Las madres
“Ya no es verano.
No hay Dios”.
Edith Goel
(Argentina-Israel)
Danzan al son del viento.
Danzan con un manojo de memoria
trenzado en el cabello, prendido en la solapa.
Danzan en los umbrales de un insomnio que devora retinas,
que adivina los cuerpos pudriéndose en la entraña del agua turbulenta,
que denuncia las llagas gestándose en los huecos de las noches sin dioses,
que reclama al silencio su azul cosmogonía de esperanza,
vagando por los jueves en la plaza del miedo
ante un pueblo que inventa absoluciones,
que indulta las afrentas.
Danzan sobre su llanto
al ritmo de la lluvia en las baldosas,
al compás de esos nombres que no quiebra la furia
con sus rabos de enconos clandestinos desciñendo relámpagos,
ni la boca asesina consumando rituales de harina fraudulenta;
que no rompe el sigilo de uniformes reptando por senderos impunes
ni la iglesia ocultando la identidad secreta del verdugo
ni la letra amarilla escribiendo otra historia
ni la calumnia alzando sus estigmas
ni la hirsuta impotencia.
Danzan entre el ultraje,
danzan sus terquedades insolentes,
danzan entre recuerdos, entre antiguos retratos,
entre gestos de infancias inocentes encendiendo sonrisas.
Renacidas al mundo desde las hendiduras de sufridas placentas,
paridas por los mismos que parieron sus muslos hace espesos veranos,
delatando los odios que acribillaron pájaros dormidos
cuando urdía la angustia sus tramas de desvelo,
cuando se rebelaron los geranios
y comenzó la ausencia.
Los drogadictos
“...bebo del llanto de la noche
y del amargo abismo del olvido”.
Lina Zerón (México)
Noche a noche los cercan los temibles espectros que impone la agonía
en el advenimiento de todos los abismos absolutos,
entre los aguijones
que decretan sus muertes solitarias,
su identidad de ojeras sobre un estanque quieto
donde el agua no agrede las matrices de arcilla
ni la rabia se quiebra en bofetadas
ni oscuras cobardías
profanan las verbenas que no ha querido degradar el viento
cuando rompe corolas con el látigo impune de sus alevosías.
Alguien queda llorando sobre briznas de sueños cuando ellos alucinan,
cuando se evaden voluptuosamente de tantas orfandades,
cuando vagabundean
por regiones de cielos turbulentos
y las luces salvajes derrotan las memorias,
les tienden emboscadas de euforias amarillas
y todo el corazón se les desboca
y el delirio está cerca
y un reguero de insectos les traspasa las mentes trastornadas
como un puñal de jade inmolando tributos al dios de las vigilias.
Alguien queda temblando debajo de los puentes que ocultan inmundicias
Alguien queda temblando las enajenaciones de las fiebres.
Alguien queda temblando
fragmentos de anatemas cenicientos,
jirones de esperanza que no tienen refugio,
hilachas de cordura que rasgó la desdicha,
telarañas de antiguos hematomas
aullando en la intemperie
mientras ellos remontan la altura merecida de un milagro
porque, en todo el sollozo, no hubo un muelle de luna donde amarrar sus vidas.
Las callejeras
“Com teia de aranha
caço os pesadelos
dos sonhos”.
Eliane Fonseca (Brasil)
Las noches son groseras como su pobre infancia huérfana de ternura
librando su batalla contra las ominosas pesadillas
donde el odio las vence
y ellas deben batirse en retirada
para buscar de nuevo refugio en las esquinas
y cubrirse de harapos la elocuente cintura
evitando que aprecie el apetito
su condición de hembras,
su cualidad de vulvas disponibles para el sexo injuriante
que deambula las calles con su paso de sombra solapada y desnuda.
Tienden lienzos viscosos para impedir que el hambre atraviese su angustia,
compendian estrategias que les permitan continuar intactas
en esa geografía
donde la sangre gime a borbotones
y los puños se imponen a pura prepotencia
y el pegamento enciende un mundo sin penurias
más allá de sus secos horizontes,
más allá de las pieles
que capturan sus cuerpos en la callada edad del desamparo,
más allá de los huecos que dejan en el alma las penas insepultas.
