Sala de ensayo
El pensamiento trascendente de Martí
en su obra poética y literaria
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José MartíMetafísica es el nombre que se le da a la búsqueda de la naturaleza eterna o universal de todas las cosas. Es una doctrina cósmica dividida en varias ramas de estudio. Una de ellas, el idealismo, asegura que la mente o espíritu es de alguna forma, el sentido básico de todo lo que existe y al mismo tiempo cree en la existencia de algo más allá de la naturaleza de las cosas. Los grandes filósofos de todos los tiempos han coincidido en su forma de pensar, en su propia concepción del pensar presentando un paralelismo muy destacado a este tema y una inclinación muy acentuada hacia la metafísica.

Podríamos decir, por ejemplo, que para Blake, cuya obra impregnada de las visiones que experimentó durante su niñez y que él las llamó “profecías” en todos sus poemas, la metafísica se traduce en su trabajo profético; de manera que en su obra Canción de experiencia el filósofo muestra los polos opuestos, los contrastes del alma humana; sin duda alguna uno de los aspectos básicos de esta doctrina.

Igual ocurre con Unamuno; en la obra de este dramaturgo y filósofo español, la metafísica se desarrolla en toda su obra. Unamuno examina el conflicto entre la fe y la razón. En Del sentimiento trágico de la vida evalúa el significado de la voluntad, el deseo por la inmortalidad y la búsqueda del amor en la historia de la humanidad. Así, al analizar la obra martiana, nos damos cuenta que indiscutiblemente José Martí pertenece a la categoría de los poetas metafísicos, al igual que Lucrecio, Emerson, Whitman, Blake o Unamuno. Este último en una de sus reflexiones dice:

“los más grandes poetas han meditado mucho, de un modo o de otro, en el misterio de la vida y de la existencia, del principio y del fin de las cosas, o lo han sentido”; y por esta razón la filosofía se acuesta más a la poesía que a la ciencia... la filosofía es algo que está más cerca de la poética que de la lógica del universo”.1

En esto coincide Martí y en este propio sentido afirmará: “La flor del pensamiento es la poesía y lo nuevo del mundo”.2 Así de lo eterno en la vida del hombre el propio Apóstol reflexiona:

“¿qué me importa saber lo que el hombre hizo en este determinado momento de su vida, en esta o aquella época concreta, accidental o transitoria? Su esencia permanente es lo que quiero investigar; no efectos que pasan, sino la causa que los produzca. No me importan las estaciones del camino humano, que se levantan y destruyen en arreglo a las convivencias de los vivientes, sino el valor acomodable, pero libre, que echa a andar el tren por ellas”.3

Recuérdese que cada concepto lógico, filosófico o sociológico, o cada vivencia en Martí, tienen su correspondiente traducción a verso. Así el maestro define la metafísica como “el conjunto de verdades absolutas que sirven de leyes explicativas y fundamentales a todos los conocimientos humanos”.4

Martí además trata de reconciliar la ciencia y la filosofía cuando dice (en su carta a María Mantilla, el día antes de su holocausto en Dos Ríos):

“Donde encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y la música del árbol y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, y en la unidad del Universo que encierra tantas cosas diferentes, y todo es uno, y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día”.5

Aquí su juicio es comparable al de Emerson, a quien el Apóstol admira, no hay que olvidar que la sociedad de entonces sufría los desajustes ideológicos y éticos que dieron una nueva configuración a la poesía. Esta nueva estructura se produjo debido al desarrollo de un nuevo concepto creado por el primer grupo modernista de la época y que estuvo compuesto por Gutiérrez, Nájera, Casal, Silva y sobre todo por José Martí; todos ellos muertos antes de 1896. González Prada, Zorrilla y Rubén Darío también formaron parte del grupo que pondría en movimiento este nuevo aspecto, extendiéndose hasta el segundo período que abarcó del 96 en adelante.

Esta innovación en el esquema literario de la época no es más que el resultado de la insatisfacción de los románticos de entonces con el “romanticismo”. Esta insatisfacción les llevó a la búsqueda de modernidades. Dice Florit: “La llamada literatura modernista agrega a los descubrimientos de la vida sentimental hechos por los románticos, la conciencia casi profesional de qué es la literatura y cuál su última moda, el sentido de las formas de más prestigio, el esfuerzo aristocrático para sobrepujarse en una alta esfera de cultura”.6 “En las estrecheces de una escuela yo no vivo. Ser es más que existir... No hay romanticismo ni clasicismo”.7 Así declararía Martí en el prólogo de la adaptación huguiana Mis hijos.

