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Los Miró
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La historia de los Miró es simple.

Fueron cuatro hermanos que desearon tener libre albedrío, pero su poder de decisión estaba alienado y el libre albedrío se dividió en los cuatro. Vivieron en un pueblo llamado “Vio”, el cual no figuraba entre los demás nombres de la ciudad “Eximirse”. Todas las personas que vivían en esta ciudad huían de las presencia de los del pueblo “Vio”, porque temían que su gran estatura de cuatro metros —todos los habitantes del pueblo “Vio” medían esa enormidad humana— los aplastara y se los comiera como unas plantas gigantes carnívoras.

Me he desviado un poco de la historia de los Miró. Disculpe usted. Pero era necesario describir el entorno humano donde habitaron estos hermanos tan, tan, tan: ¿cómo los calificaría usted? Tal vez, al final de la historia le podamos otorgar juntos un calificativo.

Bien, los Miró midieron cuatro metros de altura, al igual que todos los habitantes del pueblo “Vio”, vestían frac y bombín negro, pantalones excesivamente largos —más allá del bajo de sus tobillos—; pero no usaban zapatos —al igual, repito nuevamente, que todos los habitantes de “Vio”—, al no haber zapatería que pudiera crear calzado del enorme tamaño de sus pies. Ahora, permítame usted singularizar a estos cuatro hermanos de la demás gente monótona de Vio, que lo único relevante fue su gran estatura y sus grandes pies. Los Miró tuvieron adornos muy relucientes: grandes de narices de horquetilla, a lado de una excesiva delgadez corporal, y otros adornos problemáticos que fueron causantes de la alienación del libre albedrío.

A excepción de todos los habitantes de la ciudad “Eximirse” y de “Vio”, los Miró lidiaban con los siguientes adornos: tener una boca compartida, alargada hasta los veinte centímetros, un solo corazón dividido en cuatro, ubicado no en el lado izquierdo del pecho, sino mucho más abajo, en las rodillas; estas mismas rodillas no estaban divididas en una, como la boca y el corazón, cada uno tenía sus dos rodillas, pero para colmo, los ocho pares de rodillas estaban unidos congénitamente. Causaban ternura verlos pasar tomados de la cadera para ayudarse a caminar y más belleza el poder agacharte hasta la mitad del cuerpo y escuchar un solo corazón fusionado, conformando un todo de virtudes en los Miró. Virtudes trastornadas, retrógradas, fuera del alcance de su entendimiento y del entendimiento de todas las personas de “Vio” y “Eximirse”, a pesar de que estas virtudes fueran compartidas.

Ahora, voy a tener que desviarme un poco de la historia de los Miró para enumerar una sola acción que unía a “Vio” y a “Eximirse” — aunque los segundos le temieran a los primeros— y que singularizaba aun más a estos cuatro hermanos. A los habitantes de la ciudad “Eximirse” y del pueblo “Vio” —ya me cansé un poco de ser algo reiterativo en estos nombres, pero de otra forma, a mí o a usted puede que se nos olvidé el nombre de estos sitios y no quisiera arriesgarme a que eso ocurriera, de tal forma, continuaré siendo reiterativo—, si algo los distinguía era la rapidez, el dominio de vivir siempre corriendo aunque fuera domingo y no hubiera clases ni trabajo, a tal grado llegaba su obsesión por la rapidez —acción que fue calificada como la máxima virtud en estos sitios tan, tan, tan ¿rápidos?, ¿podría ser ese el calificativo?, ¿no prefiere usted que les denominemos “conejitos” del cuento Alicia en el País de las Maravillas?, acuérdese de ese personaje tan bello y tan apresurado. Se lo dejo a su opinión; a mí me gusta más “conejitos”—, discúlpeme que me he vuelto a desviar de la historia. Decía, pues, que estos habitantes de la ciudad y del pueblo eran tan rápidos que comían sopas instantáneas calentadas instantáneamente con agua caliente del microondas. Muy al contrario de esta barbarie apresurada que como “conejitos” buscaba hoyos transportadores, como sus automóviles, para ser más instantáneos como las fotos instantáneas; los hermanos Miró eran personas muy lentas y precavidas, pero decisivas en el momento preciso de lo que querían hacer, no se preguntaban entre si qué deseaban llevar a cabo, cometían sus acciones espontáneamente, en un vano intento de querer parecerse a la gente de “Eximirse” y de “Vio” y no ser tan, tan, tan ¿singulares?, recuerde que acordamos que el calificativo de los hermanos se lo otorgaríamos usted y yo al final de la historia. Bien, continúo, lo que hacía uno, naturalmente tenían que realizarlo todos; y por ello siempre estaban atentos de lo que el otro hermano fuera hacer, y si podían, trataban de adivinar los pensamientos del otro para aventajarse con otra acción que eliminara la acción en la que no estuvieran de acuerdo a realizar. Vivían contrarrestándose entre sí; por eso los Miró no se bañaban. No querían lavarse el culo al mismo tiempo que sus hermanos, ni lavarse la cara de último, porque alguno lo hizo después de jabonarse el pene, entre otras dicotomías. Muy a propósito, no olían mal y fueron muy limpios, pero nunca quisieron revelar su forma higiénica para eliminar este innecesario hábito de limpieza. Debo decir que en este aspecto las personas de “Vio” y de “Eximirse” los envidiaron sobremanera, porque eliminaban una acción que si ellos la imitaban podían ser más veloces contra las veinticuatro horas del día, pero no querían lidiar con el problema del mal olor corporal que sin duda los haría ser repelentes unos contra otros. Así, hubo dos grupos de espías, del pueblo “Vio” y de “Eximirse” que vigilaban las acciones de los Miró para descubrir su receta contra el mal olor y contra el tiempo. Ambos grupos fracasaron, solamente se llegó a comentar que los niños del pueblo “Vio” habían visto a los Miró limpiarse con la nariz: los ojos, la boca, el cuello; las axilas, los codos y su propia nariz. La forma de gran horqueta de sus privilegiadas narices —según se dijo—, les permitió realizar ese estilo de pulcritud. Pero no les creyeron a los niños, quizás porque ambos bandos reconocieron que ni con cirugías plásticas lograrían el tamaño de las hermosas narices de los Miró para ganarle unos minutos al tiempo.