Pero no es suficiente un cazador de sueños para frenar la furia
ni el insomnio obstinado patrocinando un velo de inocencia,
algún rumor de alas...
cuando todos los ángeles custodios
mueren en la inclemencia de oscuros escondrijos,
transidos de tristezas que no admiten disculpas,
y la escoria anda libre por las calles
ofreciendo monedas
a cambio de sus bocas insolentes urgiendo los orgasmos,
a cambio de sus muslos, sus pubis inviolados, sus nacientes lujurias.
Los soldados muertos
“...arrojados en la memoria que chilla y patalea
devorado por un olor a muerto
imposible de despegar con nada”.
Carla Vidal (Chile)
Siempre estarán yaciendo en su piel carcomida por los dientes del lobo,
porque los chocolates no llegaron al hueco de su ultraje
y nada estuvo cerca
cuando la noche, a paso de gangrena,
devoraba muñones con sus fauces de escarcha
y los dioses urgían su cuota de despojo,
el diezmo de homicidios cotidianos
que ordena su estatura,
su identidad de crótalo que repta acorralando sueños
mientras el mundo observa, mientras los templos rezan, mientras rugen los odios.
Siempre estarán yaciendo en esas soledades de profundos insomnios,
celosos habitantes de sus rotundas muertes en trinchera,
cubiertos por la nieve
como si fuera un velo funerario,
como leves sudarios sobre rostros roídos
donde el miedo demora los rictus del asombro,
donde la historia muerde sus traiciones,
donde la indiferencia
negocia cada llaga contundente, cada coágulo inerme
y el silencio es apenas otra infamia lloviendo sobre sus promontorios.
Propietarios de tumbas que no engendran corolas porque hasta el suelo es sórdido,
dueños de las raíces de sus nombres renunciando al olvido,
suturando las venas
degolladas por filos mercenarios
en el tiempo del frío, en la hora de las súplicas,
cuando el hambre alcanzaba la altura del sollozo,
la guerra era ese vértigo quemante,
la oscura pesadilla,
una cruel petulancia enredada en marañas de estrategias
y ellos esa centuria de ternura indefensa amartillando el vómito.
La sobreviviente
“Doy vuelta al forro viejo de un poema de posguerra
y encuentro un pasaje amarillento al país de las luciérnagas”.
Marina Aoiz (España)
Ha extraviado el enclave de los altos caminos que conducen al alba
y ha olvidado los nombres con que el mundo atestigua los senderos
que engendran armisticios
después que los misiles rigurosos
horadaron, cobardes, el vientre del planeta,
acatando las órdenes que reclamaban llagas,
que demandaban cálices de sangre
para saciar la furia,
en tiempos en que el puño quebrantaba los dientes del despojo
y la guerra era un párpado nutriendo las vigilias con ubres de venganza.
Pero sospecha, a veces, que sus sueños se han puesto a remendarle el alma,
sospecha que aún es hora de dar vuelta la trama desvalida
de todos los naufragios,
de encontrar el pasaje clandestino
hacia esa desmesura total de las luciérnagas
donde asume el delirio la edad de las fogatas.
Entiende que aún es tiempo de negarse
a aceptar connivencias
y aunque la sombra rueda adversamente los dados del presagio
su misión es fundarse envuelta en un rebozo de implacable esperanza.
Prepara talismanes que iluminan su cielo con aristas de lava,
arroja sus sollozos a los hondos calderos de la noche,
enciende los conjuros
para que nada puedan los demonios
contra sus amuletos de muertes amarillas
y sus voces secretas entonando plegarias.
Y explora la textura de los días
buscando cicatrices,
la huella de los pórticos discretos que ocultan el destino
a pesar de la lluvia pariendo sus ausencias de pena amordazada.
Los ciudadanos
“Intento hacer pedazos esta angustia”.
Ingrid Roldán (Guatemala)
Hijos de un desengaño que desampara el alma y no tiene remedio,
avanzan lentamente con fatiga de llanto contenido,
avanzan con sus penas,
avanzan bajo el peso de las dudas,
de haber dilapidado su confianza a mansalva
cuando las libertades eran un breve sueño,
la vergüenza cabía en una lágrima,
golpeaba la sospecha
los pómulos desnudos de la noche
y el estallido seco de una bala sin nombre desnucaba los miedos.
