En días pasados cayó en mis manos la más reciente edición de uno de los libros mejor logrados del poeta Alberto Hernández. Me refiero a Nortes (Nueva York, 2002). Ya con anterioridad lo había leído, a mediados de los noventa, en una edición que publicó Sobrevivientes Asociados (Maracay, 1994). Con la idea de escribir algunas notas me aventuré a leerlo de nuevo, como si nunca hubiera pasado ante mis ojos. Me bañé en otras aguas, en un manantial de imágenes en el que Ligia es una entrega en medio de la noche. El Nortes a quien debo estas líneas tiene la particularidad de que puede ser leído en español y en inglés. Nortes que llega hasta nosotros de la mano de The Latino Press, Latin American Writers Institute, y Eugenio María de Hostos Community College of CUNY.
La obra de Alberto Hernández (Calabozo, 1952) abarca títulos en poesía, narrativa, crónica y ensayo. Acerca de este escritor venezolano ha dicho el poeta Efrén Barazarte: “Su obra muestra la palabra que recorre una significación oscura que llega a la revelación a través de la dispersión de referentes. Allí encontramos la mirada interior sustentada en la tradición de un paisaje íntimo (...). El poeta conjura la palabra desde la palabra”. Ciertamente, aun cuando suene redundante, Alberto Hernández es un poeta de la palabra. Y hay que agregar: de la mujer, que en Nortes se complementa con la noche. Actos de la palabra, de la mujer y la noche signados por un norte imaginario en constante búsqueda.
Los elementos arriba mencionados cubren buena parte de la obra del poeta guariqueño. En el caso que nos ocupa, Nortes, la palabra es un ente de insospechadas máscaras. Sustancia vital e inaprensible que circula por las venas y arterias de su poesía. En ese cuerpo extraño que es el poema, el vocablo cabalga entre el simulacro y la perspicacia. Temiendo ser abordada, la palabra nos pregunta a partir de la palabra. Estos versos no hacen sino subrayar la duda y el asombro allí donde se debate el vocablo: “¿Queda algo / de la sospecha? / ¿Algún rescoldo donde / descansar la palabra? / ¿Queda de ti / algo por sobrevivir?”.
Al interrogarse, la palabra adquiere conciencia de su inexistencia. Y la palabra es Hombre. Por la verdad (es decir, por la palabra) murió Cristo. La palabra, en tanto que es ambigua, es abstracta. De allí que sea lógicamente cierto que toda lectura implica una aventura. Así las cosas, este poemario de Alberto Hernández lleva la aventura y el riesgo a su máxima expresión. Nortes donde la palabra se desdobla como en un juego de espejos. Ojo inquisidor a través del cual el vocablo —como Narciso— desnuda la voz que lo deslumbra. Tal apreciación parece dejarse asomar en el siguiente fragmento: “La palabra adquiere distancia frente a las olas, remata / su sonido con el humo y descubre el espejo. Del cuerpo, / de la primera y última derrota, la noche toma el ronquido / del vocablo, lo silencia aparentemente, lo sumerge en la / cosa”.
Y vale decir que no sólo adquiere distancia frente a las olas (y frente a las anémonas, y los lagos, y las bocas) sino frente a sí misma. Distancia que entraña un acercamiento. Distancia que es Hombre y es Tiempo. Su origen, el de la palabra, remonta el río de la vida hasta más allá del hogar arquetípico donde el primer fuego latió como un dios en la conciencia humana. Herramienta mediante la cual intentamos aprehender el mundo: mera excusa para justificarnos. En tanto que herencia congénita, la palabra —fatum de su existencia— requiere de una constante renovación. Nadie mejor dotado para hacerlo cumplir que el poeta.
No quiero tocar la palabra sin dejar de referirme al lenguaje: tanto el uno como el otro coexisten en una relación de interdependencia. (Me refiero al modo de hablar de la escritura, evidentemente.) En Nortes, entre sombras y tonalidades a media luz, el lenguaje nos habla como en susurros. Coro de embriaguez. Danza sonora. Desde esa voz, metidos en esa voz, el lector de Nortes se impregna de silencios nocturnos, de calles y cuerpos que transpiran intimidad. En este lenguaje donde la ingravidez de la palabra pareciera ser único peso corpóreo, la presencia de la mujer le permite al poema exhalar cierto aroma de extravío mundano.
Así es como, a través de un nombre hecho cuerpo (Ligia), Alberto Hernández inserta un elemento que ha dejado huella en su obra poética: la mujer. En su libro, como había insinuado al principio, este elemento se complementa con el de la noche. Verbigracia: “un cuerpo vuelve a mí desde la noche / huelo su herida (poema Cuarenta). Hálito de seducción que sólo la noche puede ofrecernos. Pues la noche es luna, entrega, fertilidad, carne, misterio, mujer. Momento propicio para el diluvio de los sentidos. Tiempo tridimensional que incita a quedarnos para siempre en el acto del poema: “Mis dedos te pierden / allí en lo oscuro / la cama es el lugar / donde auxilio la sombra / sólo de piel te encuentro”.
Huérfana de sol, la noche encuentra en la mujer fuego, poesía. Morada desde donde el deseo nos mira con los ojos de la luna. Morada sin la cual sería imposible la recreación del mundo. Sólo a través de la mujer podemos comprender a la noche. De otro modo, ¿cómo podríamos saber de la noche sin conocer los ojos de Ligia? ¿Cómo conocer de qué sustancia está hecha la noche sin haber soñado el torso, la sonrisa de Ligia? Pero la mujer es misterio, abismo insondable, acertijo. Su tiempo, como el de la noche, está signado por el ciclo de la luna. Ciclo que impacta sobre la naturaleza de los mares y el raciocinio de los hombres. De estos mismos poderes está revestida la poesía, esencia sin la cual el cosmos carecería del ritmo vital que le es inmanente. Tal es la magnitud de su influjo que aun el más leve impulso de su aliento no pasa desapercibido ante el alma humana. Y nada hay más susceptible que el alma de un poeta.
Cabe pues decir que de la amalgama de todos estos elementos está constituida el alma de Nortes. Verbo. Feminidad. Atracción. Encantamiento de los sentidos. Y es que este libro de mi otrora profesor de lengua y literatura es un universo poético en el que la palabra y la mujer navegan en el esplendoroso mar de la noche. En el mar donde mi amigo Alberto Hernández vierte la sangre de su poesía.