Entrevistas
Juan PérezJuan Pérez, mención especial
en Bienal de Cofae, cree en optimizar
y autorregular los deseos
“En la fantasía de lo cotidiano
están las respuestas
a muchas verdades”

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Cuenta uno de los tres ganadores de la mención especial de la II Bienal de Literatura Infantil de Cofae, Juan Pérez, que su historia El sombrero del mago, no es producto de inspiración alguna. Por el contrario, transitó por un proceso investigativo para lograr acertadamente una ficción que —cual realismo mágico—, se hace verdad si el lector se agracia de esa avidez. “En ella hay un imán secreto, una especie de estructura de hierro que permite el enganche”, maduró Pérez, un TSU en electrónica, convertido en profesor de dramaturgia. Y todo gracias a su pasión por el teatro. Al igual que él, Miguel Otero Silva cursó estudios de ingeniería que no concluyó e Isaac Chocrón contó con estudios en ciencias económicas. “Siempre quise ser ebanista y mi padre dijo que ¡no!, porque la escuela donde estudiaríamos debía ser la técnica. De hecho, él quería que yo fuera médico porque para aquél entonces eso era un estatus”, recalcó pensando que llegará un momento en el que él sólo se dedicará a escribir, sin importarle lo que cueste. Pero por ahora prevé aflorar en sus seis estudiantes ese ímpetu por el teatro, para que éstos logren —bien venturosamente—, trazar autorías valederas.

De la misma manera, Juan nos comentó que su conocimiento en literatura proviene de los talleres sobre la temática, todos alicientes personales que le seguirán permitiendo “llueva, truene o relampaguee”, trasladarse desde el estado Anzoátegui (donde vive) a las clases en Caracas, en la actualidad con el docente Rodolfo Santana. “Con él tuvimos una conversación de dónde salen las ideas del que escribe y del que hace teatro”, comentó Pérez al recordar a un autor italiano, de nombre Gianni Rodari, que, en su compendio sobre la “gramática de la fantasía”, da a conocer lo mejor del “arte de inventar”, en este caso cuentos. “Mi vida personal está llena de ilusiones”, añadió con base en la realidad necesaria para corresponderse. Pero el entusiasmo fue más allá ya que esto minó de herramientas técnicas a Juan. “Me apropié sanamente de las ideas de Rodari. Por ello cuando camino por la calle siempre me pregunto: ¿qué pasaría si..?”, respuesta que usted la consigue en la historia de este sombrero verde, color —por cierto—, asociado, desde la psicología, a la tonalidad de la esperanza.

Para consentir al relato del El sombrero del mago, los fantásticos pensamientos del autor necesitaron de la ayuda de sus sobrinos (Dennisse León y Juan José), también de su hijo que hoy anda con el cuento debajo del brazo (para arriba y para abajo) —cual diplomado—, disfrutando del galardón; además de varios allegados que le permitieron finalizar esta historia abierta. “Te cuento que duré varios meses sin poder terminar el relato porque no conseguía cómo redondearlo. Se me ocurrió preguntarle a ellos: ¿qué le pedirían a un sombrero mágico? La respuesta ágil coincidió: ¡Queremos tener un propio sombrero!, para todos los días poderle pedir deseos”. Nos quiso adelantar sobre el serafín desenlace que bajo su óptica busca multiplicarse en cada uno de los lectores, aunque le preocupe que “el cuento no debe caer en la moraleja, sino enseñar una escala de valores”.

—En algún momento del cuento dice que “los magos se subirán a los árboles para volcar sus sombreros y dejar salir todos los deseos guardados”. Ahora, ya fuera de la historia, ¿será que nos inundaremos?

—Quizás nos inundaremos sólo de deseos buenos (risas). El mensaje de volcar todos los sombreros es un futuro que uno proyecta. Las religiones hablan de ello, los políticos los prometen y todos los esperamos. Uno quiere ser feliz en el futuro. Aunque hay bastantes niños con deseos reprimidos.

—Escogí una cita de El sombrero: “Sólo tu imaginación es el límite”. Haciendo un contraste entre niños y adultos, ¿ésta es infinita para ambos?

—¡Claro que es infinita! La función de la escuela primaria en los niños es “tomarlos por los pies para ponerlos en el piso”, es de alguna manera domesticar su fantasía. El problema es cuando los fija demasiado y les coarta la imaginación. De hecho a los niños de quinto y sexto grado una maestra les dice que hagan una casa y todos dibujan la misma estructura. Es un esquema mental, amoldado a un patrón. Esto puede en su adolescencia chocar con el entorno en el cual se desenvuelven. Incluso a nivel de las gerencias hay técnicas que se basan en el dejar crear, mejor conocido como el torbellino de ideas. Como dice la niña de la historia, todas las cosas hablan, lo que quiere decir que todo tiene algo que contar.

—Alguien infirió que en el común de las historias infantiles sólo se pueden pedir tres deseos por aquello de los genios, aunque usted al inicio sólo le concede un deseo a la protagonista; ¿no tendrá esto una respuesta psicosocial?, ¿cuál es su visión?

—En este caso, cuando se habla de un solo deseo es para ir acumulándolos para cuando termine “la guerra” de la cual hablo en la historia. La idea era poner al lector a pensar bien en ese deseo. Uno solo podría llevarte a querer mucho dinero, sin medir las consecuencias. Por ello con un segundo, resuelves si te equivocaste en el primero y así con el que queda.

—En El sombrero del mago, ¿habla implícitamente del derecho a compartir?, ¿el niño no debe asumir nada como suyo?

