Delfos, 28 de mayo de 585 a.c
A Josu Landa
Sophia mía, las aves en celo y en el jardín: Bilitis
ha besado el labio donde se posan los versos de Safo.
Amiga mía, del aire que deshace, del agua siempre,
no es preciso hallar camino para huir del tiempo.
Mira en torno la mecánica celeste, el laurel florece
de nuevo, y en la arena, los atletas pitios disputan su corona.
Pero de todos los enigmas que el Oráculo de Apolo le confirió
a esta esclava de Dionisio, ninguno regresará a los muros de Delfos.
He visto sucumbir imperios que no creían en la muerte, he visto
a los amantes del espejo y el doble anillo exigir su sangre.
Pero yo sé que somos con la libertad de las ondas lunares,
con el fuego de los cataclismos hace tiempo sucedidos.
Tales no predice, no dice que la Diosa volverá y el agua
tomará su antigua forma para librarnos de este sueño.
Semejantes a Perséfona, a Atti, a Penélope, en estado de vigilia
iniciemos, el ritual de Tetis y Deméter, la de brazos como espigas.
Dulce es la espera cuando el destino ha empeñado su palabra.
Dejemos, que en la arena, sigan su juego los atletas. Pitonisa.
Susa I, 5.400 a.c
Sobre sus cabezas el viento
arrastra las hojas secas.
A escondidas, dos hermanos
unen sus labios
como Enki en el estanque.
Pero dos amantes idénticos
huyen siempre de su espejo.
Y por siempre
forman ondas
y unen formas
en el agua.
Suicidas
Sobre sus cabezas el viento
arrastra las hojas secas.
Nara, Japón, 606 d.c
Dispongo del abrazo para recibirte.
Preparemos
LuYu
el agua blanda
para el dragón negro y el té rojo.
Lejos el viento
esparce por la tierra
lo grande y lo pequeño
la forma y el agua.
El agua que ya ofrece
una parte de su aliento:
La flauta de bambú.
La tinta de Gautama.
Nuestra pequeña tetera color de arcilla.
El tiempo es propicio
y su vientre
¾ partes del otoño.
Bebamos
LuYu
el dragón negro y el té rojo.
El silencio es eterno.
Y el instante habla
por nosotros.
Suiko-Tenno y LuYu
frente al Templo Budista de Nara
a la hora del té
Oración de Chaac, 600 d.c
He de decir: —“me sugieres”—
un lago cuyas aguas
mantiene en secreto
los ojos humeantes
de la abuela.
La roca surgió de ti,
también la ceiba,
el maíz
y los cuatro caminos
que el jaguar conoce.
Pero hay enigmas...
—tú sabes—
Simas
donde la tortuga
no habita.
Y cuatrocientas
voces diferentes
para cantar,
que el kukul desdeña.
Atitlán
Hazme encontrar
la muerte
y hallar el sueño
de encontrarte.
Tiempo
Más ligeras que la sal
provista del vuelo
de las naves siderales
somos
segundos de un espacio
donde crecen
el árbol, el camino
el viejo
que huye de una ciudad legendaria
y que por esas cosas del azar
vuelve al punto de partida
solo
para descubrir
que no hay parábola posible
cuando
ese puente
que de uno a otro punto
va de la nada alabismo
es un puente
ficticio.
Y son los puentes que nos llaman
una araña que desteje
fragmentos de lo oscuro.
Como el amante solitario
es el puente que cruzamos
el árbol, el camino,
y el viejo que olvida
en la estación
para qué lleva el pan
para quién... si un día
podría cruzar la ciudad
podría volver
a casa
donde la campana de la cena llama...
Abres la puerta y no hay nada.
Nadie
tampoco te esperaba,
lejos, esa luz que ciega avanza
ese puente que
sueña
toros perdidos, odalisca sin alas
y una madre gimiente
por su hijo
que un día
cruzó la calle
cruzó los puentes
los laberintos
cautivo
solo, para comprobar
que el árbol, el camino
y el viejo que huye
no sabe
que de uno a otro punto
está la cena
que le espera
de tan largo viaje.
Perdí la cabeza (literalmente)
Buenos Aires, 1941
Y aún llega el Androcéfalo a mi noche, con ése
su linaje síncope de esdrújula conversa.
Yo era, su mascota futurista, su juglar
sin epopeya.
Cirujano íntimo de sus dragones, mortaja
siempre, de sus cadáveres ajenos.
