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Eugenio MontejoDos notas
sobre Eugenio Montejo

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El tiempo: materia poética
en la obra de Eugenio Montejo

El tiempo es la imagen móvil de lo eterno.
Platón

Hay poetas para quienes la literatura no es sino reflejo, casi milimétrico, de la sociedad y el tiempo que les ha tocado vivir. En cambio, hay poetas cuya escritura no conoce de límites ni de tiempos, pues su única preocupación es la interpretación del hombre, de la esencia con que afirma su propia trascendencia. Eugenio Montejo pertenece al rebaño de estos últimos. Poesía que pone de relieve los sentimientos y misterios del hombre y, a partir de allí, la relación de éste con el universo que lo circunscribe: la naturaleza, el tiempo.

En buena parte de la obra del poeta caraqueño se rompe con la horizontalidad del tiempo. Veamos los cuatro primeros versos de la segunda estrofa del poema “Retornos”, perteneciente a su libro Muerte y memoria (1972): “Todas las formas del paisaje / pasarán del negro al verde / y otra vez del verde al negro, / según las vueltas de la rueda...” (p. 45).

El paisaje, eterno compañero del tiempo, es susceptible de variar de acuerdo a la mirada del otro. En el poema que nos ocupa, pasa del negro al verde, y viceversa. Pero puede abarcar otros matices, que aunque no se encuentran de manera literal dentro del texto, puede hallarse por intermedio de una lectura capaz de roer la osamenta estructural del poema. Pues el paisaje encierra en su naturaleza todas las formas y colores posibles. La rueda, en el texto señalado, simboliza el tiempo, el indetenible girar de los instantes concatenados. El galopar que hace al viento, velado de misterio. Galopar del tiempo que palpa las piedras del camino. Este camino no es otro que la vida del hombre, y que nos conduce hacia adelante (futuro) o bien hacia atrás (pasado, retorno).

Vemos entonces que la voz vuelve y desaparece en el tiempo, ya sea en sueños o cabalgando en el recuerdo. En el mismo libro (Muerte y memoria) hay un poema titulado “Regreso”. Antes que nada, llama la atención la sinonimia presente entre retorno y regreso. Semánticamente, ambos vocablos nos remiten a un tiempo o lugar que precede al “ahora”, a un volver. Esta recurrencia de participar del pasado por parte de Eugenio Montejo, nos lleva a creer que para el poeta caraqueño el pasado, lejos de ser un estado temporal inerte, estático, es por el contrario un universo vivo, espacio de múltiples e infinitas posibilidades. Veamos las dos primeras estrofas de “Regreso”:

Un instante la silla ha regresado
a su lejano árbol
con sus verdes tatuajes ya secos
Sus pájaros están dispersos, muertos,
y la manada del rugoso cuero
yace plegada bajo las tachuelas
(p. 44).

Mero juego imaginario, evidentemente; juego en el que una típica silla de cuero y madera se traslada a sus orígenes, a la génesis de sus elementos primarios: el árbol (madera), el animal (cuero). Árbol y animal que han sido sacrificados por la civilización para dar “vida” a un utensilio de invaluable valor para el hombre, desde tiempos remotos. Vida (la de la silla) que nace a partir de la muerte del árbol y sus habitantes: los pájaros. Esta historia construida por y desde la tradicional silla, recrea incluso el ocio del hombre mismo, tal como se manifiesta en las últimas dos estrofas del poema:

Ya no hay más que silencio nivelado
bajo la sombra de un follaje extinto
donde se curte todo su misterio

fiel a sus tablas, sólo da reposo
cuando de tarde la hemos recostado
a la pared, ahogando una memoria
de días que crecieron como un árbol
y la vida tronchó por cosa muerta,
claveteada con viejos pensamientos
(p. 44).

Por un lado, el silencio producto de la “decapitación” del árbol de donde proviene la silla; sombra que ya no es sombra, pues ésta sólo existe en el recuerdo, en la retrogradación del tiempo. Por el otro lado, vale decir que la silla es un instrumento a través del cual el hombre, sentado, pone de manifiesto el ocio, estado que comunica al ser humano con lo sagrado y lo mundano. Momento propicio para el desbordamiento de la memoria. Así, gozar del ocio, es respirar el tiempo con arte y raciocinio.