A lado de esa irresistible hermosura de los Miró, que los habitantes de “Vio” y “Eximirse” no soportaban, a los hermanos les adornaban otras valientes manías. Manías que eran consecuencia de que tampoco coincidían en los hábitos alimenticios, pues no deseaban comer lo que el otro comía y, de ahí su excesiva delgadez corporal. Ahora sí podremos entender extensivamente la razón de estos hermanos tan, tan, tan... —bueno ya sabremos después— de los adornos tan irremediablemente paralelos de compartimiento.

A causa de una sola boca, mantenían especial atención en contrarrestar lo que el otro pudiera meterse al paladar en cualquier momento imprevisto. Sólo coincidieron en la papaya, se alimentaban de papaya y del agua de papaya. No estaban desnutridos, tomaban y comían cincuenta papayas al día, trescientas cincuenta a la semana, mil quinientas al mes y dieciocho mil, doscientos cincuenta en trescientos sesenta y cinco días. Sé que la cifra de papayas es bastante grande y un pueblo tan pequeño como “Vio” y una ciudad aun más pequeñita que el pueblo como “Eximirse”, no podía cubrir con este requerimiento de abastecimiento y donde además los envidiaban —y no de una envidia de la “buena”—; así que los Miró tenían su propio viñedo de papayas. Sí, sí, viñedo, ¿por qué sólo utilizar la palabra viñedo para referirse al cultivo para el vino de uvas? Los hermanos tenían una gran extensión de tierras donde cultivaban las papayas, las añejaban para elaborar su vino de papaya. Incluso realizaban una gran fiesta popular de la vendimia de la papaya donde nada más que ellos eran los organizadores e invitados a este gran evento temporal del clima. Cada año, los hermanos se turnaban para ser: ¡el rey de la vendimia de la papaya!

Sin embargo, no solamente fueron grandes cultivadores y comedores de papaya, también fueron fenomenales sicólogos, pues debido al gran adorno de su boca compartida, la enfocaron para que fuera los oídos que escucharían a la gente. No es que sus oídos tuvieran mal funcionamiento para colmo de sus beldades, pero ellos se habían dado cuenta de que la gente se sentía más comprendida si se les escuchaba por la boca. Los Miró habrían tremendamente su boca de veinte centímetros al momento en que se disponían a escuchar la plática de alguien. Es sencillo decir que las personas se sentían conmovidas en su vanidad, al ver tamaña boca abierta, la cual era señal irrefutable de asombro ante una interesantísima conversación. Sólo los habitantes del pueblo “Vio” podían disfrutar de esta exclusividad de sicólogos, aunque en su interior estas personas los envidiaran, pues al fin y al cabo tenían imperiosa necesidad de una “boca” siempre amiga que los escuchara. Perdón, tengo que desviarme de la historia central otra vez. Decía acerca de la exclusividad de “Vio” por tener a los Miró como sus fenomenales sicólogos, por la sencilla razón de que la pequeñita ciudad de “Eximirse” al tener miedo de los gigantes de “Vio” de que los aplastaran y los comieran, no eran capaces de acercarse al confesionario de los hermanos —sí, sí, confesionario, los hermanos tenían uno en la plaza pública del pueblo, donde la gente acudía a sus consultas sicológicas—, por ello se conformaron con el murmullo de aquella fama de famosos sicólogos de “boca”. Y no fue raro que la mayoría de los habitantes de “Eximirse” soñaran con el magnífico día de poder viajar a “Vio”, esquivar valientemente a todos los gigantes, librar el peligro de ser aplastados y devorados, atravesar el parque principal y llegar al tan ansiado confesionario Miró. Pronto el sueño se volvió popular, inalcanzable, mítico y se llegó a dudar acerca de la existencia de estos sicólogos fenomenales.

