Lo que les relato ocurrió antes de glasnot y de perestroika,
cuando para muchos la esperanza aún despuntaba hacia el Oriente. En aquel
entonces vivía en un pequeño pueblo de Texas cuya principal industria era la
fabricación de salchichas un farmacéutico marxista. El pueblo había sido
fundado por inmigrantes alemanes que dieron testimonio de su nostalgia dándole
el nombre de Weimar. Nuestro farmacéutico venía de más cerca, se llamaba
Emiliano Pérez, y sus ideas políticas eran un secreto que guardaba
celosamente.
De tanto en tanto, sin embargo, Emiliano se
encontraba con alguno que él pensaba que podía compartir su fe y en aquel caso
introducía en la conversación alguna frase de sentido sólo reservado a los
iniciados, como si escrita en código, para identificarse frente a aquella
potencial alma gemela. Este método de contacto no le deparó jamás el
resultado esperado: el abrazo del camarada, el emocional “¡Hasta la victoria!”
en la despedida, sino por el contrario una ocasional mirada de confusión o un
insultante meneo de cabeza. Este resultado desafortunado quizás era atribuible
a un exceso de cautela en el manejo del código, que convertía en impenetrable
su mensaje. Pese a las decepciones, Emiliano insistía en su prudencia, él
sabía que no podía comprometer su papel en la Historia, y tenía muy claro que
un farmacéutico marxista podía ser considerado un riesgo importante a la
seguridad nacional.
La mayor parte del tiempo, sin embargo, Emiliano era
simplemente un farmacéutico; al regresar al hogar por algunos minutos cumplía
con sus deberes de padre y al terminar el día interpretaba el papel de esposo.
La vida de un farmacéutico de pueblo tiende a ser monótona, transfiriendo
píldoras entre botellas para que los clientes engripados se lleven la ilusión
que el antibiótico recetado habrá de curar su mal, o escuchando las
recitaciones de los pobres constipados que buscan que la sabiduría médica
venza la resistencia de sus intestinos a cumplir con sus obligaciones.
Lamentablemente, las satisfacciones que Emiliano obtenía de sus funciones de
marido y padre eran comparables a las que le deparaba su profesión, así que el
marxismo era su refugio. Cuando Emiliano imaginaba el futuro socialista dejaba
de ser Clark Kent y se convertía en Superhombre, en un mundo sin constipaciones
ni farmacias.
Mientras que el marxismo era su entretenimiento
diurno, la noche traía fantasías que lo perturbaban vivamente. En muchas de
ellas las clientas de la farmacia acudían a solicitar su asistencia técnica en
temas ginecológicos y el desdichado Emiliano se esmeraba en proveerla, hasta
despertar transpirando profusamente para desvelarse con los sonoros ronquidos de
su compañera de lecho. Durante el día, Emiliano frecuentemente se encontraba a
sí mismo rumiando sobre estos sueños para luego sentirse culpable por esas
flaquezas burguesas que distraían su atención de sus responsabilidades ante la
Historia. Quizás por eso, con no poca frecuencia ahogaba sus penares con vodka,
que le permitía identificarse con el glorioso proletariado ruso y que además
es difícil de detectar en el aliento.
Aquel atardecer, es decir aquel momento que él
ubicaba hacia el atardecer, lo encontró despertándose con un terrible dolor de
cabeza. Enfrentado al dolor, demoró un tiempo en darse cuenta que estaba en un
auto. Un olor desagradable, pero tristemente reconocible, le informó que había
vomitado. Confundido, intentó el viejo esfuerzo de pensar, pero sólo pudo
reconocer que estaba en un auto, su auto, y tuvo que aceptar que no tenía la
menor idea de dónde estaban ambos. En los recovecos de la memoria encontró el
recuerdo de haber bebido bastante pero no pudo ir más allá del intento de
rescatar otros recuerdos y volvió a dormirse.
Cuando se despertó nuevamente el sol de la mañana
brillaba con fuerza y advirtió complacido que el dolor de cabeza era mucho más
tolerable. Esta vez pudo reconocer que el auto estaba estacionado en una calle
de un barrio de casas bajas que pudo reconocer; quedaba cerca de donde él
vivía. Complacido de haber encontrado respuesta a ese importante interrogante
existencial, pues cuántos hay que pasan la vida sin saber adónde están,
Emilio se dispuso a emprender el camino al hogar. En ese preciso momento, cuando
la fuerza de la costumbre lo llevó a posar la vista sobre el espejo retrovisor,
Emilio descubrió con espanto que él no estaba allí. Mejor dicho: estaba, pero
no era Emiliano Pérez sino una abeja quien respondía a su mirada ante el
espejo...
