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Cuatro textos
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Las camisetas mágicas

Desde que disputara su partido amistoso con el Milán, hacía ya de eso más de cuatro años, el Racing de Burguilloalto no conocía la derrota en partidos oficiales. Los ascensos de categoría se habían producido de forma vertiginosa hasta acceder a la división de honor, en la cual, a pesar de medirse con equipos de primerísima fila, su trayectoria seguía siendo imparable. El éxito del equipo obedecía a razones estrictamente futbolísticas —al “exquisito trato dispensado al balón”, dicho con palabras de un periodista de la época—, y no tenía nada que ver con otros factores, como la fortuna o las actuaciones arbitrales. Llegada la última jornada del campeonato, únicamente dos equipos permanecían invictos: el Racing de Burguilloalto y el Sporting de Bracamonte, a los que correspondía enfrentarse entre sí. El que ganara el encuentro sería, pues, el vencedor de la competición. El Sporting de Bracamonte, no obstante ser un conjunto potentísimo que había reunido a los mejores y más caros jugadores del momento, estaba muy preocupado por la fulgurante racha del equipo rival, que más parecía obra de magia que otra cosa. El consejo del club, tras sucesivas reuniones y deliberaciones, adoptó una medida extrema: comisionar a un equipo de detectives para que averiguara la verdadera causa de excelente juego del Racing de Burguilloalto. En poco tiempo descubrieron su gran secreto: cada jugador llevaba en los partidos, debajo de la del club, la camiseta del jugador del Milán de esa demarcación: Paco, el delantero centro, la de Van Basten; Tomás, el central, la de Baresi, etcétera. De forma prodigiosa, esas camisetas, que habían intercambiado por las suyas al término del partido que jugaran años atrás, les transmitían las aptitudes técnicas y físicas de los jugadores que anteriormente las vistieron. Haciendo caso omiso a los escrúpulos morales que siempre aparecen, el Consejo del Sporting de Bracamonte ordenó la sustracción de las camisetas. Una vez conocido el robo, cundió el pánico en las principales instancias del Racing de Burguilloalto. El consejo del club intentó vanamente, por los más variados medios —entre los que no escasearon los humillantes ruegos—, que los actuales jugadores del Milán les vendieran sus camisetas. Si bien la intransigencia mostrada por los italianos fue desesperante y rayana en la mezquindad, el penoso estado de las cuentas financieras del club no fue ajeno a la esterilidad de las peticiones. Cuando todo parecía perdido, como último recurso se optó por prestar atención a las extravagantes opiniones del psicólogo del equipo, según las cuales, las camisetas no poseían propiedades milagrosas de ningún tipo, y la mejora del juego de los últimos tiempos era resultado exclusivamente de la fe profunda que los jugadores depositaban en ellas. Con la mayor celeridad posible se puso en práctica el plan derivado directamente de sus ideas, que no consistía sino en comprar en un rastrillo de segunda mano las camisetas del Milán y hacerlas pasar como auténticas a los jugadores, quienes, una vez recobrada la confianza en sí mismos y creyéndose imbatibles, estarían en condiciones de vencer a cualquier equipo. Ninguno de los jugadores se percató del engaño. El día previsto se disputó el partido. Todavía en Burguilloalto sigue siendo tabú cualquier referencia al mismo. Sólo la hemeroteca municipal guarda fidedigno recuerdo de la estrepitosa derrota del equipo local.

 

Sisi Fó encuentra un trabajo que no es de su agrado

Tras meses de constante búsqueda, Sisi Fó encontró un trabajo que no podía ser menos estimulante: de limpiadora en un portal de la calle Velázquez. Además, para empeorar las cosas, el presidente de la comunidad de vecinos resultó ser un insoportable gruñón que, ya el primer día que habló con ella, le dijo que su único cometido era tener el piso del portal como los chorros del oro. Eso le dijo, “como los chorros del oro”, y añadió que mientras no estuvieran brillantes todas las baldosas no le estaba permitido tomar un solo momento de respiro. El problema estribaba en que a partir de las siete de la mañana, cuando el portero de la finca le franqueaba la puerta y podía iniciar la jornada, el goteo de vecinos por el portal era incesante hasta que concluía la misma. El suelo no podía estar nunca limpio. Cada vez que Sisi Fó estaba a punto de lograrlo, aparecía el vecino de turno para dejar las huellas de sus zapatazos por todas partes. Y vuelta a empezar. Era asombroso: parecía que los vecinos se hubieran puesto de acuerdo, relevándose cada poco tiempo, para hacerle la vida imposible. La mañana entera se la pasaba fregando y fregando las mismas baldosas, una y otra vez. Al cabo de un mes, tras recibir su primera paga, harta ya de la frustración y de la impotencia que su nuevo trabajo le generaba, decidió que aquello no podía continuar. Al día siguiente, los vecinos se sorprendieron al encontrarse en el portal, en lugar de a Sisi Fó, con un retrato pintado en la pared en colores chillones con el siguiente cartel: “Vale por una asistenta fregando el suelo”. Fue su peculiar despedida.

