Salomé
Llevo en la sangre la venganza de Salomé
el deseo inclaudicable de intercambiar
el huésped lujurioso de tu cuerpo
con las cenizas sacrílegas de mi piel.
Todo arde en el éter de estas paredes
en las sandalias de este momento, y es que
estamos tú y yo unidos en esta hora incierta
que me recuerda y eterniza
como la necesidad impostergable
de toda carne.
Aún con los ocasos quebrados y arañados
por la bebida de tu vientre,
te cedo el privilegio de saciar el hambre de tus placeres
sobre el envoltorio de mi esqueleto lleno de laberintos.
Como tú otros han traído fiebres acumuladas,
demonios escondidos,
como tú otros han querido la mordida de mi beso
el castigo, un perdón para entrar en la morada
de mi insaciable lujuria.
Te vistes de ofrendas olvidando las deudas
que tienes con dios,
y me ofreces la humedad de tu piel,
y yo, compasiva, lucho contra tu cuerpo
sin ser tu enemiga.
Vienes a mí como yo voy a los sueños
a ese soñar de la desteñida infancia
por un momento con el escapulario escondido
anhelo ser una mujer pura y casta
pero la imagen del cerebro me abraza
y me lleva al gólgota de mi cautiverio.
Soy la venganza de Salomé
los pecados de Magdala,
soy mujer, una Venus múltiple, una virgen, una Eva
mil mujeres soy, mil hembras, mil demonios,
mil seres encadenados a un solo cuerpo.
Cansancio mujeril
Habitan en la religión de mi piel ateísmos angustiados
de tanto ceremonial impuesto, necesario, superfluo,
mientras la ciudad ofrece ofertas y me tienta con su
consumismo innecesario.
Camino amortajada, oscura, asfixiada, buscando
identidad en este nido lleno de perfumes, panties,
sin saber qué toalla higiénica es más absorbente.
La tiranía del espejo acusa mi gordura
el vello de piernas, axilas, cejas, bigote,
como esclava venero esa cera caliente
que se extiende sobre mi piel y masoquista
amo ese tirón que exilia los pelos traídos
desde el nacimiento.
Lamida por lenguas emancipadoras
contemplo en los vidrios el útero de la noche,
me bautizo en la religión de ser algún día
una excomulgada de la depilación,
del maquillaje y de la maternidad.
A pesar de tanto dolor y sometimiento social
amo los dolores que día a día amanecen en mi piel
los cultivo en el almanaque de mis arrugas
y los leo cuando de mis continentes emergen
sentimientos puros y odios inconfesables.
En medio de la ciudad enfundo la espada y camino
buscando la otra mitad que me silenciaron
y en ese silencio aún no comprendo
por qué Neruda se cansa de ser hombre.
Psicosis
Quisiera arañarlo hasta verlo sangrar
pasearme por sus poros ensangrentados
bebiendo la rojez de sus venas abiertas,
cicatrizando con mis labios la herida
que provocaron mis manos.
Quisiera atarlo, subyugarlo a mis instintos
aleonar la quietud de su gozo
en la lujuria psicótica de los placeres
imaginados por mi memoria.
Le arrancaría con los dientes cada misterio
apuñalaría las raíces de su pasión,
hasta hacerlo gritar, clamar piedad
y un resto de perdón.
Quisiera verlo crucificado en el gólgota
de esta lujuria excomulgada y sin vida eterna
succionar cada trozo de su cuerpo
hasta que anhele la muerte de su violado cuerpo.
Estoy atando sus manos a la marquesa
no sabe que el nudo es ciego y será sometido
a un psicótico deseo.
Instante
Anestesiada por el gólem de mi cerebro
conjugo pasado y futuro en el vértice de esta hora
conjugo un poco de razón, un resto de neurosis
luego de quitarme el disfraz y quedarme desnuda.
Desnuda y perderme en la jauría de un sueño
devorar la muerte en cada amanecer
vivir hoy un poco más que ayer y
sentir que aún tengo infancias en la piel.
Amar el revés de las hojas, el acantilado nocturno
de una noche como ésta
cuando apasionado le quitó una hebra al horizonte
para zurcirme las heridas.
Hay tantos siglos en el dedal de un instante
todas las noches de todos los días son una sola,
en sus ramas trepa el silencio, la entrega clandestina
de los amantes, la primera cuota de la muerte.
En ella habita lo que nunca existió, lo que pude ser
y de pronto viene el día con su náusea bulímica
a borrarnos la noche.
Es entonces cuando me diluyo a media mañana
y me sumerjo en acantilados nocturnos
en el bramido de los sueños para dialogar
con la bestia que llevo dentro.
Una noche
Y se pintó los labios en un acto religioso, para un suicidio falso.
Muerte lujuriosa, placentera. Agonía de besos entre caricias y zigzagueos.
Víbora que afiebra con el veneno de sus colmillos
Masca la avaricia de sus incontrolados deseos y camina por la ciudad buscando dónde menguar el hambre de su cuerpo.
En el bar esparce sobre sus labios el trago maquiavélico y el arpa de Dios comienza a tocar la melodía olvidada de Mozart. Pastoril embrujado que llama a los excomulgados a ser cómplices de noches alquiladas donde saciar el deseo carnal.
Ahí están. Ella sin máscara en los labios, entrega otra de sus noches, al sarcasmo libidinoso de un extraño. En sus pezones atesora las ruinas del mundo, el génesis, el Apocalipsis veneran su carne esculpida en sal.
Ahí están los desconocidos cuerpos mezclándose entre zigzagueos, sin promesas, sin eternidad que cuidar. Lujurioso romano sin César. Libidinosa egipcia sin Dios, carne exterminadora, ansiosa, disoluta.
