Para Karely G.
“...Aunque el mundo ya es viejo la envidia
tiene hijos, criaturas mediocres
que escriben muy triste y cobran muy triste
y escupen muy tristes columnas de hiel”.
José Cruz (Real de Catorce)
Estas ahí sentado en el café estilo italiano,
viendo el desquiciado tictac que se fuga en el oscuro lado del silencio, se
pierde, muere, resuena otra vez; miras tu vida escaparse en el drenaje del
tiempo.
Estas ahí, en un café, inventando tu mundo, tu
vida, tu inexistencia, los murmullos, las miradas obscenas. Esperas aquel
fantasma que sabes no va a venir; en silencio ves en derredor, la gente corre,
huye de la lluvia ruidosa que cae del cielo, le tiene miedo, el agua se estrella
en el piso y huye temerosa también de la gente. Quisieras con el agua huir del
mundo, perderte, olvidar los extraños recuerdos que no llegan, que vienen y
van, se oscurecen...
Piensas en ella, la imaginas ahí, no sabes cómo,
pero ahí sentada, como un gran imposible, clavándote la mirada con sus enormes
ojos verdes, ella es bonita, quizá mucho más bonita de lo que imaginas, su
belleza te espanta, no sabes si existe, no sabes si aquella cita en el café es
real, qué tal si sólo la soñaste, quizá sólo imaginas recibir notas con un te
quiero o un te extraño corazón, eso es, sólo debiste soñarlo,
nada de eso fue real.
Dejas un instante tus pensamientos para alzar la
cabeza, miras tu reloj, buscas entre la gente, son las cinco y treinta minutos
de la tarde, en el sueño o en la realidad, la cita era hace media hora. Tomas
un sorbo del café que desde hace rato te trajo la mesera, aún debe estar
caliente, bebes, quieres hallar en él el calor que no has encontrado en tu
vida, te quema la lengua, te rechaza como ha hecho toda la gente, como lo ha
hecho tu padre, como lo han venido haciendo desde que te enamoraste la primera
vez de aquella niña linda en sexto de primaria, te rechaza el café como te
rechazas tú mismo en el espejo; te quema, es un café prohibido para ti, como
lo son todas las mujeres del mundo, pasas el café, tu alma sigue fría, nada la
calentará jamás, jamás, nunca jamás, como decían los cuentos que de niño
te contaba tu mamá, nunca jamás...
Vuelves a tu reloj, después de recordar cosas, son
cinco treinta y ocho, bebes un segundo sorbo de tu taza oscura, tu boca queda
amarga, como lo ha sido tu vida desde que murió Marisol, el café lo prefieres
amargo, siempre es mejor sin azúcar, la vida se disfruta mejor sin azúcar, sin
miel; amarga.
Dejas tu taza en la redonda mesita, juegas con la
cuchara, volteas, buscas tu historia, aquella “joven linda de falda gris nube”,
te buscas y no miras cómo te sumerges al oscuro lado terrenal de la locura. Ves
las mesas, las sillas, todo es tan pequeño, tan simple, tan extraño, no hay
nada. La mente comienza a jugarte bromas, ya no sabes si de verdad estas ahí, o
es que estás soñando, quizá es que eres el personaje de algún escritor o
sólo piensas que es real lo que no, y estás en tu casa, disfrutando de un buen
churrito de marihuana, o sólo durmiendo. Ves historias de gente sentada, sabes
lo que piensan, lo que quieren, como si de momento una especie de energía
paranormal se apoderara de ti.
Primero a tu lado derecho una mesa, dos sillas, en
la mesa un servilletero, un cenicero, una taza de café express, y en una de las
sillas una mujer de unos treinta y cinco años, de lentes, con falda larga y
blusa escotada, se mira al espejo salido de una ridícula bolsa de mano, retoca
su maquillaje, se contempla, se sabe bonita. Mira al mesero que pasa en ese
momento, lo ve con lujuria, sus ojos dejan ver fantasías eróticas,
disimuladamente acaricia sus piernas, la sensualidad brota de su piel; imagina
que aquel mesero la seduce, mira el gafete, su nombre es Juan, pero ella lo
piensa desnudo y se llama Arnold, ese nombre la excita más.
El mesero, de escasos veinte años, no sabe, ni
siquiera imagina que aquella clienta lo viole mentalmente. Él se acerca, le
sonríe, la mira con disimulo obsceno, ambos se coquetean y ella pinta en una
servilleta con lápiz labial su numero telefónico que deja junto con la
propina. Él termina su turno de trabajo y le llama, se citan, salen, van al
hotel, ella hace realidad sus fantasías más sucias con Arnold, que en realidad
se llama Juan, y él goza porque podrá poner, en su grande lista de amoríos,
una aventura más.
Diriges tu mirada a otro lado, ves otra mesa, otras
sillas, otra historia. Ahí hay dos mujeres que hablan. Una es pequeña de
estatura, gorda, de lentes grandes, gruesos y además es muy fea; grita
angustiada su pena, pretende que cayendo sobre los oídos de otros sea más
ligera. Su esposo la abandonó por otra; su amiga se desespera, ya no la
soporta, ella es bonita, muy bonita y está enamorada del médico que hace
tiempo se casó con una tipa fea, gorda y de lentes grandes porque en una
fiesta, ya borracho, abusó de ella y quedó embarazada. Sus moralistas padres
lo obligaron a casarse con ella. La chica desesperada y enamorada es alta,
morena, de ojos pequeños, senos pequeños, tiene cara dulce y su voz es tierna,
no se remuerde por haber aceptado a un hombre casado, su alma está podrida.
Volteas, miras para otro lado, otra mesa, café,
otras dos sillas, en una de ellas un sujeto alto, moreno, tiene mirada triste,
aunque sus lentes la oculten, toma de su taza oscura, parece que espera a
alguien mientras la pena le escurre por sus manos. A su lado tiene una libreta
donde parece que cuenta historias, imagina a una mujer que seduce al mesero y se
encuentran por la noche haciendo realidad sus fantasías; cuenta la historia de
una mujer acompañada de su amiga, a quien le cuenta que su guapo marido la
abandonó, mientras ella la escucha impaciente esperando que se calle para irse
a ver a su amante que es el marido de la abandonada.
El tipo espera a alguien que no sabe si existe o no,
por lo que cada instante se levanta, busca, mira su reloj, bebe de su taza,
escribe en su libreta vieja con la pluma fuente azul que tanto quiere un cuento
que al acercarte notas que empieza así: Estás ahí sentado en el café
estilo italiano, viendo el desquiciado tictac que se fuga en el oscuro lado del
silencio, se pierde, muere, resuena otra vez; miras tu vida escaparse en el
drenaje del tiempo...