Sala de ensayo
De saberes y miradas
Metaficción y narrativa venezolana contemporánea

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“El libro que se escribe a sí mismo”, Janusz Kapusta

Escribir un ensayo sobre la narrativa venezolana contemporánea es hoy, en nuestro medio, una empresa no por sugestiva menos ardua. Tal vez porque el ejercicio reflexivo que nos acompaña es inevitable, y la conciencia de lo irresuelto una certeza. No me es posible pensar actualmente en literatura al margen del profundo proceso autorreflexivo que acompaña nuestra cultura, disociarme de la certidumbre de la existencia de un ámbito descalificador que hoy rodea entre nosotros a la literatura frente a lo que se ha denominado lo “extraliterario”, descalificación que se extiende a los estudios literarios, a la crítica, a la lectura misma y, en general, a la creación estética.

Identificada con un ejercicio de poder, con el reino del discurso privilegiado, y situada como una práctica cultural que ha de ser descentralizada y descanonizada, la pérdida de legitimidad de la literatura se produce a menudo en contraposición a otras prácticas culturales que sí se legitiman. Ello involucra, para nosotros, una lectura dicotómica del mundo ejercida desde un principio de autoridad que soslaya las diferencias y se expresa en principios de valorización y desvalorización.

Tampoco pude disociarme de los textos críticos y de las perspectivas desde las cuales leemos entre nosotros la narrativa venezolana contemporánea. Recordé textos memorables: los de Víctor Bravo, Raúl Bueno Chávez, Carlos Pacheco, Douglas Bohórquez, Alberto Carucci, José Napoleón Oropeza, José Balza, Luis Barrera Linares, Armando Navarro, Ángel Rama, Julio Ortega, Judith Gerendas, Alexis Márquez Rodríguez, Rafael Di Prisco, Javier Lasarte, Carmen Bustillo, Antonio López Ortega, Juan Liscano, Juan Carlos Santaella, Luz Marina Rivas, Gabriel Jiménez Emán, Osvaldo Larrazábal, Julio Miranda, son algunos de ellos. Y junto a éstos, otros cuyas ideas permanecían gravitando, retumbando, incomodando: la conjunción de propuestas disímiles en visiones homogeneizadoras que privilegian sólo algunas de ellas y soslayan otras, o que califican dramáticamente a un periodo —siempre arbitraria demarcación— como literatura del “vacío” unas veces; narrativa volcada a la “experimentación formal” otras, o bien como literatura a “espaldas de la historia”. También aquellas caracterizaciones en torno a toda una década narrativa —en particular la del ochenta— como incapaz de formular sentidos y de cumplir con las costumbres, gustos y expectativas del lector, o aquellas que lamentan —y reclaman— nuestra incapacidad de producir una “narrativa edificante”, o las que siempre dicotómicamente establecen una demarcación de carácter valorativo entre lo que llaman una narrativa de contenido social, “de cara a la realidad venezolana”, y una literatura “evasiva”, “incomunicada”, “experimentalista”.

Estas perspectivas —tanto las relativas a la práctica literaria en general, como las caracterizaciones de la literatura venezolana— demandan ser contrastadas con el clima cultural de nuestra contemporaneidad. Estamos aparentemente inmersos en el fecundo debate de nuestra cultura contemporánea, que frente al árbol logocéntrico de la cultura occidental supera el sistema dicotómico que lo ha regido, dispuestos a hacer tabla rasa de los cánones, de los privilegios de poder desde los cuales se enuncian los discursos que asumimos como “verdad”, “realidad”, “historia”, “sujeto”; prestos a abrir espacio a lo que emerge, a lo que es diferente, y a atender el latido singular y el impulso plural de las múltiples subjetividades que colman la escena de lo social. Entendemos la identidad como un profundo proceso autorreflexivo y reconocemos la constitución de sujetos alternos, heterogéneos y descentrados; nos sabemos híbridos y problematizados, hemos desnaturalizado nuestra experiencia de lo estético y estamos abiertos a la pluralidad de estéticas y saberes.

