Bastante temprano surgieron también textos en idioma húngaro (que pertenece a la familia de lenguas finougrias, sin rasgos comunes con las lenguas románticas o germánicas), escritos con el alfabeto latino. Después de las esporádicas huellas, procede de mediados del siglo XII nuestro primer texto en prosa: el “Halotti beszéd” (Discurso mortuorio), traducción al idioma húngaro de un escrito de oración necrológica en latín. De un siglo más tarde, proviene el primer poema en húngaro, el “Mária-siralom” (Lamentación de María), creado también sobre la base de un original latino.
Muchos años de emigración y ahora el pueblo magiar (parientes de los magiares son los finlandeses, los estonios y numerosos otros pueblos pequeños que en la actualidad viven en territorio de Rusia, en los montes Urales y en la región del río Volga) estaba llegando a la Cuenca de los Cárpatos. József Attila, quien siempre tuvo razones poderosas para enamorarse de cualquier mujer del mundo, tuvo razones hermosamente particulares para enamorarse de Flora Kozmutza, a quien conoció gracias a Kálmán Sándor —escritor y editor— el 20 de febrero de 1937. Yo tendría la posibilidad, insólita por cierto, de conocer al poeta muchos años más tarde, en una vieja Biblioteca de Temuco, donde estaba dormido un libro antológico de su obra capital. Ella, Flora, trabajaba como auxiliar y colaboradora de Lipót Szondi, en la Facultad de Magisterio de Pedagogía Rehabilitativa de Budapest, adonde lo había llevado Kálmán, porque se sentía enfermo, y decaído. Muchas semejanzas se cruzan en las vidas. Siempre me ha sorprendido esa constatación sonora. Aunque única, arrastramos dentro de nosotros otras vidas (que se han ido acumulando, quizás, como sacos o archivos de la experiencia). Tenía edad de liceo cuando leí su poema “Corazón puro”.1 Era (y lo sigue siendo) un texto conmovedor. Sufrí de aquella tristeza literaria sólo comparable a la que sufrí, producto de la lectura quinceañera y desinformada de Werther, de Goethe. Los liceanos no sabíamos medir el ancho del mundo con la palma de la mano, ni presentir el peligro que está inmerso en los despliegues sociales, ni advertir el riesgo a la vuelta de la esquina, tampoco teníamos capacidad para analizar mundos tan distintos y complejos, como los mundos de los países del Este, sobre los cuales, en ese entonces, caía un manto de silencio, olvido e ignorancia. Un leve antecedente (avizor) me lo había regalado la lectura de Los Cardos del Baragán, del escritor rumano Panait Istrati. Estábamos cobijados por la luz en ese tiempo, y era más que suficiente para desafiar el universo entero. Budapest es una palabra hermosa que gusto de repetirla en voz alta, aunque no signifique parece que hablara y asociada a esa palabra estaba ese poema maravilloso que hoy, lejos de Hungría y de Chile, recuerdo. A veces, la palabra Budapest habla más de la cuenta y me gusta que sea así. Entraba a mundos que ni siquiera lograba concebir: imaginaba ese país lleno de tiendas gitanas, colorido, con un golpeteo incesar de mazos de madera sobre piezas de cobre y lejanos acordeones perdiéndose en medio de los crepúsculos (“Mis queridos amigos que aún recuerdan al loco, / ahora les escribo, aquí junto a la estufa / donde os recuerdo mientras el frío de la noche / de noviembre ha venido a mezclarse en mi alma / a esta lenta tristeza que apenas se disuelve”). De alguna manera teníamos vínculos sagrados de comunión: los que vivíamos en la provincia y los que vivían en las grandes provincias del Este. “Los hombres que no saben jugar me causan miedo. Todo lo haría yo para que el hombre no perdiera las ganas de jugar, para que fuesen suprimidas las condiciones de vida miserables que arrebatan a los hombres las ganas y la posibilidad de jugar”, escribía el poeta. Cumanos, pechenegos, magiares y sekleres en la misma alforja húngara. Era hijo de un jabonero, Aron, y una sirvienta, Borcza Pőcze (“Murió pronto / porque las lavanderas mueren pronto...”, dijo). Conoció los subterráneos de la condición humana, que sólo tuvo pequeños rayos de sol, uno de ellos era Flora, a quien le canta con entusiasmo salvífico: “Y sufro tanto, que la locura / ha de llevarse mi corazón... / ¡Sé mi Juvencia, te lo suplico, / amor de Flora, mi puro amor!”