Editorial
Un país de ojeriza

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Vivimos tiempos de ojeriza en Venezuela. La relación del presidente Hugo Chávez Frías con el presidente de Cuba, Fidel Castro, y las constantes boutades de las que son protagonistas el mandatario y sus adversarios políticos, han teñido de desconfianza casi toda actividad que se desarrolle en el país, por grande e ilustre y magnífica que quiera presentarse.

No ha escapado de este estigma el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Aún antes de que se enfriaran los teclados de las agencias de noticias con el nombre de Isaac Rosa, el joven ganador de la 14ª edición, ya el diario El País presentaba en sus páginas el artículo “Réquiem por un galardón”, del crítico literario venezolano Gustavo Guerrero acusando al jurado de haberse parcializado por órdenes de Chávez y Castro.

Guerrero cuestionó en su artículo la composición del jurado, cuyos cinco miembros —Antón Arrufat, Jorge Enrique Adoum, Nelson Osorio, Cósimo Mandrillo y Alberto Rodríguez Carrucci— “constituían así un solo bloque político y representaban la garantía de una adhesión sin reservas a la ideología revolucionaria. Con ellos, castrismo y chavismo colocaban una bandera en el corazón mismo de una institución que había gozado hasta entonces de un margen de libertad envidiable”.

Posteriormente Guerrero informa a sus lectores que “el joven y talentoso Isaac Rosa no ha escatimado esfuerzos para hacer públicas sus simpatías por el régimen castrista” y demerita a El vano ayer al agregar que tiene “casi la íntima convicción de que, detrás de la decisión final, no se oculta ningún intenso debate estético”, centrando su hipótesis en la necesidad del gobierno venezolano de evitar que se repitieran las claras manifestaciones en contra de Chávez que hiciera el anterior ganador del premio, el colombiano Fernando Vallejo.

Rosa ha sabido defenderse en un artículo, también publicado en El País y en el mismo espacio que el artículo de Guerrero, que alude directamente desde su título, “Convicciones íntimas”, a las acusaciones de aquél: “Nadie me ha pedido cuenta de mi ‘afiliación política’ ni de mi opinión sobre Cuba, ni antes ni después de la concesión del premio. Excepto Guerrero, que se ha preguntado por tal afiliación como un elemento que convertiría en sospechoso el fallo”.

En todo caso no habría sido necesaria una respuesta por parte de Rosa, quien ha recibido claros respaldos desde diversas fuentes. Esta semana, Eugenio de Quesada publica su artículo “Un acto de justicia” en el mismo diario El País, donde da su opinión sobre las acusaciones de Guerrero y sobre la obra de Rosa, a quien conoce bien literaria, profesional y personalmente: “El talento es un atributo tan excepcional como escaso. Pero más excepcional aun es que el jurado de un gran premio literario, siempre supeditado a considerandos y componendas, reconozca la obra de un joven escritor sin más valedor que su innegable talento”.

Y también esta semana, en un programa de radio, el escritor venezolano Antonio López Ortega, presidente de la Fundación Bigott, le daba la razón a Guerrero en cuanto a la existencia de dudas razonables en la composición del jurado, pero insistía en que el mismo articulista reconocía la calidad de la obra, breve aún como su vida, de Isaac Rosa.

Rosa alude también a su juventud como una de las causas probables por las que Guerrero arremetió contra él en su artículo. Se tiende a pensar que un hombre de treinta años no está maduro para la gran literatura. ¿Es este el caso? No hay que olvidar que, en la primera lista de clasificados, se incluía el nombre de nuestro Juan Carlos Chirinos, también en los treinta y, al contrario de lo que Guerrero supone tendencia natural del jurado, un escritor que se ha declarado responsablemente contrario al gobierno venezolano.

Dicho todo lo anterior, no parece casualidad que la edad de Isaac Rosa sea la misma que tenía Mario Vargas Llosa cuando, en 1967, obtuvo el premio Rómulo Gallegos: 31 años. Quien habrá de decirnos cuán valiosas serán las letras que produzca Rosa es el tiempo, que por otra parte ya nos ha dicho mucho sobre Vargas Llosa; por el momento, la opinión de quienes lo han leído se inclina a calificarlo positivamente. Y eso, en lo que a nosotros respecta, cuenta más que la ojeriza.