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Navidad en Madrid
o el día que me hice un hombre
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I

La última vez que vi a mi madre, fue el día de mi partida. Supe que todo lo que yo era quedaría ahí para convertirse en un recuerdo, que seguramente iría distorsionándose hasta volverse pequeños fragmentos hilados por el olor del café, una mañana cualquiera, el acto de lustrar los zapatos, una foto o una tarde frente al paisaje. Un panorama sin punto de fuga en el que esconderse, el crepúsculo, ese momento que siempre fue una manera de escapar de mi mismo... Especialmente en los veranos de Madrid, duraderos. Cuando veo, quiero perderme en las tonalidades, haciendo mutis por el foro, usando el cielo como un postigo abierto.

Ayer recordé cómo ahorré durante más de dos años, para comprar el pasaje y cruzar el charco hasta aquí. No le dije nada a nadie, ni siquiera a mi madre, aunque supongo que no oculté el interés que ponía en las noticias, las guías turísticas y la literatura. Así que el día que me iba, cuando finalmente me atreví a decírselo, la encontré esperando mientras miraba a través de la ventana. Me vio con la maletica y una cajita con libros, se quedó observándome de soslayo. Hizo un repaso risueño de mi aspecto con cierta burlita. Sólo un hijo conoce cuando la madre se desternilla de risa mientras echa bendiciones, y su mirada amorosa delató que en el fondo se burlaba de mis misterios.

Mamá, me voy para España... Me miró otra vez sin verme, y con cara divertida dijo: Emilio cariño, eres tan fuerte y tan alto, eres como un toro, dime, ¿qué vas a hacer a un país de toreros? Me sentí pillado por sorpresa, así que no reparé en la intención de la pregunta sino en la forma. En vez de mirar la luna que señalaba, miré el dedo... ¿Cómo lo supiste? Pregunté mirándole los pies. Ay hijo, pero si te parí, ¿cómo no voy a saber la clase de tonto que eres? Toma, aquí tienes un mapa de Madrid y otro de Barcelona, uno de carreteras de España y mis bendiciones... Llévate este rosario y esta estampita de la Virgen de los Remedios. Si estás muy desesperado no me llames, métete en una biblioteca y lee, avisa si estás deprimido, pero no me molestes por tonterías. Resiste, si las cosas se tuercen no te eches para atrás. Ah, y súbete la bragueta. ¿Y no me echas la bendición? Siiiii, Dios me lo bendiga, me lo favorezca, y me lo libre de todo mal y peligro, amén.

Juro que en ese momento la odié, fue un odio simple que comprendí con claridad. En mi secreta y complicada maniobra de destete, dejé demasiadas ataduras afectivas, y mi santa y querida madre las estaba cortando de cuajo, eliminando todo rastro de dramatismo. La verdad es que nunca llegué a comprender por qué los españoles piensan que somos como en las telenovelas. Por suerte para mí, darle cuentas a mí madre era un único trámite. Sólo un rostro que mirar, porque papá hacía mucho que se había marchado de casa. Recuerdo que su bendición terminaba de una manera que nos obligó a exigirle una corrección por parte de todos sus hijos. Durante mucho tiempo, creímos que existía un ser sobrenatural que asechaba en las esquinas, un tal “malamén”, producto de repartir sus bendiciones terminándolas en un “...los libre de todo malamén”. Cuando descubrimos el error en la escuela, le pedimos con urgencia que destruyera al monstruo de nuestras pesadillas, así que después de mal, dijo peligro, y se acabó el hechizo.