Hijos de aquellos días en que andaba la patria sangrando en el silencio
y negras mariposas libaban de profundas pesadillas
y férreos ideales
se calzaban pancartas insolentes
para amputar la infamia con un filo de abismos
o abatir codicilos con mandobles de viento
y arrogantes ejércitos de sombra
alzaban proscripciones
desde la arquitectura de ese agravio que sucumbió en otoño
ante una muchedumbre de palomas heridas socavando cimientos.
Avanzan de rodillas sobre esta democracia de mezquinos preceptos
fundada en las entrañas de todos los principios lacerados,
fundada en la mentira,
en la orfandad de fábricas hambrientas
compensando las bajas a gesto de subsidio,
estableciendo alianzas con cielos extranjeros,
numerando sus lunas de deshonra
mientras iza promesas,
mientras inventa cepas de esperanza en su clave de exilios
y ellos saben que acaso han de vivir mañana su muerte a contracielo.
La mujer golpeada
“Ella habla del agua,
del fuego y de la luz
y pone a trabajar todos sus muertos
para quitar malezas y mordazas”.
Nora Hall (Argentina)
Quiere huir de la noche, evadir la deshonra,
ausentarse del mundo;
desertar de la hondura de este infierno
donde los golpes caen como cae la sombra o cae la llovizna
maltratando los pómulos con zarpazos de afrenta desvelada,
con ráfagas de cólera perversa exonerando puños.
Quiere dar testimonio de tanto desamparo inmolado al desprecio
cuando estallan los miedos rigurosos,
cuando las orfandades
se ocultan bajo sayos de hostiles novilunios.
La voz vuelca promesas, pero ya no las cree
aunque invoque crepúsculos.
La voz escancia pactos de rocío,
empecina palabras, restaura compromisos, congrega juramentos,
propaga los convenios en torrentes de frágiles vergüenzas,
pero ella ya no encuentra la esperanza entre tanto perjurio.
Alguien llora a lo lejos con un llanto que eclipsa su nombre de derrota
hundido en el asombro de su propia agonía
pero ella ya no escucha
las sílabas ahogadas por coágulos desnudos.
Atraviesa relojes con su insomnio en hilachas,
su demencia en mendrugos.
Cruza la estupefacta alevosía
como el cauce de un río desbordado de pena naufragante y amarga.
Avasalla la ausencia con pies de dignidad empecinada
sobre esa latitud a contrasueño que orilla los sepulcros.
Y aunque rueden los besos sobre su piel sin luna, sobre su sed sin tregua,
abdicó a la piedad de las mordazas,
proscribió los silencios,
desterró a la intemperie su ternura de musgo.
El desterrado
“Mi piel se adhiere a tu aliento”.
Damia Mendoza (Ecuador)
Lejos de sus raíces, amaneciendo al sol de su destierro
con dolores de sombra pulsando en los agravios,
camina la sintaxis de un idioma reseco que demanda el orgullo
como visa imperiosa
para admitir sus pasos bajo un cielo
excluyente de todos los naufragios,
receptor de los sueños
invasores de luna en las noches aquellas cuando todos callaban,
prometedor de sitios donde no anda la vida
desorbitando hambrunas en los niños, arrasando salarios.
Pero su piel no entiende las ardientes razones del racismo
ni abdica a la insolencia de su oscuro legado
ni evade la nostalgia ante desnudas fauces de bestias subterráneas
regurgitando insectos
vestidos de overoles o corbatas
con rumbo a sus urgentes calendarios;
y erige soledades
y construye su canto junto al cordaje trémulo de una vieja guitarra
y la música es triste como cada derrota
y un aroma a distancia contundente precipita presagios.
Y resiste a pie firme la embestida de cercos y cerrojos
que le niegan acceso a un rito hospitalario
porque sabe que nunca habitará otro feudo donde ella lo reciba
con su gesto de patria,
su regazo de madre desvalida,
sus ubres de pezones desgarrados;
aunque a veces, de pronto,
en mitad de los trenes, al dar vuelta a una prisa, al cruzar un insomnio,
un fragmento de ceibo le indulta la memoria
y su mirada es como un árbol muerto que se deshoja en llanto.
