Émile Michele Cioran (Rumania, 1911-Francia, 1995) creía que, en el discurso de un filósofo, la incoherencia no es tan perjudicial al final de cuentas, debido a que ésta involucra un cambio autocrítico de posiciones. El hecho de que Cioran pensara así, lo hizo ser coherente con su filosofía. Sus ideas no responden a la tradición académica, sino a la fragmentación y al desconcierto de una época: si el siglo XX fuera un estado de ánimo, éste se hallaría retratado en libros tan suyos por tan humanos como Breviario de podredumbre (1949), Del inconveniente de haber nacido (1973) o Contra la historia (1983).
La sociedad tiende a señalar como pesimistas a ciertos mortales, cuando éstos no son sino decepcionados. Ese fue el drama de Cioran, también su jaula y su paradoja. Si bien sus propios editores lo tildaban de pesimista, él siempre supo que la decepción es confirmación y claridad del razonamiento, visión extrema de lo que se ha vivido en la práctica; mientras el pesimismo, en cambio, no va más allá de la ofuscación y la ignorancia.
Las preocupaciones reflexivas de Cioran nacieron de un profundo entendimiento de la realidad como hecho irrevocable para —o contra— el ser. No por azar, su línea de expresión fue escueta y casi siempre aforística, en cuya entonación se asentó la esencialidad del lenguaje y la severidad de lo espontáneo, lo lúdico y lo sombrío. Sus conclusiones desembocan en una suerte de realismo estricto o radicalizado, calificable acaso como cruel ante los ojos del lector incauto. En él, los ánimos propositivos son nulos. No es posible descubrir en Cioran señales de quijotismo, ni hay siquiera una propuesta de cambio social en sus ideas, ni un fin práctico, ni un limpio sistema filosófico planteado con las mejores intenciones. Es eso, de alguna manera, lo que salva a todo su pensamiento.
Según Cioran, la filosofía de Nietzsche “fue siempre la de un pensador adolescente”. No se equivocaba Cioran, pues —al igual que Lutero veneró el concepto cristiano del destino y la voluntad divina— Nietzsche veneró la cátedra del eterno retorno: fue un fatalista excesivo. Nietzsche estuvo lejos de comprender —como sí lo hizo Cioran— que la filosofía no puede ser un simpático proyectito de humanidad.
Es impropio llamarle fatalista a Cioran. Él jamás concibió el “fatalis” místico de los romanos y si de ellos entendió algo fue el “factum” y no el “fatum”; asimiló el “factum” como acto fijo e irremediable. O sea, su manera de ver las cosas es fatídica sólo en lo tocante a su visión determinista de lo “irremediable” y no en las implicaciones que acarrea la mística tradicional del fatalismo. Lo que sí hay en Cioran es realismo, cierto realismo amargado si se quiere, pero nunca fatalismo.
Cioran pensaba que la libertad es un engaño fácil para los débiles mentales. Yo no lo creo. Todo está dado en relación con las dimensiones que le demos a la palabra “libertad”. Tal vez, Cioran creyó demasiado en esa palabra al punto de negarla. La consideración sobre la libertad es distinta para cada sujeto, cosa que parecen haber olvidado también los existencialistas al formular recetarios improbables de una supuesta condenación a ser libres. El ser humano, en grados absolutos, no es libre, pero sí capaz de vivir, a momentos, la experiencia particular de “su” libertad. La libertad está donde no estén los prejuicios filosóficos (y otros prejuicios) del sujeto, es decir, donde el sujeto pueda ser un “sí mismo” pleno, donde su integridad subjetiva se separe de los esquemas que coartan su personalidad.
La antipatía de Cioran no era —como suele creerse— contra el mundo ni contra la sociedad, sino contra los absolutos; por eso, quizá, veía en la música el único logro de la humanidad entera.
Cioran ha dicho que el budismo no ha sido más que una especie de moda para los intelectuales occidentales. A mi parecer, las bases del budismo no deben descartarse por la simple circunstancia de la “moda” en Occidente. Aunque parezca absurdo, Cioran actúa como un vanidoso al advertir sólo eso, porque olvida que el budismo parte de la existencia individual del ser como verdad humana de sufrimiento. Además, el budismo no se relega a la sumisión respecto de una divinidad caprichosa, lo que la convierte en una doctrina religiosa menos idealista que el cristianismo.
El gran conflicto ético para el intelectual suele estar cifrado en el pragmatismo de sus ideas; la praxis es su prueba de fuego. Cioran, quien nunca se consideró intelectual, jamás tuvo reparos en ser criticado por su poca congruencia entre lo que decía y lo que hacía. Cioran odió las editoriales, pero éstas le dieron de comer caviar y buen vino. Así, su gran lección de ética fue no haber tenido ninguna, fuera de aquella que sí le corresponde a un sabio y su egoísmo.