Salí de casa al final del día hacia el aeropuerto; el sol se lanzaba en picado rápidamente como de costumbre, hundiéndose tras las montañas que servían de hombros a la ciudad por el oeste. El último suspiro de luz se las arregló para parecer un gran ojo que miraba mi emancipación, que más que un avance hacia el futuro parecía una huida en toda regla. Una huida hacia el miedo que me daba llegar a Europa, cuyo nombre sonaba a una suerte de artefacto de Maquiavelo. Finalmente ese era mi rumbo desde América, viajar en dirección al amanecer. Juro que cuando subía las escalinatas para abordar el avión, escuché algunos truenos que sonaron como carcajadas de un bajo profundo. Así que el magenta de la tarde fue el último lazo con el país, y desde entonces vuelvo cada vez que puedo, a contemplar el atardecer situándome en el corte de la ciudad. Muchas veces voy caminando desde Moncloa, bajo hasta el paseo Pintor Rosales, y desde ahí continúo casi en línea recta hasta el templo de Debot, luego al palacio real, y si tengo tiempo, hasta la iglesia de San Francisco, donde hay un cartel que supone que San Francisco de Asís predicó en una ermita que se encontraba en el lugar. Igual que muchas cosas que tienen tanta historia y no se sabe si es cierto. Aquí estuvo Hemingway, allá Colón, por ahí jugó Cervantes de niño. Siempre sospecho, me pregunto desde cuándo cuentan esa mentira... “En este bar comió Don Miguel de Cervantes Saavedra, mentira contada desde 1725”. Resultaba más aceptable aquel cartel en la entrada de un restaurante en la Plaza Mayor, ¡Hemingway no comió aquí..! Qué más da, nada más llegar todo era tan viejo que me resultaba imposible contabilizar la existencia, por ejemplo los fantasmas. ¿Cuánta gente no ha vivido y muerto en una ciudad en 700 años? Eso me hace suponer que las calles están repletas de una multitud inmensa de espectros, que rondan por las aceras vestidos de épocas diversas, Juan Rulfo se habría deprimido aquí con tantos personajes fantasmagóricos con los que hablar. Cómo contar, por ejemplo, cuántas almas en pena hay en la ciudad si cada dos por tres derriban una cosa, o se cae algo, o abren un hueco y descubren esqueletos que en un descuido podrían remontarse a tiempos remotos. Lo peor es que cuando supe que Madrid es una ciudad joven comparada con Roma, por ejemplo, casi me pongo a llorar. Ya me costaba imaginar algo que tuviera más de quinientos años, no quiero decir mil, o dos mil, y así hasta el origen de la civilización...

Ah, sí, estaba en el atardecer de Madrid... Abajo, en el fondo del corte geográfico, discurre embaulado un escuálido río, que sirvió en muchas ocasiones en la historia de esta ciudad como telón para fusilamientos en períodos de guerra... y la arboleda de la Moncloa para siniestros asesinatos. Bueno, pero estaba en el atardecer y en la presencia de Elena, el amor que encontré en Madrid. Un amor denso y caluroso, que me sumergía en los pechos más redondos, la sonrisa más perfecta, las caderas más macizas, y esa piel morena que se trajo de Colombia, de su Bucaramanga natal que me electrizó nada más verla por primera vez. Para mí Madrid era tan mágico que todo parecía posible, y por supuesto uno siempre piensa que lo primero que es posible, son las cosas buenas y placenteras, como bailar la cumbia con Elena sintiendo esos quiebres de cadera y ese olor salvaje y sudoroso que salía de su piel, cada vez que bailábamos en los bajos de Orense.

Así que ella estaba llamando por teléfono y se le acabaron las monedas. Se volteó como buscando a alguien y me vio al momento en que sacudía una cabellera salvaje. Disculpe querido, ¿tiene una moneda de 20 céntimos? Es que se me acabó el sencillo. ¡Sí claro! salté yo después de uno o dos larguísimos segundos de estupefacción, tratando de asumir que esa hembra de cabello largo y ondulado, esas piernas que incitaban a la antropofagia, esa preciosa boca carnosa de sonrisa amplia se había dirigido a mí. A mí que acababa de bajarme del autobús como quien dice, con una cara de campuruso, que dejaba un rastro visible a kilómetros de distancia. Porque era cierto que además de irme a una ciudad europea, de aspecto imponente, entraba en el mundo de una urbe grande, y no como mi ciudad que se jactaba orgullosa de tener 30 mil habitantes, y donde era posible reconocer a todo el mundo. Estaba tan impactado, que no reparé en detalles, algunos de vital importancia como se revelaría el día de mi desconsuelo aquella navidad fatal. Unas botas de plataforma alta de color blanco hasta casi las rodillas, pantalones ajustados, camisa ceñida, la boca pintada de un rojo tan chillón, y el perfume irreconocible, de vaya Dios a saber qué marca, que desprendía un olor penetrante de ley. Pero sobre todo una sospechosa carterita pequeña que llevaba como un bolso de mano, demostrando en ese momento, que ser bella no casaba forzosamente con el buen gusto.