Jose Martí ocupó la presencia más amplia de esta etapa, a pesar de que su vida fue muy corta y más que todo porque la había comprometido al servicio de la liberación de Cuba, razón que impidió que el Apóstol consagrara todo su tiempo a las letras; sin embargo, su obra literaria traspasó los límites de la América para extenderse a todos los confines del mundo de habla castellana, dice Florit al respecto:

“...es uno de los lujos que la lengua española puede ofrecer a un público universal (...). Con él culmina el esfuerzo romántico hacia una prosa estéticamente elaborada. Y es que en la prosa martiana se mantiene una estructura sintáctica la cual la sitúa junto al grupo de autores de la Edad de Oro”.8

Por su cultura aristocrática, cosmopolita, esteticista, puede ser colocado más próximo a Rubén Darío. Éste, como es sabido, fue creador de una nueva retórica cuya finalidad inmediata fue únicamente la liberación del verso.

El trabajo literario de Martí, entre artículos, crónicas y ensayos periodísticos, constituye —según Idearte—, “alrededor de las cuatro quintas partes de su obra impresa”. Como periodista, otorgó categoría a ese oficio, diciendo: “La prensa no es aprobación bondadosa o ira insultante; es proposición, estudio, examen y consejo”. Y añadió: “Es mal mío no poder concebir nada en retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros”.9

Vemos también otra innovación en la estructura de su obra poética, siendo sus versos —salvo en muy pocas excepciones— autobiográficos o de expresiones directas de vivencias personales.

Como dice Hernandez-Catá, “Martí vivió poéticamente su prosa y la escribió tan fúlgida y vibrante, que es casi toda un cántico y, en ocasiones, hasta casi verso”.10 Y Florit añade: “elabora una poesía breve, pictórica, de rimas inesperadas, de sintaxis compleja, de arcaísmos y riquezas verbales, de condensación y arte detallista”.11 Dice Martí: “Se puede ser y se debe ser cómplice de la virtud. Al corazón se le han de poner alas, no anclas...”.12

La mayor parte de la obra literaria de Martí es castiza y de estilo renacentista, lo que explica su estoicismo en el matiz senequista, su dramatismo, su gusto por la frase sentenciosa y barroca; sin embargo él prefirió incorporar la elegancia idiomática de otras lenguas; tomando como ejemplo la literatura francesa. Se considera, en general, una prosa artística, sin mecanismos estéticos, aunque casi siempre impregnada de sobretonos morales.

Y al respecto dice Jorge Mañach:

“Cuando aún prevalecía en España y en sus colonias literarias el fetichismo de la preceptiva neoclásica, Martí rompía metros y ritmos para hacer de su verso como crin hirsuta cuando aún no prosperaban los residuos del patetismo romántico, o la fría plástica de las academias, él desencadenaba las voces más profundas y convocaba al lenguaje sus concreciones más enérgicas... la poesía no era para él forma ni actitud, sino cosa y vida”.13

En 1890, en la montañas de Castkill, mientras reposa por orden médica, escribe José Martí sus Versos sencillos. En 1891 aparecen dedicados a sus amigos Manuel Mercado y Enrique Estrázulas. En el prólogo dice Martí:

“¿Por qué se publica esta sencillez escrita como jugando, y no mis encrespados Versos libres, mis endecasílabos hirsutos..?”.14 Y añade: “...y porque amo la sencillez, y creo en las formas llanas y sinceras”.15

Pero, según Gabriela Mistral, “...la sencillez de Martí no es nunca un primarismo, es decir, la facilidad del primer plano y ahorro de hondura... Esta sencillez nada tiene de simple”.16

¿Qué importa que tu puñal
se me clave en el riñón?
¡Tengo mis versos que son
más fuertes que tu puñal!
17

De hecho, la obra de José Martí presenta el marco literario donde se refleja el pensamiento hispanoamericano. Es el ingrediente más importante dentro de la filosofía hispánica e hispanoamericana de ser ésta, a más de filosofía de ideas, filosofía de situaciones.

“La naturaleza humana —dice Martí— y, sobre todo las naturalezas americanas necesitan que lo que se presente a su razón tenga un carácter imaginativo; gustan de una locución vivaz y accidentada; han menester que cierta forma brillante envuelva lo que es en su esencia árido y grave. No es que las inteligencias americanas rechacen la profundidad; es que necesitan ir por un camino brillante hacia ellas”.18

Sin embargo, al establecer un nexo entre la literatura dramática, la filosofía y la moral, podemos tomar un fragmento que ilustra el pensamiento del poeta en su severa crítica de juventud a esa figura eminente del parnaso español que lo es Espronceda; Martí dice y exige del poeta, sin más, alta moralidad en los temas y lo enjuicia de esta forma:

“Y esto en cuanto a la creación, que en cuanto a la ejecución ¿quién ha de pretender con justicia la gloria del poema para un montón de escenas sin conexión racional, en que la rima de los versos hace olvidar a veces la obscenidad de las ideas —montón de escenas en su mayor parte repugnantes, y a veces indignas de los sentimientos diáfanos y purísimos que suspiran en las almas poéticas?”.19