Nuestra época se signa por el agotamiento de los tradicionales contenidos de realidad, y por su comprensión del carácter narrativo de la historia y la consciencia de la imposibilidad de hacer coincidir el mapa con el territorio, lo representado y la representación; nos sabemos prisioneros en el tejido del lenguaje y hechos de la esencial narratividad de nuestra cultura; nos hallamos, en fin, en procura de nuevos paradigmas, miradas y saberes. Y, sin embargo, nuestro ejercicio intelectual, cognoscitivo, parecería encontrase aún prisionero de un acercamiento autoritario y dicotómico.

Afortunadamente, a pesar de ello, nuestra literatura profundiza el espacio narrativo como ámbito del despliegue de la intertextualidad, cuya praxis se articula en las diferencias y las disonancias, en la enfatización del ser de la literatura que Luis Miguel Isava (1989:48-49) enunciara como la exploración de su propia contingencia histórica y la reformulación de aquello que la anima: un espacio altamente problemático, cuyo estatuto se refunda constantemente para refutarse. Precisa entonces de una crítica y de unos estudios humanísticos que no la encasillen en lo “literario” versus lo “extraliterario”, cuando su ser es exceder cualquier presunción para tejerse y destejerse, en tanto texto —tejido— con el tejido de la cultura.

No es posible entonces, desde las propuestas que funda la literatura, descentrar lo literario, a menos que incurramos en una de las paradojas de la modernidad, ya que estas formas culturales que solemos llamar literatura soy hoy ellas mismas descentradas y productivamente descentradoras. Nuestra perspectiva es que el cambio de paradigmas crítico-literarios que signa nuestra época no puede ejercerse invocando la pérdida de privilegio de la literatura cuando es ella la que reformula permanentemente su propio canon y desde su textura finisecular se proclama ajena a los cánones, no sólo a los que le achacamos sino, fundamentalmente, a aquéllos con los que la leemos y la constituimos como literatura.

Y en tanto discutimos la preeminencia de un discurso sobre otro, homologando desde ciertos raseros a disímiles discursos, a menudo en torno a la ambigua —y peligrosa— noción de “eficacia”, y sin atender a la particularidad de cada práctica discursiva, ya en la década del ochenta textos como los de Luis Britto García, Denzil Romero, Salvador Garmendia, José Napoleón Oropeza, José Balza, Milagros Mata Gil, Antonio López Ortega, Laura Antillano, Ángel Gustavo Infante, Gabriel Jiménez Emán, Wilfredo Machado, Victoria de Stéfano, entrecruzan ficción y ensayo, la propia escritura y la de otros, el ejercicio de vida, el de la lectura y el de la escritura, la memoria personal y la memoria histórica, el habla marginal y la poesía, la reflexión teórica y el lirismo; estetizan la experiencia cotidiana, generan alteridades de lo real, hibridan géneros y códigos.

Es, entonces, nuestra mirada la que domestica, canoniza, legitima, excluye, soslaya, para acallar las voces plurales de todo texto, la que homogeneiza las diferencias, la que dirime lo plural en la interpretación hegemónica y autoritaria.

Así, en el cambio de paradigmas teórico-críticos de nuestro fin de siglo, son tal vez, más que la literatura, nuestras nociones canónicas de lo literario las que deben ser desplazadas, porque cualquiera que sea la perspectiva que adoptemos para su estudio, plantear aparentemente desde el anticanon, y desde la antiautoridad el “desplazamiento de lo literario” supone justamente una noción canónica de la literatura, que la concibe como una estructura cerrada sobre sí misma, cuya delimitación, correspondiente al enunciado “lo literario” podría, gracias a un reductor esencialismo, ser posible.

Si algo puede decirse de la literatura venezolana de las últimas décadas es que ella reformula el status de lo literario y también el de la lectura. Por ello su estudio podría invertir el lugar de la mirada, más que plantearnos su “imposibilidad” sustentada en que no complace las expectativas y gustos del lector, podríamos, desde las propuestas metaficcionales que nos brinda nuestra literatura, darle una alta valoración a lo opuesto: ella descentra nuestros cánones de lectura porque más que apelar a un compañero de ruta, a un lector cómplice, exige no sólo su participación sino también su responsabilidad en la generación de la significación, en la activación del complejísimo proceso intertextual que constituye, como sabemos, una de las características fundamentales de nuestra cultura contemporánea.