Aquel día llevaba en la mano la cajita de cartón, que había traído de casa con mis libros y papeles porque acababa de conseguir una gran oportunidad, un apartamentico microscópico que quedaba en una entreplanta sin ventanas, a un precio realmente económico según estaban los alquileres. Llevaba mi cajita en la mano, con los libros y los papeles en el fondo, y un lorito que vi en una pajarería. Pensaba que sólo me faltaba encontrar un trabajo. Con nada más que cuatro días en la ciudad, la vida me daba de cara y yo le sonreía. Le sonreía como un estúpido a Elena, que cuando colgó, se presentó y me preguntó el nombre. Estaba tan turbado que levanté sospechas en ella. Acabó preguntándome si tenía una gallina dentro de la caja, lo provinciano se me veía a leguas, pensé. No, es un lorito... dije con cara de pimiento rojo. Y como en los hechizos de luna me contó que trabajaba de camarera en un bar por las noches, me acompañó al microapartamento porque no tenía que hacer. A esa habitación mínima que no tenía nada; al entrar me besó diciendo ¿Sabes? Tienes cara de buena persona... Acabó acostándose conmigo, con la naturalidad de conocerme de toda la vida. Y cuando me dijo que le parecía guapo solté una risa mongólica... Ujú. Alcancé a asentir y casi se me cae la baba. Durmió conmigo en el suelo, y cuando se despertó no se fue, sino que dijo ¡Esto hay que convertirlo en una casa! Me acompañó por las calles en busca de muebles abandonados y al llegar la noche no se fue a trabajar. Se quedó conmigo abrazada a mi pecho. Completamos una mesa con dos sillas distintas, encontramos un colchón bastante decente y le compramos sábanas nuevas que fueron estrenadas inmediatamente al calor del verano más hermoso de mi vida. Al finalizar el día teníamos una casa donde antes había un agujero, y en días sucesivos trajo lámparas, adornos asombrosamente feos, cubiertos y más cosas, y yo le contaba que quería ser electricista, que realmente no me interesara la universidad. Pero ella insistió en que yo debía ser un doctorcito. Si lo conseguía sería mi esposa.

No sentí sospechas cuando me pidió que no me acercara a su trabajo, porque el jefe la pretendía y no quería problemas, ni tampoco cuando me dijo que era un garito un poco bajo, de espectáculos eróticos en directo. Me pareció que aquello formaba parte de todas las cosas que uno debe hacer para sobrevivir en una ciudad, que no le ha pedido nunca a uno que venga y de ciertas reglas de juego aún por descubrir. Tampoco me extrañaban esos días en que se desaparecía sin dejar rastro y no la encontraba por su casa. Alegó en su momento que a veces tenía que salir a trabajar fuera de la ciudad en la casa de una señora... Y cuando aparecía ojerosa, deprimida o caóticamente borracha, yo la cuidaba y le daba cariño pensando que debía trabajar mucho, y que a lo mejor la obligaban a beber tragos a cambio de algún porcentaje; nunca pregunté. Yo encontré un trabajito en el que andaba siempre un poco en peligro, porque pronto se me acabó el visado y pasé a ser un indocumentado más del montón. Pero la verdad es que me emocionaba mucho ir en aquella moto repartiendo pizzas por Madrid. Madrid, nada más y nada menos. Era lo máximo, si los amigos de mi pequeña y aburrida ciudad me hubiesen visto a mis 20 años atravesando la ciudad con ritmo, andante en moto, centauro posible, dándole de comer a los hambrientos ciudadanos, habrían sentido una envidia mortal. Con lo que ganaba me daba para lo justo, pero era feliz con mi Elena de Troya dándome su sexo y sus risas y su compañía, amándome como nadie en la vida, dándome la mejor cama, y enseñándome secretos que atribuía a las colombianas por naturaleza, y que más tarde confirmé que efectivamente era así. Como había ordenado mamá no llamé, aunque sí le escribí un par de cartas que no contestó. Todo marchaba sobre ruedas, pensaba en hacer un curso de electricista, y ponerme a trabajar, en cuanto salieran los papeles de residencia, cosa que sería algún día, pero mientras tanto, todo iba bien. Por aquellos días conocí a la Tatinga, un mexicano gay feísimo y simpático, que siempre andaba con una pequeña flor de papel en el pecho, aun llevando abrigo, y se la enseñaba a la gente diciéndole que ese era el corazón que no podía mostrar en el DF, porque allí son demasiado machos para una dama como él. También conocí a Xavier, un vasco hijo de segovianos, que no se cansaba de repetir que España tenía secuestrado a su país, y que él era un extranjero como nosotros. Aunque él sí tenía papeles. Algunas veces la Tatinga le decía que él era como aquellos pueblos romanizados que se quejaban de la ocupación, pero se beneficiaban de las calzadas, los edificios, la educación, los acueductos, de la democracia y de haberlos sacado de la barbarie, con lo que Xabi se enardecía, y sostenía acaloradas discusiones con la Tatinga, espetándole que los ocupados eran ellos que iban a esclavizarse a Estados Unidos, mientras la Tatinga le enseñaba su flor de papel y su risa, demostrándole que le importaba muy poco el tema y que sólo lo hacía para chincharlo. De cualquier manera, ellos se tenían mucho aprecio, y nunca fueron a mayores esas discusiones, salvo una vez en que Xabi iracundo le soltó un ¡¿Qué te crees?! ¡¿ah?! Tú estás aquí en mi país porque no trabajas en la tele, porque en México el que no es feo trabaja en televisión. Cosa que a la Tatinga le dolió en el alma. Le devolvió el golpe acuchillándolo con una frase que el propio Xabi había puesto al descubierto. Con que mi país ¿no? Eres un falso patriota de pacotilla, nacionalista de opereta, y se le salió una lágrima. Xabi, pasó meses pidiéndole perdón a la pobre Tatinga tan fea y pobre, con su humilde trabajo, fregando escaleras en un portal de gente xenófoba, y sin embargo, con esa dignidad graciosa que sólo tienen los gays. Acabó perdonándolo con un beso. Realmente jamás llegué a ver nada raro, pero siempre daban la impresión de tenerse demasiado aprecio.