En Partitura de la cigarra, uno de los libros más representativos de la obra montejiana, el juego temporal, o más bien, de anacronía, es evidente. Pero no es una anacronía en el sentido literal de confusión temporal. De ninguna manera. En el mencionado libro, al igual que en el resto de su obra, el poeta, inteligentemente, desliza su conciencia a través del permeable terreno de la temporalidad; como quien mira a través de un cristal y palpa con sus manos la vida o muerte que allí palpita. El tiempo es relativo, afirmó Albert Einstein. En tal sentido, qué más da vivir en presente o pasado (pareciera decirnos Montejo), si en todo caso la literatura, y más exactamente la poesía, es la tierra de los encuentros posibles. Y más aun: a partir de lo que plantea el autor, el lector es capaz de hacer una reflexión profunda, filosófica, acerca de su compromiso como ser individual en cuanto a su tiempo actual (presente), que inevitablemente lo conlleva a una serie de interrogantes acerca de su futuro, tanto en lo individual como en lo colectivo.

En el poema “Adiós a mi padre” (Partitura de la cigarra), Montejo reincide, como ya se abordó, el juego temporal:

Mi padre muerto iba delante
y detrás junio, de verde ubérrimo,
y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
Al paso de su sombra
los refrenados carruajes nos seguían
(p. 26).

Canto al padre que ha cruzado el umbral que nos separa del reino de la muerte. En estas líneas es notable que la vuelta al pasado está revestida de una aureola de nostalgia, que no sólo se conforma con nombrar al padre, sino que abarca y señala lugares o emblemas del pueblo: “Mi padre hablaba del camino, / de cafetales con piel de adormidera / que a un simple roce ya era calles y torres” (p. 26).

Calle, sitio por donde rueda la vida, el tiempo; torre, lugar desde donde se le mira. Caminos, cafetales, todo ello intrínsecamente unido a la historia oral, acaso más trascendental que la escrita, pues al contrario de ésta, aquélla se transmite desde las raíces mismas del alma. Montejo parece asirse de tales raíces, y se remonta hasta más allá de la desembocadura del río de la vida:

Hablaba dormido,
con voz inubicable,
una voz rápida de cuando era muy joven
y yo no había nacido...
(p. 26).

Hablar dormido es hablar con la conciencia de los dioses, ya sea en sueños o desde la muerte. Voz inubicable que crece y se multiplica como la savia de los primeros años, aquellos que forjaron la vida a la voz (no nacida aún) que ahora nombra.

En definitiva, se podría decir que Eugenio Montejo es un poeta que escribe sin “camisas de fuerza”. Para este autor venezolano, el tiempo es una cosa viva, asible, que al igual que el viento puede parecer sereno unas veces, con un norte definido; otras veces puede embestir la brújula de nuestros sentidos, y arrastrarnos de la mano al tiempo donde realmente nace el poema; haciéndonos sentir que somos partícipes de su aventura.

Referencias

  • Montejo, E. (1996). Antología. Editorial Monte Ávila Latinoamericana. Caracas.
  • — (1999). Partitura de la cigarra. Editorial Pretextos. Caracas.

 

“Partitura de la cigarra”, de Eugenio MontejoTiempo y espacio
de una partitura para una poética
Sobre la cigarra y el bosque

“Partitura de la cigarra”, extenso poema que da nombre al libro de Montejo (Pretextos, 1999) es el canto de la naturaleza misma, canto a través del cual el poeta expresa los sentimientos del hombre, sus nostalgias, sueños y ambiciones. Tomando como epicentro la vida y muerte de la cigarra (o chicharra, como también se le conoce), Montejo aborda una de las grandes frustraciones del hombre, en todas las épocas: la aparente inaprehensibilidad del tiempo. Y si decimos aparente es porque sólo a través de la poesía somos capaces de romper las fronteras inefables que nos sujetan al tiempo. En “Partitura de la cigarra”, el poeta lo logra de manera magistral: “El tiempo que intercambia la presencia y la ausencia, / el canto verde y el silencio de ceniza, / el tiempo con los ojos secos de la cigarra / variando sin variar, noches y días / ¿Ha de borrarse todo en los caminos?”.