Creo que he nombrado tantas virtudes de estos hermanos que pareciera que los defectos no existen. Disculpas por tercera o cuarta vez, esta historia no tiene originalidad y, como se dijo al principio, es simple y llana, así que los defectos hacen gala de aparición. Pero es sólo un defecto, podría usted tomarlo en cuenta para no clasificar esta historia “tan carente de originalidad”.

El defecto que nos engalana con su presencia en esta historia es: ¿cuál piensa usted que podría ser?, yo no me lo hubiera imaginado antes de que me contaran esta historia. No fueron ni su gran boca, ni sus narices, ni las papayas, tampoco su altura, mucho menos sus pies. ¿Cuál es el último elemento que no he terminado de describir..? ¡Sí!, las rodillas. Exacto. El defecto de los hermanos eran sus rodillas porque su vida se depositaba allí. Sufrían con el constante peligro de su muerte, y un sumo cuidado para contrarrestarla. Como antes mencioné, lo enternecedor que resultaba verlos caminar cogidos de las caderas para ayudarse entre sí; pues esa forma tan humana de ayudarse mutuamente no era producto más que de su precaución por no caer y morir. La muerte se encontraba en la alienación de sus rodillas. La alienación de sus rodillas era demasiado delicada y su corazón se ubicaba ahí. Los Miró no podían voltear a ver hacia atrás al mismo tiempo, sólo uno de ellos podía hacerlo y comunicarle a los otros lo que vio; pero no debían hacerlo en tiempos iguales: un movimiento brusco por mirar atrás, provocaría la separación de las rodillas y el corazón; y ellos caerían al suelo como lentas plumas volátiles. Los hermanos tenían divididos sus tiempos consecutivos; cada uno se había apropiado de una hora para mirar atrás, de allí que fueran tan lentos y precavidos. Buscaban no coincidir y morir.

De nada sirvió su precaución y lentitud pues de todos modos murieron. En un día simple, como todos los que existen, llegó al pueblo una mujer valiente de la ciudad “Eximirse” decidida a olvidar el miedo a los gigantes de “Vio” y comprobar de una vez por todas el sueño popular de su gente acerca del confesionario de los Miró. Iba resuelta a buscar una cita sicológica con los hermanos. Por cierto, no se supo el nombre de la mujer, porque murió de desolación el mismo día que llegó. Sin embargo la gente de “Eximirse” se valió de la muerte de esta mujer para acrecentar aun más su miedo contra los de “Vio”, imaginando que su muerte fue porque la aplastaron o la tragaron. En fin, una imaginación, en verdad, falsa, pero cierta para ellos, porque lo que ocurrió en realidad es que la mujer se enamoró de los Miró en la primera hora que les vio caminar cogidos de la cadera; y no tuvo capacidad de decisión. No pudo amar a uno. Su amor se alienó en los cuatro, así como el libre albedrío. Y los Miró tampoco estuvieron capacitados para decidir quién de los cuatro amaría. Al observarla pasar de frente, se enamoraron de la mujer en una hora indeterminada. Y en una hora determinada del mismo día, la mujer, habiendo superado definitivamente su miedo a los gigantes de “Vio”, se atrevió a preguntar a los del pueblo por los nombres de los hermanos. Por supuesto, nadie le supo dar un nombre individual: “Son los Miró”, le dijeron. Y ella se sintió feliz. Creyó posible universalizar su amor y no dividirlo en cuatro. Creyó haber solucionado fácilmente su dicotomía o más bien su cuatricotomía amorosa (eran cuatro y no dos, dudo que cuatricotomía exista en el diccionario, pero no encontré otra palabra mejor —aunque sea inventada— que definiera este cuadrado amoroso) . Creyó que los hermanos no eran los Miró y quiso individualizarlos. A los hombres de sus motivos amorosos, le llamó Miró.

En esa misma hora determinada, ella caminó detrás de los pasos de los Miró. Esa hora era propiedad del tercer Miró, y ella no sabía las reglas del tiempo. Gritó su nombre:

—¡Miró!

Voltearon a ver y la muerte escapó libremente de las rodillas. Encontrando coincidir en el amor, y la muerte. Y así es la historia de los Miró.

 

* Discúlpeme, por sexta o séptima vez, pero no quiero arruinar el final de la historia, termina “muy bonito” para entorpecerla con un acuerdo que establecimos usted y yo. El adjetivo calificativo con el cual denomino a los hermanos sería el de “Alicias”, ya que son cuatro, no puedo decir solamente “Alicia”. Si, “Alicias” del cuento de Alicia en el País de las Maravillas. Los conejitos son los de “Vio” y “Eximirse”, los Miró siendo tan lentos y estando dormidos, son los que caen en el hoyo de estos “conejitos” de rapidez.