Letras
Tres cuentos

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Momento (mi bar de noche)

Salen los brazos de las chaquetas que los guardan siempre a eso de las dos. Media hora más tarde, llegan las primeras carcajadas de unos chistes que hacen gracia. Y mire usted que son malos los chistes de madrugada.

De fondo, se oye el sempiterno quejío, o una música de jazz, Miles Davis, creo.

De decorado, Norma Jean, Hepburn (Audrey), Manhattan, la 54. Tres pinturas de un expresionismo agresivo que nadie compra. Exposición permanente de un pintor “muy logrado”.

De atrezzo, las diez mesas, las sillas cómodas, respaldo forrado, cervicales agradecen.

De tramoyistas, el barman —un personaje gótico vestido de negro infame—, los dos camareros y el dueño —un tipo de aires nuevos, ni din ni don.

De actores, pibes de comedia bufa, un donjuán de bajos vuelos, las chicas rubias del vaquero bajo, los chicos altos del pinchado pelo, tres tristes tigres, la falsa rica, el rico bueno, el grupo de los que buscan, la solitaria in crescendo, la china de las mil rosas, el guapo, la buena y el feo. Todo un tango en una esquina. Y que comience ya el juego.

 

En el principio, fue la cerveza. La rubia para sembrar.

“Yo, de campo”.

“No, detesto el baile. Soy tímido”.

“¿Esquina Plaza de Cebada? Lo conozco”.

“Un mal tipo. Aunque a mí no me gusta juzgar”.

“De delantero. Del Barça”.

“Seré polvo, mas polvo enamorado”.

“Somos tres, conmigo”.

“¿La echas de menos?”.

 

Hora tercia (ya van tres). Gintonics. Mucho hielo.

“Pasear por el camino que va a la estación. De chico, quería ser maquinista, ¿sabes?”.

“Mi cumpleaños es en mayo, el 21. Pero no me felicites... No soy de los que cuentan las llamadas”.

“Estuve en un desfile. No era como los de París, pero casi”.

“Vendía caballos de poco trapío y ella tenía una tienda. Los conozco porque eran vecinos de mi madre. Vaya tela de familia”.

“No me gusta lo que hago. Pero intento ponerle pasión. Será que soy un optimista. Botella medio llena, siempre”.

“No. No lo conozco. Me puedes dejar Bestiario? O una selva de Quiroga”.

“No me importa vivir solo. Me gusta observar y callar”.

“Me encantan los trenes. Y la velocidad. Y compartirlos con alguien. Qué triste es la soledad. Me da alergia también. Como a ti”.

 

Las dos en punto. Hace calor: los ventiladores son de mentira. Cócteles de la casa: margaritas, caipirinhas. Especialidad: el melquite.

“Y no cumplir ilusiones te va haciendo viejo. No como tú, que eres tan joven. Y tan bonita. Y que tienes toda la vida por delante”.

“¿Tengo la mano temblando? Es que... hace tiempo que no me miraban así, tan tierna...”.

“Yo he cumplido mi sueño. Y eso que soy bajita, pero gano mucho de lejos”.

“Yo sólo digo lo que pienso. Que no es justo que se separen, los hijos ya son mayores”.

“Me gusta como te reafirmas. Tan clara, tan meridiana. Siempre me gustaste, aun cuando regañabas con el jefe, toda derecha, sin sutilezas”.

“Yo sólo oigo a Veloso, de fondo, cuando hago el amor. ¡Pero no lo escucho!”.

“A veces escribo, sueltos. Me siento en el parque y veo, veo pasar la vida. Y la cuento. ¿De ti? Claro que escribí un relato. Se llamaba ‘La niña de la alforja’ ”.

“Pero eres comprometido... Aunque pienso mucho en ti, lo admito. Aunque mañana me arrepienta”.

 

Seis en punto. Mi bar cierra. Café con hielo, agua tibia, hora eterna, quiebra el cielo.

Los cincuenta bien cumplidos y los veintitantos bellos van por dos aceras distintas, se acompañan, no hay deseo. Él siente haber entonado su eterno fado de penas. Ella siente que perdió la madrugada y hoy hay fiesta... ¿con quién queda?

La arribista del yo, mí, me anda sola calle arriba. Se aburrió de tanta moda el guapo listo. La deja.

