—¿Qué lees?
—Algo de astronomía.
—Que no es lo mismo que de astrología.
—Ya.
—Un amplio tema.
—Si quieres te lo desmenuzo: dentro de la
astronomía, me apasiona la cosmología.
—Que no es lo mismo que la cosmetología.
—Bueno, sea bienvenido cualquier truco que me haga
ver más joven.
—¿Vanidosa?
—Que no es lo mismo que venenosa.
¡Cuánta conversación sin sentido! No hay orden ni
concierto desde que la condenada física cuántica introdujo el azar en el
universo.
Sofía Caldazo sube pesadamente las escaleras del
metro. Era un día terrible de verano, de esos de sauna colectiva, y el tren
acababa de pasar. Diez minutos son muchos minutos para esperar al sol. ¡Qué
mierda!
Me pesa la cabeza, me sudan las manos, me da vueltas
el planeta...
En el suelo, por una esquina del andén, asoma la
mitad de una melena de color indefinible, una pierna larga y pálida, una mano
de uñas moradas y un pendiente engarzado al dedo índice. Las sirenas de la
ambulancia se acercan, ¿o se alejan?, es difícil discernir. Un tropel de pasos
apresurados anuncian la presencia de los paramédicos. Uno de ellos levanta con
cuidado las uñas moradas mientras sus compañeros terminan de subir el equipo
al andén.
—Un bajón de presión.
—Con este calor no es para menos.
—¡40 grados y 90% de humedad!
—Es inhumano. En Marte se viviría mejor.
—O en Venus, el planeta del amor.
Es el cuarto desmayo en un mes. A uno por semana,
¡no está mal! Tendré que cambiar de dimensión, encontrar un wormhole
que me transporte en el tiempo al centro de ese agujero negro donde fallan las
leyes de física; más allá del entendimiento.
—No, no tengo credos. Bueno... sí, tengo uno: el
credo del PC.
—¿Partido Comunista?
—No, Partido Caldazo.
—Ingenioso.
—¿El credo o la idea?
—Ambos.
—O sea, que no tomas partido.
¡Cuánta idiotez! No sé si ellos o yo. Quizás
todos y todo. Entropía, desorden, caos, y al final, la esperanza de encontrar,
a través de un minúsculo agujero, el pasadizo al más allá.
A las 5:15 pm Sofía se mete en el tren que la
llevará a su casa. En la esquina izquierda del vagón distingue unos zapatos
atados con cordones multicolores al filo de un pantalón que lentamente sube, se
ensancha, desaparece a la altura de la rodilla, marca un bulto: el bolsillo, y
se funde en un cinturón negro. ¡Qué poco original!
Se adormece con el traqueteo del tren para
despertarse justo un minuto antes de llegar a su estación. La fuerza de la
costumbre. Los zapatos de cordones arco iris se tensan, su usuario se incorpora,
el filo del pantalón se endereza y sube, sube... La camisa de algodón azul
cielo se desarruga y, como por arte de magia, surgen de las mangas largas unas
manos de pianista que se izan al barrote de la puerta de salida. ¿O es el
barrote que se agarra a las manos? Las formas se confunden. Es el tiempo que
encerramos, denominamos, enlazamos y definimos, o quizás algo más prosaico
como el maldito calor que derrite todo lo que toca. En el infierno se estaría
mejor.
Puede haber sido el reflejo de la camisa, pero
hubiera jurado que un par de ojos azules desvanecieron de un ataque fulminante
la puerta del tren. Entra una bocanada de aire hirviendo y el azul se desintegra
en gris, el filo del pantalón se esfuma y los zapatos se difuminan en el
pavimento. ¡Vaya manera de perder las formas!
Sofía Caldazo baja lentamente las escaleras. Unos
cuantos pasos más y está en el portal de su casa. Mete la llave en la
cerradura y abre la puerta de su pequeño apartamento, prisión y libertad; hay
espacios en los que lo uno es lo otro y lo otro es lo uno. Se dirige al baño,
abre el grifo del agua fría. ¡Qué calor! Parsimoniosamente se lava la cara y
con un algodón untado en crema desmaquilladora se saca la máscara y, al verse
libres, un par de ojos color acero lloran.
—¿Qué quieres?