La hambrienta
“¿Qué será de la criatura
entre la mañana y el silbido?
Bella Ventura (Colombia)
Ella es un logaritmo, un índice en las sombras,
la cifra que no cierra.
Ella no es más que un gesto remendado
incrementando el censo de cucharas vacías y vacunas urgentes
con que el dedo asesino contabiliza cada pesadilla,
cada cruento final de esos delitos que no admiten condena...
hasta que los abismos se derramen por calles pulcramente sumisas,
clamando por su angustia silenciosa,
aullando desde el fondo
con las voces del fuego crepitando tragedias.
Ella no vale nada ante el álgebra estricta.
Es sólo una molestia,
la piedra en el zapato de un ministro
que disimula todas las huellas del naufragio, los rastros del mendrugo,
con sus uñas pulidas, con sus calculadoras implacables,
con su intimidatorio veredicto de ilícita hipoteca.
Ella es un porcentaje inscripto en los tratados que fraccionan el agua,
devalúan la vida a pura fiebre,
subarriendan los sueños,
mientras el mundo instaura murallas y compuertas.
Ella sólo es un número, el guarismo descalzo,
la estadística seca.
Ella sólo es un punto en el diagrama.
Nunca tuvo una hogaza de pan hospitalario que calmara el sollozo
ni un manantial de avena donde saciar el hambre combativa
ni un perfil de alfabeto sedicioso excavando trincheras
ni un horario prudente donde alzar barricadas ante tanto exterminio
ni un silbo señalándole el regreso
al refugio en andrajos
donde muerden su cuerpo las muertes verdaderas.
El mendigo viejo
“Uno se muere de cualquier árbol
de cualquier piedra
en cualquier piel uno se muere”...
Selfa Chew (México-Estados Unidos)
Tal vez antes del hambre fallezca de intemperie,
tal vez lo quiebre el frío.
Tal vez se desmorone entre redomas
que ahoguen, finalmente, su memoria aturdida por espesos brebajes.
Tal vez desaparezca por la puntada abierta en el reverso
como un tapiz de urdimbre desgarrada por zarpazos oblicuos
o se muera nomás de su desnuda muerte, su muerte ineludible
y la gente enarbole indiferencias
ante su piel de andrajos
y acaso ni celebre los rituales propicios.
Tal vez lo decapite un filo de relojes,
un mandoble de olvidos.
Quizás su miserable anonimato
—esa errante mirada de fantasma agobiado por insomnios y lunas—
increpe hasta los huesos al alfabeto oscuro de la sangre
cuando el linaje engendre sus historias de espermas fugitivos
y alguien venga a buscarlo entre los desperdicios de una calle cualquiera,
reconozca una estría de familia,
un gesto irrepetible,
un aire inexorable en el rictus preciso.
Tal vez muera esta noche, de espaldas en la escarcha,
húmedo de rocío,
descalzamente sucio de terrones;
un perplejo difunto de barba enmarañada y piojos en jaurías,
sin un diezmo de pena para entregarle al silbo del barquero,
sin un breve retazo de agonía donde encender el grito,
yaciendo, simplemente, como yacen los muertos, en mitad de la vida,
alucinando una comarca agreste,
un sitio a contraviento
donde lo encuentre el alba con los ojos vacíos.
El demente
“Goleta a la deriva soy,
náufrago en una gota de barro”.
Rocío Castro Morgado (Perú)
Mira pasar las horas asediado por ráfagas de pupilas vacías,
de grageas puntuales,
desde esa soledad de quien no tiene más que su silencio
y el denso desvarío de una mente reseca
y delirios alzando barricadas.
Ha ampollado las plantas del fastidio
de tanto andar vagando por vértigos rituales
mientras fundan insomnios los espectros que arrastran su condena,
mientras alguien custodia,
mientras alguien lo llama detrás de los azogues con un nombre en hilachas.
