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Romance

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Abrí la ventana del comedor para tantear al día. Eran casi las 10 y el sol penetró hiriendo mis pupilas. Apoyada sobre los codos en el marco de madera sostenía una tasa de café caliente entre mis manos. Acerqué mi nariz hacia el humo aromático y sorbí un trago. Permanecí en esa actitud de entrega llenándome de ciertas fascinaciones.

Las mañanas de febrero en Nonogasta tienen un clima de calma y sensualidad. La brisa inunda la atmósfera en una conjunción de aromas florales, frutales, y de animales en celo.

El viñedo de enfrente lucía un verde muy intenso, rayano con la fosforescencia a esa hora de máxima luminosidad, y sus racimos en sazón, que anunciaban una pronta vendimia, pendían de la parra ahítos de vigor como ubres hinchadas de leche o como preñez de nueve lunas.

 

En medio de ese verdor fulgurante, una pomposa yegua de pelaje dorado como una canela se paseaba, inquieta y presumida, restregando su figura contra el alambrado que le señalaba el límite. Recorría, de ida y de vuelta, el mismo camino con desasosiego, como buscando una salida o la liberación a su encierro.

De pronto, un relincho entrecortado, con ínfulas de excitación, me sacó de mi embelesamiento. Divisé, a la distancia, a un brioso semental que se abría camino, a trote corto, entre los arbustos desde el otro lado de la valla. Se acercaba. Su cabeza se elevó y las aletas de su nariz latían con ritmo de corazón agitado. Olfateaba la brisa y su belfo superior se alargaba testeando algún sugerente olor que lo enardecía. El instinto lo condujo, le mostró el camino, e intentó alcanzarlo. Avanzó exultante, aplastando, con sus cascos, retamas, jarillas, pichanas y cuanto yuyo se le atravesaba en el camino. El cuello erguido, la cabeza siempre en alto, oscilante de un lado al otro, atento a cada indicio de placer que la naturaleza le ofrendaba en su búsqueda ardorosa. Devoró el espacio que lo separaba de la yegua y la encontró.

Pastando junto al alambrado, como ajena a la situación, la hembra se dejó desear. Sus ancas redondas, florecientes de olores, se contoneaban restregando el poste de algarrobo que delimitaba su territorio. Luego, fregó su largo cuello en el mismo poste, lenta, insinuante y batió el tupé con gracia. Comenzó una danza feroz de conquista y seducción. Feroz, por el obstáculo que tornaba inaccesible el evento. Mientras la hembra acercaba sus ancas al cercado en insoslayable convite, el macho olfateaba con deleite el manantial de sus aromas. Asediada, volvía su cabeza hacia otras latitudes como mezquinándose, negándose de a ratos y dejándose cortejar también. Jugaba a seducir. Fiel a su condición de hembra, le daba y le quitaba. Caminó unos pasos frente a él meneando sus caderas, esparciendo efluvios de celo. Luego dio un giro y regresó a su lado con trote de bailarina. Agachó la cabeza, traspasó el alambre y la frotó en los sobacos del potro para beber sus sudores. Desafiante, lujuriosa, se había erigido en un reto a la conquista.

El semental, envanecido por esta gracia que sublimaba su condición de macho, dibujaba arabescos en el aire y en el suelo pavoneando su musculosa figura de narciso, y su cola, crecida hasta los tobillos, ondulaba al brillo de sus crines como ostentación de sus virtudes. Una pata delantera golpeteaba el piso insistentemente con elegancia, casi con delicadeza, cual una caricia. El aire se había impregnado de aroma a sexo. Y el sexo del potro crecía y crecía.

 

El macho intentaba franquear la valla en inútil tarea. En un momento, logró introducir su vigoroso cuello entre dos líneas de alambre tensado, y luego de fatigosa maniobra pasó sus patas delanteras y avanzó con el lomo en un tortuoso enredo de cascos, rodillas y alambres. Pero el resto de su anatomía, ese que necesitaba, el miembro erecto, quedó enganchado irónica y dolorosamente en uno de ellos. Mientras tanto la hembra, hacía su aporte ante el dilema. Aproximó su sexo dilatado y húmedo al macho que libraba una batalla con el infortunio.

El potro, que resollaba desesperado, se movió con esa precisión milimétrica que le confieren la naturaleza y el instinto y logró evadirse del tormento.

No claudicó frente al fracaso. Reinventó nuevas estrategias para servir a su hembra. Lo vi desplazarse algunos metros, alejándose. Ante mi equívoca deducción que suponía su derrota, dio algunos giros pisoteando la tierra con saña, con carácter de furia y decepción, como buscando una respuesta a su fraude. Y encaró una nueva embestida.

Se plantó ante la hembra, pegó el hocico sediento en su sexo. La yegua se aquietó. Se dejó probar. El deseo creció. De pronto, el semental sobreexcitado elevó sus patas delanteras por encima del alambre superior y las apoyó en el lomo de la hembra quedando en posición de cópula. La montó, mientras ella reculaba apegándose a él, ofreciéndose, lista para el apareamiento. Empezó a mordisquearle el lomo consolidando, de esta manera, su dominio. En esa posición, muy cercana al éxito, el potro intentó elevar unos centímetros su miembro para alcanzar, al fin, el objetivo. Pero el alambre, tenso e insobornable, lo venció.

 

Sucesivos intentos malogrados no alcanzaron para detenerlo. Se oía un relincho cortito y visceral. Parecía una protesta. Dueño de una furia indómita, incontrolable, inició una serie de agresiones al vallado que obstaculizaba la concreción de sus anhelos. Dio vueltas y vueltas, giros y contragiros en el mismo lugar, sin alejarse de su hembra pero a una distancia prudente para no lastimarla, cuando empezó a lanzar una seguidilla de coces al cercado. Luego se paró de frente y lo embistió reiteradas veces con la testuz. Parecía querer derribar al mundo. Pero el cercado no cedía, y sus fuerzas ya no eran las mismas, ni su libido, ni sus ganas de pelear. La lucha frenética por vencer el obstáculo lo estaba distrayendo de su objetivo principal. Quizá su miembro, herido o sensibilizado después de tantas embestidas, se había resentido.

Pero el potro aún no resignaba sus deseos. Destinó unos minutos para pastar cerca de su prenda, con la mirada siempre atenta en ella. La yegua, que tenía menos dificultad para atravesar el alambre con su cabeza, pastaba del otro lado, junto al macho. De vez en cuando sus hocicos se juntaban, se olían, se probaban, se tocaban frotando las cabezas, sus largos cuellos, y se descubrían nuevamente. Y el ritual comenzaba una vez más. Una suerte de danza erótica, exacerbada por la dificultad de unir sus cuerpos ante el irrefrenable deseo de posesión y entrega.

 

El paso lento de un camión cargado con uva moscatel rumbo a la bodega, cercenó la imagen del potro y su yegua que mis ojos recorrían con anhelo. Cuando logré recuperar la escena, ambos estaban quietos y juntitos, con sus cabezas bajas, como compartiendo una necesaria resignación.

De pronto, un silbido que pretendía emular las notas de un vals, se oyó a la distancia como arpegios en la garganta de un zorzal. Era el capataz de la finca que atravesaba la tranquera silbando y cantando “La Loca de Amor”. Se aproximó a la yegua, palmeó sus ancas, revolvió sus crines con gesto cariñoso, le puso freno, riendas, pelero y montura, y se la llevó. Desaparecieron a través del viñedo.

Nunca sabré por qué no seguí el impulso que tuve desde el primer momento: cruzar la ruta y cortar con una tijera el alambre que tercamente se oponía al amor.