Letras
Relatos de
Furia del discurso humano

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El polizón

“Escríbeme pronto. Necesito tus cartas. Quien desea más que escribirte, besarte, tu hijo, Ismael” fue todo lo que escribió como despedida a aquella carta. Dobló la hoja en tramos longitudinales y la introdujo en el sobre de fabricación casera. Dolorosamente anotó la dirección en el sobre, con trazos fuertes e irregulares que revelaban su profunda nostalgia. Colocó el sello en la esquina superior derecha y engomó el cierre sin llegar a cerrarlo.

Entonces se extendió a la larga sobre el sobre, introdujo las piernas, las manos, el esternón y su lacerante fatiga. Cerró el sobre engomado y esperó en silencio aguantando la respiración. El camión del Correo Aéreo pasaría a las cinco de la tarde a recoger las cartas.

 

La dosis

De quien nunca lo hubiéramos sospechado era de Faustino, el viejo raquítico del apartamento siete.

Faustino vivía solo hacía veinte años, o solamente en compañía de nueve gatas pestilentes que él consideraba su única familia. Su esposa había muerto de tétanos en ese mismo apartamento, y él jamás miró para ninguna otra mujer. No tuvieron hijos. El viejo trabajaba todavía a pesar de su delicada salud. Su entretenimiento favorito era leer novelas policíacas. Quien no lo conociera de otros tiempos, bien hubiera podido pensar que se trataba de un mudo: no hablaba con nadie, ni siquiera saludaba a los vecinos con los que por casualidad se tropezaba en la escalera. Siempre fue enemigo de los chismes y de los enredos que plagan nuestro barrio. Entraba y salía de su apartamento como un fantasma. Evitaba todo tipo de encuentro con nosotras y no recibía visitas de ningún tipo.

En el edificio se corrían rumores de que tenía de esposa a una hermosa gata barcina. Pero en rigor lo único que se sabía de él era que padecía de úlceras y que tomaba infinidad de pastillas para la acidez. Por eso cuando lo vimos por la televisión atado de pies y manos mientras lo describían como un agente del enemigo, no lo podíamos creer. Ese no era el Faustino que nosotras conocíamos.

Y para cerciorarnos si en verdad era Faustino el que mostraba la televisión y no alguien con un parecido físico extraordinario, fuimos hasta su apartamento; empujamos la ventana del patio y entramos. Registramos toda la casa y hasta aprovechamos para echarle comida a las nueve fieras, que estaban, pobrecitas, muertas de hambre. Todo estaba como él lo tenía siempre o sea, sucio, regado, con la losa sin fregar. Lo único que nos hizo pensar que sin lugar a dudas el sujeto de la televisión era Faustino fue el frasco vacío de pastillas para la lengua. Parece que el pobre viejo se quedó sin pastillas y le dio por ponerse a hablar. Pero eso le pasa solamente a Faustino, por ser tan poco sociable y tan huraño. Si él nos hubiera pedido una de esas pastillas a cualquiera de nosotras, con mucho gusto se la hubiéramos dado.

 

La estrategia

Los Borrotos eran dos viejos profundamente religiosos, cuyo único pecado era el de ser dos infatigables fumadores. Un cigarrillo perpetuo en aquellos labios regordetes era la mejor prueba de la existencia del Diablo y a la vez, el único hábito que compartían con los vecinos. Leían la Biblia entre grandes humaredas. A veces, los viejos dormitaban con la Biblia abierta entre las manos con los cigarros encendidos sobre las páginas. Entonces las columnas de ceniza se encorvaban sobre los párrafos cansados del Libro Sagrado, el que mostraba ya innumerables quemaduras sobre su piel blanquísima.

