Árabes, agarenos, ismailitas, islámicos, musulmanes,
mahometanos, moros, sarracenos y turcos.
Yo soy como las gentes que a mi tierra
vinieron:
soy de la raza mora, vieja amiga del sol...
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español.
Así, Manuel Machado (hermano de Antonio), en el
poema “Adelfos”, se enorgullecía de un pasado cultural que, durante ocho
siglos, marcó la vida de la Península Ibérica. Pero no todos vivieron ese
pasado de la misma manera, si hemos de creer en la sarcástica cuarteta anónima
que han archivado los memoriosos:
Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos.
Si bien el vulgo considera sinónimos “árabes”,
“agarenos”, “ismaelitas”, “islámicos”, “musulmanes”, “mahometanos”,
“moros”, “sarracenos” y “turcos” (en algunos lugares de
Hispanoamérica), las respectivas etimologías nos remontan a matices
nítidamente diferenciadores. En un plan de concesiones, podríamos llegar a
admitir como sinónimos “árabes”, “agarenos” e “ismaelitas”.
Para nadie es un misterio que árabe es el
gentilicio de Arabia, aunque varios países musulmanes identifiquen un
gentilicio geográfico con un gentilicio lingüístico, algo así como llamar
“españoles” a cubanos, mexicanos, colombianos, etc, por ser originarios de
países que hablan tal idioma.
En el capítulo XVI del Génesis, se lee que
Sara, al no poder concebir, aconsejó a su esposo Abrahán que intentara
engendrar un hijo de su esclava árabe Agar. De ahí nació Ismael.
En el capítulo XXI, leemos que Sara, en su vejez,
quedó embarazada y alumbró a Isaac, “el hijo de la promesa”. Pasado un
tiempo, Ismael, por ser el mayor, se burlaba de Isaac y, como Sara no podía
soportarlo, exigió que Abraham despidiera a Agar y a su hijo Ismael, quienes, a
punto de perecer en el desierto, fueron socorridos por Dios, que consoló a Agar
y le anunció: “ Ismael será un hombre feroz, que se levantará contra todos
y todos contra él y alzará su tienda al frente de sus hermanos”.
Por lo tanto, árabes, agarenos (por Agar) e ismaelitas
(por Ismael), que se consideran descendientes directos de Abraham, son
portadores de sinónimos intercambiables. También se llaman ismailitas
los miembros de una secta musulmana fundada en Siria, en el 863, por el persa
Abdalá. El ismailismo se caracteriza por sus influencias gnósticas y por
agregar a los seis profetas del Verbo que admite el Corán (Adán, Noé,
Abraham, Moisés, Jesús y Mahoma), un séptimo Imán (enviado) Ismail, hijo de
Dschafer, “el señor del tiempo” o “el jefe de las edades”. En la
actualidad, la rama chiíta continúa al ismailismo y considera a Alí, yerno de
Mahoma, y a sus descendientes como los únicos califas legítimos.
Mahometanos, musulmanes, islámicos son
sinónimos intercambiables también, pero referidos a una religión que
trasciende las barreras geográficas. Mahometano admite sin dificultad el
significado de “seguidor de Mahoma”. Islámico procede del verbo
árabe áslam (obedecer la voluntad de Alá). Musulmán (con el
mismo significado) deriva del persa muslimán, a su vez procedente del
árabe muslim-aslam.
En el 711, d.C., un ejército mahometano al mando de
Tariq atraviesa el estrecho de las Columnas de Hércules, derrota al rey godo
don Rodrigo, en la batalla del río Guadalete e inicia en España la dominación
árabe hasta el 1492. La España arabizada toma el nombre de Al Andalus y
fija la capital en Córdoba. A partir de Tariq, el famoso estrecho se llamará
de Gibraltar (Yabal-Tariq =montaña de Tariq).
Los españoles de aquella época sabían que los
musulmanes habían cruzado el estrecho desde la Mauretania romana (actual
Marruecos), cuyos habitantes eran conocidos como mauros, y más tarde,
moros. Por llegar de donde llegaron, aquellos invasores presentaban todos los
matices de la piel oscura, y de ahí, algunos derivados alusivos: moreno,
morcillo, morocho, morisco, etc.
Según Claudio Sánchez Albornoz (Orígenes de la
nación española. El Reino de Asturias. Madrid. Sarpe. 1985), desde finales
del siglo VIII las crónicas cristianas se refieren a los árabes como sarracenos:
Sarraceni evocati Spanias occupant (Llamados los sarracenos, ocupan las
Españas). Se podría decir que el término sarraceno llegó a España
como una autodenominación de los mismos árabes (sargiyyin, plural de sargi
= oriental).
Otra autodenominación de los de los invasores del
711 fue baladí (viejo, indígena), para distinguirse de las posteriores
oleadas musulmanas; y lo que comenzó como un timbre de honor, se fue
desemantizando hasta concluir en el significado más o menos peyorativo de
nuestros días (insignificante, trivial).