Martí muestra, indudablemente, dos tendencias muy marcadas que se reflejan básicamente a través de toda su obra literaria y que no es ni más ni menos que el producto de su naturaleza idealista. De un lado su voluntad de perfección artística, del otro su voluntad de conducta ejemplar, último fundamento de todos sus escritos, cualquiera que sea el tema o motivo por el cual versen. Y dirá, refiriéndose a la mujer: “Quien siente su belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz...”.20

Al escribir sus discursos, movido quizás por el ímpetu declamatorio, solía dar a su prosa una estructura de sermón, impregnándola de sus experiencias impresionistas. Sus palabras fueron grandes armas de acción. Dirá Vargas Vila en su obra José Martí, apóstol libertador:

“La tribuna transfiguraba a Martí; aquel hombre febril, encorvado, se erguía recto como una flecha... La sonrisa desaparecía de sus labios, la expresión de su boca no se hacía mala, pero adquiría un rictus de severidad que hacía de sus labios indignados el canal natural al torrente de sus palabras...”.21

Agrega Iduarte en Martí escritor (segunda edición): “Es ante todo un poeta, un orador poeta, mucho más que un orador lógico y que un orador parlamentario; conmueve, entusiasma, seduce, encanta, enajena; es un orador de lucha... de sentimiento: hará llorar; la fe de los creyentes está con él...” .22

Como Unamuno y Ganivet, Martí llevaba en el alma el dolor de una patria desdichada; así como ellos, el dolor patrio se refleja en su prosa; se desarrolla a lo largo de sus discursos; en el ímpetu de sus crónicas. “Como ellos, Martí deseaba lo mismo: liberar a sus patrias de una tradición ideológica y política absolutamente inadecuada para la nueva edad del mundo y del hombre”. “Sólo que, a diferencia de aquellos dos, que nunca trascendieron a los términos de la actividad literaria o intelectual, Martí llevó a cabo sus ideales, hizo realidad su sueño de combatir en el campo de acción”.23

Postula el maestro: “¡...Del pecho más oscuro saldrá, a triunfar, la gloria! ¡Así, del valor oculto, crecerán los ejércitos de mañana!”.24

“Martí establecerá la existencia de dos principios —como en el dualismo de Platón y Descartes—, o de dos substancias irreductibles la una de la otra: el pensamiento y la extensión, lo anímico y lo corpóreo, lo espiritual y lo material. Según S. Pétrement, el verdadero dualismo es el que postula no dos principios del mismo mundo, sino dos mundos. Martí es firme en su dualismo y de entrada afirma: “Dice Pirrón: Su talento, su espíritu y su alma. Pues ¿qué, el talento no es el alma? Esto me revela todo mi sistema. El espíritu es un atributo. El espíritu es la fuerza más mía, más escondida, más noble, es la fuerza de la generatriz: el ser del ser”.25

En otro punto Martí caracterizará al espíritu —a semejanza de Descartes, filósofo francés considerado el padre de la filosofía moderna y el primer filósofo de la época de los grandes sistemas en su libro Meditaciones metafísicas—, de este modo dice:

“La inquietud permanente, sin peso, sin color, sin forma, está —viva como una luz— en el pensamiento de cada hombre. ¿Quién o qué mueve los astros? ¿Quién o qué formó a la tierra? ¿Quién o qué es este ser curioso, infatigable, melancólico y rebelde que tenemos en nosotros mismos? No hay necesidad de preguntar a los libros”. “El espíritu es algo que vibra, que se extiende, es padre de la pasión; es misteriosa semilla de la sangre, de la planta, del genio”. “Espíritu es lo que queremos”.26

Y así vemos el perfil del poeta, el concepto del hombre ante la vida que le ha tocado vivir y busca más allá, no se conforma con la mediocridad de estar simplemente vivo en el mundo, sino que busca el porqué de esa razón y surge su obra. Profundizando en las motivaciones de cada una de sus palabras podríamos encontrar el verdadero sentido de sus principios: “...He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo...”.27

La muerte y el sistema filosófico del sentido de la eternidad abundan en la obra martiana, son los principios filosóficos del maestro que coinciden con el modo de pensar de Carlyle, ensayista e historiador escocés el cual fue considerado como el filósofo social más grande de la Inglaterra victoriana. Sus ideas de democracia y heroísmo despertaron en el Apóstol una gran admiración por su obra y fue ésta un motivo de inspiración. De hecho, en los trabajos filosóficos de Martí podemos encontrar un paralelismo muy destacado con el pensamiento del filósofo escocés, sus imágenes literarias se encuentran profundamente repletas de este sistema idealista: “Qué somos, sino sombras, los que no hemos tenido miedo a ser honrados?”.28

Otro aspecto de esta estructura metafísica en la literatura martiana es el concepto del dolor:

Cual de incensario roto huye el perfume
así de mi dolor se escapa el verso.
Me nutro del dolor que me consume.
De donde vine, ahí voy: del Universo.
29