Los Borrotos salían los domingos a predicar el Evangelio. Tocaban en las casas y si se les invitaba a entrar, hablaban y fumaban en una especie de delirio alucinador. Nadie los tomaba muy en serio pero no era fácil escapar a sus sermones dominicales. El Partido los había amenazado con la cárcel si seguían con sus actividades proselitistas. Pero, ¿no hablaba la Biblia misma de los sufrimientos que implicaba pregonar la palabra de Dios? ¿Se iban a intimidar ellos ante la furia pagana que hasta el mismo Jesucristo había sufrido en carne propia? De ningún modo. Por lo que el acoso del que empezaban a ser víctimas estaba plenamente justificado. La primera vez que fueron detenidos, ellos mismos sugirieron a la policía que los podían, si querían, fusilar. Que ni ellos mismos podían hacer nada por dejar de predicar. Ante semejantes salidas, los Borrotos fueron dejados en libertad física pero sobre ellos se cernió la vigilancia más escrupulosa.

Los dos viejos seguían saliendo los domingos con la Biblia bajo el brazo y sendos cigarros en las bocas. Las quejas de los vecinos provocaron nuevas amenazas y nuevos arrestos. Los Borrotos llegaron a convertirse en un verdadero dolor de cabeza para las autoridades municipales, quienes habían agotado ya su arsenal de medidas represivas contra los viejos. Casi renuncian a desactivarlos cuando el Partido supo, a través de sus fuentes de información, que los Borrotos no podían funcionar sin cigarros. Por lo que un plan se puso en marcha inmediatamente: el médico familiar prohibió terminantemente la venta de cigarros a los dos viejos alegando que ambos estaban a punto de contraer una extraña y peligrosa enfermedad pulmonar. Los Borrotos emitieron sucesivas quejas a las autoridades competentes pero siempre recibían la misma respuesta: “mente sana en cuerpo sano”, “nuestros ancianos ostentan los índices más elevados de longevidad del continente americano gracias a nuestra preocupación por la medicina preventiva”. La falta de tabaco había recogido a los viejos de un modo sorprendente.

Y entonces ocurrió el milagro. Al principio, sin que el viejo se enterara, la vieja arrancó dos hojas del Libro Sagrado, ideales para fumar, y enrolló con ellas varios cigarros. Después, pidiendo permiso al Señor, arrancaron varias hojas al Génesis y, prometiéndose no volverlo a hacer, enrollaron con ellas otros cigarros. Al mes faltaba el Libro Segundo de Moisés y el Levítico.

Después, siguiendo una tabla de prioridades, fueron mutilados el Deuteronomio, los Salmos, y los Hechos de los Apóstoles. En seis meses, la única Biblia en todo el vecindario quedó reducida a sus dos tapas.

Los Borrotos dejaron de salir los domingos a predicar el Evangelio.

 

Polifemo

El niño había nacido con un extravagante defecto físico: tenía un ojo de más, convenientemente ubicado en la parte posterior del cráneo. Al principio, los médicos trataron de extirpárselo pero el tercer ojo estaba conectado a los demás ojos por el mismo nervio óptico: arrancárselo hubiera sido dejarlo ciego, por lo que se le dejó su ojo de más mientras se le observaba periódicamente. Los padres del niño eran dos campesinos que se habían hecho hasta famosos con la anomalía de su único hijo varón.

Los médicos estudiaron el caso durante varios años hasta que pudieron comprobar que la visión del tercer ojo era incluso mejor que la de los ojos faciales. La única inconveniencia que el tercer ojo le había traído era un incómodo apodo que le gritaban los muchachos y los vecinos del barrio: todo el mundo lo conocía por Polifemo y así lo recogieron los textos de medicina del país, el único en el mundo que contaba con tan extraño ejemplar. Por lo demás, el tercer ojo (sin párpados y permanentemente abierto como los de un pez) le era en extremo útil: el niño andaba siempre prevenido, alerta ante la menor canallada, incluso cuando dormía. Su pasatiempo favorito era atrapar las moscas que, distraídas, revoloteaban a sus espaldas. Era prácticamente imposible que sus padres lo sorprendieran con una imprevista bofetada. El ojo de más llegó a convertirse en su mejor defensa contra la traición y el odio.

Sin embargo, el caso de Polifemo dejó de ser célebre años más tarde, cuando nacieron las primeras remesas de niños con terceros ojos, terceras orejas y hasta con branquias. La única explicación coherente a estos fenómenos la brindó un viejo científico darwiniano: la naturaleza se estaba ajustando genéticamente a las necesidades de la nueva sociedad.