Carne unida al consuelo de un dios fortuito, de un dios casual.
Muerde cada respiro, extermina cualquier perdón. Amazona que busca libertad en el esclavo. Guerrera nocturna. Gladiadora romana. Necesidad justa de piel contra piel, labio contra labio, pelos entrelazados que se castigan sin hacerse daño.
Se acarician los muslos, entre besos, entre mordeduras. Besos abiertos que gimen en la antesala del placer. De tanto gemido y por tanto roce, un oleaje salado guillotina la humedad fundida en las entrepiernas, que saturadas nada desean, nada esperan.
Atenuada el hambre del cuerpo, se viste perezosa. Complacida me miro en el espejo y me pinto los labios para esconder otra noche. Noches que no me hacen daño.
Extraños
Bajo el ecuador de esta noche, sobre los ruidos de la ciudad
Acaricio los bramidos de esta desnudez prehistórica.
Dolorosamente placentera siento los inciensos de tu cuerpo
Sumergirse en la ciudad de mi universo.
Por hoy la ideología de un hombre honesto
se duerme bajo los insultos eróticos de tu lengua.
Estamos desnudos, desprovistos de cualquier moralidad,
arañándonos la carne, mordiendo toda sospecha carnal
de nuestros instintos.
Te sumerges en mi vientre para olvidar tu tristeza
en mi cuerpo no está el consuelo de tu vida
tan sólo hay cierta anestesia decapitada
que te adormece para este momento.
Los suspiros arden bajo el vendaval de este cielo
promiscuos, nos hemos ido goteando placeres,
hemos rebanado un arco iris en la esquina de los poros.
Acaricias mis costados y Cristo gime por su costilla rota
la voz de la carne silencia después del último gemido
todo lo hemos escrito en las páginas de nuestra piel.
Nada complace más, nada duele más
que sabernos dos almas desconocidas
con la misma hambre en el cuerpo
Dos seres prendidos a la pasión de una noche
que no olvidó ser verso.
Miedos
No hay más voces que tus voces,
no hay tormento más eterno
que el tormento surgido
desde la ausencia de tus besos.
Dame en esta noche una hermosa mañana
deja reconocerme en tu piel
antes que las galeras infinitas
recojan las vísceras de mi esqueleto.
Estoy aquí, actuando, como actor suicida
creo que seguiré actuando entre vosotros
como vosotros y para vosotros.
A veces un camino extraviado me reconoce
y me quedo sin país, sin ciudad, sin exilio,
y me confundo entre el anatema de querer ser
y la nada que me sustenta.
Y de pronto me reconozco en el acuario de tus ojos
ahí contemplo mi propia imagen y veo
cuántas mujeres he sido, cuantas mujeres dejé de ser.
Soy como un ángel caído, sin tierra, sin eternidad,
sin muerte, sin haber nacido, a la espera que la vida
me reconozca en su cordura o en su delirio.
Agonizo en el medio día de mañana
el cerebro se confunde en la bahía del misterio
agoniza y antes de morir me llega tu voz.
Ven, y concédele a mi piel el placer
de confesarse en tu carne
deja que guarde en mis labios la voz de tus besos.
deja que tu cuerpo penetre mi cuerpo.
Que necesito razones para olvidar quién soy
qué seré cuando muera
sumérgete en mí, déjame sentir que en tu carne
existe la morfina que enciende mi delirio.
Sombras
Las sombras acusan el regreso de la noche
queda estampado en el ocaso
una necesidad urgente de soñar.
De soñar sueños donde el delirio de Dios no duela
donde no aflija el sinónimo de la vida.
Dame de tus momentos, un momento,
un solo instante para acudir a tu boca
y no sentir la letanía de este cansancio.
Camino sobre escenarios solitarios,
desnudos de sonrisas, de aplausos
camino como ayer buscando armonía
para esta angustiada realidad.
Dame de tu voz el tiempo preciso
para reconocerme en tus labios
estampar esta imagen inconclusa
en el abecedario de tu mirada.
Ven, teje sobre mi piel la bendita inocencia
de ser hombre bondadoso
teje sobre mi cuerpo la maldición placentera
de ser hombre cruel.
Pronto cerraré la puerta que abrí al nacer
pronto volveré al otro origen solitario.
Sombras diluidas acusan el arribo del amanecer
me tiendes una sonrisa, me besas y te amo.
Te amo sin pasado, sin dioses que bendigan
o maldigan nuestra unión.
Te amo inacabada, sin muertes, sin nacimiento,
te amo porque tu boca me sosiega la razón
y perdona mis pecados.
Lo que quieras
Depositada en el inventario de esta noche
aúllo insostenible por tener el derroche de tu piel
sobre esta descamada carne.
Te arrimas despacio al tótem de mi cintura
que semidesnuda habla el lenguaje que quieras.
Sumidos entre alcohol y cigarro dibujas con tus labios
la imagen de mi cuerpo y te entrego el afán lujurioso
de todas las bestias que me habitan.
Cruzo la noche de hoy y olvido la senectud de Dios.
En la antesala nocturna sangra mi estirpe,
por esta bendita herejía de entregar mi carne pública
al polen libidinoso de nuestros desconocidos cuerpos.
Reconoces en mi piel el escenario de tus fantasías
y pagas por ver el acto de la virgen humillada
gracias a mis sarcásticos instintos.
El escándalo de mi piel ha hablado en tu lengua
más tarde vendrá otro a soñar tus mismos sueños
sobre el placer condenado de mis cenizas arcaicas.