30 de marzo de 2005
Querido Jorge:
Acabo de recibir la noticia de la salida de Letralia
122. Redundaría —no lo haré— si te hablara de
tu/nuestra página literaria, te dije ya muchas veces de su calidad. De entrada
nomás, la noticia de un (nuevo) escándalo con relación a un premio, esta vez
(de nuevo) el que otorga Planeta. Se trata de mucho dinero, querido Jorge, y
donde hay mucho dinero, lo sabemos, casi siempre todo se pone oscuro. Un amigo
videoasta me dijo, cuando hablamos de las eternas “listas estables”, “no
me hago problemas; en nuestro campo, el del cine experimental, no hay dinero”.
Pero, claro, en lo de Planeta lo hay y, desde
siempre, desde que yo recuerdo, lo que se cocina es, como mínimo, sospechoso.
Para decirlo de una vez, el libro premiado surge a tanta velocidad —casi al
día siguiente del fallo— y abunda en las librerías, que uno se ríe por no
llorar.
Entonces, ¿por qué participan tantos si se sabe
que hay “gato encerrado”? Supongo que llegar a la selección final —en
general los jurados de preselección son más secretos que las labores de los
alquimistas— ya les da “chapa” —como decimos aquí— y pueden
incorporar el hecho a sus currículos e, incluso, ver aliviados sus trámites de
publicación en la misma editorial u otra.
El último Planeta fue para Caparrós, un libro para
divertimento veraniego sobre un argentino que estuvo implicado en el robo de la
Gioconda, del cuadro quise decir, y, al mismo tiempo, el periodista de los
bigotes publicó un libro sobre la historia de Boca Juniors, que este año
cumple un siglo —no es casualidad, obviamente. Ambos libros ocupan un lugar de
preferencia en el sector best-sellers de las librerías, separado del
sector “literatura” donde se ubica lo que se vende menos.
Lo de Piglia no fue “plata quemada”, al
contrario, al extremo de que luego se llevó la novela al cine —alguien llamó
precisamente “plata quemada” a su texto sobre el film. Pero los de Planeta
cometieron un error de tipo legal —de otro modo todo hubiese andado sin
problemas— y se les vino el juicio —Piglia, como Caparrós y tantos otros,
no son “la virgen María” y saben cómo son las cosas y vaya si lo
aprovechan. Y los integrantes del “elenco estable” local, todos sin
excepción, salieron en defensa del colega, con el mismo espíritu corporativo
con que los curas defienden a un sacerdote pedófilo —que son mucho más que
uno solo.
Si uno cae, se pierde una pieza en el aceitado
mecanismo que debe funcionar a la perfección con su carga de puestos,
influencias, premios, becas, viajes, etc. Para ellos, querido Jorge, fuera de su
mundillo no hay nada o hay, como creían los europeos del Medioevo, leones,
hombres con la cabeza en el pecho, mujeres con tres pechos, sombras errantes.
Una vez me dijo Olga Orozco que recibía acusaciones
de que ella, y sus contemporáneos, cerraban puertas. La acusación venía de
los que pusieron diez candados apenas tuvieron acceso a esas mismas puertas. Y
allí están y se quedarán hasta que otros ocupen sus lugares. Por ahora tienen
todo a su disposición y ejercen su poder, arreglan premios, consiguen viajes,
ocupan espacios en los medios. No es diferente lo que sucede con la crítica de
arte, donde la coyuntura ubica a tres o cuatro que dictaminan qué es arte y
qué no lo es, conceden salvaconductos o expulsan al infierno.
La realidad es, Jorge, tan asfixiante que, de a poco
o no tan de a poco, todo se desmorona. Incluso, hay varios artículos, sobre
todo en los últimos tiempos, creo que hasta Cebreli en un reportaje también,
alertan sobre un estado de cosas insoportable. Lo que circula bajo el rótulo de
arte y literatura por el mainstream o aburre o asusta por su vacío. En
el Mamba de Buenos Aires hubo hace poco una muestra de “los hijos dilectos de
la última generación”: un espanto, un correlato de lo que puede verse por la
televisión u oírse por la radio, banalidad, esnobismo, fuego fatuo y,
también, muchas veces, sobre todo en los medios masivos, bajeza, ordinariez a
toda prueba. Y el arte bajo rótulos que empiezan siempre con el prefijo post.
En un país, Jorge, al que sólo le cabe el prefijo pre.
En el suplemento de Página 12, Radar, hay un
ejemplo de hasta dónde hemos llegado —hay promesas de nuevos abismos—, un
periodista, ante la respuesta de un paleontólogo compatriota, de que había
hecho excavaciones en Mongolia, dijo: “¿Mongolia? Suena lejos (un modo,
supongo de decir “no tengo ni idea dónde queda”). No me imagino un
dinosaurio de Mongolia” (¿tendrían los ojos rasgados? —calculo pensaría
eso el periodista). Hace poco, un grupo de artistas “consagrados” por la
Dirección de Cultura del gobierno de la ciudad —el mismo que, con su
corrupción, mandó a la muerte a casi 200 jóvenes en diciembre— exhibieron
perlitas pegadas en la pared, farolitos de papel y juguetitos a resorte y de
plástico.
Un abrazo,
Carlos
Barbarito