Como ya he dicho, era feliz. Imaginaba hijos por todas partes, junto a mi amada Elena de Troya, y al no tener grandes expectativas económicas, los figuraba durmiendo en literas que llegaban hasta el techo, jugando alrededor nuestro como en El sentido de la vida de los Monty Python. Mientras yo leía, Elena me daba esos mordisquitos en la barbilla que producían la blandura que precede a la tensión. Llegó diciembre de aquel año, y me encontró estudiando historia de España a pasos forzados. Pasamos el 31 de diciembre juntos, mis dos amigos, Elena y yo. Hicimos mucha comida, bebimos mucho vino, que ciertamente me resultaba difícil de paladear. Nunca antes había probado el caldo de la uva, y lo encontraba raro, amargo... Más tarde vino la primavera, y empecé a contemplar el vuelo de las moscas, en mi felicidad miserable, sin papeles, con mi trabajito de repartidor, y el curso de electricidad que aún no podía hacer porque no tenía los papeles en regla. Vino el verano y cumplí un año en la ciudad, descubrí un día que la conocía bastante bien, pero sobre todo, que la zona que más me gustaba era justo hacia donde daban los atardeceres, por donde yo vivía. Gané en nervios y en velocidad. Los madrileños me seguían pareciendo toscos y groseros, y en más de una ocasión pensé que en las conversaciones de bar se estaban peleando, o que me regañaban al dirigirse a mí, sensación que desapareció cuando acepté que tal vez yo era demasiado dulce, y que ellos son así. Cuando llegó el frío me afectó tanto que me deprimí, comencé a ver la vida del color de la madrugada, y me torné torvo. Por una tontería acabé peleándome con Elena que me sorprendió con la mirada perdida. Según ella observaba directamente las nalgas de una marroquí, que paseaba con un pañuelo negro adherido a la cabeza. Me arreó una trompada inverosímil, y se levantó muy enfadada diciendo ¡Usté es mío, no lo olvide! Desapareciendo como de costumbre por varios días. Me sentí ofendido porque en realidad no miraba las caderas de aquella mujer, sino el pañuelo en la cabeza... Sentí que empezaba a despertar de algo, y entonces, el cielo encapotado trajo la tempestad.

 

