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AmateEpitafio para el amate
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En memoria de Pancho Hernández, La Zorra, quien ya no contará las historias que prometió contar de Temilpa Viejo.

Durante mucho tiempo, el amate fue conocido como un centro de reunión, principalmente de borrachos. Para los chamaquitos, representaba tamaña divertida porque en él, o cerca de él, se alojaban las temibles guachichilas. Las guachichilas son unos rojos insectos voladores que hacen sus panales-hogares en cavidades de paredes, en ramas de árboles, en casas abandonadas y a veces hasta en casas habitadas. El atractivo consiste en torearlas, es decir, apedrearlas para embravecerlas; cuando se enojan, las guachas corretean a los osados chamacos y al que alcanzan lo pican con un aguijón que tienen en la cola, como las abejas. La diferencia es que las abejas producen miel y las guachas sólo producen unos chichones endemoniados de unos cuantos días.

Otra de las características que distinguen al enorme árbol secular, de quién sabe cuántos años, es su ubicación a la entrada del pueblo. Él da acceso a la primera calle de Temilpa Viejo. Esto le confiere un atributo esotérico. En torno de él se inventaron varias historias: apariciones de muertos, la Llorona, espantos, quejidos. La verdad es que el amate supo ser fiel guardián de colillas de cigarro, vidrios de envase de cerveza, botellas de tequila o de aguardiente para preparar las bombas (quizá de lo más barato por aquellos tiempos); fue también impasible testigo del saqueo de tierra de los moradores de enfrente cada vez que tenían fiesta.

El amate no da flores, sólo fruto: unas bolitas verdes moteadas más grandes que canicas. Algunos dicen que su flor está escondida en su fruto, pero que sólo los ciegos pueden verla y que es lo único que ven con claridad. No hace mucho, en una época del año, los frutos maduros del amate caían desde lo alto de las ramas y se precipitaban al suelo como gotas de lluvia, rebotando como pelotitas al compás de un ¡plop! apagado para luego convertirse en suculento festín de marranos callejeros. Pues hace algunos años era común ver los animales de crianza transitar libremente por las casi calles del pueblo. Tragaban cuanto se les antojaba a su paso y limpiaban la ex hacienda de los excrementos de quienes en sus ruinas defecaban para abonar los totolonchis. Esto lo hacían sobre todo las marranas recién paridas, con las costillas como guitarras de tan flacas, seguidas de su enjambre de marranitos pegados a sus chichis, mientras ellas avanzaban, urgidas, paladeando el aguado excremento humano que escurría entre sus dientes, en pintoresco espectáculo.

Como cambia la gente, cambian los lugares. Quién diría que en pocos años esa empinada calle accidentada de piedras en la que está el amate se convertiría en una de las más hermosas de Temilpa Viejo, por su atractiva combinación de concreto con cuatro franjas de adoquín hexagonal rojo en el centro. Entre la barda mal hecha que divide a los dos Temilpas y la calle Mariano Matamoros, se erige el amate, como legendario centinela de este minúsculo pueblito morelense que nos vio nacer a tantos chamaquitos que no conocimos los zapatos durante nuestros primeros años de vida.

No faltará un insensible que bajo su sombra se pregunte incrédulo por la magnificencia de este árbol. Pero a los que lo conocimos hace más de treinta años, no nos parece un árbol común y corriente. Al contrario, a veces dan ganas de refugiarse en su enorme tallo y llorar de nostalgia. Cuántos episodios de historias de amor no se habrán escrito bajo su sombra en aquellos años sin luz eléctrica. Sería una ingratitud del enamorado no recordar que bajo el amate vivió los momentos más sublimes con su amada, a quien veía comiéndosela a besos apresurados: no fuera a ser que el día menos pensado se apareciera el furibundo padre de la damisela, incluso uno que otro cornudo, con machete en mano, a salvar el honor o al menos a recoger con el gancho del machete las pantaletas o las pantimedias que a veces por descuido dejaban los atrevidos o los urgidos. Cuántos quejiditos no llenarán su tallo, quejiditos de núbiles que allí han conocido, por primera vez, recargadas en él, en posición de pie e importunadas por los zancudos, las delicias del amor.

Muerto el rey, viva el rey. Derrumbado ya hace algunos años el chacuaco, el amate es ahora, junto con lo que queda de la hacienda, y junto con la ceiba de la escuela primaria, uno de los monumentos más majestuosos de Temilpa Viejo. Pero seguramente, su gloria de tantos años no durará mucho, pues esta maldita modernidad, a la que todo le estorba, no se tentará el corazón para derribarlos. Un día menos pensado, con el pretexto de su vejez, o por el paso arrollador de la modernidad, sin familiares que miren por su salud, el amate tendrá la misma suerte que el chacuaco y será derrumbado. Viejo también, aunque no tanto como el amate, el chacuaco fue destruido ante la indiferencia colectiva, o por el temor de morir un día entre los escombros, porque el chacuaco estaba a punto de caer, según. Es el destino de todo anciano: morir en el olvido, sin nadie a quien le importe su suerte. Lo mismo le ocurrió a los monumentales mangos, sus vecinos, a los que todos apedreaban para bajar sus frutos. ¿A quién le interesa un árbol sin dueño, de quién sabe cuántos años?

Por eso quiero anticiparme a grabar un epitafio para el amate antes de que la indolencia colectiva socave su existencia en el escándalo ininteligible del progreso que terminará por aniquilarnos pronto. Aunque pareciera el epitafio más grande jamás escrito, minúsculo será comparado con la secular historia de este majestuoso guardián al que todos en Temilpa Viejo conocen bien. Un bosquejo de esta nota es el siguiente:

“Aquí nació, vivió y pereció un amate que atestiguó la vida de tantas generaciones, que vio desfilar a los protagonistas de la Revolución Mexicana, incluido, por supuesto, al legendario Emiliano Zapata, quien tenía su cuartel en Tlaltizapán, a sólo unos dos o tres kilómetros del amate; un amate que atestiguó veinte mil riñas callejeras, pleitos de borrachos, cortejos amorosos, desbordamientos del apantle grande y hasta del río... un amate que detuvo indeleble el machetazo letal lanzado desde varios metros de distancia al cuello de quien segundos antes había golpeado con tamaña pedrada la espalda de un lugareño; un amate que escuchó los gemidos de los enamorados pintarrajeados de luna colándose con dificultad a través de sus hojas verdes y relucientes; un amate que miraba a doña Columba Velázquez Mancilla cobrarle a los bailadores que sábado a sábado acudían a la cancha del pueblo a nutrir la ilusión de encontrar en el baile el amor de su vida, en aquellos años en que no se cobraba la entrada, sino a peso la pieza bailada. Entonces pasaba la doña con canastita en mano a cobrar sólo a los varones. La pareja interrumpía su charla y sus brinquitos monorrítmicos y el galán sacaba, apresurado, el importe de la pieza. Una vez resuelto el pago, la pareja volvía a tomarse de manos y cintura y la doña continuaba la cobranza a los demás varones, con la ilusión de completar el presupuesto para la ampliación la capilla del pueblo, hasta que, un día de junio de 1975, rumbo a su tumba, doña Columba Velázquez le dijo adiós para siempre a este coloso vegetal que la miró día y noche, durante varios años, mientras fueron vecinos...”.