Letras
El dilema de un arcángel

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I

te juro que no entiendo para qué movemos
los falsos presagios de melancolías...
por qué arrancamos las costras
pasadas de añejas horas extendidas...
Te digo, que no hay castigo, para
quien no grita, juntando
anhelos de rebeldías;
ni para aquel que restañe, pidiendo
plegarias, y rasgando las
banderas de meras hipocresías.
Parece que juntamos,
y no entiendo por qué,
pesares de antiguas cofradías...
y gritamos las mismas tonterías
con voces aguadas de liridas.
Paso dos veces por la misma calle,
silbando el duelo de mis alegrías,
Y recojo la gota rota en que, incauto,
sepulto todas mis rebeldías.

 

II

Parece que entrases
Con la llave escondida.
Pareciera que hablases
Con verbosidad de lirida.
Parece que callases
Con una risa constreñida;
Y tal cual estás, pareces
Un jardín, con una flor
En estigma.

 

III

Sabes tú lo que es
aprobar esta circunstancia
forjada de hechos.
Percatarme de tu imagen
con una venda puesta.
Proponer esta indecisa
voluntad contra todo
lo que no existe.
Cuando declinas esa, esta,
aquella polémica, diseminando
respuestas, esparciendo
parentelas,
rehusando esta tosca apariencia
que guarda tu recato;
improvisando percances,
intentando solapar la espera.
Ya no veo, ni espero
pues mi condición
de proletario reduce
Este confuso léxico
A un excéntrico
Monólogo interior.

 

IV

Te supongo
ya emparejada
con una risa que cuelga de tu
rostro.
Y pareciese que así
engendrases, de en medio
de tu cabeza,
un lirio blanco.
Mis ojos se avergüenzan
Pues te creo desnuda.
Qué dulce, esta prolongación
de mi niñez, en donde lo
veo todo traslúcido.
Y me pregunto si debo
extraviarme en estos
jeroglíficos que posees.
Creo hurgar, y ni siquiera
tengo una lupa que me
devuelva esperanza.
Te digo que, a veces, hueles
a instinto y quiero
sepultarte en el mío.
Pero, a veces, una
renuncia parece la apología
de la horizontalidad
en que nos encontramos.
Y pienso en fusilar
mis deseos, disputando
los flancos.
Y pareciera que me desmayo
cuando una sentencia
me hace abrir una arruga ya olvidada.
Pero te digo que lo arranco de tajo,
con esa cotidiana fuerza
que nos surge a veces.
Y pienso que al hacerlo
destilo una sensación,
y dos veces me repito tu
nombre.

 

V

Me pregunto, y dirijo dos
veces la mirada,
para salvarme del olvido humano.
No quiero morir cuando
cierren un libro mío.
Quiero estar allí, intacto en la mente,
asido como enredadera.
Quisiera orillarme en los recuerdos,
y, tal vez, despalabrarme sin lamentos.
Quisiera estar allí donde las horas
son un nido lleno de aves,
un cubil atestado de una camada
donde nada sobra.
Allí, metido, desarticulado

sin esqueleto que me sostenga.
Mirarme desde adentro,
sólo para quedarme, sí,
pero perenne en el
pensamiento.

 

VI

Veo dos veces
ese recuerdo enterrado en el fondo del silencio
colgado de la boca como una
palabra.
Me supongo
la vida recostada
a tu espalda.
Qué dificultad más grande
la de materializar las ideas.
Asimismo imagino tu palabra.
Encendida en un párrafo escrito.
Qué más debo esperar
para sentir esa profusión
por las ideas,
desbarajando los recuerdos
de antiguos soliloquios.