Y en tanto se afirma el desplazamiento de lo literario por formas culturales no literarias, textos como Abrapalabra, de Luis Britto García, crean un entramado de discursos sociales “extraliterarios”, urden el escenario no sólo de la intertextualidad y la polifonía discursiva sino también de la transdisciplinariedad, afirmando, en términos de Beverly (1993), la literatura como zona de contacto, en un universo que en el umbral de la década del ochenta nos muestra metaficcionalmente nuestro rostro: el de los discursos —los lenguajes, los códigos, los sujetos, los cuerpos sociales— que aspiran a la totalidad y apuestan a todas las utopías: las del amor, la revolución, el poder, la historia; las metafísicas, las existenciales, las estéticas, desde la fragmentación y la hibridez que conforman un universo discursivo de partículas disgregadas que caóticamente se dirigen a la entropía final.

Como Inventando los días, de Carlos Noguera, El único lugar posible, de Salvador Garmendia, El bosque de los elegidos, de José Napoleón Oropeza, Cartas de relación, de Antonio López Ortega, La noche llama a la noche, de Victoria de Stéfano, estos textos son, significativamente, propuestas metaficcionales que replantean la mimesis, discuten el espacio de la representación, exploran las alteridades de lo real, y hacen de la memoria un tejido procesal. En ellos, el despliegue del discurso muestra su espesor, su materialidad, su lirismo, su despojamiento, y juega su propia capacidad de crear un entramado que disuelva las fronteras entre literatura y vida.

Nuestra textura finisecular es aquí la expresión de ámbitos íntimos y colectivos que encuentran en texturas discursivas no canonizadas espacios propicios para el relato, que aspiran, desde la ficción, como plantea Memorias de una antigua primavera, de Milagros Mata Gil, a “la supervivencia de la realidad”, sólo posible en la ficción, o enuncian en Cartas de relación, de Antonio López Ortega, “Es hora de nombrar el mundo, me digo”. Pero, “¿por dónde empezar”, porque “jamás podremos hacer nuestro el mundo que pisamos” y por ello “huiré como prófugo que, prefiriendo la palabra a una soga, quedó colgado en la vasta interrogante de la mañana”.

Es entonces la palabra la que hace de la escritura la posibilidad de mirar la propia existencia y la de los otros como relato, y de explorar la difícil intimidad del sujeto, que es ficción, historia, testimonio, en los órdenes en que se juega su relación con lo otro y el otro, en su capacidad de ser carta mayúscula y minúscula del mudo: confiar en la palabra poética como relación, como entramado. Confiar, como Perfume de gardenia, de Laura Antillano, y El bosque de los elegidos, de José Napoleón Oropeza, en el yo del sujeto que se torna otro al convocar el lenguaje.

En estos relatos la escritura no es un esfuerzo de creación “edificante”, es un proceso abierto, exploratorio. Perfume de gardenia trama la subjetividad en la memoria familiar y en la histórica: es escritura amorosa, diario íntimo, slogan, graffiti, canción, documento, metatexto. La construcción del sujeto se aleja del yo que narra su sucesivo acontecer para ser identidades proliferantes instaladas en las grietas del tiempo, que desde la sensorial intimidad instalan lo privado en el espacio de lo que también es público, en el plural texto de la cultura.

Porque más que la apropiación totalizadora de lo real que nos signó, la literatura de estas décadas explora las otras formas, no canónicas, de lo real, las de la subjetividad, la memoria, la cotidianeidad, lo doméstico, lo fantástico, el humor, las situaciones límites, la otra historia, y ello no la torna solidaria de la incomunicación, de la intrascendencia, de la negatividad, de la imposibilidad, del vacío, términos que parecerían siempre prestos a ser endilgados a nuestra literatura.