Este concepto del dolor se repite porque para Martí no sólo acompaña la conciencia del dolor a las almas fuertes y altivas, sino que “es espuela del genio, o su sudario”;30 diría más tarde “jamás sin dolor profundo produjo el hombre obras verdaderamente bellas”,31 y luego reiteraría:

“El dolor delicado y continuo, por donde el hombre se conoce y ennoblece, acendra y eleva el espíritu que se abraza a él como la verdadera salvación y la cruz que ensangrentó a los hombres viene a ser el áncora con que el alma despercutida se clava al puerto eterno. Y como el fuego con el cuarzo, que por las grietas humeantes suda el oro hermoso, así el dolor, con su llama perenne, descubre, entre la escoria que cae, lo verdadero de la vida... él consuela a los que padecen sin miedo, y gozan en padecer”.32 “La verdad se revela mejor a los que padecen”.33

Así mismo “del dolor saltan los versos como las espadas de la vaina”.34

Si fuera de la patria, en que se crea
la única luz, todo es arena al viento,
¿dónde, ¡oh dolor!, pondré mi pensamiento
que oscuridad y que aflicción no sea?
35

En su concepto del dolor, Martí conviene en que “el dolor madura la poesía”, porque “lo que escribe el dolor es lo único que queda grabado en la memoria de los hombres”;36 por eso “padecer es un deber y acaso una necesidad de los poetas. ¿Cuándo, sino cuando ha pasado por el fuego, viene a ser transparente y como hecha de rosas, la porcelana?”.37

Así, en la misma forma en que el perfume escapa del incensario, el verso escapa de su dolor, es un dolor del cual se nutre, aunque le consuma.

Este es otro aspecto de la metafísica y uno de los más importantes. Así como dicen los grandes filósofos de la antigüedad en sus estudios sobre la pluralidad de las existencias del alma, dice Martí: “...que la grandeza del dolor es el eje vital para el adelantamiento de los seres”.38 El alma humana, aseguran ellos, bajo los pesados martillos del dolor, se transforma y fortifica. En medio de las pruebas se templan los grandes caracteres.

El dolor, sin duda alguna, será la purificación suprema, el horno donde se derriten y se disipan todos los elementos impuros que nos manchan el alma (el orgullo, el egoísmo, la indiferencia). El dolor, sin duda, es la única escuela donde se afinan las sensaciones delicadas, donde se aprende la piedad y la resignación estoica. El alma depurada y santificada por las pruebas, verá cesar sus dolorosas encarnaciones.

Lo temporal de esta vida terrenal y lo eterno de la otra vida venidera, conforman una dualidad que se refleja constantemente en la creación literaria martiana; su idealismo filosófico —en el sentido de la trascendencia— es confirmado por Martí como una convicción de vida posterior en otro mundo que ha de merecerse con la práctica serena de la virtud en esta vida.

Entendiendo que el tiempo desaparece para el alma y que ésta prosigue en su ascensión intelectual y moral en el seno de una luz cada vez más intensa dirá el Apóstol: “...el sacrificio se ha hecho para merecerlo; porque el derecho de verter luz no se adquiere sino consumiéndose en el fuego...”.39

Rafael Ubaldo Emerson, como Martí, profesaría un idealismo individualista y universal; ya que según él, “cada hombre debería crear de nuevo el mundo dentro de sí mismo y en su libre modo de concebirlo”...40 “Hay leyes en la mente, leyes cual del río, el mar, la piedra, el astro, áspera y fatales...”. La correlación entre el hombre y el universo y el concepto que él mismo tiene de la procedencia del hombre, como diría al referirse a este punto: “sobre cada un hombre debe pesar la carga de todo el universo”41 y finalmente habla de “la comunicación con lo Eterno y el Universo”.42

En suma, “El hombre es el universo unificado” y “el universo es el hombre verificado”.43 Es, nítidamente expuesto, una aceptación de la procedencia del hombre.

De la fealdad del hombre a la belleza
Del Universo asciendo; en sus radiantes
¡El hombre preso queda al Universo!
No me duele la herida; no me duelen
Los dientes de los hombres: mas triunfante
Muestra el alma su luz por la hendidura.
44

Héroes pueden ser muchos, apóstoles sólo los señalados. Y encarnóse, sin duda en sus propias palabras. Esto nos recuerda otra ocasión, cuando dijo el apóstol en 1887: “Hay hombres ardientes en quienes con todos los tormentos del horno, se purifica la especie humana. Hay hombres dispuestos para guiar sin interés, para padecer por los demás, para consumirse alumbrando”.45

De un carácter observador, honesto, sensible, independiente, humanitario, fuera de lo ordinario, Martí siempre estuvo motivado por la búsqueda de la verdad, el respeto y el sentido común de las cosas. Creyó en el ser humano y deseó fervientemente ayudar a sus semejantes. Su concepto apostólico se observa cuando dice: “...Se es responsable de las fuerzas que se nos confían: el talento es un mártir y un Apóstol: ¿Quién tiene derecho para privar a los hombres de la utilidad del apostolado y del martirio?”.46 Y reitera en sus versos:

“Cirio soy encendido en la tormenta:
el fuego con que brillo me devora
y en lugar de apagarme me alimenta
el vendaval que al temeroso azora”.
47

Su concepción de la vida, de la persona humana, no es nunca sensista, materialista, sino ideacional y muy espiritual, así el poeta meditará apoyado en el axioma metafísico “en lugar de apagarme me alimenta”. Es decir, cada cosa material es símbolo de su correspondiente elemento espiritual.