—Ser en tu vida algo más que una coma.
—¿Cómo qué?
—Un signo de exclamación.
—¿De exclamación o de admiración?
—¿No es acaso lo mismo?
—No lo sé. Nunca me acuerdo del nombre de esos
palitos.
—Bueno, una exclamación denota admiración, ¿no?
—O dolor, o alegría, o asombro. Pero siento
decirte que no hay espacio en mi diminuto escenario para tanto drama.
Al levantar la cabeza de la almohada, con los
primeros rayos del sol abrasador, divisa en la esquina izquierda de la mesa de
noche el cinturón negro. En el suelo descansan los zapatos de cordones
multicolores. Casi con miedo gira la cabeza en dirección de la otra almohada.
Allí están los ojos grises, ¿o azules?, que la miran sin tomar partido.
Se levanta precipitadamente, se mete en el baño y
se lava la cara con agua fría. ¡Dios mío! Este maldito calor me va a
enloquecer. Una sensación de miedo, curiosidad y zozobra la embarga. Regresa
lentamente a la habitación. Allí, en la almohada, siguen los ojos grises, o
azules. ¿Quién coño puede distinguir colores a tan poca distancia?
—Buenos días.
—¿Sí? ¿Dormiste bien?
—Estupendamente.
—¿Quieres un café?
—No. Acuéstate un rato aquí a mi lado y
descansa.
—Eso ya lo hice anoche, ¿no?
—Bueno, no exactamente.
—Voy a hacerme un café.
Apoyada sobre el molinillo piensa. ¿Dónde tengo la
mente? ¡Haz memoria, por Dios! ¿Cómo ha podido colárseme alguien en casa?
¿Cuándo? ¿De qué manera?
—Es inhumano. En Marte se viviría mejor.
—O en Venus, el planeta del amor.
Sofía abre los ojos. El hombre del buzo amarillo le
pregunta cómo se siente. Ella le da las gracias y se levanta. Él insiste en
llevarla al hospital para unas pruebas, unos análisis, quizás unas
radiografías. No es necesario, ya está bien. Además, ¿desde cuándo es el
calor una enfermedad? Fue un simple bajón de presión. Se hará un café bien
cargado cuando llegue a casa.
Entra en casa, se enjuga la cara con agua fría y se
dirige a la cocina. Pone un puñado de granos de café en el molinillo y se
apoya en él. El ruido ensordecedor le devuelve, poco a poco, la lucidez. Carga
la cafetera y espera. El primer chorrito negro le huele a realidad.
Se hace un cortado y se dirige a su escritorio,
donde se queda ensimismada delante de la lucecita roja, que no parpadea, de la
contestadora. Enciende la computadora, se conecta a la Internet y mira su
inexistente correo.
Hace tres días que amaneció junto a un par de ojos
grises, o quizás azules; todo es cuestión de matices. El mismo par que un día
conoció en el tren, la tarde en la que se perdieron las formas.
¿A qué esperamos? ¡Yo que sé! A que nos digan lo
que queremos oír: que somos importantes, que hay sentimientos detrás del
deseo, que las manos que se nos agarran, como a los barrotes del tren, no nos
van a dejar ir. Pero sólo se escucha silencio, y el silencio sabe a soledad, y
la libertad de la soledad nos aterra. Hace tres días...
—Te llamaré.
—Fumando espero.
Sofía Caldazo sube pesadamente las escaleras del
metro. Era un día terrible de verano, de esos de sauna colectiva, pero el tren
se divisaba ya en la estación anterior. ¡Vaya, hoy estoy de suerte! En un
minuto estaré bajo el aire acondicionado del vagón número 7. Suena el
celular.
—Hola, corazón.
—Hola, cielo. ¿Dónde estás?
—Subiendo al coche. ¿Sabes? Voy a salir temprano
hoy. De algo me sirvió todo lo que adelanté en el fin de semana.
—¡Qué bien!
—He pensado en que podríamos tener una cenita en
condiciones: vino, flores, música y...
—¡Sexo!
—Postre.
—Mmm.
—¿Qué dices? ¿Me cedes la cocina?
—Sólo si pasas la noche.
—Y la vida.
—Hmm... eso me temo que no será posible.
—¿Cómo?
—Soy claustrofóbica.