Mira pasar los días tendido en los jergones saturados de piojos
que trepan por las pieles,
que anidan en la ropa y se adhieren al pelo desprolijo
con su sed insaciable, su avidez de parásito,
su hostilidad de trompas temerarias.
Mira gotear el tiempo en las clepsidras
apretando sus manos de espasmos impacientes,
tejiendo pesadillas de las que nadie viene a despertarlo
porque anduvo la muerte
saqueando el patrimonio de su frágil cordura con sigilo de arañas.
Mira pasar la vida entonando salmodias de demencia absoluta,
urgido por las sombras,
apremiado por pasos que recorren las sendas de su infierno
seguido de una corte de cautelas precisas
o parquedad de sangre alucinada.
Porque no existe un hueco en los milagros
para su dinastía de extraviadas matrices,
porque no puede huir de sus demonios en la grupa del sueño
ni edificar la dicha
ni aullar por un consuelo en la profunda noche, llagado de nostalgias.
El manifestante herido
“A la última alba huele el viento
y no puedes protegerte de las balas
escudarte de la muerte”.
Helena Ramos (Rusia-Nicaragua)
Como un pájaro ciego embistiendo cristales de escarchas avarientas,
como un pájaro ciego,
escucha en la distancia el coro de metálicos aullidos
con que la noche llama a ese musgo agrietado
que inaugura silencios en su boca.
Como un pájaro eternamente ciego,
extraviado en ramajes de injurias y traiciones,
despeñándose al fondo de un abismo devorador de sueños
donde asedian el alma
desnudas telarañas de urdimbre en laberinto y gangrenas viscosas.
Se le escapa la sangre en oscuros regueros de muerte a la deriva.
Se le escapa la sangre
huyendo de ese hueco agraviado por plomos contundentes
cuando sus convicciones entonaban consignas,
subvertían el vuelo de palomas
y el desempleo hería escaparates,
reclamaba salarios que eludieran mendrugos,
demandaba con nervios destemplados un trozo de justicia,
una pizca de orgullo
que evite la vergüenza de andar peregrinando con ojos de limosna.
Porque el mundo no sabe el precio que se paga por sucios armisticios,
por parir una patria
a un destino más digno que esta historia con harina en menguante,
por un mínimo espacio de pulcras rebeldías,
por mudos horizontes en derrota.
Porque el mundo no sabe de verdugos
ni sabe de su espanto tendido en los enigmas
ni sabe de su pena masacrada por los perros del odio
o el nombre de sus miedos,
porque el mundo no sabe que hay vuelos quebrantados al borde de la sombra.
La escritora
“... porque hasta el último hálito de vida
voy a aferrarme a la conciencia”.
Leticia Ricárdez (México)
La voz estalla en huecos de conciencia
con un gesto de espiga reclamándole al siglo sus silencios culpables.
La voz se eleva triste, sin ritmo de panfleto admonitorio
ni cadencia de muerte multiplicando coágulos
ni palabras convulsas.
La voz busca engendrarse
con semen de fogatas pulsando en la vigilia,
en el cántaro azul de una esperanza ejercida a mansalva.
La voz quiere ser clara como el agua en la lluvia o la luz en la aurora.
La voz quiere ser largamente pura.
Pero ella no suscribe al disimulo,
renuncia a los secretos, abdica a los disfraces, reniega de mordazas.
Entonces ya no puede consentir los dolores encrespados,
admitir los vendajes que ciegan las pupilas,
omitir la denuncia.
Entonces se apasiona,
entonces se derrama como un bálsamo tibio
entre todas las llagas rigurosas, entre todo el agravio,
entre todos los odios que invaden la intemperie cuando la vida exhibe
sus colmillos de eclipses y penumbras,
inventa algunas treguas tutelares,
alguna fe propicia que le encienda horizontes a pesar del espanto,
algún síntoma breve de escasas indulgencias malheridas,
un resto de plegaria agazapada
que funde otra liturgia...
Pero en el fondo sabe
que algo viene creciendo a través de la pena
que, más allá de la quietud del viento, el hambre anda en jaurías,
que tiene el corazón de pie en las coordenadas del más hondo cansancio,
que tiene el corazón sobre la furia.