“Confío en vos, [...] porque lo anulas todo,
porque lo inicias todo
con el toque de tus manos”.
Silvio Rodríguez.
¿La evolución de cuál parte del cuerpo ha
permitido el desarrollo del ser humano en variados aspectos, incluso en el
tamaño y complejidad del cerebro humano? Una vez que las manos dejaron de tener
funciones de locomoción, en virtud de la evolución de huesos como la pelvis,
el fémur y la columna vertebral, el hombre adquirió una posición erecta.
Estos cambios permitieron que tuviera las manos libres para ser empleadas en
otros usos.
El dedo pulgar en especial tuvo un importante papel,
toda vez que le permitió tomar objetos con facilidad y fabricar herramientas
complejas, estimulando con ello la creación de muchas interconexiones
nerviosas, lo cual a su vez habilitó otras actividades de mayor grado de
dificultad. La interacción entre la mano y el cerebro fue determinante para la
evolución del hombre. La mano sufrió también cambios anatómicos; el más
importante de ellos consiste en que el pulgar es oponible a todos los demás
dedos. La mano ya no era un órgano tosco que permitía simplemente sujetar los
objetos, sino un instrumento capaz de manipularlos con precisión.
Federico Engels refiere en su obra “El papel del
trabajo en la transformación del mono en hombre”, que la mano no es sólo el
órgano del trabajo, es también producto de él. Únicamente por el trabajo,
por la adaptación a nuevas funciones, por la transmisión hereditaria, entre
otras causas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de
perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los
cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini.
A través de las manos se puede conocer a un ser
humano —no nos referimos a la quiromancia—, es que la textura nos ayuda a
saber si una persona se dedica a labores del campo o de oficina, si desempeña
actividades domésticas, etc. Se dice que la costumbre de estrechar la mano como
saludo tiene un origen más remoto que el medioevo, donde significaba la buena
voluntad hacia el otro abriéndole la mano para demostrar que se estaba
desarmado. Los australopitecinos se daban la mano como signo de identificación
con sus clanes. Gracias a la gran sensibilidad táctil de la piel de sus dedos,
podían apreciar las callosidades del otro y discernir si era un
cazador-recolector o un sacudidor de árboles.
El saludo militar utilizado en todo el mundo se
sirve particularmente de la mano; consiste en un movimiento de la mano derecha
que se eleva a la frente. Dicho saludo nació en la Edad Media; en esa época,
los capitanes y oficiales de más alto rango eran los nobles, que iban a caballo
llevando sus armaduras y sus yelmos, los cuales solamente admitían pequeñas
ventanitas que apenas permitían ver algo. Cuando dos caballeros se encontraban
en un camino, para ver si el otro no era un enemigo, y para ver mejor su rostro
(y así sus intenciones), los caballeros se llevaban la mano (generalmente la
derecha) al yelmo, para levantar su visera. Así nació el saludo militar que se
extendió por todo el mundo, incluso en naciones orientales.
Las manos, pues, son las que nos manifiestan con
mayor fidelidad después del lenguaje. Sirven para expresar retos, halagos,
deseos —como la tradición de pedir la mano de la mujer con quien se pretende
esposarse— e incluso gestos obscenos. Algunos movimientos de la mano se han
convertido en iconos culturales. Hitler recuperó para el Tercer Reich el
antiguo ¡ave! romano, dirigido exclusivamente al Cesar. Con el
dedo índice Colón señaló un nuevo continente, los padres revelan a sus hijos
los misterios astronómicos, y la víctima señala a su agresor. Nuestro dedo
índice ha señalado la cicatriz, ha suplicado el silencio y ha limpiado las
lágrimas de los ojos.
La mano fue la condenación de Midas. El catolicismo
recuerda a los fieles que su vida está en las manos del Señor y que ha de ser
dócil como el barro en las manos del alfarero. Cuando algo nos rebasa, decimos
que se sale de nuestras manos, por lo que pedimos ayuda y nos ponemos en las
manos de los demás. La mano desnuda, abierta y vacía, revela verdad y
honestidad, por eso se jura con la mano. En cambio, una mano dentro de un guante
es amenazadora y sospechosa. Maniatar, que es atar las manos, vuelve impotente a
cualquiera, de ahí el uso de las esposas de los policías. Los criminales
también han atado las manos de sus víctimas para desplegar con toda ventaja
diversas formas de violencia. Un hombre con las manos libres representa siempre
el ejercicio de un poder.
Las manos aparecen en varias páginas de la Biblia.
Por ejemplo, las manos de Moisés rompieron el becerro de oro y abrieron el
Mar Rojo; Jesús con sus manos curó enfermos, bendijo el pan de la última
cena, y luego éstas fueron traspasadas por clavos. “Que tu mano derecha no
sepa lo que hace tu mano izquierda”, estableció. Uno de los frescos de Miguel
Ángel pintado en la bóveda de la Capilla Sixtina representa a Dios rozando con
su dedo índice de la mano derecha el dedo también índice de la mano izquierda
de Adán, simbolizando con ello la transmisión de la vida.
En suma, las manos son las que han hecho posible que
podamos escuchar en una mañana de domingo la Obertura de 1812 de
Tchaikovsky, mientras otras manos podan el jardín, otras cocinan, otras manejan
un vehículo, otras llevan forraje a las vacas, otras transportan cubetas, otras
escriben un poema, otras lanzan una pelota, otras barren un patio, otras operan
un enfermo, otras deslizan un pincel, otras acarician, otras mueven piezas de
ajedrez, otras lavan platos, otras tejen, otras aplauden, otras cargan una
canasta y otras quitan abrojos de la tierra para hacerla de nuevo fecundar.
“Me declaro culpable de no haber hecho, con estas
manos que me dieron, una escoba. ¿Por qué no hice una escoba?, ¿Por qué me
dieron manos?, ¿Para qué sirvieron si sólo vi el rumor del cereal, si sólo
tuve oídos para el viento y no recogí el hilo de la escoba, verde aún en la
tierra, y no puse a secar los tallos tiernos y no los pude unir en un haz
áureo, y no junté una caña de madera a la falda amarilla hasta dar una escoba
a los caminos? Así fue: no sé cómo, se me pasó la vida sin aprender, sin
ver, sin recoger y unir los elementos. En esta hora no niego que tuve tiempo,
tiempo, pero no tuve manos y así, ¿cómo podía aspirar con razón a la
grandeza, si nunca fui capaz de hacer una escoba, una sola, una? Sí, soy
culpable de lo que no dije, de lo que no sembré, corté, medí, de no haberme
incitado a poblar tierras, de haberme mantenido en los desiertos, y de mi voz
hablando con la arena” (Pablo Neruda).