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"The Naturalist in Nicaragua", Thomas BeltUn romántico
olvidado
en Nicaragua
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Durante el siglo XIX, muchos viajeros, naturalistas, exploradores e ingenieros, recorrieron los países del Nuevo Mundo; algunos se concentraron en las regiones de América Meridional, como Humboldt, por ejemplo. Otros privilegiaron Centroamérica y el Caribe, y entre los que eligieron América Central, y específicamente muchas regiones de Nicaragua, figuran Carl Bovallius, Julius Froebel, Williams Wells, Orlando Roberts, E. G. Squier y Thomas Belt, por ejemplo. Este último, ingeniero, geólogo, explorador y viajero, viajó por Austria, Rusia y Oriente. En América visitó Brasil, Nicaragua, México y EUA. Según sus biógrafos llega a Nicaragua en febrero de 1868, por el río San Juan, y se dedica a explorar el país durante cinco años. Su visión del cuerpo físico de Nicaragua ha quedado consignada en la publicación The naturalist in Nicaragua (London, 1874).

Dicha obra es significativa, todavía hoy, como un referente característico de la literatura de viajeros, que logra insertar armónicamente nociones científicas para la descripción de la naturaleza centroamericana, y en especial por la enorme fuerza de su prosa romántica y delicada. La misma logra entregar a sus lectores una visión de la flora y fauna nicaragüenses que consigue concitar nuestra atención y despertar nuestros mejores sentimientos de asombro y de captación de la belleza. Ello, por la forma equilibrada de sentimientos personales y de descripción de especímenes con notas científicas, con las que va trayendo a presencia a los diversos referentes orgánicos de dicho país. Así por ejemplo, Belt da cuenta de algunos lepidópteros como la morphos y la helicónida, o de algunos escarabajos como el desmiphora fasciculata, o de hormigas como la pequeña ecidon predator o la guerrera eciton hamata, o de aves como los tucanes, a los que tipifica como ramphaustus tocard; y que en conjunto con los demás especímenes de la sistematización de este autor, aparecen como insertos en una exuberante naturaleza, en plena interacción con todo el universo orgánico; matizadas además con una rica policromía y destacando claramente algún rasgo relevante de cada uno de ellos en su prosa. Su discurso es rico en descripciones, en colorido y en diversidad; tanto es así que, aún hoy, luego de casi más de ciento veinte años de la publicación de la primera edición de su obra, llama la atención ese equilibrio cuidadoso y mesurado que concilia los delicados sentimientos del observador, como simple sujeto, con las descripciones del científico que pretende detener y consignar, por la vía de la designación taxonómica, los distintos especímenes de la flora y fauna nicaragüenses. Por ejemplo, al describir a un tipo de mariposas señala: “Estas mariposas eran en su mayoría diferentes especies de Callidryas, amarillas y blancas, mezcladas con las especies rojas y cafés de Timetes, que al ser perturbadas se levantan en una masa giratoria. Sobre el terreno parecen un ramillete y cuando se alzan simulan una fuente de flores”. Lo anterior es un trozo típico de la literatura romántica de los viajeros y exploradores que recorren América, en los cuales el romanticismo está presente doblemente: primero como forma de vida, en tanto sus tareas científicas o de simple exploración son motivadas por el mero gusto de viajar y de estar en contacto con la vastedad y las sorpresas que ofrece un universo orgánico y un medio social diferente y extraño a sus costumbres; medios que lo obligan a ratos a la soledad y al aislamiento, pero que también le dan la oportunidad para seguir su impulso estético: buscar la belleza en la naturaleza inexplorada de Nicaragua y otros países de Centroamérica.

En este contexto, el romanticismo de Belt se expande también a su prosa, en sus observaciones y descripciones de los referentes vernáculos, o al dar cuenta de las costumbres de los nativos y lugareños; o bien al mostrar las distintas formas de interacción entre el medio natural y el social, en el cual se percibe claramente que los nativos y sus costumbres, así como la flora y fauna en que se desenvuelven, es considerado como un todo; como un paisaje humano, natural y social, como un cuadro de costumbres, a la manera de Humboldt. El asombro que despiertan los observables en el ánimo del científico, es una tónica constante en sus descripciones, tal como se puede apreciar al leer las vicisitudes previas al arribo a la actual ciudad de Matagalpa: “...mientras cabalgábamos; vimos robles y pinos enteramente por colgantes festones, con aspecto de musgos grises, de la Tillandsia usneesis o ‘barba de viejo’. No había ramita que no estuviera agobiada por un fleco colgante, de hasta seis pies de largo, que simulaba un velo gris meciéndose al viento, y que daba a los árboles una extraña y venerable apariencia. Cabalgar fue un placer después de la detención en Matagalpa; cada cosa era fresca y nueva para mí. El aspecto de la región, los árboles, matas y flores, los pájaros y los insectos, el aromático perfume de los pinos, todo reclamaba mi atención a cada minuto”.