Pero ella no renuncia al saber, sólo que este saber se sabe deudor de los pliegues, de los intersticios desde los cuales López Ortega escribe ficción que es testimonio, confesión, recuento, poesía y epístola, o Laura Antillano urde los saberes hechos de error y de nostalgia, o José Napoleón Oropeza traza el itinerario del espacio poético de un bosque donde poblar los sentidos, cuyo relato es búsqueda y extravío, un recorrido lírico que narra el trayecto de la imagen, del vértigo, de la locura, de la música, del cuerpo: espacios de lo marginal que fotografían la naturaleza incierta y poética del mundo de la que nacen las múltiples pulsiones del deseo.

Los textos narrativos de Ángel Gustavo Infante, César Chirinos, Milagros Mata Gil, Luis Barrera Linares, Orlando Chirinos, Gabriel Jiménez Emán y Juan Calzadilla Arreaza elaboran, algunos de ellos en estructuras de mosaico y de visiones que José Napoleón Oropeza caracterizó como caleidoscópicas (1999), propuestas intertextuales desde lo fragmentario y lo singular. Son textos de memoria, de historia, de testimonio, y también propuestas metaficcionales en torno al poder de la escritura y a la escritura del poder. Deslegitiman las voces autoritarias, y desde los márgenes, desde las voces que hoy algunos llaman del “subalterno”, desde el habla de barrio, de la rumba, del bolero, del bar; con humor, crudeza y poesía, trazan otras cartografías y otras racionalidades en también otros códigos, desde una mirada ajena, es verdad, a la narrativa “edificante”, a los alegatos y alecciones, que crea en otro nivel, no subsidiario.

Para nosotros, la narrativa venezolana contemporánea desafía saberes y prácticas, trastoca el lugar de la enunciación y de la lectura de los relatos que nos conforman, urde imaginarios otros. Sin estridencias, y trascendiendo la trampa de las dicotomías representación/antirepresentación, comunicación/incomunicación, social/existencial, teje el universo finisecular y en él, sin embargo, es primaria, original, como si nombrara, desde una profunda decantación, por primera vez, o como si, en palabras de Noguera, inventara los días, sin renunciar, en aras de la postmodernidad, a la validación del esplendor de su práctica cultural.

Y tal vez entonces el problema consista en la mirada, en leer de otro modo, en renunciar, por fin, a hacer de la literatura un objeto al que demandamos todas las confirmaciones a nuestras disímiles certidumbres —o incertidumbres—, o al que desde una mirada canónica, en aras de lo anticanónico, desplazamos para ignorarlo. Quizás la respuesta resida en el ejercicio múltiple que esta literatura propone al lector en el cuerpo de su hibridez, en la apelación a la intimidad, a la memoria, a la urdimbre de otra historia, desde la primera materialidad del lenguaje sólo reconocible en un espesor que contradice saberes y miradas.

Porque nuestra narrativa parece proponernos, metaficcionalmente, el desplazamiento de la mirada. Así, también la llamada ficción “histórica” resemantiza aconteceres y personajes, y subvierte anticanónicamente, no sólo los modelos, documentos y hechos históricos sino, fundamentalmente, la mirada que los construye. Esta mirada es en extremo sugestiva en La tragedia del Generalísimo de Denzil Romero que, aparentemente regodeada en la detallista reconstrucción fiel de cada una de las etapas de la vida del personaje, deconstruye la fidelidad histórica al instalar en ella la corrosiva mirada postmoderna.

En La tragedia del Generalísimo, la parodia, la carnavalización, la intertextualidad, urden una imaginería que postula no sólo una contrahistoria sino también una poética de ficción, realidad e historia. Así, el referente para la supuesta reconstrucción histórica del personaje de Miranda es otra ficción: el lienzo de Miranda en La Carraca. Cada una de las partes del cuerpo del prócer es exhaustivamente descrita sólo para tejer el cuerpo otro, el del relato: dibujar un lienzo que dialoga, intercepta, recubre, desdibuja, el de Michelena. El relato deconstruye su propia representación y su fidelidad referencial, realidad y ficción se muestran por igual como tramado de ficciones con el que la voz narrativa descentra nuestros imaginarios y urde, una vez más, una imaginería para la historia: para la ficción.