Los paralelismos metafísicos en función de la analogía abundan en la obra del Apóstol: “en lugar de apagarme me alimenta el vendaval que al temeroso azora”. Este es un pasaje muy objetivo en el cual nos ofrece la analogía del mundo natural y el espiritual. Veamos: vendaval y muerte se parecen: el vendaval desarraiga árboles: la muerte a los hombres. Por lo tanto el hombre común, aquel hombre simple, sentirá temor y quedará azorado ante la destrucción, ante la muerte física.

Desde otro ángulo, el idealismo filosófico, en el sentido de la trascendencia, es caracterizado por Martí como convicción de vida posterior en el otro mundo. Si entendemos que un trascendentalista no se conformará solamente con las ideas que afirmen o confirmen su teoría, sino que intentará, a través de sus imágenes, probar su filosofía; entonces veríamos resaltar clara y nítidamente su concepto o vinculación con el dolor terrenal como único medio o compensación necesarios para la realización de una prueba inicial. La doctrina del espíritu y del alma en Martí culmina en una concepción escatológica, apoyada en metáforas sensoriales, y en simbolización concreta, por decirlo así:

“expuesta brevemente, cree Martí que el espíritu —o el alma— atraviesa por una larga cadena de purificaciones o de encarnaciones hasta llegar a Dios. Así dirá el apóstol: “Esencia, cadena entre el hombre y Dios, cuyos eslabones son espinosos y van siendo cada vez mas cortos —larga cadena— es lo que le falta al hombre para llegar a Dios”.48

Podrá entenderse que el hombre vive prisionero en su vida terrena y al morir se libera de esa prisión:

...cuando se muere
en brazos de la patria agradecida,
la muerte acaba, la prisión se rompe;
¡empieza, al fin, con el morir, la vida!
49

Una vez más nuestro Apóstol, inspirado en la vida espiritual, establece viajes espirituales nocturnos, o mientras duerme su alma vaga para cumplimentar su obra, o es simplemente un axioma lo que se expresa en estos versos:

Yo nunca duermo: al despertarme noto
en mí el cansancio de una gran jornada
a donde voy de noche, cuando, roto
el cuerpo, hundo la faz en mi almohada.
50

En la escatología martiana existe, de hecho, una doctrina precisa con respecto a la vida y a la muerte o a la existencia en el más allá; e incita al hombre a establecer una “comunión con lo eterno”. Y dice: “El lenguaje es humo cuando no sirve a la idea eterna”51 y añade: “Va con la eternidad el que va solo”.52

El alma, considerada en un principio como substancia solamente, pasa a actuar en el reino de la vida buena y creadora. En este sentido, establece el filósofo moral diversos axiomas. Como este: “El alma del hombre, como el cielo en el agua del mar, se refleja siempre en su obra”.53

Porque el hombre en sí posee dos naturalezas: su cuerpo y sus órganos que se derivan de la materia y sus facultades intelectuales y morales que proceden del espíritu. El hombre es, sin duda, espíritu. Y cada hombre está ligado por leyes invisibles a todos los hombres. El contacto de alma con alma engendra la sociedad. La sociedad es la maravilla de las maravillas, es más, y aquí se refiere claramente, en cada hombre se aloja algo del amor de Dios, y su yo se disuelve al fin en la eternidad. Como diría Carlyle —a quien el Apóstol admira— de Martí: “El poeta es una figura heroica que pertenece a todas las épocas y que, cuando se ha presentado en su orbe, es ya un patrimonio de todos los siglos”.54 Uno de esos héroes lo fue Martí, héroe y poeta sumo. Y Martí añade:

“...la tierra está llena de espíritus. El aire está lleno de almas... tal el genio poético, al batir las alas, recoge en ellas, aprieta a su corazón y cierra en él todas las fuerzas y aromas de la tierra en que surge, y con sus enseñanzas, pasiones y dolores, los espíritus de las generaciones desaparecidas que habitan el espacio y desde él empujan a su pueblo y lo vigilan. Ungido nace el poeta...”.55

Esa explicación del acto de inspiración es la misma ofrecida por muchos poetas, y hasta por hombres de ciencia como solía decir Lamartine: “No soy yo el que piensa, sino mis ideas quienes piensan por mí”.56 Martí dirá también:

“Imágenes geniales, espontáneas, y grandes, no vienen del laboreo penoso de la mente, sino de la propia voluntad e instinto. La poesía no ha de perseguirse, ella ha de perseguir al poeta. No es dama de alquiler quien se enseña, como a interés que vuelve en gracias el afán con que se la corteja y la suma con que se la paga. Es señora soberana, que ordena erguida. Cuando duerme, duerme. Ella es quien despierta al alma. Ninguna voz humana la disturba”.57

¿Quién piensa en mí? ¿Quién habla por mis labios
cosas que en vano detener intento?
¿De dónde vienen los consejos sabios?
¿A dónde va sin rienda el pensamiento?
58

En lo que precede hay toda una teoría sobre la misión del poeta en la Tierra, en su aspecto específicamente ético, esclarecedor de la propia posición de Martí al respecto. “Para él, el poeta es creador, es profeta, el cual con la palabra —según lo vio Unamuno— con miras a transformar el mundo en sentido del bien y el progreso, es creador de realidades”.59

Se da por hecho que hay una fuente de inspiración, una luz divina que habita en otras esferas y que controla, desde alguna parte, las diferentes sensaciones del alma y del espíritu. Y manifiesta: “Yo creo en la divinidad de mi esencia...”. “¿Qué soy yo? Tengo una absoluta convicción: que lo que yo soy, no me lo debo a mí mismo”.

Y más adelante añade: “...yo soy lo que soy sin que yo sea responsable”.60

“Martí cree en la existencia de un orden universal; para él, el universo comprendido en él, el mundo grande, el macrocosmos y el mundo del hombre, el microcosmos, lejos de ser en su naturaleza un caos, constituye un cosmos regido por leyes. Esas leyes que llegan de manera inspirativa, a guisa de consejos —sabios por demás—, y de donde el pensamiento, sin poderse retener acude presto. ‘El universo interior, donde está en breve todo lo exterior —y el exterior, donde está el interior magnificado’. “Así la relación puede ser Dios-Hombre, Universo-Hombre”.61

...de las entrañas exploradas
del universo, surgirá radiante
con la luz y las gracias de la vida.
62

Martí también está presente en el enjuiciamiento de la doctrina evolucionista salvando siempre el principio del espíritu, que no deja anegar en el reino de la materia. Y dice:

“No ha de negarse nada que en el solemne mundo espiritual sea cierto, ni el noble enojo de vivir, que se alivia al cabo por el placer de dar de sí en la vida: ni el coloquio inefable con lo eterno, que deja en el espíritu fuerza solar y paz nocturna; ni la certidumbre real, puesto que da gozo real, de una vida posterior en que sean plenos los penetrantes deleites, que con la vislumbre de la verdad, o en la práctica de la virtud, hinchen el alma”.63

Y añade:

¡Arpa soy, salterio soy,
donde vibra el Universo!
¡Vengo del Sol, y al Sol voy:
soy el amor, soy el verso!
64

Y afirmaría más tarde, junto con Carlyle, que “quien tiene fe, no está nunca solo”65 y a los que están con él en la obra grande y creadora, les dice: “Los que no tienen fe en su tierra, son hombres de siete meses”.66 Por ello predica la “fe activa revolucionaria”67 y hace descansar en la “prudencia y decoro de nuestros países”68 y con convicción añade que “...con esta fe vivimos”.69

Y es que Martí cree firmemente en el renacimiento de todo. El renacer de la vida allende de la muerte tiene lugar en todos los seres del universo visible. Sin embargo, la eternidad emana de la resurrección del alma. La Muerte: la inmortalidad y el sentido de la eternidad presuponen la vivencia previa de la muerte y experimenta en la vida: no es perdido el tiempo ya vivido y le cantará a su progenitora el poema ¡Madre mía! de diciembre 30, 1871; dos meses y tres días después del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina.

...y si en tu amor no creyera
la serie de las vidas viviría,
y como alma perdida vagaría,
y eterno loco en los espacios fuera.
70

En torno a estos versos puede verse claramente la actitud filosófica ante la muerte, o lo que conlleve a ella, y asevera: “el idealismo no es deseo vago de muerte, sino de convicción de vida posterior que ha de merecerse con la práctica serena de la virtud en esta vida”.71

“Como Unamuno, que no se resigna enteramente a morir, para Martí el hombre es como la fabulosa ave Fenix que renace. Es esa ave que, quemada en la hoguera de Arabia, renacía de sus cenizas”,72 es la eternidad que emana de la resurrección del alma y afirma este concepto cuando dice en sus versos:

Todo, en lo Térreo, si cenizas se hace,
Más lozano y vivífico renace:
Y el alma resucita: Yo la he visto...
73

Miguel de Unamuno, otro de los filósofos más grandes de su época, ensayista, novelista, poeta y dramaturgo español, considerado como “el humanista de la época moderna”, examina el conflicto entre la fe y la razón en su obra. El deseo por la inmortalidad y la búsqueda del amor en la historia de la humanidad por este genio de la literatura, ayudaron a estimular el intelecto español en la llamada generación del 98.