Yo Caballeros, soy miembro sin pena del club
de contadores.
Malversado —por más señas— vivía con prodigios
de bajo fondo.
Pero él era demiurgo —también titiritero—
Juntos: la bacteria comecarne de los labios infantiles.
Aquél tipo —de la 3-A la Z—
se llama Asterión y solo escribe ficciones.
Pero yo prefiero deciros la verdad: esto
es una celda.
Puede ser un manicomio, un burdel, una concha
Ohhh sí una casa.
Después de un non, de un sinsentido ya no será
la imago de la muerte —sólo en sueños—
Giro a la Izquierda
Tendí mi depre al son de novísimas estrellas
y sin pensarlo
rumbeé dos veces por el mismo bar.
A deshora, todas las puertas están cerradas.
¡Hey camarada!
Otra copa para el zarpe de mi sombra que se va.
Que se ha cansado —dice— de tanto suelo
y de gastarse las medias
con el propio zapato de Vallejo.
Si mal no recuerdo te mal recuerdo:
Octubre y yo nos entendemos.
Y ya no escucharé ésa tu voz
encinta que paría me debes veintisiete años,
un día de sol y un viaje en autopista,
—por aquello, de que amanezca más temprano—
Porque si no eres ¿en qué te empeñas?
cuando no se es lo que se marcha.
¿Verdad que ya te ibas?
Ya es hora de que te vayas.
Y nos fuimos...
Tendiendo al son de novísimas estrellas.
Y como a un cristo silente nos condujo.
Giro a la izquierda.
Oración de María la Joven
en la Catedral
de Santa Ana la Vieja
Te suplico hermana fiera: No me abandones al incesto
de mi propio corazón.
Anoche soñé que del estanque nació un arlequín de mala cepa.
El viento se escondió donde podía, las hojas
regresaron a la tierra.
Entonces
el bosque era un espejo
como el cráneo
de obsidiana en la caverna.
Era la noche de nuestra boda y nos casamos
tú, yo y el arlequín
de rombos verdes-amarillos.
—Por el sendero —ya sin árboles— la luna se puso vieja
aullando como un niño.
Después vino el cortejo cubierto por la bruma,
auscultado por los ojos de un rabino.
Y atrás los maldicientes, el gato jorobado.
Y la carroza sin rostro dando tumbos.
Sobre el amor filial —y otras desviaciones—
Dónde está el auto 789 y el hijo cínico, filósofo de buen vestir.
Hace un minuto era un niño y bajaba la pendiente de la mano.
Pero su padre —esquizoide universitario—
le apartó de su mejilla con un gesto
que nada tiene de cortés.
Cortéz al menos era un granuja y su caballo
hacía agujeros negros y uno que otro
ojillo de alfiler.
Con tan hermoso instrumento podríamos jugar.
Yo seré el Marqués —De Sade por supuesto—
Vos, mi fiera predilecta: Lautréamont.
Y desde la cabina
donde inmolan a las putas —por cobrar—
citaremos a tu padre y ya verás...
Le pintaremos con sangre
las uñas de los pies.
Tu melena de Melusina
El mejor de los posibles vegetales carniceros
tu cabellera —blanda y tibia—
La conocí cuando era niña
cuando apenas crecían sus primeros dientes.
Para entonces, sólo gustaba del targuá
y de uno que otro conejillo de indias.
Obituario
Al taxidermista de los cuadros por encargo
le han dado muerte las damas de Aviñón.
Era amante de los clones y los virus de Morel.
Bohemia del mal amor
Qué fácil fue tu amor, qué triste
y yo que te decía: no me ames.
Fue la noche en que ya madura
el hambre pastaba en el bulevar.
Camino sí por la avenida
mientras un niño...
—¿Era ayer cuando nacías?
...hace malabares con brazos
y un corazón anciano.
El contrabajo
Soy el contrabajo de las tristes avenidas.
La enfermedad del sueño en do menor.
El cadáver invisible de los días.
Ya no soy.
La multitud felice del amor.
¡Ay!, la mi desgracia. Mi fa, mi dama,
mi bello sol. Compuso un solo para su gamba.
Y eso es todo.
Murió el amor.
Crónica de un Absurdo
Hoy, a las 3 de la tarde
La única tarde
en que llegó el amor
a visitar mi casa
no me di por enterada.
Fue una tarde
ya muy tarde
para la tarde
única
en que decidí
—ya tarde—
que era tarde
si de verdad
te amaba.