He aquí un tiempo circular, perfecto. Tiempo en el que frases y palabras que denotan oposición, representan el comienzo y el final, la serpiente mítica que se muerde la cola, la muerte y el renacer. Así, la vida no sería vida si no existiera su contraparte: la muerte. Presencia y ausencia, canto verde y canto de cenizas, noches y días...; el empleo de éstos y otros opuestos le confiere al poema —­y al tiempo— una bruma de continuidad, de sutil movimiento de rueda, pues el tiempo es uno y todos los tiempos, fundidos y vueltos a fundir en la mirada del poeta:

La maga maestra del bosque
muda su tiempo verde en tiempo blanco,
pero el grito es idéntico desde hace milenios,
se ausenta y retorna, no cambia.

Cual ave fénix, la cigarra renace de sus cenizas, año tras año, durante la estación de lluvia. Es entonces cuando el bosque reverdece con sus primeros cantos. Tiempo, poesía, música y renacimiento; elementos que se retroalimentan, formando un círculo infinito en el que el bosque —esa otredad que nos desborda— es reino mágico y purificador; y la cigarra, reina y sierva de aquel país de árboles que una vez habitamos, y que simboliza (la chicharra) la voz de una naturaleza herida por la mano destructora del hombre. Voz que es silbo y primavera tropical. Canto que traspasa el silencio de los tiempos que conoce de soles y de lunas. La cigarra busca a través de su música no sólo la trascendencia y supervivencia de su propio ser, sino la del bosque mismo: morada, refugio, hogar y fortaleza desde donde nos descifra los códigos secretos de la naturaleza. Pero parece haber allí cierta contradicción, pues a pesar de que la cigarra canta para demostrarnos su eterna —­y frágil— existencia, el canto mismo lleva consigo el signo de la muerte: murió reventado como la chicharra, dice un conocido refrán. Este ejemplo lo ilustra como un sol:

Lo que escuché de la cigarra, lo que me dijo
con su grito una vez, con su silencio,
lo que sigue diciéndome a lo lejos,
hoy que su cuerpo se quemó de música.

En “Partitura de la cigarra”, el lector percibe una especie de coro órfico que lo conecta con la espiritualidad áurica que es esencia del universo y del hombre; partitura cósmica y terrena a la vez. Poesía es ante todo oído y ritmo. En tal sentido, el poema que nos ocupa es en sí una gran metáfora donde la musicalidad penetra (a veces en forma de silencios o de murmullos íntimos, casi inaudibles) a través de los poros heráldicos de la poesía. El efecto resulta revelador: descubrimos que, al contrario de la concepción genesiaca sobre nuestro origen, el ser humano está hecho de palabras (desde siempre y para siempre). “El hombre es un ser de palabras”, dice Octavio Paz. Somos, por extensión, máscara y circo de ruidos, sonidos, melodías, lloros, susurros, oleajes, trinos, gritos, truenos, carcajadas, lamentos, silencios, canto de cigarra... He aquí algunas imágenes donde la musicalidad es encantamiento y color de los sentidos: “Lo que su grito fue grabado entre las cosas”; “la nieve sónica cayendo en densas capas”; “cigarra asida de su grito / ella y su sombra / ella y sus sonidos...”; “Cada nota vibrando se fragmenta / se oye siempre una cigarra y una cosa” .

Ese canto de muerte y renacimiento de la cigarra no tendría sentido sin la presencia del paisaje. La voz poética, que desnuda su mirada desde la naturaleza, o, en todo caso, desde el paisaje, pone de relieve las formas y colores que, junto al sonido, dan esplendor y pertinencia al poema. Si el sonido, en todas sus manifestaciones, es la representación física y espiritual del tiempo (el tic-tac de un reloj, el latido imperceptible del cosmos en el silencio de la noche...), el paisaje lo es del espacio (el verde paradisíaco de la arboleda, su desnudez de mujer amada, la luz de la terredad...). Tiempo y espacio, binomio sagrado que conjuga la creación humana y la divina. Binomio donde el poeta, demiurgo y partero de sí mismo, funda territorios de fuego purificador. Más que el lugar que ocupamos, el espacio es aquello que nos ocupa. Y el paisaje de “Partitura de la cigarra” nos invade con su eco de colores y emociones hasta crecer en nosotros con la certidumbre lírica e interminable de la cigarra; sus árboles, sus nubes, sus ríos y montañas, sus blancos y sus verdes; la tierra:

Está cantando en el fondo del bosque,
en el bosque secreto que cada quien lleva consigo
como una sombra, desde que nace,
está cantando en un árbol,
ella y el eco que la fija en el viento.

Tiempo y espacio enmarcado por un lugar (el bosque) y una vida-muerte (la de la cigarra). Espejo en el que la memoria es un espejismo distorsionador de la mirada. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que espacio y tiempo sean conceptos marcados por el rechazo mutuo. Muy por el contrario: el uno no podría existir sin el otro. Pero Montejo no sólo se conforma con mostrarnos la relación intrínseca (dualidad) entre time and space. El poeta nos muestra otras realidades, más humanas y por tanto, herederas de una oposición radical, irreconciliable. Verbigracia: la dualidad bosque/ciudad. Ambos transcurren en tiempos diferentes. El reloj del bosque (selva, campo) parece marcar el tiempo con desgana, como si no quisiera, y el minutero es entonces una flecha embriagadora que cruza los aires con timidez y lentitud milenarias, como temiendo herir la apacibilidad del día, el verde vegetal y el silencio que lo respira. Tiempo señalado por el ciclo de las estaciones, el murmullo precámbrico de los ríos, el movimiento azul de los astros. Su fino oído degusta con placer de ninfa cada palpitar levísimo de sus brotes fraganciosos. Más próximo al canto erótico-sensual de la sirena que del barroquismo místico de Vivaldi, su música gravita como un puerto anclado en el arrobo de las emociones. En este tiempo de la naturaleza la vida no tiene edad; en ella se podría morir eternamente.

Por el contrario, el tiempo de la ciudad está marcado por la aceleración de los sentidos. Tiempo que ha desterrado a Cronos a un prostíbulo sin héroes donde el verbo amar es odiado en un eterno pluscuamperfecto sin posibilidad de retorno; lugar en el que él, Cronos, es puro pretérito de nostalgias: “Está alumbrando ahora desde una estrella, lejos, / está dormida fuera de su música, / soñando que podemos cantar lo que cantaba, / ella y su verde silencio compacto, / ella y el grito que inventa su quimera, / lo que canta en nosotros desde su ceniza”.

Es un tiempo suicida por naturaleza. Y más aun: homicida. Reloj negador del hombre y del bosque, su minutero es una espada ciega manchada de sangre, de savia vegetal: “Busqué la cigarra con un hacha”. Es el tiempo de la ciudad alterando la tranquilidad del bosque, mutilando sus vértebras. Así, la ciudad representa la violencia; el bosque la armonía, el equilibrio. Una es gris como la espada de Herodes, el otro es verde como la fertilidad. Concreto y madera. Metal y hueso. TNT y ADN. Nueva York y Amazonia. Olvido y memoria.

Con respecto al bosque, la ciudad es un ente violador, instrumento del hombre para exterminar nuestra casa primigenia: el campo. Esto representa un contrasentido, pues la muerte del bosque es un atentado contra el hombre mismo. Eugenio Montejo es consciente de esta paradoja histórica, de la que la humanidad acaso comienza a tener cierta noción a partir de la primera revolución industrial, si no antes. Por todo esto, “Partitura de la cigarra” es el canto del bosque que, mutilado y enfermo, se niega a morir; de allí su renovación cíclica a través de la cigarra. En tal sentido, la selva representa la casa violada, el hogar saqueado, mil veces saqueado y vuelto a saquear. Último rincón del mundo donde el fuego aún no ha sido robado por Prometeo. Bosque, lugar donde la poesía es color y es música; dolor, parto, entrega. Orgasmo y grito de la naturaleza. Partitura secreta que sólo el alma de la cigarra es capaz de descifrar.