.No tengo idea si aún sigue existiendo esa edición magnífica del poeta húngaro, József Attila, en la fría Biblioteca Municipal de Temuco. Me provoca ese poeta el mismo embrujo que el argentino, Juan L. Ortiz (Juanele), ambos tienen vidas comparables.Era un día cualquiera, cualquier día de un tiempo que, quizás, tampoco interesa, cuando me fui a encontrar con él. Había paseado dibujando y desdibujando el cielo nubloso, disfrutando los castaños florecidos de calle Balmaceda, que en época de colegio sirvieron de proyectiles y, también para recuperar la honra contra un profesor abusivo. Tenía una enorme paz en el espíritu, quizás porque apenas llovía y salía el sol y volvía a llover nuevamente. Y entré a la Biblioteca para solicitar este libro insólito, de grandes caracteres blancos, el fondo era de color rojo y negro. Más insólito fue que este libro efectivamente se encontrase en los anaqueles de ese Templo y dedicado por Neruda, quien se lo había regalado a la ciudad. El dependiente de la Biblioteca, un viejo hombre de circo (que aún a los ochenta años hacía la posición invertida sobre una silla de madera), también se sorprendió. Era un libro antológico del poeta húngaro József Attila (1905-1937), poeta que sólo había vivido 32 años y había reconocido, durante ese tiempo, la pobreza más absoluta: la que roe y quema al mismo tiempo. Su madre, abnegada por cierto, se dedicaba a la limpieza de casas y su padre se había marchado a Estados Unidos. Cuando tenía catorce años, su madre murió de cáncer. Publicó, como pudo, un libro titulado A szépség Koldusa, que fue prologado por el famoso poeta húngaro Gyula Juhász. En Francia y en Austria escribió su segundo tomo de poesías, Nem én Kiáltok (1925) y luego, en 1929, publicó Nincsen apám se anyám, donde ya se notaban las influencias del surrealismo. Después de su ingreso al partido comunista, escribió Döntsd a Tokét (1931), y sus próximos poemas, de manera sucesiva, constituyeron los libros: Külvärosi ej (1932), Medvetánc (1934) y Nagyon Faj (1936). Al final de sus días, después de haber sido expulsado del partido en el cual militó, y ya víctima de una cruel depresión, escribió: “Mis ojos saltan de la cabeza. Si me vuelvo loco —por favor, no me hagan daño. Simplemente atráiganme con sus manos fuertes”. El día 3 de diciembre de 1937 se suicidó lanzándose al paso de un tren en Balatonszárszó.2 Había —dicen— tres testigos presenciales del trágico suceso: el conductor del tren, un comerciante y un habitante del pueblo. Lo demás es historia. Así comienza el último poema que escribió: “Fugaces recuerdos, ¿en dónde desaparecisteis?”. Al poco tiempo de morir, como siempre sucede y es parte del destino universal de la poesía mayor, se recogieron sus textos en una antología total denominada Összes versei és müforditásai (Todos los poemas y traducciones, 1939). Todo sigue igual en Temuco: la lluvia, la calle Balmaceda, los castaños. No está el único bibliotecario del mundo, capaz de hacer la posición invertida sobre una silla / que vivía junto al edificio. La santa tierra cubre, ¡qué duda cabe! al poeta húngaro y al finísimo bibliotecario de apellido Johnson, creo que se llamaba Johnson, ¡cómo se me han ido olvidando las personas que tanto admiré!
“Corazón puro”, No tengo ni padre ni madre, / no tengo ni patria ni Dios, / no tengo ni cuna ni sudario, / no tengo ni sombra de amor. / Hace tres días que no como / siquiera un pedazo de pan. / El poder de mis veinte años / se lo venderé al mejor postor. / Y si nadie quiere comprármelo / al diablo se lo ofreceré. / Robaré, puro el corazón, / y, si es preciso, mataré. / Seré atrapado y luego ahorcado. / La santa tierra me cubrirá / y la fatal hierba crecerá / desde mi hermoso y puro corazón.
Recillas, José Manuel. Amor y destino en Attila József: “Cuando Kálmán Sándor llevó a József con Flora, la intención inicial era que ella le aplicase la prueba de Rorscharch, consistente en una serie de diez gráficas de tinta simétricas, presentadas en un orden específico, que el paciente debe interpretar libremente. Flora interrumpió el examen al llegar a la quinta gráfica, y jamás lo continuaron. De acuerdo con Ferenc Mérei, “la sexta gráfica tiene que ver con la esfera de la vida sexual del individuo, en tanto a través de la quinta es posible analizar la tendencia al suicidio de un individuo”.