Con todas sus flaquezas, que el lector tolerante
reconocerá como parte de la pesada carga de ser humano, Emiliano era de
aquellos que han aprendido que debemos intentar ser honestos con nosotros
mismos. Sin embargo, su transmutación lo alteró y debemos admitir ante el
lector que Emiliano no reaccionó como un héroe, sino que dedicó los próximos
minutos a volar alocadamente. Finalmente se cansó y se posó sobre un asiento;
allí reflexionó.
Quizás el lector se pregunte qué haría ella o él
ante una situación semejante. ¿Al fin y al cabo, cuántos podemos afirmar que
siempre hemos aceptado el veredicto del espejo? Objetivamente, hay que reconocer
que Emiliano se ajustó a su nueva realidad relativamente rápido y de manera
bastante equilibrada. Quizás alguno también se pregunte si un buen marxista no
debería haber evaluado con mayor profundidad los acontecimientos que hemos
descrito desde la perspectiva del materialismo dialéctico, lo que habría
también servido para orientar la conducta a seguir, pero a riesgo de ser
acusado de reaccionario me permito comentar que su nueva identidad física
constituía una razón aceptable para eximir a Emiliano de esa responsabilidad,
que tan apropiada habría sido en circunstancias diferentes.
Lo cierto es que Emiliano no intentó utilizar las
herramientas de análisis a las que con asiduidad había recurrido en el pasado
sino que, como una vulgar abeja, procedió a buscar un resquicio por el que
escapar del auto y a poco de esa decisión que lo llevaría a un futuro nuevo se
encontró afuera, libre.
Cuando uno es una abeja, en particular una abeja
novicia, desconocedora del medio y de las costumbres de su especie, el medio
ambiente aparece pleno de oportunidades y de riesgos y rápidamente uno toma
conciencia de ambos. Emiliano tenía en claro que operaba en desventaja, por
carecer de contactos en el mundo al que ingresaba, así como por su falta de
experiencia como abeja, y no sabía cómo otras abejas reaccionarían ante él.
¿Lo excluirían, por considerarlo un extranjero, o reconocerían que estaba
unido a ellas por lazos comunes? Por otro lado, sentía que contaba con ventajas
importantes provenientes de los conocimientos acumulados en su encarnación
anterior, y que en muchos aspectos podía considerarse como una “Súper-abeja”.
Se entretuvo fantaseando con la noción de ser una
“Súper-abeja” y encontró que la idea era algo reconfortante y se dejó
llevar por la imaginación hasta que su lado práctico lo hizo volver a la
realidad. Decidió que debía evitar a las arañas y estar alerta a sus trampas
casi invisibles y aunque no estaba muy seguro de las relaciones entre las abejas
y los pájaros, decidió también que sería prudente eludir a los cuervos, cuyo
negro porte lucía particularmente amenazante. Tanta precaución, sumada a su
falta de experiencia de vuelo, hizo que su avance fuese lento pero eventualmente
pudo encontrar el camino hacia su casa, o quizás deberíamos decir la casa que
hasta entonces había ocupado Emiliano Pérez.
La casa era similar a las otras del barrio. Contaba
con un pequeño jardín, que era el dominio reservado de su esposa desde hace
once años, un herrumbrado armatoste de metal que alertaba de la presencia,
pasada o presente, de uno o más niños que alguna vez lo habrían usado para
hacer gimnasia, paredes que se habrían beneficiado con una mano de pintura pero
que aún preservaban un cierto aire de elegancia y un garaje para dos autos que
indicaba un nivel económico más o menos próspero. A la entrada estaba
estacionada una pick-up con unos cuantos años de antigüedad y con un buen
número de abolladuras que sugerían una propensión a los encontronazos con
otros vehículos.
Emiliano entró a la casa. Por supuesto no pudo
hacerlo por la puerta de entrada, como era su costumbre, sino que debió aceptar
la indignidad de tener que ingresar por un resquicio en la ventana del toilette
de la planta baja. Desde allí voló al piso superior, donde se encontraba su
dormitorio. Se encontró con una puerta cerrada que filtraba ruidos que
insinuaban actividades perturbadoras. Enojado y frustrado, tuvo que volver sobre
sus pasos, es decir sobre su itinerario de vuelo, para salir e intentar entrar
al nivel superior. Nuevamente fue un baño, esta vez el baño principal
conectado a su dormitorio, el que le ofreció la oportunidad de entrada pero
Emiliano no se detuvo a especular sobre si ese destino de usar la más indigna
de las habitaciones como su nuevo camino de entrada a la casa era un indicador
del grado de desgracia al que había sido condenado. La razón por esa falta de
análisis, a la que habría recurrido en épocas anteriores, es muy simple: la
puerta del baño estaba ligeramente entreabierta y cuando usó ese camino para
ingresar al dormitorio vio a su mujer en la cama, siendo montada por un
personaje que jamás había visto. Antes, sin embargo, la escuchó, bufando,
chirriando y emitiendo acordes que sugerían un talento musical que él,
Emiliano, jamás había tenido oportunidad de conocer.