 

La metamorfosis

A los que la presenciamos, su transformación nos resulta, aún hoy, imposible de explicar. Edelmiro Fuentes era un peso pesado de las letras patrias, tanto en el habitual sentido metafórico de la expresión como en su sentido literal, y poseía el buen humor atribuido a los gordos: siempre estaba dispuesto para la confidencia, la charla amistosa y la francachela. En la tertulia que todos los domingos tenía lugar en el Café El Parnasillo era el rey indiscutible. Allí, él y sus amigos del mundo de la cultura nos reuníamos para hablar de lo divino y de lo humano, sobre todo de esto último, de lo humano, aspecto en el cual no dejábamos títere con cabeza, ora criticando los turbios asuntos de la política nacional, ora zahiriendo a personajes de la alta sociedad, ora chapoteando sin pudor en el fango del cotilleo rosa. Edelmiro era un consumado maestro en el arte narrativo, un experto en enlazar oraciones subordinadas, una tras otra, como si de cerezas se tratara, sin perder nunca de vista el hilo argumental. Su forma de hablar era un monumento vivo al Barroco. La prolijidad y exuberancia de su conversación proporcionaban la pauta a la que nos ateníamos el resto de los contertulios. No se sabe a ciencia cierta cuáles fueron las causas y cuáles los efectos, pero lo cierto es que aquel año se produjo una metamorfosis en Edelmiro que a los que la presenciamos nos resulta, aún hoy —ya digo—, imposible de explicar. Su físico, antaño rotundo y esplendoroso, comenzó a menguar de forma progresiva, hasta alcanzar límites preocupantes para su salud; su carácter, que fue alegre y despreocupado, se fue agriando más y más, y en sus conversaciones la sutil ironía fue perdiendo terreno en beneficio de la crítica descarnada y del insulto soez; su literatura, por último, otrora un bosque frondoso y fecundo, se transformó en un pequeño estanque de nenúfares. Su estilo literario pasó del barroco más florido al minimalismo más estricto. Los adjetivos y los adverbios abandonaron su prosa al ritmo con que las grasas abandonaban su cuerpo. En la tertulia, tras mostrarse cada vez más distante y menos participativo, llegó el día en que dejó de venir. Nadie de los de entonces hemos vuelto a verle ni a saber de él. Corre el rumor de que se hizo ermitaño.

 

A vueltas con el dinosaurio

Hay un archiconocido cuento, por llamarlo de alguna manera, de Augusto Monterroso, que pasa por ser el más breve de la historia de la literatura en español. Seguro que lo conocéis: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. A bote pronto, lo primero que me llama la atención es que es demasiado largo. Y no lo digo por extravagancia o por provocación, aunque nunca está de más ir a contracorriente. Lo digo, simplemente, porque al cuento le sobra una palabra. Se podría contar lo mismo, sin que se perdiera matiz alguno, con una palabra menos. Así: “Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí”. No creo que el cuento, en esta segunda versión, pierda en calidad literaria, si bien, como dice el refrán, “sobre gustos no hay nada escrito”. Y sobre gustos literarios, mucho menos. Esto último lo digo yo. En cualquier caso, la fama de sintético de que goza el cuento de Monterroso queda seriamente dañada.

Pasemos ahora al contenido del cuento. Parece evidente que la principal virtud del mismo radica en su ambivalencia. Si lo analizamos detenidamente, sin embargo, nos daremos cuenta que la misma se reduce de forma considerable.

En primer lugar, hay que señalar que en el cuento puede haber uno o dos sujetos, según que el personaje que se despierta sea el propio dinosaurio o un segundo personaje, que permanece agazapado y del que no sabemos nada más. Ni siquiera si es animal o humano, hombre o mujer. Podemos suponer, sin aventurarnos demasiado (más que nada, por la necesidad de tener alguien con quien identificarnos) que se trata de un ser humano, un cazador primitivo quizá. Le llamaremos, en adelante, Pepe. Contemplemos, según eso, los posibles significados del cuento:

  1. Cuando despertó (el dinosaurio), el dinosaurio todavía estaba allí. El dinosaurio no se movió mientras dormía. Ello parece bastante razonable, dada la ausencia de pruebas sólidas que avalen el sonambulismo de los dinosaurios. Esta hipótesis literaria hay que descartarla. Sencillamente porque de tan verosímil como es, no aporta, en realidad, ninguna información (ni relevante ni irrelevante).

  2. Cuando despertó (Pepe), el dinosaurio todavía estaba allí. Aquí caben dos interpretaciones:
    2ª) Por alguna razón, probablemente por el pavor causado por la presencia de la fiera, Pepe se desvaneció y, sorprendentemente, el dinosaurio no acabó con él. O bien el dinosaurio esperó a que Pepe despertara (quizá no quería enfrentarse contra un enemigo que no estuviera en perfectas condiciones), o bien se fue a dar una vuelta y, justo en el momento en que Pepe despertó, ya estaba de vuelta. O quizá es que el dinosaurio que vio Pepe antes y después de dormirse no fueran el mismo. Se parecen tanto unos dinosaurios a otros. De puro inverosímiles, estas hipótesis literarias creemos asimismo que no son aceptables.
    2b) En realidad, no había uno sino dos dinosaurios. Al despertar, la mente de Pepe abandonó el dinosaurio que había poblado su pesadilla y se dio de bruces con un dinosaurio auténtico. Como decíamos, se parecen tanto unos dinosaurios a otros. Incluso los reales y los ficticios.

La hipótesis 2b) es, sin duda, la más literaria, por la conexión que establece entre el mundo de la realidad y el de los sueños. Como dijo alguien, hay que tener cuidado con lo que se sueña porque los sueños se pueden cumplir. Aunque no está claro que eso valga para las pesadillas.

Con o sin dinosaurios.