Editorial
Enemigos del exilio

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Uno de los problemas con el exilio político es que, por las circunstancias que rodean al hecho mismo del exilio, hay exiliados que creen tener todo el derecho para reaccionar violentamente ante quienes se muestren a favor del gobierno que los llevó a esa situación. Y quizás lo tengan, toda vez que la doctrina del poner la otra mejilla no es moneda común.

Hace poco más de un año, la escritora colombiana Laura Restrepo, ganadora del premio Alfaguara 2004 por su novela Delirio, fue entrevistada por un canal de televisión de Miami durante la gira de presentación de su libro. Sus declaraciones habrían de causar cierto revuelo entre la comunidad cubana de Miami por calificar a Fidel Castro como “lo mejor que le ha pasado a América Latina”.

El 22 de agosto pasado, EFE emitió un cable en el que, citando una entrevista publicada en el Diario Las Américas, se afirmaba que Ángel Cuadra, escritor cubano que salió de la isla en 1985, se había mostrado en desacuerdo, en nombre del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio, con la invitación que los organizadores de la Feria Internacional del Libro de Miami, que se celebrará en noviembre, extendieron a Restrepo. Por otra parte, la agencia Librusa informó el hecho indicando que Cuadra habría instado a los organizadores a no invitarla.

La información movilizó al Miami Dade College, institución auspiciante de la Feria de Miami, que a través de un portavoz dio a entender que Restrepo asistirá al evento de cualquier manera. Aclaración que quizás se volvió innecesaria, pues Cuadra en persona desmintió a ambas agencias, días después, en un artículo publicado en el mismo diario.

Explica el escritor: “La agencia EFE (no sabemos de dónde lo sacó, aunque lo sospechamos) da como noticia que las críticas a la señora Laura Restrepo fueron ‘realizadas por una organización de escritores cubanos exiliados’. Falso. Yo pertenezco al Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio, institución que no ha tenido nada que ver con mis opiniones en este caso. Son mis opiniones dadas a título personal”.

En cuanto a Librusa, Cuadra agrega que jamás instó a nada a los organizadores de la feria, sencillamente porque él no está en posición de hacerlo. “Yo no puedo instar a la Feria a tal cosa, porque yo no pertenezco a este organismo; no sabía, ni tenía por qué saberlo previamente, lo de la propuesta de invitación, lo que esta institución —la Feria—, hace a su libre albedrío o conveniencia, en uso de su derecho como organismo”.

Visto objetivamente, ya poco importa que sea verdad o no que Ángel Cuadra haya “instado” a las autoridades de la feria a retirarle la invitación a Laura Restrepo. La repetición de la especie en decenas de periódicos de habla hispana, llevados de la mano de las agencias de noticias, basta para transfigurar en verdad lo que Cuadra se ha esforzado hace unos días en desmentir. No sería extraño, entonces, que la presencia de Restrepo en Miami se tropiece contra la franca oposición de los exiliados cubanos.

Y es que convertirse en “enemigo del exilio” puede ser tan peligroso como convertirse en “enemigo de la patria”. Hace unos meses se hizo pública una carta a Carlos Santana, atribuida a Paquito D’Rivera, a raíz de que aquél asistiera a la entrega del Oscar con una camiseta estampada con la imagen del Che Guevara. La carta termina de manera sombría: “A pesar de todo, como artista te deseo buena suerte, porque la necesitarás, Carlos, sobre todo en Miami”.

Aunque es cierto que, visto desde una óptica estrictamente humanista, los actos de violencia no tienen justificación, todo esto se queda en llana filosofía cuando nos enfrentamos a la realidad: si alguien alaba a un gobierno acusado de quebrantar los derechos humanos, no se puede esperar que la gente exiliada por ese gobierno sonría con filosófica complacencia.

Es sabido que en la comunidad cubana que discurre su exilio en Miami existen líderes intolerantes que reaccionan airadamente contra todo aquel que los contradiga, lo que ha originado no pocos episodios de violencia en diversas oportunidades. Sintiéndose adalides del derecho a combatir contra el régimen de su país de origen, se convierten en una forma alterna de totalitarismo que no acepta que se les adverse.

Toda comunidad exiliada es fácilmente irritable. La cubana no se exime de esto, razón por la cual siempre habrá quien estimule la ira bajo la suposición de que no hay otra vía para lograr su objetivo —derrocar el régimen por el que tuvieron que salir de la patria—, aunque en medio siglo esa misma ira no haya sido suficiente para lograrlo.