árboles y siempre
húmedo aun en las épocas de sequía, hay un banco hecho de piedras, ahí estas
sentado, entre las ramas se adivina la ciudad, pero sólo se escucha el rumor de
la montaña. Por segunda vez lloras tu soledad y decides que también ahí
yacerán tus cenizas.
La tarde va cediendo, está oscuro, no puedes
distinguir los detalles, pero puedes recordarlos. Ves el lecho de hojas, la
línea de agua abriéndose paso entre la tierra húmeda, los troncos desgastados
y disfrutas con los haces de luz de la luna que se cuelan entre las ramas. Yo lo
repaso todo a través de tus ojos... Mis ojos cerrados ven a través de los
tuyos... Estoy dentro de ti... No tú dentro de mi... Ya no eres mi
imaginación... Yo soy tu imaginación.
Tu soledad y tantos desencuentros sufridos te
llevaron a imaginar un amor profundo e imposible, mucho más grande que todos
los que has vivido, y me imaginas pensándote, entendiéndote y amándote. Me
imaginas además muriendo y así explicas el por qué estás solo, te permitiste
esta aventura hace unos años y pensaste que era mejor imaginar un amor que
aceptar no haber amado jamás. El amor romántico no es más que un invento, yo
soy el invento que más has amado.