Sala de ensayo
Fotografía: Peter DazeleyEl enigma del velo

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El misterio se insinúa con rostros muy diferentes, misterios no suelen faltar, y su polimorfismo agranda el área de conceptos conocidos deficientemente, o de los que no llegamos a saber casi nada.

Como contraste, asombra la proliferación de presuntuosos develadores de los misterios; o aun peor, de personajes cuya pretensión es la de convertirse en propietarios del misterio, de sus esencias. No se detienen ahí. Arramblan también con las derivaciones o consecuencias del misterio en cuestión, ellos pretenden conocer los recovecos que permanecen ocultos para los demás.

En ocasiones resulta divertido seguir el juego de estas paradojas, podemos detectar grandes campos en los cuales lo conocido escasea, detrás de un descubrimiento se abren incógnitas por todas partes y hasta llegamos a dudar de que exista el conocimiento como tal.

Por eso mismo, tanto descubridor nos hace levantar la ceja, ¿no serán demasiados? Unos nos ponen en contacto con el espíritu y el más allá; otros nos dicen cómo debe ser el más acá; y con este trasiego se nos abren grandes simas repletas de nuevas maestrías, de nuevas posesiones maravillosas... ¡que nunca llegamos a disfrutar de cerca!

Las zonas fronterizas no perderán nunca su poder de fascinación. Es tanta la perentoriedad de los humanos y tanta la curiosidad, que nos atraen con su gran magnetismo. Mas, tienen también su lado anecdótico. En diversos textos se resaltan estos matices.

Una de estas curiosidades me llama la atención cada vez que la leo, se trata de la afirmación de Paul Celan en Conversación en la montaña, acerca de que el judío y la Naturaleza son dos cosas distintas, porque ante el ojo o detrás del ojo del judío cuelga un velo, por eso capta las imágenes con la mediación de un hilo del velo, por lo que para ese judío no puede haber Naturaleza que repose sobre sí misma.

Por lo recogido en esa aseveración, la visión del judío está mediada por ese velo peculiar. En frente situaremos a los que afirmen observar las cosas sin ningún velo. Ya tenemos ahí una primera disyuntiva radical y apasionante. La DISYUNTIVA del VELO presenta los extremos, tengo o no tengo velo; y la otra versión, lo detecto o no. Si suponemos que Celan distinguía la Naturaleza sin velos, no sabremos dilucidar si eso era para mejor o para empeorar las percepciones.

Podemos encontrarnos con aquellos que no pueden llevar ningún velo, porque sean incapaces de tolerarlo o tan siquiera de conocerlo. En esa tesitura no parece envidiable la falta de sensibilidad para detectar un velo útil o bello para discurrir por una vida menesterosa.

En la otra vertiente estarán los velos que tergiversen o impidan las mejores visiones de la realidad, esos que mejor sería no tenerlos delante, naturalmente.

¿Quién tiene la razón? Estamos en otra encrucijada típica de nuestros entramados vitales. No sólo se trata de si hay velo o no, sino que los velos pueden ser de muchos colores, con diversos grados de opacidad. Por lo tanto, casi no hemos salido del punto de partida, muchas incógnitas, muchas fronteras y escasos saberes.

Eso nos lleva a mirar socarronamente a todos los oráculos que pretendan vendernos la solución del enigma. ¿Habrán llegado los nuevos humanos sabios? ¿Serán nuestros vecinos cósmicos con unos saberes insospechados? ¿Se tratará de simples supercherías? Sin llegar a deslindar las aristas más puntiagudas de este asunto, unos y otros me hacen exclamar ¡Ay! ¡Demasiados absolutos!

No se trata de elucubraciones, tampoco son teorías rebuscadas o meros sofismas. Estamos sobre la pista de actitudes cotidianas, unas veces más individualizadas y muchas otras con un cariz colectivo.

Cuando se generan perspectivas de actuación, éstas pueden venir adobadas de un porcentaje enigmático variable. Habrá perspectivas con velo y sin velo. Simple cuestión de ocultamientos o de misterio. No queda escapatoria, hemos de afrontar esa disyuntiva. Es decir, ante qué tipo de desconocimiento estamos, con el velo de la ignorancia, el velo de la tergiversación o el velo de los impostores.

Recientemente falleció Paul Ricoeur, gran estudioso de la parte críptica del conocimiento. “Lo que necesitamos es una interpretación que respete el enigma original de los símbolos. Y eso en la plena responsabilidad de un pensamiento autónomo”. Nos impelía a distinguir entre SÍMBOLO (con luces y zonas entreveradas) y ALEGORÍA (ésta ya ha traducido el misterio, ya nos da los deberes hechos, lo que quiere transmitirnos). Lo fascinante del símbolo es que “da que pensar”, y por ello promueve una responsabilidad, nos exige esa interpretación creadora. De esta manera, con Ricoeur, podemos aproximarnos al comienzo radical de las cosas. Es la senda para vivir cada uno su propia vida, a llevar cada quién sus propios velos.