El trozo anterior nos permite observar las características señaladas como propias de la prosa de Belt; aquí se percibe el fuerte asombro del explorador ante una naturaleza expansiva y emergente, la abundancia de exponentes del mundo orgánico, el uso de la tipología taxonómica en boga; así como también, una clara sensibilidad para captar la belleza del paisaje y el placer que siente el explorador en ello. Son algunas de las expresiones del romanticismo de Belt.

Así, el autor va construyendo una prosa que presenta y explica un mundo de abundancia y de biodiversidad, en el que se insertan alegremente los tanágridos, los tucanes, los “congos”, las “barbas de viejo”, las enredaderas, los helechos, los escarabajos, el cedro, las mariposas, los jabalíes, las luciérnagas, los chagüites, las garzas blancas, los marjales, los jacanás, los lagartos, las palmeras y los pinos; por una parte. Y por otra, en el mismo universo de flora y fauna, va introduciendo a las hermosas nativas morenas con sus pechos desnudos y colgantes, lavando la ropa o moliendo el maíz; y a los niños, también desnudos y jugando ora entre ellos ora con animales domésticos; o bien a los chontaleños detrás de su ganado, a los indios reparando sus chozas, a los bongueros con sus pértigas, desplazándose a través del río San Juan.

Es una primera mirada del cuerpo físico y social del país; por cierto parcial, pero es aun una lectura de la naturaleza en que no está todavía el afán pragmático y utilitarista; el énfasis por unir vida, naturaleza y explotación capitalista, que ya en esta época se observa en el trabajo de otros ingenieros y naturalistas que recorren el país con la pretensión de obtener informaciones más exactas para materializar el proyecto político y económico del Canal transoceánico. Aquí, en la prosa de Belt, ese sueño no atraviesa la descripción y referencias del medio biótico. Sólo hay una mirada propia de un romanticismo tardío, entendido como un conjunto de valores literarios que trasuntan una tendencia hacia la obtención de la verdad, según el ideario de Humboldt y Goethe.

La visión de la naturaleza nicaragüense de Belt, por tanto, es poética, delicada; muestra un universo vasto, exuberante, policromático y dinámico, en el cual los elementos orgánicos e inorgánicos están en una proporción adecuada para la biodiversidad y la interacción del hombre con el medio; pero no es un mundo que se ofrece a los empresarios, como sucede más tarde con Lèvy, al dar cuenta de los recursos de Nicaragua, o como acontece en la prosa de muchos estudiosos de la historia natural y de viajeros de fines del siglo decimonono, que exploran los territorios de América Meridional. La visión de Belt presenta un mundo para los ojos, para deleite de los sentidos; para contemplar, para gozar y para elevarse a la contemplación y la búsqueda de la felicidad. Así, más que un trozo de naturaleza dividida, segmentada entre porciones orgánicas o mineralógicas y estandarizada para la transformación y la explotación industrial, el discurso de Belt es un enfoque romántico. Una mirada que va casi a contrapelo de otras visiones paralelas que —como señaláramos—, ya en esta época (1874) se dan fuertemente motivadas en torno al ideario del Canal Transoceánico, y que cubren a los medios gubernativos y a culturales del país, con un sinfín de informes, precios, distancias, costos y maquinarias e implementos, sobre esta franja de tierra aprisionada entre el Pacífico y el Atlántico y con una élite obsesionada por la construcción de un canal que no llega, pero que se desplaza entre el imaginario colectivo, a través de la diplomacia, de la política y de la economía nicaragüenses de las últimas décadas del siglo XIX.

Actualmente, llama la atención que fuera de la memoria histórica consignada en algunas escasas obras sobre Belt y su presencia en Nicaragua, como por ejemplo la traducción de la obra de Belt: El naturalista en Nicaragua; que realiza Jaime Incer Barquero en 1976, y del cual hemos tomado las citas aquí empleadas; no existe la misma pasión y alegría que tuvo el autor para contemplar el cuerpo físico de Nicaragua, con obras que hablen en profundidad del trabajo de este viajero naturalista. Tanto es así que, en una investigación social, realizada durante los años 1954 y 1955 por Guerrero y Soriano de Guerrero, que tenía por objeto lograr nuevos antecedentes sobre la estadía del naturalista en el país, a partir de la tradición oral en algunas regiones del país; no tuvo ninguna retroalimentación.

La imagen y la labor de Belt quedó, así, tragada por la selva de la naturaleza y por la selva del olvido. Es una amnesia lamentable que desde la academia se desea revertir, como una forma de reivindicar la romántica obra de este autor.