Sala de ensayo
Por una gramática de las sensacionesPor una gramática
de las sensaciones
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Decir lo que se siente exactamente como se siente.
Bernardo Soares.

Doctoral dictamina el vulgo: las palabras son la cárcel de las ideas. Añado más vulgar y sin grado: las reglas hechas para el pensamiento funestas son; como el cáncer, todo lo infectan, todo lo comen. Es imperioso volver a pensar a través de la conciencia de ser y estar vivo, de ver en la gramática un instrumento y no una regla: se trata, de nuevo, de pensar sintiendo. (Gombrowicz, en algún lado, escribe: “Siempre he creído que la filosofía no debe ser algo intelectual, sino algo que debe salir de nuestra sensibilidad”).

Bernardo Soares, desasosegado tenedor de libros, ínclito garabatea: “Obedezca la gramática quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sabe mandar en sus expresiones”. Así, háblemos como nos plazca, como séntamos y débamos oiendo al coraçao.

Gramáticas muchas hay: las de la multitud (Virno), las de la creación (Steiner), las de los sueños (Foulkes), las de los motivos (Burke), las generativas transformacionales (Chomsky) o las de la lengua española (Lyons, Larousse, et al). Y todas ellas son saberes. (Probo vio que era bueno).

La gramática del sentimiento deberá ser un credo más allá del pathema greimasciano —unidad mínima de significación sensible— y deberá circundar, sin orden ni rigor, la razón poética (Zambrano) y la ensoñación de la voluntad (Bachelard), así como ver en la poesía conocimiento.

La gramática sensacionista deberá ser capaz de analizar sintáctica, sintética y sinápticamente oraciones como ésta de Reyes: “Bi herbano bayor, que se cobía los bocos”, o como esta otra de Joyce emulando a un borracho en duermevela: “I can psicoanalooose myself any time I want” —analizar la mente siempre ha sido perdeeerse en el abismo.

Desde luego, un cimiento de la sensitive grammar lo constituye Philippe de Beaumanoir con las fatrasies. Están también las jitanjáforas y el gíglico. No cuadra la escritura surrealista. Esa corresponde a otra gramática, acaso a la de la fiebre. No cuadra, sobre todo, porque nunca sale del lenguaje.

Si cuadra, y bien, todo tipo de glosolalia, destripamiento verbal, sintaxis farragosa y captaciones alógicas. En cierto sentido, la gramática sensacionista es pariente de la del nonsense, del Disparatario de Rodari y del “Canto VII” de Altazor.

Uno de sus teóricos fundamentales, sistematizador del hechizo, es Louis Wolfson, estudioso y practicante de los lenguajes de-mentes; travestista de las lenguas que muestra que tras la palabra yace la palabra, la lengua callada de toda literatura: lengua que es siempre otra. Su sintaxis sabe que la esquizofrenia es un código de lectura y que la palabra encierra la llave. Su lógica es la del delirio.

Esta gramática anticlerical desprecia a Wittgenstein (si pudiera, le daría una paliza). Esta gramática comulga con aquel Nietzsche apesadumbrado que temía que aún no estaríamos desembarazados de la idea de Dios mientras no nos deshiciéramos de la Gramática. Derrida, entonces, es un acólito mormón.

Esta gramática ni siquiera es una gramática: los verbos transitan si les place o copulan, mayormente, si así lo requieren sus instintos. Los verbos, como los electrones cuando del estado basal pasan a uno excitado, pueden ser otra cosa además de verbos. Pueden ser endecasílabos o espirales de sentido, pueden ser párrafos o artículos, pueden, ontológicamente, dejar de ser y establecerse —ónticos— como entes.

Un ejercicio novelístico que acaso haya seguido los preceptos de la escritura sensacionista es At-swim-two-birds de Flann O’Brien, ficción al cubo que sólo puede ser leída a través de una racionalidad distinta a la que conocemos: escritura que escribe que escribe...

Esta gramática mucho le debe al Sensacionismo portugués inaugurado por Pessoa; además, reconoce los tres principios del Sensacionismo como propios: a) todo objeto es una sensación nuestra, b) todo arte es la conversión de una sensación en objeto y c) por tanto, todo arte es la conversión de una sensación en otra sensación.

El lenguaje, como arrendatario furioso que no usufructúa su propiedad, puede dejar de ser la casa del ser, destruir la morada y habitar la intemperie.

La gramática de las sensaciones se escribe con una tinta melancólica y rubicunda, lasciva y a veces tímida. Cf. Leopardi: “Soy tímido con las mujeres, luego, Dios no existe”. Además, reconoce como objeto de estudio la lengua de los muriquíes brasileños y los emisores epiteliales de los cocodrilos estudiados por Daphne Soares.

La gramática de las sensaciones se escribe con las nalgas.

La gramática sensacionista, sin ser una biología de las pasiones, regula laxamente todos los mundos que caben en la piel.