II

A principios de diciembre iba en la motico de regreso a la pizzería. El dueño me trataba con cariño, aunque era poco generoso con el dinero. Ya había descubierto lo que significa que te exploten en Madrid, me pagaba una verdadera miseria, sin seguro social, sin alternativas, y aun así, era amable, no me presionaba y de vez en cuando tenía algún detalle conmigo. Me regalaba pizzas diciendo que las había hecho para mí, a pesar de que ambos sabíamos que eran de las que habían sobrado. De cualquier forma él llevaba solo el negocio, y yo había aprendido que las pequeñas empresas tampoco producen demasiado margen. Con su trabajo, el señor José Ángel sólo ganaba en independencia y libertad. Ganancias vitales que invertía completamente en deslomarse a hacer pizzas todo el día. No tenía familia. Alguna vez trabajó en Argentina pero, al parecer, era de aquellos españoles a los que le fue mal en las Américas. Volvía de una entrega cuando se puso el semáforo en rojo. Pensaba en los regalos de navidad para Elena, la Tatinga y Xabi. Me quedé contemplando a una chica que se besaba con un tipo mayor en medio de la calle y me pareció que era Elena. No tuve tiempo de reconocerla a ciencia cierta, porque en ese instante me golpeó una furgoneta por detrás y salí disparado varios metros adelante. Extendí los brazos instintivamente y sentí como el derecho crujía contra el asfalto. Me había jodido. En realidad no había cometido ninguna infracción, sólo me detuve demasiado rápido para ver a aquella maraña de pelos, con esas botas blancas horribles y la ropa ceñida, meterse mano abierto al público, sin alcanzar a descubrir si realmente era ella. Así es el mundo de los celos y las pequeñas traiciones, se alimentan de datos incompletos, de verdades veladas, y de la imposibilidad de comprobar a ciencia cierta si se cometió el crimen. El porrazo me dolió menos que la duda. El chofer de la furgo resultó ser una argentina que me culpó de inmediato de lo ocurrido. Había sido sólo un toque, pero salí disparado al frenarse la rueda de atrás de la moto con el impacto. Me entró el pánico pensando que si llegaba la policía podrían deportarme. La miré a los ojos y le dije ¡Me has jodido la vida! ¿Pero vos qué te has creído, maldito sudaca, que aquí estamos para ocuparnos de los cabecitas negras como vos? No le contesté, recogí la moto con el brazo que me quedaba sano y adolorido emprendí el camino hasta la pizzería. Los mirones se quedaron opinando cosas que no entendí del todo. Hubo una voz que ordenaba esperar a la policía, otra le preguntaba a la argentina que de dónde era, y ella contestaba diciendo, en genuino acento porteño, que se había criado en Buenos Aires pero sus padres son gallegos, y que es enteramente española. Otra voz le dijo que no parecía de aquí... Yo seguí sin mirar, pensando en Elena y lo que iba a ocurrir después. Un hombre de voz gruesa se me acercó a preguntarme si me encontraba bien, que por qué no dejaba la moto ahí y me iba al hospital, y le contesté que estaba indocumentado. Lo miré a la cara, y él me miró a los ojos, y dijo… ¡venga hombre que te ayudo!, y llevó la moto en mi lugar mientras caminaba las cuatro calles que me separaban del accidente y la pizzería, aproveché para sujetarme el brazo fracturado, el dolor era de justicia. El hombre de la voz gruesa aparcó la moto mientras yo llamaba a José Ángel. Le explicó por mí el accidente, dijo que no era mi culpa, y se marchó. Le di las gracias y contestó regañándome... ¡A ver si tenemos más suerte, joder! Y se fue sin mirar atrás. José Ángel me miró un poco pálido. ¿Qué hago yo contigo, chaval? Metió la moto en el negocio, cerró la santamaría, y paró a un taxi que pasaba. Menos mal que no ha sido peor... Así no podrás trabajar... Menuda faena me has hecho... Tengo que buscar a otro repartidor... La moto no quedó demasiado mal, al menos rueda, pero tendré que llevarla al mecánico. Yo le miré en silencio y como si de pronto se me hubiesen iluminado por primera vez las entendederas, le dije... Eso podía pasar, ¿no? ¿Qué va a ser de mí ahora? Bueno, hijo, contestó con la mirada oscura. Ya sabes, si no trabajas no ganas, pero no te preocupes, cuando te recuperes tendrás tu trabajo. Mira, aquí te dejo estos doscientos euros, luego pasas por el negocio y te doy algo más. Cuando llegamos al hospital dijo que me había recogido en la calle, que alguien me atropelló y se dio a la fuga. Esperó a que me llevaran a trauma. Así le dicen, y eso era lo que me había ocasionado aquella argentina horrible. Cuando llegó el enfermero José Ángel se despidió. Me voy que tengo que abrir el negocio, hoy me toca hacerlo todo yo solo.

Después de todo no se había portado tan mal, quiero decir, pudo ser peor. Las cosas siempre pueden ir a peor. Al salir del hospital llevaba el brazo enyesado. La cosa iría para un mes, más o menos. Pero yo me sentí por primera vez en la vida, totalmente vulnerable, perdido en la nada. Pensé que cualquier cosa podía pasarme, así que me encerré a deprimirme en casa. Pocos días más tarde apareció la Tatinga, me reclamó que no la hubiese llamado para avisarle, y a partir de ahí fueron a verme todos los días él y Xabi. La Tatinga me hacía la comida mientras Xabi insistía como siempre en la independencia del País Vasco, mezclado con fútbol, y la boloñesa con parmesano tan buena que preparaba la Tatinga. Fueron muy discretos en lo tocante a Elena, y no dijeron nada. Pero la tarde del 24 de diciembre la Tatinga, o sea José Ramón Palomares como realmente se llama ese cabeza de burro, me preguntó si sabía algo de ella. Le dije que no, y de pronto sentí el dolor de su ausencia. Xabi lo fulminó con la mirada. La cagaste macho, le disparó a bocajarro. Ellos habían llevado igual que el año anterior mucha comida y bebida, y me trajeron una camiseta que habían comprado entre los dos que decía: ¡Viva el lado oscuro de la vida! Con dos negritos bailando. Pero yo acababa de comprender el porqué de los boleros y me eché a llorar. Insistí en que quería ir a verla, y a pesar de que Xabi y la Tatinga buscaron excusas para no ir, me acompañaron hasta la puerta del local, de absoluta mala muerte. Pagamos la entrada y justo empezaba el espectáculo erótico, manera eufemística de llamar a un show de porno duro, en vivo y directo. Sólo había cuatro clientes borrachos y por debajo de la música a todo volumen, una atmósfera de velorio. Elena no estaba entre las camareras, estaba... en el escenario...

