Letras
Dos cuentos

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

(sin título)

Mechar la carne con pedacitos bien provistos de anchoas. Salpimentar a gusto. Poner en una tinaja cincuenta gramos de manteca fresca y una cebolla. La cebolla debe cortarse con esfuerzo, pero sin fruición. En tajadas finas, todo sin llanto. Cocinar la carne sobre fuego moderado y evitar irrumpir en desaconsejable impaciencia. Tratar de alejar la carne del fuego antes de que se torne trasparente, o se extinga en el vapor del tormento. Agregar al preparado un sorbo de aceite y la cebolla. Calmarse. Si aún queda leche en la heladera, hervir medio litro sin temor a los accidentes —las mujeres tenemos ojos de vigía. Mezclarla con un vaso de jerez —pueden ser dos vasos o tres, según la necesidad de olvidar triunfos o de sustituir fracasos. Colocar todo otra vez sobre fuego moderado y dar vuelta la carne de tanto en tanto. Cuando se la presienta tierna, retirarla y arrojarla a una fuente como si se tratara del propio cuerpo que clama por un descanso después del ajetreo en un gimnasio. Mantener la carne caliente e incorporar al jugo de la tinaja —antes pasada por tamiz, sin prejuicio— una tacita de harina y algo más de manteca —si queda coraje— siempre revolviendo con cuchara de madera, para evitar la formación desagradable de grumos. Cocinar sobre fuego, esta vez bajo. Hacerlo hasta que la salsa espese y se torne untuosa. Sazonarla y sumarle la yema de un huevo, batida a discreción. Colocar la salsa en alguna salsera y bañar la carne. Acompañar con vino tinto y, si la ocasión es propicia, dejar servido el peceto sobre la mesa, aferrarse al sentido común, quitarse la blusa, arrojar lejos la falda y entregársele a él aproximadamente todas las veces que se pueda, para evitar que las mutuas salsas del matrimonio se marchiten.

 

El canje

Rosaura me dice, irritada, que sale con Guillermina. Mi hija vomita nubarrones cada vez que algo le molesta.

—Está bien —le digo— las espero, no muy tarde.

—Tus controles, a otra parte —contesta Rosaura— pasado mañana me iré a vivir sola, espabílate, vieja —y da un portazo de esos que oigo desde que cumplió sus desdichados quince años.

Cuando yo cumplí mis quince, mi madre estaba ocupada en sus té-canasta; mis hermanos, con los caballos, y mi padre se desvivía de trabajar por el alimento, que incluía los chocolates diarios de Lion D’Or para la abuela y las escapadas estivales de toda la familia a Mar del Plata. Salíamos impecables en las fotografías sociales.

De niña, yo no toleraba ni a Chaplin: sus piruetas y sus ojos inmensamente tristes me hacían llorar. Tampoco, el teatro: bastaba que se apagaran las luces para que empezara a dolerme el estómago. Mi hija se lleva bien con la oscuridad.

Ruido de puerta que se cierra a golpe seco y sonido de ascensor que baja: Guillermina y mi hija deben estar saliendo. Si le preguntaran a Rosaura cómo han sido sus padres con ella, no dudaría en contestar: —Dos tarados, me arruinaron la vida —Ahora, por fin, en su apartamento, hará lo que le plazca.

Tengo sed de vino. Descorcho y saboreo una copa, aunque no puedo dejar de pensar en las amigas de Rosaura. De todas, Guillermina es la que menos se le parece, no es una chica à la page. Alta y de mirada distante, muchos se la imaginan inalcanzable, país de hielo. En realidad es cálida como el trópico, pero no tiene suerte: cada vez que emprende un proyecto, éste se desvanece. Como me sucede a mí, que he invertido miles de horas para que mi hija perdone lo que no sé si hice.

El cuerpo de Guillermina la vela como un ángel de la guarda, hasta que cede y ella termina en algún quirófano. Igual a mí: aguanto todo lo que puedo; por fin, mi cuerpo avisa y a cirugía.

Rosaura está llena de certezas; Guillermina y yo, balbuceamos en la niebla. Mi hija es fuerte y, cuando opina, expele huracanes de su boca. A nosotras, los problemas nos silencian. La única furia que conocemos es la que descargamos en los sanatorios.