“Hay que creer en la otra vida, en la vida eterna de más allá de la tumba...”. “...hay que creer en esa otra vida para poder vivir esta y soportarla y darle sentido y finalidad. Y hay que creer acaso en esa otra vida para merecerla, para conseguirla”.74

Ante la eternidad, el apóstol la define de la forma siguiente:

“...lo eterno es apetecible y hermoso” y luego: “Todos los hombres tienen la idea de la eternidad: unos de eternidad iluminada y pura, encendida en la existencia con todos los deberes, gozada más allá de vivir con todas las armonías; otros de una eternidad esclava, envuelta en polvo, sujeta a polvo, polvo ella, sin esperanza ni consuelo, sin redención y sin belleza”.75

Una vez manifiesta la idea, esta es su convicción de fe:

“Yo creo en la eternidad luminosa, y si por la conciencia de mí mismo no creyera, creería en ella por esa belleza prometida, en la tierra inlograble, en la música anunciada e informe; venidera puesto que se anuncia, purísima puesto que en ella olvidamos las miserias, cierta porque en ella encuentro realización de estas necesidades de lo vago, esparcimiento iluminado de mis fuerzas, lenguaje que no necesita labios para hablarse, vida sin hierros como en todos los instantes me la pide este hombre-sueño dormido en el fondo de mí mismo, y ante esta pura belleza despertado”.76

El pasaje anterior es nada menos que una visión mística. Como dijo el Apóstol alguna vez “...a mis horas soy místico”.77

¡...Y de místicos lirios
collar labrarme!
78

Entre sus verdades sumas, Martí insistía en la del amor al semejante, piedra angular de su doctrina del nosotros:

“No merece escribir para los hombres quien no sabe amarlos”. “Amar al prójimo es desear vivamente su bien; por ello el evangelista mantiene este alto criterio tocante a los escritores: No se ha de escribir para hacer muestras de sí, o abanicar como el pavón la enorme cola; sino para bien del prójimo...”.79

La libertad adoro y el derecho.
Odios no sufro, ni pasiones malas:
Y en la coraza que me viste el pecho
Un águila de luz abre sus alas.
80

Ama la libertad, y como sabemos, entrega su vida a ella hasta culminar con la muerte como pago final por obtenerla. Ama la justicia y en su obra, vemos constantemente su pasión por lo justo como por ejemplo: “Sea el triunfo de quien es la justicia”.81

De nuevo, el Apóstol nos muestra el simbolismo martiano. “Todo es símbolo y síntesis y hay que buscar en la raíz de todo”.82

Platón, cuyo espíritu moró en el de Martí, dijo: “Dios nos ha dado dos alas para volar hasta Él: el amor y la razón”.83

“La alegoría del cuerpo como cárcel del alma, que se inicia en Platón y llega hasta Fray Luis, es aceptada por Martí, no como simple imitación literaria, sino como una vivencia propia”. “Percibe el alma atormentada, y como recluida en un cuerpo inerte. Y manifiesta de un modo autognósico: ‘El cuerpo cada día se me hunde, el alma, más libre cada día, es por instantes más enérgica y alta’. Así es su dualismo de sustancias”.84

Y sufriré en la sombra hasta que pueda
Mi acero en pleno sol dejar clavado.
85

Padecer, sufrir, es el deber de todo ser humano, como hemos dicho antes; “pero del poeta, es algo así como una obligación”.86 Ya como psicólogo eticista, Martí va por otra parte, describiendo las formas fenoménicas del afecto estudiado y dirá:

“Sufrir es quizás gozar. Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera”. Tal es su doctrina, y añade: “Tengo miedo de morir antes de haber sufrido bastante”.87

Sobre lo mismo, reitera más tarde en sus versos:

Bueno es sufrir cuando en el lado izquierdo
Del seno roto arder se siente un cáncer,
Sobre la llaga ardiente, un perfumado
Lirio blanco y azul sus alas abre.
88

El destierro político produce la diversificación en la estructura poética martiana; el desarraigo anímico y geográfico constituye una poesía repleta de sufrimientos, de dolor, dentro de un proceso dual de vivencias retenidas en los límites de las imágenes plasmadas, místicas o visionarias, como las que se encuentran comprendidas en la obra de Blake o en la reminiscencia de una intuición o experiencia interna.