De haber podido pensar con frialdad, Emiliano
habría podido reflexionar que sobre él había recaído el dudoso honor de
haber ingresado a una especie de cornudos y que ésta era su primera prueba de
adaptación a su nueva realidad... Sin embargo, Emiliano aún pensaba como antes
y aunque siempre había considerado que la crítica basada en las apariencias
era una característica usual del prejuicio burgués, ocasionalmente recaía en
esa triste costumbre. En esta oportunidad, no pudo evitar reflexionar que el
individuo que ocupaba su lugar en la cama era un ser particularmente
desagradable. De cuerpo musculoso, desplegaba una variedad de tatuajes entre los
que se destacaba una enorme Cruz de Hierro, que en la mente de Emiliano evocaba
a La-Guerra-Que-Cambió-La-Historia.
El símbolo era una señal de que estaba enfrentando
al Enemigo, que no se resignaba a la derrota, y Emiliano sintió que la señal
lo llamaba a cumplir su deber, no sólo como esposo traicionado sino como
soldado. Quizás cruzó por su mente el recuerdo del valeroso pueblo de
Leningrado resistiéndose ante la superioridad militar del enemigo, lo cierto es
que Emiliano decidió que la situación lo llamaba y evocando un coraje inusual
en él se decidió al ataque. La Cruz de Hierro ocupaba las anchas espaldas del
Monstruo y su vértice marcaba el camino a seguir.
Emiliano se lanzó en picada y clavó su aguja tan
fuerte como pudo. Quizás, de haber contado con tiempo para evaluar la
situación, Emiliano podría haber especulado si había creado una situación
que merecería el calificativo de “ménage a trois”, pero la reacción de su
rival fue demasiado rápida y sólo por milagro Emiliano pudo salvarse de su
manotazo. A salvo entre los pliegues de una cortina, y lo suficientemente alto
para escapar del alcance del monstruo, Emiliano tuvo tiempo para tranquilizarse
y planear sus próximos pasos. Era claro que debía evitar a toda costa ponerse
a tiro del Enemigo-del-tatuaje y que, dado que la desventaja física
desaconsejaba la confrontación directa, debía concentrar sus esfuerzos en
impedir que los cuernos continuasen creciendo...
Lamentablemente, su desaparición momentánea había
sido interpretada por la pareja como una retirada definitiva y habían retomado
sus actividades, más o menos en el punto en el que él los había interrumpido
antes. A poco, el nivel de ruido que llegaba desde abajo le informó que la
situación estaba llegando a punto muy delicado. En un acto de valor, Emiliano
emergió de su refugio e identificó un nuevo punto de ataque. Así, volvió a
zambullirse, pero esta vez eligió una de las orejas de su mujer, la derecha,
como blanco e ingresó a un laberinto encerado provocando la reacción esperada
pero poniendo a riesgo su propia supervivencia ya que la retirada no fue fácil
y hubo de dejar algún pedazo de ala en el camino. Cosas de la guerra...
Pese a este contratiempo, el ataque fue exitoso, ya
que provocó en su mujer un ataque de pánico que llevó a un final prematuro
sus actividades anteriores; Emiliano 1, El Enemigo 0. Como corresponde ahora era
él, y no su deleznable rival, el centro de atención de su esposa. El rival,
pues así consideraba Emiliano a su Enemigo, necesitó algunos segundos para
darse cuenta lo que estaba pasando; cuando reaccionó ya era demasiado tarde y
Emiliano se encontraba a salvo en su refugio de las cortinas. Esta vez, sin
embargo, el Monstruo-de-la Cruz-de-Hierro reaccionó con violencia y una vez que
pudo ubicar el escondite inició un bombardeo de zapatillas que obligó a
Emiliano a cambiar de escondite y ubicarse en la lámpara del techo que, por su
fragilidad, ofrecía una temporaria protección natural.
A todo esto, su esposa había prudentemente
abandonado la habitación y se comunicaba con el Monstruo-tatuado a través de
la puerta, lo que limitaba las posibilidades de relación a un nivel aceptable
para Emiliano. Sin embargo su satisfacción duró poco, ya que su esposa indicó
que iría a buscar un spray con veneno para avispas que tenían en el garaje. No
sólo adúltera sino también asesina; pobre Emiliano, ¡qué duro le resultaba
verse victima de esta doble traición!