También están Florencia, María Luisa y Jobelina. María Luisa se acaba de casar y trabaja con el marido. Jobelina da clases en un colegio inglés, y Florencia todavía cursa medicina. Las vi crecer a todas.

Mi esposo murió hace unos años y yo, sola, sostengo esto como debo. Sí, debo aguantar los berrinches de Rosaura, soy madre de tiempo completo. No todas las mujeres pueden decir lo mismo; tienen que trabajar de domésticas, o escuchar pavadas todo el día para recibir sus pagas a fin de mes; atender enfermos en La Quiaca, curar heridas con poca gasa, o defender menores en la oficina de Pobres y Ausentes. Otras, son prostitutas, o soportan maridos que durante noches enteras salen de caza y vuelven exhaustos como si nada. Hay mujeres a las que se les mira con desprecio por haber descubierto alguna teoría nueva. Ninguna de ellas puede dedicar todo su tiempo a sus hijos.

Mi esposo fue el primer y último hombre que conocí. Juan me enseñó a robarle sus besos a la noche, y sus dedos permanecen impresos en el contorno de mi boca. Rosaura se moría de vergüenza de nosotros. —En el colegio, se burlan, mami —comentaba, apesadumbrada— y... a ellos no les gusta cuando el “Día de la Familia” lo miras a papá todo el tiempo y le sonríes, y cuentan chistes y están contentos, porque me dicen que el colegio les reúne para eso del matrimonio y los hijos, y que vosotros sois como novios.

No pudimos tener más hijos. Le habríamos bajado la luna a Rosaura cuando nació. No lo hicimos, y ella nunca entendió por qué. A lo mejor nosotros tuvimos la culpa: nos veía siempre dispuestos. Como el soldado en la trinchera: “Ahí va, mi capitán, para lo que usted mande”. La luna quedó donde está, y, aunque con nosotros y sus abuelos, Rosaura escalaba montañas, nunca se sintió satisfecha.

No dejamos que nuestra hija fantaseara con Juancito, un hermano que se inventaba cuando las burlas escolares llegaban al límite. Quizá ser hija única fue esa ruptura que ocurre en toda infancia, a partir de la cual ya no volvemos a ser los mismos. ¡Y mi útero le había provocado ese dolor sin remedio a Rosaura!

La madre de Guillermina fue la pionera en diagnosticar mi enfermedad. Recuerdo ese día, y reproduzco una imagen de algunas mujeres musulmanas que, con higos y dátiles, acuden a las tumbas de sus difuntos y se quedan rezando con ellos hasta que se pone el sol, y los pájaros (o los difuntos), consumen los frutos hasta no dejar huella.

Matilde y yo nos hicimos amigas enseguida, aunque había algo de ella que no alcanzaba a descifrar: nunca iba a los actos de la escuela, y todo lo que hacía por Guillermina parecía diseñado. Nada la sacaba de quicio. Nunca alzaba la voz, pero con firmeza, proclamaba el afecto por su hija. No he entendido jamás esta forma de querer, reducida a gesto y palabras. Quizá la profesión le ocupaba tantas horas a Matilde, que continuaba con el delantal puesto hasta en su casa.

 

Oigo sonido de voces, la llave que cliquea, y ahí están mi hija y su amiga de regreso. El peinado irregular y los vestidos sin tabla dejaron la huella del baile o de algunas copas.

—¿Cómo os fue? —no tengo curiosidad por los detalles, sí por saber que les trataron bien.

—Y ¿cómo nos va a ir? —contesta Guillermina—. Los tipos son idiotas. O son inteligentes y hay que huir despavoridas, no vaya a ser que te consuman de un saque, como si fueras coca cola, o no tienen tema de conversación...

—Ay, tú siempre tan sencilla —Rosaura se queda mirándole con ironía y agrega:— déjate de exigencias, terminarás como “Rosita, la solterona”.

—Como “Rosita, la soltera”, dirás.

—Guillermina, no fastidies —fin de la conversación.

Siento, en medio del diálogo, que inauguro otra expulsión de mi hija desde el vientre. Peor, una expulsión a su adultez, porque me quedaré sin ella en casa. Es que Rosaura acaba de recibirse de publicista, trabaja y no ve la hora de vivir sin su madre. Guillermina terminó sus estudios de derecho. Pero no encuentra un buen trabajo para irse del estudio en el que cobra dos pesos, y prefiere vivir en familia. Ignoro si el tiempo que pasó desde que las vi jugar por primera vez en la salita de cuatro es el túnel que recorrí para reencontrarme con esa niña que jugaba sola en las playas de Mar del Plata.