Me quedé paralizado, sin poder casi ni respirar, viendo cómo aquel hombre realizaba sus posturitas, mientras yo sentía que una daga destrozaba mis entrañas, al mismo tiempo que el hombre del escenario le daba con una enorme hacha blanda a mi Elena de Troya, cual actriz porno con seudónimo... “Las perversas aventuras de Elena la fantástica”, en ¡Arde Troya! Quise quemar el local pero no hice nada. Seguí inmóvil y Xabi y la Tatinga empezaron a insistir en que nos fuéramos cuando se recuperaron de la sorpresa. En sus miradas no había burla sino compasión. Yo me quedé recostado de la barra en silencio, bebiendo lentamente un cubalibre bien servido al ritmo de una cumbia villera, sustituta resentida del tango. No tenía nada en la mente, sólo la posibilidad de saltar del viaducto de la calle Bailén al atardecer del día siguiente. Xabi y la Tatinga se quedaron junto a mí, sin decir nada. Al acabar el “espectáculo erótico”, Elena desapareció durante un rato, para luego volver con el pelo mojado, recién duchada y una faldita corta que enseñaba sus muslos feroces. Los cuatro borrachos aplaudieron cuando la vieron salir mientras se acercaba a la barra a pedir una copa. Más atrás iba el macho cabrío que le servía de pareja a quien también aplaudieron. Eso sí, con menos énfasis. Al llegar a la barra, se dio cuenta de que yo estaba ahí, inmóvil. Me miró sorprendida, y lo primero que dijo fue ¡Papito!, ¿pero yo no le dije que no viniera por aquí? Sí, pero no me dijiste por qué. Mire, no se ponga bravo, es sólo un trabajo, yo con él no siento nada. Además usté lo tiene más grande que él. ¡¿Qué?! Pero a ti te parece que soy ciego, ¿no? ¿o que tal vez no tengo idea de las proporciones? Pero papito, cálmese, mire tenemos que hablar. Yo no pude más, y salí en silencio del local, ella no me siguió. Xabi y la Tatinga le echaron miradas de odio sin pronunciar palabra. Me acompañaron a casa y atravesamos todo el centro completamente callados. Parecía un papel enredado en una cuerda, batido por un viento que me hacía pedazos. Los muchachos llegaron a la puerta de casa. Xabi dijo que se marchaban, suponían que quería estar solo. Pero la verdad es que no sabía qué quería. No dije nada. En la madrugada salí a llamar a mi madre. Mamá... Hijo, ¿ya estás deprimido? Sí, mamá, sufro. ¿Qué ha ocurrido? Le conté todo mientras ella aguardaba en silencio al otro lado. Al final dijo... Bueno, veo que te estás haciendo un hombre. Pero mamá... ¿Qué quieres, que te consuele? No sé mamá, algo parecido... No hijo, apriete esas nalgas y eche pa’lante. ¿Y qué hago? No lo sé, hijo, a mí me espera una fiesta con un amigo, procura que a ti te espere algo bueno también, llama mañana a ver cómo sigues. Colgó, y la sensación de desamparo fue mayor. Me fui a casa adolorido, encima la hinchazón de la fractura había aumentado y me dolía. Me quedé despierto toda la noche, con todos los dolores juntos, mirando al techo. A las cinco de la madrugada tocaron a la puerta, pero no abrí. Tocaron varias veces, y escuché la voz de Elena, pero dejé la puerta cerrada. Ábrame papito, mire, tengo que hablar con usté. No me moví de la cama.

