Letras
Amor y desamores
Microcuentos
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Despedida

La besó. Volvió a besarla. Siguió besándola. La encerró entre sus brazos. Acarició sus hombros. Ella volaba, soñaba, reía. Un instante de amor es eterno. La besó una vez más. No podían separarse. No deseaban dividirse.

Ella cruzó la avenida. Él la observó atento. Ella volvió la cabeza. Él la saludó con un gesto. Ella se perdió entre la gente. Él se quedó sin la gente. Ella llegó a su oficina. Él dispuso el día libre. A las 20 ella regresó a la esquina. Él nunca regresó. Ella cree que encontró la infidelidad. Él cree que conoció la libertad.

 

Testigos

Una rosa amarilla. Dos copas de champagne. El celular cerrado. La corbata de seda. El vestido naranja. Esos zapatos comprados en Italia. El llavero con monograma. Los gemelos de oro. Los canapés de salmón rosado que aún esperan. Tres velas: una roja, una verde, la otra, lila. El reloj pulsera de Bulgari. Las batas de baño. La cartera negra arrancada a Ferragamo. La música que sueña con una melodía que detiene la escena.

Él ya no piensa en la Bolsa, en las Letras de Cambio ni en el mail de la empresa. Ella olvidó los libros, la rutina pilates y su clase de estética

Sobre la cama, dos cuerpos pactan la primera tregua.

 

Perfume

Cruzaba el parque en diagonal. Siempre a las 18,30. Siempre sola. Él la observaba desde la ventana, oculto detrás del voile.

Los días de lluvia parecía más bella. No le importaba conocer su historia, si tenía pareja, si estudiaba, si vivía sola.

La bautizó Estrella, era un nombre distinto. Al llegar el otoño fue a su encuentro. Cruzó el parque en diagonal y pasó a su lado con los ojos cerrados.

Hace un mes que ella abandonó la tarde sin una despedida.

Ahora su habitación tiene un extraño aroma a fresas marchitas.

 

Metáfora

Nada quedó dicho. Jugaron al supuesto. Había que entender que las verdades no siempre se verbalizan. Sin embargo, algo sugirieron. Él fijó el señalador en la página 64, donde había subrayado: “El resto del día fue igual al anterior, como el día siguiente será igual que aquél”. Ella dejó presente en el imán adherido a la puerta de la heladera que “hay un minuto para el ser humano que puede quedar reducido a la nada. Si las miradas pudiesen matar, estaría muerta”.

La palabra siembra, el silencio recoge.

 

Error

No se equivocó. Los años marcaron la distancia. Yo le había prometido que nunca la dejaría, que ella sería la última mujer, que jamás podría compartir otro cuerpo, otra mirada, otro sexo.

No se equivocó: la olvidé con el paso del tiempo. Ya no creo que sus labios hayan sido tan dulces, sus enojos tan adolescentes y que su edad no fuera la marcada diferencia.

No se equivocó. Yo cometí la imprudencia de creer en el amor. Ella me enseñó a descubrir la sospecha.