Guillermina y Rosaura continúan hablando y, antes de oler los cigarrillos que encenderán en el living, me voy a dormir. Sé que, por lo menos estos días que faltan, Rosaura llenará el vacío de la casa.

 

Compruebo que Rosaura y Guillermina estén durmiendo y, con las medialunas que salen chispeantes del horno, me les acerco y les estampo un beso en la frente. —¡Holaaaaa! —gritan en unísono, mientras pegan los rostros nuevamente en la almohada. Es necesario que insista con el café para que se levanten de a poco.

Suena el teléfono para Guillermina. Rosaura me habla de un tal Marcos, le conoció la noche anterior, parece buen muchacho, se enamoraron al verse y le dio el teléfono del apartamento al que se mudará. Su amiga, desencajada, parece decir a su madre algo que no entiendo. Cuelga y se pone a llorar sin consuelo.

Mi hija salta, seca el llanto de Guillermina con el repasador que me regaló el Día de la Madre, y le satura con consejos.

No puedo ver a nadie sufriendo. Guillermina tiembla. De inmediato veo a Carlitos Chaplin, mareado entre relojes, y deseo sacudirle la tristeza. No sé cómo hacerlo, las piernas se me quedan pegadas a los mosaicos de la cocina.

—Háblale tú a Matilde, mamá —me exige Rosaura—, es tu amiga, a ti te escuchará.

—Claro que lo haré, hija. Pero, ¿qué está sucediendo?

—Que Matilde enloqueció, mami. ¿NO LA VES?

—Sí que la veo, déjala a Guillermina, Rosaura, por favor —es innecesario que le implore nada a mi hija, de inmediato se calla.

Después de oír a Guillermina, hago la llamada. A Matilde le molesta que su hija siga viviendo con ella y con la abuela. No ha trabajado tanto para tener que atender a dos mujeres a la vez. Guillermina no gana lo suficiente en ese estudio jurídico, y ella está harta de tanto problema económico. El divorcio no vino solo, la hija tuvo mucho que ver, siempre silente y deprimida, el padre finalmente dejó la casa. Y, sí, en algún momento las madres también se cansan. Y ella está cansada, así que Guillermina debe procurarse un lugar en la ciudad que no sea el propio.

Rosaura grita: “¡Tengo la solución, mami!”, se irán a vivir juntas al apartamento. Tan sólo hay que poner otra cama. —¿No es cierto, mamá? —y yo asiento. Mi hija y yo aplaudimos de alegría, quizá con el ruido contagiemos el entusiasmo a Guillermina. Pero, nada. Desorientación es todo lo que veo en sus ojos.

 

Recuerdo a ambas niñas que se mecen en la hamaca. Una llora, la otra ríe. Caminamos con Juan por la playa que está pegada a la plaza, y ahora sé que sólo Guillermina querrá hacer castillos en la arena conmigo. Rosaura preferirá saltar como sapo en la orilla y después seguirá con el padre el curso de las olas. Anochece, mi hija enfoca sus ojos y camina en la oscuridad por toda la casa, sin temor a los duendes. Guillermina, igual que yo, necesita que haya luz, y la encendemos para esquivar fantasmas.

 

Desde que cumplió sus desdichados quince años, Rosaura ha deseado irse de casa: una vez con su primer novio; esta otra, sola. Y lo logró. Finalmente, se irá. Con Guillermina.

Me pregunto si no se habrá resuelto algún canje de hijas por allá arriba. Nunca me he visto reflejada mejor en un espejo, que como lo hago ahora con Guillermina: un abandono común lentamente se mete en el cuerpo y viaja hasta el alma. Invade y tapa los poros de nuestra piel para impedirnos disfrutar. Ella y yo estamos obsesionadas con el caos que ha sido nuestra infancia. Y queremos controlarlo todo, ¡como si pudiéramos!

Ahora, que observo a Guillermina y a Rosaura, y me parece compartir el sillón con mis hermanos y ver a mi madre que juega a la canasta, pienso que Dios hizo el canje de estas niñas. Lo hizo para que yo aprendiera a vivir sin certezas y Rosaura le enseñara a su amiga lo inevitable: la vida misma.