A la mañana siguiente se apareció la Tatinga con un negro que no conocía. ¿Y este quién es? Pregunté de mal humor y evidentemente deteriorado. Este es Antonio, es cubano. ¿Pero Xabi, no es tu novio? No, Xabi es mi amigo, y Antonio también. Mira Emilio, Antonio es babalawo. ¿Baba qué? Mira, esta mañana fui a verle para que te hiciera un registro, y salió en los caracoles que estás osogbo. ¿Que estoy qué? Osogbo, hermano, osogbo, dijo el cubano. Que estás empavado, que tienes una nube negra que hay que quitarte de encima. Ajá, dije. ¿Y qué quieren que haga? Bueno, dijo el cubano, tú tiene que agarrá un coco y pintá un lado de blanco y otro de asul, tiene que dalte unos baños, yo te lo preparo y luego tú te purificas con el coco. Ahora te lo explico bien, pero tiene que limpialte con el coco y despué dejal-lo entre cuatro esquina a la derecha de la salida de tu casa. Lo dejas ahí, y te vas sin mirar atrás. Bueno, pero para qué. Para quitalte lo malo, lo feo, que se vaya la mardá. Ajá, entendí. El ritual acabó siendo más complicado de lo que parecía al principio, pero accedí. El baño con las flores, y las velas, y la oración a Yemayáh. Y así continuó durante un largo rato, que si yuyú, y yeyé, y me sometí pacientemente, a pesar de que tenía una fiebre que iba en aumento. Cuando acabé ya era de noche, salí tiritando de frío, escoltado por Antonio, Xabi y la Tatinga con el coco metido en una bolsa. La Tatinga, no sé cómo, tan buena ella me trajo todos los materiales, incluso encontró un coco un 25 de diciembre en Madrid, y no me dejó poner dinero. Fuimos a la esquina que acabó siendo la calle de Isaac Peral al otro lado del Corte Inglés de Argüelles. Puse el coco y me di la vuelta, temblaba, el frío me cortaba las mejillas. Pero la Tatinga, el cubano y Xabi, se quedaron viendo cómo empezaba a rodar cuesta abajo. Esto no me gusta, dijo Xabi. Sí, parece malo, comentó la Tatinga mientras veían cómo el coco rodaba cuesta abajo, en línea recta ganando en velocidad. A la altura de Pintor Rosales, varias calles más abajo, al final de Isaac Peral, giraba un coche de policía que se encontró de frente con un proyectil disparado desde las alturas del Caribe, que tras un empellón había ido a estrellarse no se sabe cómo, al parabrisas de la radio patrulla. ¡Coño! Dijo el chofer, al ver sorprendido cómo una fruta ahuesada destrozaba el parabrisas. Su compañero, sin embargo, vio cuatro figuras en la mitad de la calle en lo alto. Y poniendo la sirena salieron en su busca. La Tatinga fue la primera en gritar. ¡Ay Dios mío que viene la policía! y salió corriendo junto al cubano, pero yo estaba febril y apenas podía con mi alma. Así que Xabi decidió quedarse conmigo, yo no podía correr. Los policías nos dieron alcance rápidamente y nos detuvieron. Empecé a toser, sintiéndome muy mal, mientras Xabi me sujetaba por el brazo bueno. ¡Alto! dijo el agente. Se bajaron del coche patrulla, nos pidieron la identificación y nos registraron. Preguntaron qué hacíamos ahí, y por qué habíamos lanzado aquel coco. Xabi le explicó que se trataba de un asunto del más allá, que yo había sufrido un accidente, y que ayer había descubierto que mi novia era una puta. A lo que el policía siguió: Y yo estoy descubriendo que además este americano tiene el visado caducado y debe acompañarnos. Es el fin, pensé. Pero Xabi reaccionó para sorpresa de todos. ¡¿Cómo osan perseguir a mi amigo?! Él es sólo un joven que se busca la vida... ¡Llevadme a mí, que soy un extranjero en esta tierra! Pero si aquí dice que usted es de la Rioja alavesa. Por eso, ¡soy del País Vasco! Y vive Dios que no descansaré un segundo en perseguiros si no dejáis a mi amigo en paz. ¿Qué? preguntó el agente. Este hombre está loco. Mientras, el otro agente daba parte de lo ocurrido por radio... Xabi ya había perdido sus argumentos y pasó a rogar. ¡Hombre! ¿cómo se van a llevar al chaval? Si no ha hecho nada, además tiene fiebre y hay que llevarlo a su casa. Yo no dije nada. Desde la noche anterior no era dueño de mi vida. Está bien, está bien, dijo el poli bueno. Mira, los voy a dejar ir, porque es navidad y sobre todo para que no piensen que los policías somos unos cabrones, ¿vale? Vale, dijo Xabi rendido, gracias de todas maneras. Feliz navidad dijo el poli malo, ya te veré por ahí, dijo señalándome. Se subieron al coche patrulla con el parabrisas volado y se marcharon despacio. Empecé a sentirme mareado, le pedí a Xabi que me acompañara a casa, y me llevó sujetándome por el brazo bueno. La Tatinga y el cubano nos esperaban más adelante. El cubano entendió que el osogbo remitía porque no me llevaron preso. Paramos en una farmacia y me dieron algo para la fiebre. Seguimos hasta mi casa. La Tatinga me arropó y me dejaron durmiendo.