Se dice, se cuenta, se rumorea... habla al oído de quien la escuche, quien sea. Mientras, él le mira el cuello y, curioso, cuenta piedras.

El ennoviado y sin miedos se detienen y se miran en un escaparate. Sólo se rozan y se agarran de las manos. Las dudas las dejaron en el vaso del Cardhu, solo, a medio beber.

Mientras tanto, los demás... un tímido y una tierna; un honesto y una franca; una culta y un librero; el escritor platónico y el amor que deja de serlo... andan, por las esquinas, enredaditos en besos.

 

Gabán verde

He subido todas las prendas de invierno al desván, menos el gabán verde de cuero.

Lo colgué en el armario. Pero no me gustó el sitio. Y ya es verano. Un verano como debe serlo: tradicional y presuntuoso. No me digas que el verano no lo es... Se presenta arrollador, con su bochorno, su siesta.

Es mi gabán observador de nimios detalles. Me gusta porque me dijiste que parecía Mata-Hari con él y porque tuviste la osadía de subirme sus solapas el primer día que te vi.

El día en que te plantaste la sonrisa de los hoyuelos.

El día en que decidí disfrutarla porque sabía que nunca la iba a besar.

Tú, tan tuyo. Yo, tan mía.

Debajo de ese cuero he tiritado cuando me contabas un cuento en la escalera vacía del “alma mater”, que es tu mater y mi madrasta. A piola, te saltas las clases por media tostada y café solo. Tan solo estaba el café, por propia definición, que siempre lo he abandonado en la esquina, junto al valor de la soledad: un euro. Así que yo debo ser rica.

Encima del abrigo verde me enseñaste tantos ritos.

Posición india para escuchar al sabio, que hilaba historias sin final bonito.

No fuera a ilusionarme. No fueras a ilusionarte con la palabra “posibilidad”.

Eres Aracne, flaco. “Escríbeme”, me decías. Y la pregunta ya iba a mi boca: “¿Sobre tu espalda?”.

Dentro de los bolsillos he dejado la entrada de “Million Dolar”, la servilleta del Cairel, la barra de labios roja (la de la suerte), una estampita del convento perdido, el foulard de marzo y los mecheros de Camel que me regalabas.

Y las gafas de sol que tanto te miraban para ahora recordarte.

He abrochado los botones, he anudado el cinturón.

Limpié los bajos del barro, quité el polvo del cuello.

Lo limpié y lo pasé por el romero que crece bajo mi casa.

Lleva dentro el cuentecito de abril.

Ahora ya sabes, flaco, por qué te lo mando por correo urgente.

PD.— Cuídalo. Y en septiembre lo requiero, que ya habrá más primaveras.

 

Monólogo de escritor

Cuando era joven tenía la firme convicción de que las ideas que inspiraban mis escritos debían vivir cerca del mar. El océano como gran fuente de inspiración; el calor obsceno como tortura sistemática del cerebro derretido (pero incendiario); las noches frescas con sus vinos, mujeres y pachangas, cajas de Pandora en las que yo, veinteañero, buceaba para escoger virtuosas ideas que luego machacaría en mis escritos.

Camus tuvo algo que ver con eso y con mi obstinado apego a lo salado. Desde que El extranjero entró en mi vida, yo quise sentir aquel indecente “no pasar nada” que parecían tener las ciudades de arena y ventiladores en las que viví. Una época que resultó desquiciante y absurda; mis libros y yo vagando a lo largo del Paraná en busca de las ideas. Me instalaba en el salitre y esperaba el llegar de aquellas musas que se reían de mí en cada esquina del periplo.

Pero las musas no inspiraban la idea primigenia, así que todo se volvía profundamente angustioso. Demoledora era la verdad que se cernía sobre mí y de la que huía: no podía ejercer lo que consideraba mi profesión y mi pasión. A quien me preguntaba, yo le respondía: “Soy escritor”. Me sentía ufano de lo que era, una joven promesa, o más bien de lo que podía llegar a ser, uno de los mejores, aunque de facto, yo ejerciera de simple mirón de los segundos de la vida.