En estas tesituras de libertades y deliberaciones tan existenciales me viene al majín “el velo de la reina Mab”, a su través nos mostró Rubén Darío la magia de la reina para estimular a los indolentes y desanimados ciudadanos, para impulsarles a ser creativos aprovechando cada uno de ellos sus cualidades. Para lograr una espléndida metamorfosis, aquella que lleve las limitaciones y necesidades a transformarse en acicate de una actitud más meritoria.

Hemos de ser radicales para obtener de los velos la sugestión suficiente, el ánimo y la ilusión necesaria. Como los símbolos, nos abren a la visión personal, a ese comienzo radical de cada persona.

Un poquico de soñar, un poquico de jugar con el velo, con las implicaciones derivadas del momento mágico. Auténtico manantial de sensaciones y de creaciones personales allí donde lleguemos a intervenir.

Placer de buscar, de descubrir entre las vibraciones la consonancia necesaria para adaptar las vivencias más personales. A partir de ahí, la opción elegida nos puede abocar hacia caminos diversos, contradictorios o nefastos.

Placer de bordar en el velo, de incrustar en él las mejores realidades de la vida.

Placer de sumar y no restar, de incrementar el acervo común.

Placer de vivir, simplemente, no delegar esas funciones. Al quedarnos pasivos asumiremos el velo de los demás, los enigmas de los otros. La renuncia elimina la posibilidad de encontrar ese enigma propio capaz de definirnos como personas.

Placer de encontrar algún oasis. Con todos los placeres anteriores, cada uno verá lo que hace, dejarse llevar por una rutina mansa, colaborar en realidades nefastas o conseguir alguno de esos centelleos mágicos para una vida agradable.

Desde la memoria, dado que sólo recordamos determinadas parcelas de lo ocurrido, percibidas de muy variadas maneras y prestando atención a los aspectos particulares de cada persona. Desde la mirada, hacia un futuro impredecible en tantas cuestiones. Las lagunas del conocimiento son permanentes. Los enigmas y los velos acogotan, son tenazmente acuciantes.

Con Platón y recordando a Paul Ricoeur, nos percataremos de intuir las cosas desde la caverna, nos guiaremos de puros indicios. ¿Debemos quedarnos en ese aspecto deficitario? Será más ilusionante mantener una vitalidad plena de perspectivas, vivir esas potencialidades nos abrirá a la participación en la realidad. Colaborar para mejorarla, o no hacerlo, va a ser la decisión crucial.

Por lo tanto, las magias, vitalidades, esperanzas, sueños, no pueden quedarse en emblemas o títulos fijados en los frontispicios. Hay que experimentarlas, y en esas vivencias radicará la cualidad meritoria o la necedad a la que hayamos contribuido. Por fortuna y libertad, o por desgracia e imbecilidad, las posibilidades de actuación oscilan entre esos extremos tan diferentes.

¿Qué haremos con los velos de tantas clases? Unos los eliminan por decreto, en Francia por motivos religiosos, Celan lo hacía apadrinando ausencias de velo, sin necesidad de argumentaciones demasiado sesudas. Con estos ejercicios es posible que incluso se crean con la potencialidad de suprimirlos de hecho.

La fascinación existencial sigue otros impulsos. Sobre todo ese de lanzarse en busca de los destellos mágicos, de reencontrarnos con las semillas de una vida mejor, de comunicarnos con los diferentes, de apasionarnos con estos cometidos.

En vez de la danza del velo, este puede ser el subyugante JUEGO del VELO. En el mejor sentido orteguiano, introducir el talante deportivo para embellecer las actitudes. Pudiera constituirse así un instrumento adecuado de convivencia. Está bien, no podremos vivir sin velos. ¡Hay tantos y tan variados! Pero vamos a contarnos historias de juegos con la suficiente fuerza para enarbolar los velos mágicos, al estilo de la reina Mab, volviendo creativos a los indolentes, buscadores a los endiosados. Que podamos soñar con una especie de empatía universal de la que apenas conseguimos atisbar diminutas gotas.

En la urdimbre social que nos corresponda, las estructuras crujen en cada pálpito; los más rápidos avances tecnológicos al rozarse con las tradiciones rancias; los criterios, enfrentados a su disolución. La efervescencia es ubicua, se multiplican los enigmas. Es la pura ley de la vida, con sus fantásticas posibilidades, si consiguiéramos disfrutarlas.

El enigma de los velos nos abre la puerta a la fascinación por la vida. Se trata de esa posibilidad de colaboración en las aportaciones por una vida mejor.