Mientras ella iba en búsqueda del arma letal,
Emiliano nerviosamente evaluaba sus opciones pero no estuvo preparado para lo
que súbitamente ocurrió. El Enemigo-del-tatuaje se desplomó al piso, el
rostro pálido y la respiración entrecortada y dificultosa. ¡Inesperadamente
la guerra había terminado y Emiliano era el vencedor!
Mientras tanto, la despreciable émula de Madame
Bovary había regresado a su cobarde posición del otro lado de la puerta y
gritaba histérica ante la falta de respuesta del Hombre-del-tatuaje. Aterrada
de entrar a la habitación, empuñaba el siniestro tubo de veneno que había
traído y era suponer que tenía toda la intención de descargarlo sobre el
desventurado Emiliano. Finalmente se atrevió a entrar a la habitación para
encontrar a su amante en el piso, en las lamentables condiciones que ya hemos
descrito.
El otrora Gigante-del-ring finalmente pudo
comunicarse con ella, para pedirle que por favor llamase a una ambulancia. La
perspectiva de recibir en su casa a los enfermeros para que encontrasen a un
hombre desnudo agonizando en el piso planteaba un serio problema, lo que la moda
del lenguaje tiende a llamar “riesgo a la reputación” y la
esposa-traicionera no podía decidir qué hacer. Finalmente, optó sabiamente
por vestirse. Cumplido tan necesario trámite, que Emiliano observaba con
satisfacción desde su escondite en las alturas, procedió a vestir al
Moribundo-de los-Tatuajes, tarea que no fue demasiado sencilla habida cuenta de
la falta de colaboración del susodicho. Pero la esposa infiel demostró que no
sólo poseía ingenio para desvestir y lo pudo hacer. Cuando concluyó era
evidente que los tiempos del ejercicio físico estaban terminados, o por lo
menos bien interrumpidos, para el Moribundo. Así es que, venciendo su recelo,
Madame Bovary en su versión tejana llamó para pedir una ambulancia.
Las ambulancias no solían visitar el barrio de los
Pérez, de manera que la llegada del vehículo a toda sirena conmocionó al
vecindario. Cuando los enfermeros llegaron a él, Cruz-de-Hierro ya no respiraba
y, pese a los intentos por revivirlo, cuando lo sacaron de la casa estaba bien
muerto. La autopsia dictaminó que había muerto de shock anafiláctico, causado
por una picadura de abeja. La noticia fúnebre en el periódico local dio su
nombre: Simón ...y consignó que lo sobrevivían su mujer y tres hijos
pequeños. La nota mencionaba que el citado Simón se dedicaba a la reparación
de artefactos eléctricos y que el desafortunado accidente había ocurrido
mientras hacía su trabajo.
El accidente convulsionó al barrio, pero la
atención popular pronto se concentró en una noticia aún más inusual: el
encuentro del auto de Emiliano, abandonado a pocas cuadras de su casa, y la
desaparición del farmacéutico. Repentinamente, la señora Pérez se convirtió
en el centro de atención de todos, una muerte inusual en su casa y la
desaparición inexplicada de su marido le depararon sus inmerecidos 15 minutos
de fama y la imagen televisada de su rostro enmarcado en lágrimas conmovió a
vecinos y extraños. Afortunadamente, ningún cronista le preguntó por cuál de
los dos desaparecidos derramaba sus lágrimas o, peor aun, cuál dejaba el
vacío mayor...
Mientras tanto, Emiliano había dejado la casa a
poco del fatal incidente y se estaba ajustando bien a su nueva vida. Descubrió,
por ejemplo, que las flores del jardín eran un avance gastronómico sustancial
con relación a las comidas que solía preparar su esposa. Encontró que había
un buen número de abejas en la vecindad y observó con placer que desplegaban
un alto sentido de responsabilidad social, combinado con una refinada
sensibilidad, pues bailaban para señalarle a sus congéneres adónde podían
encontrar flores. Feliz, Emiliano reflexionó que había ingresado a una
comunidad socialista.
Observando a las otras abejas, poco a poco aprendió
los buenos modales de la especie y, aunque su futuro habría de ser el de una
abeja solitaria, encontró que las otras abejas lo aceptaban sin hacerle sentir
que provenía de un origen diferente. De tanto en tanto, Emiliano regresaba a su
vieja casa, pero prudentemente observaba las actividades de su mujer y de sus
hijos desde afuera. Sin embargo, con el tiempo, las visitas se fueron espaciando
cada vez más. El final de sus días lo encontró reposando a la sombra de una
vieja haya, cuyas hojas reflejaban el dorado resplandor del sol. De haber podido
sonreír, podemos suponer que Emiliano murió sonriendo.