De estos niveles intangibles y sutiles emerge la obra de José Martí; se produce, en otras palabras, el verso:

“...Los versos son las flores de la vida, la flor anuncia el fruto. El fruto suele ser copioso”.89 “El verso, por donde quiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume”.90 “Hay versos que se hacen en el cerebro —éstos se quiebran sobre el alma: la hieren, pero no la penetran. Hay otros que se hacen en el corazón, de él salen y a él van”.91

Y aconseja el poeta al hacer la poesía:

“Pulir es bueno, mas dentro de la mente y antes de sacar el verso al labio”.92 “En el pulimento no está la bondad del verso, sino en que nazca ya alado y sonante”.93

En su concepción del poeta ante la sociedad, nuestro Apóstol afirma: “Poetas, músicos y pintores, son esencia igual en formas distintas: es su tarea traer a la tierra las armonías que vagan en el espacio de los cielos, y las concepciones impalpables que se agitan en los espacios del espíritu”.94

Y reitera: “Es el poeta alimento vivo de la llama con que alumbra”95 y finaliza: “Saber honrar a un poeta, es serlo”.96

 

Notas

1. Roberto Agramonte, Martí y su concepción del mundo (Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico, 1971). P. 272.

2. Agramonte. 1971. P. 330.

3. Agramonte. 1971. P. 77.

4. Agramonte. 1971. P. 75.

5. Alfonso M. Escudero, Jose Martí. Páginas escogidas (Colección Austral, Espasa-Calpe, S.A., 1971). P. 180.

6. Agramonte. 1971, P. 49.

7. Escudero. 1971, P.30.

8. Anderson Imbert y Florit. Literatura hispanoamericana (Holt, Reinhart and Winston, Inc. NY. 1960) P. 401.

9. Escudero. 1971, P. 20.

10. Escudero. 1971, P. 25.

11. Anderson. 1960, P. 402.

12. Escudero. 1971, P. 129.

13-16. Escudero. 1971, P. 26 .

17. Escudero. 1971, P. 211.

18. Agramonte. 1971, P. 263.

19. Agramonte. 1971, P. 263.

20. Escudero. 1971, P. 180.

21. Escudero. 1971, P. 21.

22. Escudero. 1971, P. 23.

23. Antología. José Martí. Editorial Novarro, S.A., México, 1972, P. 25.

24. Escudero. 1971, P.127.

25. Escudero. 1971, P. 40.

26. Agramonte. 1971, P. 487.

27. Escudero. 1971, P. 183.

28. Escudero. 1971, P. 90.

29. Antología. P. 149.

30-33. Agramonte. 1971, P. 615.

34, 36. Agramonte. 1971, P. 332.

35. Antología. 1972, P. 174.

37. Agramonte. 1971, P. 611.

38. Agramonte. 1971, P. 494.

39. Escudero. 1971, P. 39.

40. Agramonte. 1971, P. 106.

41-43. Agramonte. 1971, P. 135.

44. Agramonte. 1971, P. 136.

45. Agramonte. 1971, P. 71.

46. Escudero. 1971, P. 40.

47. Antología. 1972, P. 149.

48. Agramonte. 1971, P. 494.

49. Agramonte. 1971, P. 495.

50. Antología. 1972, P. 149.

51. Agramonte. 1971, P. 429.

52. Antología. 1972, P. 150.

53. Agramonte. 1971, P. 446.

54. Agramonte. 1971, P. 740.

55-57. Agramonte. 1971, P. 553.

58. Antología. 1972, P. 150.

59. Agramonte. 1971, P. 336.

60, 61. Agramonte. 1971, P. 135.

62. Agramonte. 1971, P. 134.

63. Agramonte. 1971, P. 157.

64. Antología. 1972, P. 77.

65-69. Agramonte. 1971, P. 651.

70, 71. Agramonte. 1971, P. 390.

72, 73. Agramonte. 1971, P. 433.

74. Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida. Espasa-Calpe, 13ª Ed., 1976. P. 192.

75. Agramonte. 1971, P. 433.

76, 77. Agramonte. 1971, P. 433.

78. Antología. 1972, P. 33.

79. Agramonte. 1971, P. 37.

80. Antología. 1972, P. 151.

81. Agramonte. 1971, P. 698.

82. Agramonte. 1971, P. 55.

83. Agramonte. 1971, P. 55.

84. Agramonte. 1971, P. 493.

85. Antología. 1972, P. 151.

86. Agramonte. 1971, P. 617.

87, 88. Agramonte. 1971, P. 617.

89-93. Agramonte. 1971, P. 334.

94-96. Agramonte. 1971, P. 335.

 

Bibliografía

  • Agramonte, Roberto. Martí y su concepción del mundo. Puerto Rico: Universidad de Puerto Rico, 1971.

  • Escudero, Alfonso M. José Martí. Páginas escogidas. Colección Austral, Espasa-Calpe, S.A., México, 1971.

  • Antología. José Martí. Editorial Novarro, México, 1972.

  • Imbert y Florit, Anderson. Literatura hispanoamericana. Holt, Reinhart and Winston, Inc., N. Y., 1960.

  • De Unamuno, Miguel. Del sentimiento trágico de la vida. Espasa-Calpe S.A., México, 1976.