 

III

Hacia las once de la noche desperté adolorido, pero ya no tenía fiebre. Estaba calentándose agua en la cocina, y alguien se duchaba. Pensé que era uno de los muchachos, pero quien salió del baño fue Elena. ¿Vienes a matarme? Pregunté totalmente en serio. Mire, usté tómese este caldito que le doy y luego hablamos. Anoche vine pero no me dejó entrar... bueno, no me conteste si no quiere. Los muchachos me dejaron cuidarle, porque yo se lo pedí. Pasó un largo rato de silencio, me bebí el caldito que resultó ser un vil brebaje. Además cocina como una bruja, pensé malignamente. Elena planchó la ropa, ordenó el microapartamento, me untó el pecho con un mentol horrendo que según ella le había dado su madre, yo no podía hablar. No me salía, estaba ahí indefenso, con un brazo roto, humillado. Sentía que debía buscar la sombra fresca para morir, como hacen los gallos de pelea cuando pierden. Al verla, veía también al semental del shoucito. La cosa es que yo no me había peleado con nadie, ni había hecho nada malo, y cuando empezaba a compadecerme de mí mismo, la vi, quiero decir que realmente la vi como era. Sin la cara pintada como un payaso, ni esa ropa absurda de puta barata, nunca mejor dicho, que usaba. La vi mirándome a la espera de algún gesto mío, que yo no le daba por rabia, y por dolor. Empezó a contarme que ella se había escapado de Bucaramanga para siempre, que su padre abusaba de ella, y que el primer trabajo que tuvo fue ejerciendo la prostitución. Que su nombre verdadero era Eulalia. La reacción que vio en mi rostro fue a peor. ¿Eulalia? Pensé. ¿Pero quién es esta señora? Ella hablaba interpretando mis gestos. ¿Qué esperaba querido?, ¿ah? ¿usté cree que voy a trabajar en ese sitio con mi verdadero nombre? Es demasiado bonito para esta profesión. Se enfadó. Si no quería su amor sucio, pues que me buscara a una monja. Yo me preguntaba si no había un término medio. Su mayor deseo era ser una buena profesional mientras durara. Una profesional, dijo, y ahorrar para comprarse una casita allá en Colombia, montarse un negocio y no dejarse tocar nunca más por un hombre al que ella no quisiera. Seguí en silencio. Bueno, veo que no quiere hablarme, pero mire papito, ¿sabe una cosa? Yo lo quiero, lo quiero mucho y me duele aquí dentro quererlo, porque yo no había querido nunca a los hombres, y no quería que usté supiera quién soy yo. Desprécieme si quiere, pero yo le quiero, le quiero mucho y siempre lo querré. Las telenovelas, claro, pensé... Pero no, me hablaba en serio, y mientras me rondaba por la cabeza aquello de “la bien pagá” y “el puñao e’parné”, dijo que yo era el único en muchos años que no le pagaba. De pronto empezó a llorar, y me dijo furiosa ¡mire, pégueme si quiere! ¡merezco que me castigue! Pégueme, pégueme, haga algo, diga algo, por favor papito no sea malo, contésteme, y se derrumbó llorando. Pero seguí sumido en un silencio rencoroso. Ella se dio por vencida. Me preguntó si podía acostarse a mi lado, y como no dije nada se acostó. Se quitó toda la ropa y me abrazó suavemente por detrás. Mire, aunque no me hable más, yo seguiré viniendo y cuidándolo. No se preocupe que no le va a faltar nada. Me vi pasando de desempleado herido a chulo converso, pero seguí callado. Me volteé y me quedé contemplándola, ella me miró y trató de besarme pero en eso me dio un acceso de tos y la eché para atrás. Era realmente bella. ¿Bueno, me dice algo? Miraba buscando alguna señal en mi rostro. Mire, yo nunca le había rogado a un hombre, pero por favor, contésteme. Seguí mirándola y dije: Apaga la luz. Se levantó enfadada y dejó el cuartucho a oscuras, volvió a meterse en la cama y me abrazó fuerte, y en medio de la oscuridad dijo: Feliz Navidad. Yo le agarré la mano y contesté... ¡Hay que joderse!