—Es compartir por aquello de que las cosas son del que las necesita. Cuando se es adulto se pierde esa facultad. Tenemos que luchar contra aquello que dice que mientras más tengo más soy. Por ello, hay una parte de la historia donde humanizo a los objetos. La igualdad debe estar en función de quien necesite los objetos.

—En algún momento del relato, ¿sugiere que hay gente que olvida lo verdaderamente significativo? ¿Dónde está?

—Hay personas que dejan pasar las oportunidades, porque no vislumbran más allá de sus propios problemas. La respuesta está en la realización de uno mismo. Recuerdo que me gané un premio de teatro. El galardón eran tres mil bolívares, algo irrisorio. Pero había un hecho más allá de lo metálico. Esto colinda con la idea de que para muchos actores lo más importante es un aplauso.

—“A nadie se le ocurre pedirle tristezas a la vida”, cita en otro extremo de El sombrero del mago. Y si hago de esto una pregunta, ¿qué me diría?

—Sí, aunque haya gente que se las pida. Hay seres humanos que se regodean en sus tristezas,aunque en profundidad lo que estén pidiendo sea afecto. Esto es una manipulación de alguna manera. Una forma de escape es ignorar la tristeza. Es conseguir el ánimo en el sombrero mágico que a todos nos pertenece.

—Otro mensaje paralelo de su historia es el materialismo cuando señala que los adultos piden como deseo dinero, casas y joyas.

—Yo hice una encuesta con adultos. Tengo un sombrero pequeñito de cartón y les preguntaba qué le pedirían a éste. Ellos respondieron: un ropero con mucha ropa, miles de pares de zapatos, un carro BMW, es decir, todo material. Aunque generalmente algunos artistas y músicos sí querían otras cosas interesantes, por aquello de la niñez reprimida. Vivir solos en una isla, fue una respuesta.

—Si la magia vive eternamente en cada uno de nosotros, ¿dónde quedará la realidad? ¿Es creer en la verdad verdadera?

—¡Esto sí que está difícil! (risas). Uno vive en un eterno choque con la realidad y si no estás preparado te atropellarás. Pero tampoco puedes andar soñando permanentemente. Hay como un acuerdo, un límite, una delgada línea roja que asemeja una cuerda floja donde si te vas para este lado te caes, pero si te vas para este otro, también. De los dos lados es peligroso. Es cuestión de saber acomodar las dos cosas, tanta cantidad de fantasía como se pueda, tanta realidad como se deba.

—Fuera de El sombrero del mago, ¿qué le pediría usted al sombrero verde mágico del cual nos habla?

—Le pediría que me regalara muchas ideas, aunque ya me las esté cumpliendo porque tengo una buena cantidad de proyectos para escribir. Más bien, me faltará vida para concebirlos. Escribir es el sombrero, y el sacar de él una idea y materializarla como un cuento, eso satisface mucho.

—El yo querer tanto, el que usted quiera y el que los niños quieran, ¿será contraproducente?

—No, absolutamente, porque siempre habrá otra persona que quiera algo contrario a lo que tú quieres y tienes que sentarte a hablarlo. La sociedad se autorregula y optimiza los deseos. Si dos niños quieren el mismo color amarillo en la escuela tendrán que llegar al acuerdo de quién va a pintar primero.

—¿Cree usted en el final o en el comienzo de su historia?

—Debo creer en ambas, porque de lo contrario me saldría un adefesio. Cuando uno se plantea escribir algo lo que hace es sacarse los demonios, las angustias y las inquietudes que uno pueda tener. El comienzo de El sombrero del mago es una esperanza que tiene cada quien. La protagonista (una niña) en principio no cree en el sombrero que se consigue, le cuesta tonarlo porque el sombrero puede ser algo que a veces nos da miedo asumirlo. El final es una solución abierta.Busco la fantasía a lo cotidiano porque es allí donde están las respuestas a muchas verdades.

 

Juan PérezLa constancia de un hombre
dedicado al teatro

Juan Pérez, nació en Acarigua, estado Portuguesa. Aunque se desempeña en el área electrónica, participó como miembro fundador y escritor de la mayoría de las obras representadas por el Grupo Cultural Fanep, y fue director del Movimiento Cultural Ezequiel Zamora. Ha participado en talleres de introducción a la dramaturgia dirigido por Daniel Martínez Dambolena (Uruguay), con Rodolfo Santana, Pedro Monge Rafuls y Luis Galván de la Escuela de Teatro “Teófilo Leal”. Fue miembro del jurado del Concurso Nacional de Literatura La Abeja Obrera homenaje a Efraín Cuevas y coordinador del Encuentro de Nuevos Escritores de Portuguesa. Como productor teatral y escritor tiene larga trayectoria con las obras: El Mesías que vino del Infierno, Mi amigo Superman, La condena de Lucullus, Se llamarán hombres, que recibió la mención de honor del premio Fundarte de Dramaturgia 2003 de la Alcaldía de Caracas; El vaquero de vidrio, galardonada por unanimidad con el premio Bienal de Dramaturgia de la Universidad Central de Venezuela en 1987; Diles que no me maten, Nuestra Reina de Corazones, Querido Niño Jesús, publicada por Urua Editorial en el libro Semillero de Dramaturgos México-Venezuela en diciembre de 2004, bajo la dirección del venezolano Tomás Jurado y el mexicano Hugo Salcedo; entre otras. Su pluma hoy prepara varias piezas teatrales como: Pajarito en grama, Pájaro picón-picón, Que el Diablo me lleve, una recreación libre y moderna de Florentino y el Diablo, obra de Alberto Arvelo Torrealba; entre otras. Tiene varios ensayos, entre ellos El arte de decir las cosas, disertaciones a favor del uso de la técnica en la creación literaria.