En los países iberoamericanos, donde la migración
árabe ha aportado numerosos contingentes, suele aplicarse turco, no como
gentilicio de Turquía, sino como despectivo de los árabes, no importa el país
de donde procedan. La costumbre generalizada y aceptada con resignación o con
humor, corresponde a los pasaportes turcos que integraban en el Imperio Otomano
a sirios, libaneses, iraquíes, palestinos, armenios y árabes.
Le mot de Cambronne (La palabrota más
célebre de la Historia)
En su originalísimo y profundo poemario Spoon
River Anthology, el norteamericano Edgar Lee Masters, en su colección de
epitafios, hace decir al difunto Kinsey Keene, entre otras consideraciones:
Well, what Cambronne said to Maitland
Ere the English fire made smooth the brow of the hill
Against the sinking light of day
Say I to you, and all of you,
And to you, O world.
And I charge you to carve it
Upon my stone.
(Bien, lo que Cambronne le dijo a
Maitland / antes de que el fuego inglés arrasara la cima de la colina /
frente a la declinante luz del día, / os lo digo a vosotros, a todos
vosotros, / y a ti, oh mundo. / Y os encargo que lo grabéis / sobre mi
lápida.)
En “El mal poema”, Manuel Machado, hermano de
Antonio, le aconseja a su admirado Paul Verlaine:
Sagesse, cordura... (...)
Y, si no, dile el mot de Cambronne.
De dos modos diferentes, el poeta norteamericano y
el español coinciden apelando con un eufemismo a la misma respuesta que dio el
general Cambronne, jefe de la Guardia Imperial de Napoleón en la batalla de
Waterloo, cuando le intimaron la rendición. Algunos historiadores dicen que
Cambronne contestó con una frase que figura en las antologías del heroísmo:
“La Guardia muere, pero no se rinde”. Sin embargo también la Historia, o la
chismografía, ha recogido otra respuesta más rabiosa y cruda, que
elegantemente se disimula en le mot de Cambronne, y que tanto Masters
como Machado recogen. Edgar Lee Masters nos recuerda que le dice al mundo y a
todos los que están en él, lo mismo que Cambronne, y Manuel Machado recomienda
usar la misma palabrota que usó Cambronne en Waterloo.
¿Quién fue este famoso general que ha pasado a la
Historia tanto por su heroísmo en un momento supremo como por la palabrota que
se ha asociado indisolublemente con su nombre? El general Pierre Jacques Etienne
Cambronne (1772-1842) alcanzó el grado de teniente general y participó en
todas las guerras de la Revolución Francesa, desde la campaña de la Vendée
hasta la malograda expedición a Rusia de Napoleón. Sus soldados lo adoraban
tanto por su valor como por su bondad. Por esas cualidades y porque siempre fue
leal a Napoleón, el emperador lo nombró conde del imperio y par de Francia. En
la batalla de Waterloo, aplicó al pie de la letra su frase de “La guardia
muere, pero no se rinde”. Herido gravemente y dejado por muerto por sus
propios soldados, fue hecho prisionero por los ingleses, que lo llevaron a la
isla, donde permaneció hasta su completa restauración. De regreso en Francia,
fue sometido a un consejo de guerra que lo absolvió por unanimidad. Su estatua
puede verse todavía en la ciudad de Nantes.
Para enterarnos de la famosa palabra que empleó
Cambronne al intimársele la rendición, preferimos invocar la maestría de
Victor Hugo que, en Los miserables, dedicó un extenso capítulo a la
batalla de Waterloo:
“Cuando esta legión no era más que un puñado de
hombres, cuando su bandera no era más que un harapo, cuando sus fusiles
agotados de balas no eran más que bastones, cuando el montón de cadáveres fue
mayor que el grupo vivo, hubo entre los vencedores una especie de horror sagrado
en derredor de aquellos sublimes moribundos, y la artillería inglesa, tomando
aliento, guardó silencio. Fue una especie de tregua. Aquellos combatientes
tenían alrededor como un hormiguero de espectros, siluetas de hombres a
caballo, el perfil negro de los cañones, el cielo blanco, visto a través de
las ruedas y de las cureñas; la colosal calavera que los hombres entrevén
siempre entre el humo en el fondo de la batalla, avanzaba hacia ellos y los
miraba. Pudieron oír, en la sombra crepuscular, que se cargaban las piezas, las
mechas encendidas, semejantes a ojos de tigre en la oscuridad, formaron un
círculo en torno a sus cabezas, todos los botafuegos de las baterías inglesas
se acercaron a los cañones, y entonces, teniendo el instante supremo suspendido
encima de aquellos hombres, un general inglés, Colville según unos, Maitland
según otros, les gritó:
”—¡Rendíos, valerosos franceses!
”Cambronne respondió:
”—¡Mierda!”.