Odiaba mentir sobre mí mismo, sobre todo en aquel año de mis veinte en el que me había propuesto ser honesto y ecuánime. Deseaba abandonar las falsedades: gritar sobre algún malecón que yo, que me preciaba de serlo, sólo tenía la ambición, el deseo, la apremiante necesidad de ser escritor, pero que no podía escribir una sola línea porque no ocurría “nada”, ni un ápice de sangre corría en mi interior. Mis anzuelos habían muerto.

El tedio más absoluto hizo que odiara el mundo que me rodeaba, un mundo cariacontecido con mis deseos que no me mostraba ni una sola de sus caras más extravagantes para poder inspirarme en ellas. O tal vez, lo que yo buscaba no estaba en el mundo sino en mi interior, en una de esas simas profundas de mi cerebro, aquellas de donde nacían los sueños dalinianos de media tarde. Como decía el protagonista en Calígula, “el mundo se había vuelto insoportable tal y como estaba hecho y necesitaba la luna, o la felicidad, o la inmortalidad o algo que fuera demente, quizá, pero que no fuera de aquel mundo”. Cualquier alta idea sería el milagro.

Cada tarde de aquellos dos años en que vagué por lugares desconocidos de horizontes marinos, me tendía sobre la cama a viajar sobre los bordes de mi desgracia. Dios, Dios, que no había cosa peor en la vida que anhelar fervientemente algo y no poder tenerlo. Alternaba el vino fresco de la damajuana con algún par de oraciones, hecho que me revolvía las entrañas y me hacía sentir más infantil aun. El peor infierno era el de la nada más absoluta, aquél en el que las ilusiones se iban apagando para dar paso al hastío más total.

En mi habitación, la dueña de la pensión me había dejado por toda compañía un curioso pájaro, propio del lugar, y que era bastante gracioso. La cucujada se paseaba a sus anchas sobre el cuartucho y, cuando alguna vez la quise atrapar, adoptó una actitud desafiante y burlesca: extendía su cola, hinchaba el buche y lanzaba un silbido insufrible que obligaba a olvidar al estúpido animalito que sólo deseaba ser visto.

También yo, como aquel pequeño pavo real, deseaba ser visto y oído. Me di cuenta de ello el día en que le escribí una larga carta a la familia. Una epístola en la que destacaba las virtudes de mi primera obra, el frenesí de actividad en que me hallaba envuelto y las esperanzas que albergaba acerca de la posibilidad de encontrar pronto editor. Cinco pliegues de mentiras que envolví cuidadosamente y que eché al correo quedándome incomprensiblemente, más vacío, aun, de lo que estaba. Y es que por la por la ranura del buzón se había colado, sin darme cuenta, mi “ópera prima”: un relato salpicado por las falsedades de un chiquillo y sus ambiciones estrafalarias. Yo era el primero y obtuso protagonista de la novelita corta que viajaría para Europa. El segundón de la misma y, sin embargo, el personaje más redondo, permanecía de pie mirando fijamente la carta que yacía en el fondo del correo.

La gloria de los poetas, la inmortalidad de los clásicos eran los sueños de aquél que desechó tantas ideas rutinarias porque le habían parecido demasiado triviales para un elogio, una alabanza o un premio. Cierto es que no sabía hacer otra cosa excepto escribir, pero antes de buscar ideas en otros mundos me decidí a buscarlas en mí mismo. Y empecé, aquella misma noche, por escribir otra carta de cinco pliegues, un “J’acuse” completo contra mi propio orgullo, una revelación plena de lo que yo era y una aceptación total de la cucujada que llevaba dentro.

Abandoné el mar y su sal, inspiradores de ajenos escritores y publiqué Ufano, la primera novela, la contraposición de dos cartas: la que envié a Europa y la que me dirigí aquella noche del buzón. Acertadamente, no obtuvo ningún premio.

Ahora que ya me colecciono a mí mismo y pierdo la cuenta del número de libros, siguen sin venir las ideas perfectas, las de alto copete para altos honores. Nacen mis ideas de lo cotidiano, de las hagiografías, del escrutinio de lo ajeno, de los dolores y las ganancias. Sólo plasmo esto. Las grandes musas las dejo vírgenes para los que se parecieron a mí alguna vez. Y por si vuelvo a sentir, aún a mis años, alguna ambición, tengo dos hermosas cucujadas que viven en el palomar.