Y no por obra y gracia del desdeñado afán experimentalista que también se achacó en bloque a nuestra narrativa del ochenta —y también a la del setenta—, como si fuese posible disociar la experimentación de la producción de significación, como si se tratara de un fútil juego estructural y lingüístico que nos colocara a espaldas de la certera significación, de la inefable historia, de la posibilidad de representar, de lo que canónicamente entendemos como el deber ser de la literatura. “Experimentación” que curiosamente apreciamos en otras literaturas una vez que ellas han sido legitimadas, pero despreciamos en la nuestra, como si una extraña culpa nos persiguiese.

Y se trata es justamente de que aquello que transgrede, lo que irrumpe y abre otros horizontes de sentidos en nuestro universo, es lo que rebasa nuestro horizonte de expectativas. Sólo una mirada domesticada, canónica, previsible, nos pide que atendamos a lo que esperamos, se pregunta siempre por el gran logro, por la gran novela, por la inefable unidad que nos nuclee a todos en un mismo proyecto que nos catapulte en la posibilidad de ofrecernos contundentemente —homogeneizadamente— en el universo literario, institucional, académico.

Pero nuestra literatura se ha ido escribiendo desde otras orillas: no quiere colmar las expectativas del lector, de la institución, de la academia, de los medios, no aspira a brindarse como práctica discursiva que satisfaga un acto de lectura previsible. Paradójicamente, desde los mismos espacios que desplazan la literatura en aras de otras producciones culturales, desde la misma mirada que se concibe capaz de señalar “lo nuevo” y lo que “vale”, se elaboran discursos canónicos, discursos de poder, que no resisten los desplazamientos, que se mueven en el recorte nítido entre lo que es literatura y lo que no lo es, que parecerían ajenos a la producción literaria que ha desplazado —siempre— nuestra cultura. Asumimos como propias, con total naturalidad, afirmaciones que deslindan lo literario de lo extraliterario, al tiempo que le pedimos a la literatura respuestas a las preguntas —tantas veces homogeneizadoras y canónicas— que lejos de ella formulamos al estilo de quiénes somos, qué decimos, cómo nos reconocemos.

Mientras tanto, la literatura se piensa a sí misma ajena a la literariedad, reformula incesantemente sus propios cánones, todo lo extraliterario le pertenece, explora otros códigos lingüísticos, otros modos discursivos, otras construcciones narrativas, y justamente por no ser legitimadora y canónica, renuncia a privilegiar el nivel del significado y cuestiona también al lenguaje mismo. Busca desde lo privado lo público, las voces plurales, divergentes, los registros múltiples del habla, de la mirada, de los espacios en que el sujeto se construye, que desplazan también la voz autoritaria, la fragmentan y dispersan para acoger la voz descentrada de ficción y realidad.

Trato, en fin, de decir, que más que legitimar nuestras preguntas y otorgarnos respuestas, más que dibujarnos para esclarecer y dotar de significación nuestros referentes, la narrativa contemporánea explora otros niveles de sentido y con ello nos ofrece un acto difícil, que irrumpe —afortunadamente— en nuestro horizonte de expectativas y en esa relación con la alteridad que es el lector, hace de la realidad, literatura, y de la literatura, formas de realidad. Ella nos pide que no convirtamos nuestro acercamiento a la literatura en una actividad autoritaria y canonizadora, que proclama la descentralización de lo literario sin reconocer que ella se encuentra, justamente, en los márgenes, en la periferia, y tal vez por eso la desconocemos, porque nos dibuja otros rostros, sujetos y racionalidades que nos figuran como alteridades, que no responden a lo que creemos ser y conocer sino que sugieren otros saberes, otros despliegues de la significación.

Y ello es, en definitiva, lo que nos urge: tramar, cada día, la siempre cambiante constelación de sentidos que nos constituye.

 

Bibliografía citada

  • Beverly, John (1993). Against Literature. Minneapolis. University of Minnesota Press.
  • Isava, Luis Miguel (1998). “La herejía de las refutaciones: reflexiones en torno a la noción de crítica como articulación de los discursos filosófico y literario” Estudios. Revista de Investigaciones Literarias y Culturales (Caracas). Año 6, Nº 11; pp. 35-50.
  • Oropeza, José Napoleón (1999). “Los ojos de un pez: tendencias y nombres en la novela venezolana de finales de siglo” (inédito).